Marionetas

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Cierro los ojos para ver
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
                                        la memoria.

Ángel González

Llegados a este punto, apenas nos queda algo que esperar del verano. Tal vez, el último baile improvisado. Todo ha quedado demostrado ya: han caído las máscaras, se han hecho patentes los olvidos, han reforzado su brillo las estrellas que eran realmente astros y no efímeros, engañosos aviones. Se ha enquistado el dolor y arde como el metal más candente por detrás de los párpados del sueño.

He dejado de creer en las causas perdidas al erigirme como paradigma de todas ellas. Y otra vez caminaré por el sendero de nubes que me condujera al precipicio. Otra vez seguiré una ciega esperanza, como si todavía las ilusiones constituyeran presencias más reales que la fantasmagórica idea de esperar algo, quién sabe qué: una suerte de destino encallado que nos aguarda, una flor escondida, un beso azul en la esquina del otoño. El destino, el destino inservible.

Es el azar el que nos maneja como marionetas heridas, grotescos títeres que el tiempo ha ido tallando a fuerza de puñaladas, de ausencias, de adioses mudos. De soledad, pero también de recuerdos. Hay que susurrar, decir las verdades muy despacio para que el azar no nos sorprenda, no nos asesine por la espalda. Hay que vivir con el temor al próximo desprendimiento.

Y sin embargo, yo solo consigo mirar hacia atrás.

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Todavía

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Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. […] Pero terminó la niñez y caí en el mundo.

Luis Cernuda, Ocnos

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Hace tanto que no escribo. Pero faltaba un último despertar en mi pequeña biografía que convertiría todos los anteriores en inocentes actos de sonambulismo.

Aquí ha regresado la primavera. Los árboles han vuelto a vestirse de pétalos rosas y yo he buscado para nombrarlos, angustiada, palabras que pongan fin a mi desmemoria. Solo puedo recordar algunas. Tenía todavía tanto que aprender.

Las personas estamos hechas de agua, carne, huesos y recuerdos. Hoy los recuerdos se mezclan con la sangre y nos definen, porque el presente está cuajado de espinas e imaginar el futuro es, en parte, morirse de frío. Somos porque fuimos. Pero también porque podemos seguir siendo, porque el calor del sol regresa para iluminarnos las mejillas y jamás lo habíamos sentido tan suave, a la par que tan triste.

Ahora el frío es más intenso y los atardeceres más luminosos, más amables. La lluvia se me clava más pausadamente en la piel, transmitiéndome su telegrafía del suspense. Ya no es solo melancolía derramándose tras un cristal. Ahora detengo mi mirada en los brotes de las plantas y en cada especie diferente de pájaro que se cruza en mi camino. Trato de nombrarlas. Veo cruzar las nubes a sus velocidades de relámpago y comprendo que hemos vivido muy deprisa, sin detenernos a paladear el presente que siempre nos había acariciado. Ahora, cuando nos araña, solo nos resta llorar. La sabiduría, mezclada con el llanto, es lo que queda bajo esa carne arada, bajo esa herida que amenaza con no cerrarse jamás.

Por todo ello, me aferro a los instantes de luz. A la primavera que ha regresado, a los aviones que surcan el cielo llenándome la imaginación de futuros viajes. Al calor, en sus múltiples tonalidades. Pero no quiero olvidar. No quiero quedarme anclada en una sempiterna despedida cuando sé que, en realidad, habitan en mí otras vidas que se entrelazan con la propia. La tristeza hará crecer mis cabellos y algún día sabré reconciliarme con las lágrimas. Seré más triste y más sabia, sentiré más intensamente las caricias de la vida, igual que abril o que el ritmo monocorde de la lluvia. Se han cerrado para siempre las puertas del País de las Maravillas. Este es el despertar definitivo. Pero mientras se mantenga intacta mi identidad, lograré renacer cada día. Encontrándome.

Fin de año

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La Caja de Pandora, René Magritte

Era mi dolor tan alto,
que la puerta de la casa
de donde salí llorando
me llegaba a la cintura.

Manuel Altolaguirre

“Era mi dolor tan alto”. Aquel verso, recordado casi de forma inconsciente, se repetía como un mantra en tu memoria en los peores momentos de oscuridad. Una semana más tarde, supiste que nacieron de la pluma de Manuel Altolaguirre. Cinco palabras, simplemente, bastaban para describir tu dolor. Y hay quien dice que Altolaguirre es un poeta menor.

Tras el cristal del dolor, los mundos se aquietan. Todo se enfoca más despacio, más profundamente, casi a cámara lenta. Las tristezas de antes se reblandecen. Aquello que pensabas que más daño podría hacerte adquiere, de repente, aroma de banalidad. Nada importaba tanto como considerabas. Y aquello que no te parabas a considerar, porque su solidez te lo impedía, siempre había sido todo. A pesar de que, por entonces, no lo comprendieras. Y eras tan feliz sin comprenderlo, aunque tal vez lo hubieras podido ser más, de haberlo comprendido.

