Volar

Anochece. Las farolas del barrio deberían comenzar a encenderse, pero eso no ocurre. El cielo, inmerso en un azul sucio a medio camino hacia el azabache, se resiste a guiñar sus párpados de estrellas.

No hay nadie por la calle: ni coches, ni transeúntes… Un silencio encantado lo envuelve todo. Pero allí, a la derecha, en aquella pequeña rotonda… Allí hay alguien. Es una anciana montada en bicicleta. Me recuerda a la famosa escena de Un perro andaluz, antes de que se produzca el accidente. Solo que esta anciana pedalea sin moverse. No puedo verle la cara, pero algo me indica que estará sonriendo.

Y de repente, ya no se encuentra allí. Solo queda la bicicleta. Es entonces cuando lo comprendo todo: puedo volver a casa volando. Extiendo los brazos, me elevo. Vuelo.

¿Quién ha dicho que haya que volver a casa? Siempre he querido volar. Es algo así como nadar por el aire. Es una sensación maravillosa. Creo que tardaré un poco más en volver. Que seguiré volando, un poquito más alto, si es posible. Así, ya no da miedo. ¿Qué digo? Volar nunca me ha dado miedo… Pero volar no es marcharse, es regresar…

Me empieza a pesar el cuerpo, desciendo. El paisaje a mi alrededor comienza a desvanecerse, el azul del cielo blanquea, me hundo en mis propios átomos desteñidos…

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