Aire

-Nadie conoció a Aire como yo –dijo con un tono de pesar viejo escondido en la voz.
-¿Aire? ¿Quién era Aire? –le pregunté.

Luis Cernuda, “El indolente”

playa

A veces, algunas veces, vuelves, Aire, trotando entre los riscos apagados de mi playa. Todos se han ido, y sólo el sol contempla con benevolencia enmudecida tus idas y venidas, tus lengüetazos de espuma sobre la orilla. Después te sientas a pasear tu mirada por el crepúsculo.  Las hebras finas, como de oro, de tu cabello, dibujan paraísos suaves que se recortan sobre el horizonte.

No tienes frío, Aire. No tienes nada de lo que arrepentirte. No eres de verdad, y constituyes la verdad más límpida que he conocido. Me miras como siempre, con esa picardía inocente que parece invitarme a coger tu mano, a pasear contigo por entre las estrellas de la tarde que el firmamento se deja olvidadas en cada amanecer.

Quizá algún día, cuando la realidad se vuelva demasiado sucia y yo tenga miedo de apagarme, tome al fin tu mano, Aire, y me vuelva yo también un torbellino de carne y de cabellos rubios, invadida de luz, siendo más luz que el propio sol, trotando sobre los riscos amables de nuestra playa. Porque quiero caminar sobre la arena sintiendo el frío de la sombra sobre mis pies desnudos. Porque quiero saber que sigues vivo, en alguna parte, y quiero ser tú; trotar, soñar, hacerme sol. Olvidarme de las mezquindades del mundo.

El mar no te asesinó, Aire. Me lo dicen tus ojos rubios que sonríen a la tarde, muy tarde, cuando acariciados por el mar nos sentamos a devorar crepúsculos mientras hablamos en voz muy queda, casi en un susurro que la marea engulle sin piedad, volviéndolo invisible.

Voy a necesitarte, Aire. Voy a necesitarte otra vez, mucho.

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(Aire, aquel adolescente soñado por la imaginación de un poeta, no regresó, porque nunca se había ido. Siguieron necesitándose mutuamente, entrelazando sus respectivas existencias. Resulta imposible especificar cuál de ellas era más real.

Ahora, ella vuelve algunas veces a la playa. Baila con el viento y con los cabellos pálidos de Aire, coloreándose, vistiéndose de sol. Únicamente lo hace cuando la realidad se torna demasiado sucia y su mirada demasiado opaca, cuando llueven recuerdos.)

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  • Esta prosa poética ha sido una de las tres seleccionadas para publicarse en el número especial de verano de la revista Voladas, titulado “La playa”.
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Volar

Anochece. Las farolas del barrio deberían comenzar a encenderse, pero eso no ocurre. El cielo, inmerso en un azul sucio a medio camino hacia el azabache, se resiste a guiñar sus párpados de estrellas.

No hay nadie por la calle: ni coches, ni transeúntes… Un silencio encantado lo envuelve todo. Pero allí, a la derecha, en aquella pequeña rotonda… Allí hay alguien. Es una anciana montada en bicicleta. Me recuerda a la famosa escena de Un perro andaluz, antes de que se produzca el accidente. Solo que esta anciana pedalea sin moverse. No puedo verle la cara, pero algo me indica que estará sonriendo.

Y de repente, ya no se encuentra allí. Solo queda la bicicleta. Es entonces cuando lo comprendo todo: puedo volver a casa volando. Extiendo los brazos, me elevo. Vuelo.

¿Quién ha dicho que haya que volver a casa? Siempre he querido volar. Es algo así como nadar por el aire. Es una sensación maravillosa. Creo que tardaré un poco más en volver. Que seguiré volando, un poquito más alto, si es posible. Así, ya no da miedo. ¿Qué digo? Volar nunca me ha dado miedo… Pero volar no es marcharse, es regresar…

Me empieza a pesar el cuerpo, desciendo. El paisaje a mi alrededor comienza a desvanecerse, el azul del cielo blanquea, me hundo en mis propios átomos desteñidos…

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El despertar

"La Bella Durmiente" (1959), de Walt Disney
“La Bella Durmiente” (1959), de Walt Disney

Después de todo, todo ha sido nada,

a pesar de que un día lo fue todo.