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El lado oscuro de la mente, Salvador Dalí

El mundo podía romperse allá fuera. El mundo era distinto a tu mundo, a eso que Franco Battiato llamó “centro de gravedad permanente”. Lo que no se rompía, lo que permanecía tras todos los eventos con que la vida pudiera llegar a abofetearte. Eras fuerte y te levantabas, gracias tu centro de gravedad.

El verdadero problema sobreviene cuando es ese centro el que se resquebraja. Entonces, el universo se viste de humo y te encuentras a ti misma tratando de arañarlo. Un humo negro, hijo de las tinieblas, que te arrastra. Y, como en las peores pesadillas, avanzar caminando es solo una utopía.

Tras el cristal de la oscuridad, las personas de tu entorno se convierten en desconocidos. Nadie sabe traducir tu dolor en palabras, en gestos; porque, si algo caracteriza al dolor, es que es de quien lo siente y de nadie más. Tan alto, tan alto… Tan alto, que parece irreal. Hubieras esperado que algunas personas llamaran a la puerta de tu soledad, de tus tinieblas, y te arrancaran de su núcleo. Pero hubo tantas que se quedaron al otro lado.

Ya dijo Gil de Biedma, con esa ironía tan grave y tan desesperada, que la vida va en serio y “uno lo empieza a comprender más tarde”. Ahora lo comprendo yo. Ahora comprendo, en realidad, tantas cosas. La sabiduría oculta en su corazón un torbellino de tristezas encadenadas. Los tópicos –“valora lo que tienes”, “vive el presente”, “permanece unido a tu familia”– se convierten, de repente, en necesidades irrenunciables.

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Estas son las cosas tristes que has aprendido en este año triste, el mismo año en que David Bowie ha viajado sin retorno a las estrellas, acompañado de Alan Rickman, Umberto Eco, Leonard Cohen, Francisco Nieva, Manolo Tena. George Michael, Carrie Fisher… El universo parece haber enloquecido. Y sin embargo, también te has llevado enseñanzas muy valiosas. La primera es que la familia es nuestro mayor tesoro. Que siempre habrá un centro de gravedad, aunque resquebrajado. La segunda es que puede existir luz dentro de la oscuridad. Te has arrastrado hacia la luz, has sangrado, y a veces la luz te ha sonreído. La luz viaja dentro de algunas personas y no es la soledad la que nos salvará de caer para siempre en el agujero negro. Tu niña, herida de muerte, llora dentro de tu corazón y grita que nunca más despertará. Pero es necesario salvarla, salvarte, salvarnos.

Ahora, tras veintisiete años de feliz inconsciencia, adquiere su verdadero sentido aquella cita de El Gatopardo; aquella que decía: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

Luis Cernuda y el otoño

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Luis Cernuda en 1928

Luis Cernuda nació en el equinoccio de otoño. Nació en el momento exacto del año en que se asume el final del estío; en el que el frío, la lluvia y la oscuridad se convierten en las únicas certezas durante los meses siguientes. Tal vez esa sea la razón de su pesimismo vital, su carácter otoñal, su melancolía crónica.

El otoño llama a la melancolía. Los modernistas lo apresaron en sus poemas y ahora resulta difícil escribir sobre él sin esperar el asalto de un ejército de jardines con estatuas, árboles amarillos sobre lagos en los que se deslizan lánguidamente cisnes de cuellos de interrogante. Hojas doradas perfumadas de infancia, amores imposibles. No puedo ocultar que yo también nací en otoño.

Me imagino a un joven Luis apoyado en su escritorio lánguidamente, cual cisne modernista, con un fondo algo frívolo de música moderna; tal vez un fox-trot, con el que intenta curar en vano su tristeza o, por el contrario, regodearse en ella. Mira por la ventana y contempla los árboles amarillos y piensa en su último gran amor frustrado. Después suspira, escribe unas palabras doloridas. Igual que en aquel viaje por Pedraza en 1935, durante las Misiones Pedagógicas, cuando escribía:

Hacía frío y el cielo estaba cubierto. ¿Qué hacer? Interminables horas las de la tarde en estos lugares inacostumbrados. El aburrimiento va con nosotros por la ciudad, pero disfrazado de nostalgia, que unas veces ostenta un motivo amoroso, otras un motivo menos tornasolado y más concreto. […] Leer era imposible. Cómo me ha apresado la realidad, y más si recuerdo que durante tantos años, horror, la lectura era mi jornada. Pensaba, no sabía por qué, en la triste e inexplicable necesidad vital de que las personas a quienes queremos deban separase un día de nosotros. […] El gramófono rugía […]. Un poco de vagabundeo por el limbo aquel me dejó más aburrido aún y, lo que es peor, arrepentido, aunque no sabía de qué, si de vivir, de estar triste o de no haber cometido aún ningún crimen.

