El presente imposible en «Así que pasen cinco años» de García Lorca

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Escena de la adaptación de la obra representada en el Teatro Valle-Inclán

Dentro de cuatro o cinco años existe un pozo en el que caeremos todos.

Federico García Lorca escribió estas palabras en 1931, exactamente cinco años antes de estallar la Guerra Civil en España. No se trata de la única predicción inquietante que aparece en Así que pasen cinco años, la obra que se representa estos días en el Teatro Valle-Inclán de Madrid. En los últimos tiempos, parece que los directores y las compañías se arriesgan por fin con el llamado “teatro imposible” lorquiano, bautizado así por la dificultad de llevar a escena una trama marcadamente onírica y de encendido tono surrealista, donde se mezclan el verso y la prosa, los personajes se multiplican y las obsesiones del autor adquieren corporeidad. Hace unos meses, tuvimos la oportunidad de asistir a la otra gran obra “imposible” de Lorca: El público, estrenada en el Teatro de la Abadía bajo la dirección de Àlex Rigola y la magnífica interpretación de la compañía Teatre Nacional de Catalunya.

Así que pasen cinco años se encuentra, como he dicho, en la misma línea que El público, pero, en mi opinión, posee un argumento menos complejo, menos deshilachado. Subtitulada “Leyenda del Tiempo en tres actos”, la obra nos introduce en un mundo en el que el presente se convierte en una dimensión inaccesible, en una mera transición entre pasado y futuro, imposible de ser vivida en plenitud. El protagonista, el Joven, ha esperado durante cinco años a su prometida, a la que apenas recuerda, pero que simboliza todas sus ilusiones futuras. Desde el comienzo, una amalgama de personajes –el Viejo, el Amigo 1, el Amigo 2- rodean al Joven, discutiendo con él, animándolo o entristeciéndolo. Son, en realidad, distintas facetas de su personalidad; es decir: distintas facetas de la personalidad de Lorca. Así, el Viejo es la persona que el Joven-Lorca teme llegar a ser; el Amigo 1 es el Lorca vividor, donjuanesco y apasionado, y el Amigo 1 es su parte lírica, poética, aquella que no reniega de su homosexualidad –en las acotaciones, Lorca indica que, en caso de no existir un actor muy joven para hacer el papel, debe hacerlo una muchacha-.

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Escena de la adaptación de la obra en el teatro Valle-Inclán

El conflicto sobreviene cuando llega el momento del reencuentro entre el Joven y la Novia, y esta rechaza al Joven para fugarse con el Jugador de Rugby, un personaje deshumanizado que representa el prototipo de la “virilidad descerebrada”, que Lorca consideraba como lo opuesto a sí mismo. Pero la Novia lo prefiere antes que al Joven, a quien llama “el viejo, el lírico”, a quien critica por “no apretar la mano” o “tener los dientes fríos”. Aparece así una de las obsesiones lorquianas: la idea de no ser “suficientemente hombre”, que va aparejada a la homosexualidad.

Tras el rechazo de la Novia, el Joven queda desorientado y se pregunta: “¿Qué hago con esta hora que viene y que no conozco?”. Entonces, el maniquí del vestido de boda que le había comprado a la Novia se humaniza e, inmerso en un discurso lírico, se lamenta de no tener nadie a quien poder vestir, y orienta al Joven para que vuelva sus ojos hacia otra muchacha: la Mecanógrafa. Se trata de una mujer que trabajaba para él y que, durante los cinco años que él esperó a la Novia, ella lo amó en silencio. El Joven corre a buscarla para profesarle su amor, pero el Tiempo vuelve a traicionarlo. La Mecanógrafa lo rechaza, dando paso a un diálogo que considero uno de los momentos culminantes de la obra:

MECANÓGRAFA – Tú esperabas y me dejaste marchar, pero siempre te creías amado. ¿Es mentira lo que digo?

JOVEN. (Impaciente.) No, pero…

MECANÓGRAFA. Yo, en cambio, sabía que tú no me querrías nunca. Y, sin embargo, yo he levantado mi amor y te he cambiado y te he visto por los rincones de mi casa. (Apasionada.) ¡Te quiero, pero más lejos de ti! He huido tanto, que necesito contemplar el mar para poder evocar el temblor de tu boca.

