“Can you hear me, Major David Bowie?”

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David Bowie, el rey del glam rock

David Bowie, el Camaleón del rock, ha muerto tantas veces, y tantas otras ha renacido con distinta piel, que todavía algunos esperamos que hoy, en las redes sociales, irrumpa la súbita noticia de que el Duque Blanco ha regresado, reinventado y transformado en una nueva personalidad mística y prometedora, marginal y brillante, para seguir creando universos de música con su voz extraña y genial que permanece por debajo de todas las máscaras.

Como aquel Ziggy Stardust de comienzos de los setenta, que ya había perdido la pista galáctica del Mayor Tom y ahora informaba a la Tierra de la existencia de un Hombre de las Estrellas que, desde allí, tocaba un jazz cósmico para anunciar su llegada. ¿No sería también otro de los muchos Bowies? A Ziggy el mundo se le quedaba pequeño y, por eso, no tenía ningún escrúpulo a la hora de venderlo o de preguntarse desesperadamente si existiría vida en Marte, e imaginaba la cara de susto que pondrían los hipotéticos marcianos si descubrieran una civilización tan moralmente decadente como la nuestra, en la que Mickey Mouse se convierte en vaca y los marineros se pelean acaloradamente en las pistas de baile.

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Las pupilas asimétricas de Bowie

Desde la inquietante pupila extraterrestre de Bowie, el mundo adquiría estos y otros tintes surrealistas. Por ahí nos intentan arrebatar el romanticismo de la historia revelándonos que su pupila, eternamente dilatada, era en realidad consecuencia de un mal golpe que recibió en su infancia por parte de un compañero de clase con el que competía por las atenciones de una chica. Yo no me creo esa versión y prefiero pensar que Bowie estaba en la Tierra de paso y que, debido a eso, siempre cantó situándose desde desde fuera, desde el punto de vista de un ser, en parte, marginado, sabio y con una mirada distinta que reflejó en sus canciones.

Prueba de que el rock es algo más que mucho ruido con ritmo, era el talante profundamente intelectual de Bowie, que declaraba ser capaz de leer hasta ocho libros al día, y que plasmó todo un universo literario en sus canciones. Hay que destacar, en este sentido, su álbum Diamond Dogs (1984), bautizado así en honor a la conocida novela de George Orwell Rebelión en la granja. Las letras, sin embargo, hacen referencia a la otra gran obra de Orwell: 1984, en la que el autor británico presenta una distopía en la que un terrorífico “Gran Hermano” controla el mundo. El destino de la civilización, como vemos, era una preocupación constante en Bowie.

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Bowie fue un intelectual, amante de los libros

Y es que bajo las máscaras de trajes espaciales, tintes chillones y todas aquellas decenas de personalidades vistosas con las que se fue vistiendo, el rey del glam rock escondía todavía a un niño de nueve años que sorprendía a sus profesores con sus habilidades para el baile y para la música, en general. David Jones, el adolescente que, a los quince años, fundó su primera banda con unos compañeros de clase, que tenía ya claro que quería convertirse en una estrella pop. Lo que consiguió fue mucho más, porque hoy es considerado un auténtico icono de la cultura del siglo XX –y del XXI- que incluso completó su carrera con célebres interpretaciones cinematográficas –Twin Peaks, The Hunger, Labyrinth, The Prestige…-. Jones, convertido ya en Bowie, nos dijo en 1977 que todos podemos ser héroes por un día, aunque en realidad se refería a “para siempre”, y así lo interpretamos.

Hace apenas tres días, el mundo celebraba el 69º cumpleaños del atemporal, andrógino Bowie, que daba a luz un álbum, el vigésimo quinto en su carrera, titulado Blackstar. La prensa, maravillada por su calidad artística, ahora lo califica como “su testamento musical”. Y es que, envuelto en la enigmática intuición de la que siempre hizo gala este dandi interestelar, las canciones del disco se encuentran plagadas de referencias a la muerte. “Lazarus” -¡curioso nombre!-, el oscuro e inquietante sencillo, está narrado desde el más allá, y en el videoclip contemplamos a un envejecido Bowie agonizando sobre una camilla, con los ojos vendados. Tal vez, preveía ya su destino fatal en el momento de escribir el tema, pues se dice que llevaba año y medio luchando contra el cáncer.