Es fácil imaginar a Luis. Sus versos, sus palabras, reflejan el grueso de su alma. Tal vez, por ser una persona introvertida en su día a día, se dio en su escritura como respuesta a una necesidad intrínseca a esa introversión. Incluso en sus versos más surrealistas es posible perfilar detalles de su carácter, guiños diminutos. Es fácil encariñarse con él, aunque después se lea por ahí que era un ser intratable y amargado. Hay gente que tampoco comprende el otoño.

Si Luis siguiera vivo, hoy habría cumplido 114 años. Murió a los 61 sintiéndose un anciano. Una vez fue joven, aunque no llegó a darse cuenta. Contemplaba por entonces las horas con tristeza, esperando que una de ellas se llevara para siempre su juventud, igual que el reo de muerte espera el alba. Igual que el otoño naciente espera el frío.

Remordimiento.                            
Fuiste joven,                    
Pero nunca lo supiste                  
Hasta hoy que el ave ha huido                 
De tu mano.

Luis Cernuda, “Nocturno yanqui”

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Navidazonia

22 de diciembre de 1995

Querido Guili:

Mañana iremos a Navidazonia. Navidazonia es una feria de Navidad. Hay muchas cosas: Papás Noeles que dan caramelos, cabalgatas de Reyes que no paran de pasar… Lo bueno es que, aunque en el resto de sitio ya se haya terminado la Navidad, en Navidazonia siempre sigue estando.

Sin más, se despide tu amiga:

Marina

C/ San Gatos de Dueño, nº. 2, piso 1ºB. CP 28076, Gatoburgo.

Encontré esta “carta” en un viejo cuadernillo esta mañana, mientras me lamentaba de que hoy fuera Nochebuena. Una oleada de ilusión que guardaban las páginas marchitas me hizo estornudar y después sonreír -la ilusión antigua es peor que el polvo… Me invadieron unas ganas terribles de regresar a mi antigua residencia, situada en “Gatoburgo” y, más concretamente en aquella calle de “San Gatos de Dueño” en la que también se erigía la Mascotería del Miau-Miau.

Navidades del 96
Navidades del 96

Vivía allí cuando mi hermano pequeño se empeñaba llamarse como el Power Ranger Azul, y cuando yo ignoraba que su nombre, Willy, no se escribía con “gu-” -y, encima, sin diéresis-. En aquellos tiempos, la Navidad era la mejor que podía pasarte a lo largo del año -por encima, incluso, de los cumples-, por eso empezaba a poner villancicos desde septiembre -para desgracia de los que me rodeaban-, adelantándome incluso a El Corte Inglés. Pero al igual que las Navidades resultaban maravillosas, la tortura más elevada de cuantas se pudieran imaginar era cuando, unos días después de Reyes, había que quitar el decorado navideño. En mi casa, siempre lo retrasábamos lo más posible, hasta que nuestro abeto se convertía en el elemento absurdo del vecindario. Para mí, constituía un drama el fin de las Navidades.

Por eso inventé Navidazonia: un parque temático donde todo el año era Navidad. Para crearlo, confieso que me inspiré en la “Isla de los Juegos” de la película Pinocho de Walt Disney, aquella isla a la que los niños malos eran conducidos por un zorro llamado “El Honrado Juan” y, después de divertirse y de comer cuantas golosinas desearan durante toda una tarde, acababan convertidos en burros. Navidazonia lo imaginaba de ese estilo, pero más nevado y con atracciones navideñas. Incluso la figura de “los Papás Noeles que regalaban caramelos” surgían en mi mente a partir de las enormes estatuas de indios de madera que repartían puros a los niños diciendo: “Aquí se fuma… ¡fumen hasta empacharse!”

Fotograma de la película Pinocho (1940), de Walt Disney
Fotograma de la película Pinocho (1940), de Walt Disney

Qué mecanismos más extraños y retorcidos posee la imaginación infantil. Cómo echo de menos la ausencia de futuro que me embargaba, la felicidad al alcance de un acción tan poco trascendental como poner el Árbol de Navidad.

Casi veinte años después, un sentimiento de melancolía decadente me invade cuando pienso que hoy es Nochebuena. Ya no escucho villancicos, sino canciones desasosegantes de Jim Morrison. Temo encender la tele para verme asaltada por todas esas películas de finales felices y reuniones familiares bajo los ojos del bueno de “Santa”. De amores que siempre llaman a la puerta el 25 de diciembre, de vidas que se arreglan y sorpresas inesperadas.

Y me parece que la tristeza es una especie de ermitaña en esta época, lo cual me hace sentirme aún más lejos. La Navidad son fiestas para disfrutar en la infancia. Después, se convierten en caldo de cultivo para la nostalgia de los días y de las personas que ya no te acompañan. Como diría Morrison: “todo está roto y baila”.

Voy a pedirle al Papá Noel que nunca viene a mi casa un pasaje sin retorno a Navidazonia. Mientras lo espero, os deseo una feliz noche y me despido de la mano de Lennon…