Después de nada, o después de todo

supe que todo no era más que nada.

José Hierro, “Vida”

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Aurora va abriendo los ojos lenta, dolorosamente, mientras la luz de la tarde invade sus pupilas. Le cuesta enfocar su alrededor. Distingue una mesa de color crudo, y el familiar aroma del cuaderno. Vislumbra las cabezas de sus compañeros, y hasta sus oídos se va abriendo paso la voz amortiguada del profesor.

A medida que va recobrando la conciencia, la desorientación la invade con más fuerza. ¿Cómo ha llegado hasta allí? ¿Dónde se encuentra realmente? Primero piensa en la universidad. Pero no, aquella clase es más pequeña. Y hay un olor extraño esparcido en el aire, un olor como a… adolescencia.

Cuando Aurora abre los ojos completamente, descubre que ha regresado al día de su decimosexto cumpleaños. En su cabeza, habían transcurrido ocho años. Pero el portaminas que sujeta con la mano izquierda, con el que antes de quedarse dormida ha tratado de pincharse el dedo índice, le indica que todo ha sido un sueño.

Aurora no encontró nada más parecido a una rueca que aquel portaminas. Ella sabía que el maleficio de la Bella Durmiente solo podría realizarse el día en que cumpliese dieciséis años, y había pasado toda su vida esperando aquel momento.

Siempre ha creído que lo del portaminas no funcionó ese día. Que su vida continuó, viajera hacia un fondo de luz, de vida, de esperanza. Pero si acaba de despertar en el mismo sitio donde se pinchó el dedo hace casi ocho años, solamente puede significar que, efectivamente, el maleficio funcionó. Que verdaderamente se quedó dormida en un sueño que duró no cien años, pero sí ocho.

-No te asustes, yo también me he pasado un año entero soñando.

Aurora se vuelve para ver quién le ha hablado y descubre a Alisa que, junto a Paz, le sonríe. Ellas siguen allí. Ellas siempre han estado allí. Y también vuelven a ser adolescentes.

Así que todo ha sido un sueño. Aurora trata de recordarlo. Recuerda una niebla dulce y después recuerda unos amigos. Muchos amigos. Recuerda una muerte y la primera herida del corazón. Más amigos. Fiestas. Premios. Noches en vela. Asesinos de luces. Una pandilla, su propia pandilla, como las de las películas. Y recuerda un Príncipe Azul.

El cuento se equivocaba. El Beso no sirve para despertar: se produce dentro del sueño.

Aurora siente que ha vivido demasiado deprisa –y a trompicones- sus últimos e imaginados ocho años. Así que solo se trataba de un sueño… Sí, ha vivido demasiado deprisa. Ha soñado mucho –dentro de su sueño- y se ha creído visible, por primera vez, y ha volado y ha tocado las nubes con la punta de los dedos. Y ha llorado mucho, también, y se ha equivocado.

Pero ahora todo vuelve a la normalidad de sus dieciséis años. A su obsesiva dependencia de los estudios. A los fines de semana encerrada en su habitación, preguntándose por qué ella no tiene amigos. A aquel imbécil de clase que la desprecia por no ser como los demás. A los poemas –los poemas nunca cambian- donde se deja el corazón en varios brochazos, donde sueña con ese amor imperecedero e imposible. Nada ha cambiado. Todo ha transcurrido dentro de su cabeza. A pesar de los malos momentos, ha sido un sueño maravilloso.

En medio del vacío que siente en el pecho, una idea empieza a cobrar fuerza dentro de ella. Si vuelve a tener dieciséis años, posee otra oportunidad de conseguir que todo lo bueno se repita, y de no volver a caer en los errores. Sí, todo puede llegar a ser de nuevo…

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Entonces, Aurora despierta de verdad. Ya no se encuentra en clase y vuelve a tener veintitrés años –casi veinticuatro. Y sin embargo, es consciente de que los últimos ocho solo han sido un sueño, maravilloso y terrible. Y de que ella es, una vez más, quien siempre ha sido, quien siempre fue antes de comenzar a soñar.