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Los múltiples Bowies

David Bowie, aclamado Hombre de las Estrellas, hoy el mundo trata en vano de establecer contacto contigo. Te imaginamos allá, en una suerte de mundo galáctico que siempre te ha pertenecido, viendo girar de lejos la Tierra como una diminuta naranja de color azul. Extraviada la señal, sobreviene un vacío sin estrellas. Pero la profecía de Don McLean, aquella que amenazó con cumplirse cuando perdimos a Lou Reed, continúa sin hacerse realidad. Hoy tampoco será recordado como “el día en que la música murió”. Tu música permanece más viva que nunca, colonizando corazones y galaxias, y tú, viajando en ella.

Hasta siempre, Duque Blanco. Que nuestro adiós alcance a cada una de tus personalidades dormidas en tu sepulcro estrellado, tejido de infinitos.

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Rockanrolleando en el País de las maravillas

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Ilustración de John Tenniel para la primera edición de Alicia en el País de las maravillas

Hoy cumple 150 años uno de mis libros de cabecera: Las aventuras de Alicia en el País de las maravillas, que fue publicado el 26 de noviembre de 1965 por Charles Lutwidge Donson, más conocido como Lewis Carroll.

La novela de Carroll –junto con su secuela, A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, de 1871– es hoy en día una de las obras literarias que más adaptaciones ha originado, en todos los ámbitos: cine, series, libros, videojuegos… Incluso yo misma me he basado en los mundos oníricos de Alicia para componer la segunda parte de mi primer poemario, Los despertares, publicado en 2014 por Ediciones de la Torre.

En ese mismo año publiqué un estudio sobre la relación del universo carrolliano con el rock universal, una amistad profundamente enraizada y que forma parte de mi ensayo El barco de cristal. Referencias literarias en el pop-rock (Líneas Paralelas, 2014).

La banda de rock más popular de todos los tiempos, The Beatles, se inspiró en la literatura de Carroll, más concretamente en A través del espejo, para crear dos de sus canciones más complejas y surrealistas, “Lucy In The Sky With Diamonds” y “I Am The Walrus”. Respecto a la primera parte, Alicia en el País de las maravillas, fue trasladada al rock psicodélico de la mano de Jeffersson Airplane en pleno Verano del Amor, en el año 1967.

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La banda sesentera de rock psicodélico Jeffersson Airplane

En 1967, lanzarían su segundo álbum, el que les granjeó fama internacional: Surrealistic Pillow, que alcanzó el número tres –después de Sargeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band, de The Beatles, y Forever Changes, de Love– del Verano del Amor, un célebre festival hippie celebrado en San Francisco ese año, donde también estuvieron presentes The Doors, Jimi Hendrix, Pink Floyd y Janis Joplin.

Surrealistic Pillow incluye los dos grandes éxitos de Jefferson Airplane: “Somebody to Love” y “White Rabbit”. Esta última se considera uno de los himnos del rock psicodélico por excelencia. Fue escrita por Grace Slick, vocalista de la banda, en 1966, cuando aún no se había integrado en Jefferson Airplane y tenía su propio grupo: The Great Society, incorporándola después al que fundó Balin. El título “White Rabbit” remite al personaje del Conejo Blanco, el mayordomo de la Reina de Corazones: un conejo parlante de ojos rosados, con chaleco y un reloj de bolsillo al que también alude la canción. La frase “¡Llego tarde!” es la que más repite el animalito a lo largo de toda la obra, mientras mira compulsivamente el reloj. Representa la temporalidad en un mundo onírico que carece de ella.

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El Conejo Blanco en la adaptación cinematográfica de Walt Disney Alicia en el País de las maravillas (1951)

En la letra, Slick alude metafóricamente, por medio de personajes y visiones carrollianas, al mundo onírico producido por el efecto del LSD, una droga psicodélica que triunfó entre el colectivo hippie de la década de los sesenta:

Una pastilla te hace más grande

y una pastilla te hace pequeño,

y las que te da tu madre

no hacen absolutamente nada.

Vete a preguntar a Alicia

cuando mide diez pies de altura.

Y si vas persiguiendo conejos

y sabes que vas a caer,

diles que una oruga fumadora de narguile

te ha llamado.

Llama a Alicia

cuando aún era diminuta.

Uno de los hombres del tablero de ajedrez.

se levanta y te dice a dónde ir,

y tú te acabas de comer algún tipo de seta

y tu mente se mueve a duras penas.

Vete a preguntar a Alicia;

creo que ella comprenderá.

Cuando la lógica y la proporción

mueren de forma descuidada

y el Caballero Blanco

está hablando al revés,

y el grito de la Reina Roja:

“¡Que le corten la cabeza!”,

recuerda lo que dijo el Lirón:

“Alimenta tu cabeza,

alimenta tu cabeza”.

En vez de un jarabe o un pastel, en la letra de Slick son pastillas –de LSD, se entiende– las que hacen crecer o disminuir de tamaño. Además de al Conejo Blanco, se menciona a la oruga fumadora de narguile que aconseja a Alicia y le ofrece una seta que puede volverla más grande o más pequeña, dependiendo del lado por el que muerda, y a la Reina de Corazones, obsesionada con decapitar a sus súbditos. También al Lirón que aparece en el capítulo séptimo de la novela, merendando junto al Sombrerero Loco y a la Liebre de Marzo. Slick consigue crear una revisión del clásico de Carroll en la que Alicia tiene todas sus visiones por efecto de una pastilla de LSD.

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Alicia merendando con el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo en la adaptación de Disney

Hay muchos más ejemplos de inspiración carrolliana en el rock universal, como la visión siniestra y fúnebre de Marilyn Manson: gran parte de su discografía representa una revisión del clásico en la que introduce elementos como la muerte, el suicidio y el asesinato: elementos inversos al universo infantil planteado por Carroll. Si Carroll nos ofrece el sueño, Manson lo transforma en pesadilla.

En mi ensayo El barco de cristal desarrollo los temas de Marilyn Manson que contienen referencias a Alicia, así como otras bandas y artistas de rock español –entre ellos, resulta destacable Enrique Bunbury– que también han versionado la novela y su secuela. El mundo de Alicia resulta muy recurrente en un género musical tan creativo como el rock, en el que la imaginación juega un papel esencial.

El fin del Café Comercial y la ciudad de más de un millón de cadáveres (literarios)

Las puertas del mítico Café Comercial, cerradas definitivamente. Foto de Álvaro García / El País

Pido permiso a Dámaso para ampliar su célebre verso: Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres… literarios. El Comercial constituía lo más parecido a una máquina del tiempo que teníamos en Madrid. Adentrarse en él era sumergirse en un mundo lejano y agotado de cafés literarios y tertulias inacabables que nos retrotraían a los últimos estertores del siglo XIX, cuando escribir en España seguía siendo llorar, pero hasta llorar tenía su punto de dulzura si se hacía entre amigos, envuelto en un aroma atemporal de café, rodeado de mesas de mármol y camareros trajeados que paseaban sus impecables sonrisas en bandejas plateadas.

Hubo en Madrid un tiempo en el que los cafés literarios florecían y la vida cultural sucedía entre sus cuatro paredes. Los periodistas todavía podían confundirse con los escritores y los escritores con cronistas de ficción que cazaban historias al vuelo, agazapados tras su taza de café mientras observaban con agudeza a sus vecinos de mesa. Cuánto me hubiera gustado conocer aquel Madrid de pluma y de gafas redondas que en mi imaginación se vislumbra en tonos grises y sepias, como si resultara imposible arrancarlo de su marco de fotografía antigua.

El paso del tiempo se fue llevando, uno a uno, los históricos cafés madrileños, como un viento implacable que recoge hojas muertas a su paso. En los últimos años, surgen como setas esa especie de cafés-librerías, tan cómodos y funcionales, tan exentos de alma; donde el clásico café corto se despacha con el  nombre tan “guay” de caffé-latte y, fundidos con el mobiliario, se puede contemplar a los modernos ejemplares gafapastiles, de esos que se hacen llamar “hipsters”, sujetando desapasionadamente su iPad mientras deambulan por sus mundos abstractos y metalizados.

Tipos Infames: un ejemplo del modelo de café-librería que triunfa actualmente en Madrid

En Madrid todavía nos quedaban dos históricos. Uno era el Café Gijón, situado en el Paseo de Recoletos, fundado en 1888 por un asturiano afincado en la capital. En sus inicios, era frecuentado por escritores de la talla de Galdós o Valle-Inclán, aunque su época de mayor esplendor como lugar de tertulias literarias fue durante la posguerra española y la Transición. El Gijón en el siglo XXI, lujoso e inaccesible para los bolsillos del grueso de los mortales, constituye más un monumento que fotografiar de lejos que una verdadera opción para pedir un café mientras se charla de literatura o pintura.

El segundo era el Café Comercial, situado en la Glorieta de Bilbao –donde también se encontraba antiguamente otro histórico, el Europeo- y fundado un año antes que el Gijón, en 1887. Está repleto de historias, como un crimen que se cometió a poco de su apertura o que fue el primer café madrileño en contratar camareras, su aparición en un chotis o la fama de la calidad de sus cafés. Al igual que el Gijón, conoció su época dorada como lugar de tertulias en la posguerra. A lo largo de distintas generaciones literarias, a él acudieron Blas de Otero, Gabriel Celaya, José Hierro, José Manuel Caballero Bonald, Ángel González… Antes incluso que a ellos, también se podía ver, sentado en su rincón habitual, al tímido y melancólico Antonio Machado. En el siglo XXI, el Comercial continuaba albergando numerosas tertulias y era la opción popular frente al elitista Café Gijón de Recoletos.

Interior del Café Comercial

Ayer, 27 de julio de 2015, 128 años después de su apertura, el Comercial cerró sus puertas definitivamente. Sus dueñas, pertenecientes a la familia Contreras, que llevaba regentando el café desde 1909, anunciaron por las redes sociales el cierre del mítico escenario de tantas y tantas correrías literarias, ante la estupefacción de todos los madrileños a los que nos corre un poquito de tinta por las venas. Por fin se ha conocido el motivo, que no se debe a la falta de beneficios, sino a que sus dueñas se han hartado de regentarlo, argumentando que se encuentran “mayores” y “un poco enfermas”, excusas tras la que se esconde, sin duda alguna, una venta ambiciosa. Los camareros, sexagenarios, tras 35 y 36 años trabajando en el local, se ven ahora en la calle, sin empleo y con una simple indemnización.

Lo que yo me pregunto es cómo el Ayuntamiento no ha hecho nada por salvar este lugar mítico de nuestra ciudad, la cafetería más antigua, un auténtico símbolo de la cultura española. La cultura, ese ámbito que sigue importando un bledo a las instituciones políticas, por mucho que las caras sean nuevas desde las últimas elecciones. Así nos va en esta ciudad, donde el cine Avenida, frecuentado por Luis Cernuda y Federico García Lorca, fue convertido en un gigantesco H&M; donde la casa de un premio nobel como Vicente Aleixandre se halla en un lamentable estado de abandono.

Una imagen de la fachada del Café Comercial

Ayer fue un día triste para la historia de Madrid: los fantasmas de los escritores que fueron tertulianos se escucharon llorando entre los tintineos invisibles de las cucharillas que ya no volverán a remover el café que hizo famoso al Comercial. También este lugar está entremezclado con mi propia memoria, con mi vida de madrileña envenenada por el filtro azul de la poesía. Y recuerdo las noches de aquellos cincos de enero, en mi infancia y mi adolescencia, cuando mis padres nos llevaban a mí y a mi hermano a cenar churros con chocolate. La molesta y entrañable puerta giratoria que nos abría paso a un mundo elegante y decadente donde el tiempo resultaba una dimensión inadmisible. Alguna que otra entrevista en mis escasos devaneos periodísticos, cercada por tazas de café y por camareros de impecable chaqueta blanca y rostro familiar, cómplice. Un recital en “La Planta de Arriba” -espacio habilitado para actos en el segundo piso-, organizado por el escritor Leo Zelada, en el que yo participé. El primer lugar de reunión para mi pequeño grupo poético, los Galganistas, donde hemos desmontado poemas y melancolías, bebido chocolate, trazado sueños, como los idealistas aprendices de aquellos grandes maestros de la poesía cuyas sombras parecían escucharnos.

Recitando en el Café Comercial en 2014, con Déborah Alcaide y Leo Zelada
Recitando en el Café Comercial en 2014, con Déborah Alcaide y Leo Zelada

Hoy sé que el Café Comercial revivirá algún día en una de mis futuras novelas, cuyo argumento se pierde aún por las sendas insondables del futuro. No hace falta ser madrileño de nacimiento para constatar que ha muerto una parte del corazón literario de nuestra ciudad. Los que llevamos Madrid en la sangre y en la mirada, estamos de luto. Con el Comercial se va una huella más de aquella época dorada de cafés literarios, que hoy solo son cadáveres estrellados en nuestra memoria.