Finalmente, la Mecanógrafa le promete irse con él… así que pasen cinco años. El Joven se siente derrotado de nuevo por el Tiempo, mientras él sólo quería vivir el presente, quizás por vez primera. Pero sus ilusiones amorosas no son más que eso, en realidad, y por eso le da igual vivir enamorado de la Novia que de la Mecanógrafa. Ambas constituyen un intento por llenar de esperanzas el presente: son un puente hacia la paternidad, otro de los temas que obsesionan a Lorca. Y dicha obsesión aparece también en el personaje del Niño Muerto que no quiere ser enterrado y huye junto al Gato, que se empeña en afirmar que es una Gata, a pesar de que el Niño se resiste a reconocerlo –de nuevo, otra alusión velada a la homosexualidad-.

La transición del Niño Muerto y la Gata no es la única que aparece en la obra; en el Acto Tercero se presentan un Arlequín y un Payaso, que representan el Sueño y el Tiempo, torturando a una Muchacha “asustada de la realidad”. A partir de entonces, Lorca crea un cierto distanciamiento, porque estos dos personajes, el Arlequín y el Payaso, van a darle a la obra un cierto viso de espectáculo circense grotesco.

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Escena de la adaptación de la obra en 1994

La adaptación estrenada en el Valle-Inclán, dirigida por Ricardo Iniesta, no alcanza las cotas de espectacularidad que presentaron en El público: se trata de un montaje más sencillo pero, no obstante, fiel al texto lorquiano, con magníficas actuaciones: Raúl Sirio Iniesta –en el papel del descafeinado Joven-, Raúl Vera, Jerónimo Arenal, María Sanz, Elena Amada Aliaga, Manuel Asensio, Carmen Gallardo, Silvia Garzón y José Ángel Moreno. Como curiosidad, cabe destacar el guiño que hacen al principio a la canción de Camarón, “La leyenda del tiempo”, basada en el texto de la obra. Ricardo Iniesta ya había estrenado otra versión de la obra en 1994, en el Teatro Atalaya.

La única crítica negativa que puedo hacer de la obra nace del cuadro último. En el texto lorquiano, tres siniestros jugadores que representan a las Parcas inician una trágica partida de póquer con el Joven. En un momento, le obligan a echar el as de corazones. En la adaptación de Iniesta, el Joven muere se va apagando lentamente, muriendo en silencio, tras echar la carta. Se trata de una solución menos simbólica y escalofriante que la que tiene lugar en el texto lorquiano, donde ocurre así:

JOVEN. ¡Juego! (Pone la carta sobre la mesa.)

(En este momento, en los anaqueles de la biblioteca aparece un gran as de coeur iluminado. El Jugador I.° saca una pistola y dispara sin ruido con una flecha. El as desaparece, y el Joven se lleva las manos al corazón.)

Cinco años más tarde, Federico García Lorca fue fusilado en Granada. Se dice que sus asesinos fueron tres hombres, falangistas. La casualidad resulta, cuanto menos, siniestra.

Trato con la Muerte

Fotograma de El séptimo sello (1957), de Ingmar Bergman
Fotograma de El séptimo sello (1957), de Ingmar Bergman. El protagonista, encarnado por Max Von Sydow, se juega su vida a una partida de ajedrez con la Muerte

Últimamente, mis sueños se han vuelto muy postmodernistas. Hace poco más de un mes, una Marbú Dorada me reveló que no tengo futuro profesional, acontecimiento que me condujo a una intensa reflexión acerca de las ilusiones perdidas en mi generación. Esta noche, no ha sido precisamente una galleta quien se me ha presentado, aunque el desenlace del conflicto sigue teniendo mucho de vanguardista.

Rememoremos. Delante de mí tenía a una criatura negra y alta, encapuchada, que sostenía una guadaña. Lo habéis adivinado: era la Muerte, y además una Muerte de perfil clásico, con su guadaña y su capucha: nada de esqueletos exóticos u hombres calvos a lo Ingmar Bergman. Hasta ahí, reconozco que hay poco vanguardismo.

El caso es que, tras un episodio onírico-marinístico de aventuras y fantasmas que no traeré a colación –mis sueños podrían adaptarse para el cine-, pero en el que no había resultado bien parada, la Señora Parca había decidido que era tiempo de llevarme con ella. En efecto, queridos lectores: me había llegado la hora.

Yo, que en situaciones críticas me vuelvo muy ingeniosa, me decidí rápidamente a no perder los nervios y negociar con el tenebroso ser mi paso al Más Allá. Ni un vendedor de seguros nacido de la pluma de James McCain lo hubiera hecho mejor. Ya sé que, llegados a este punto, os imagináis propuestas clásicas como una partida de ajedrez, una acción benévola para con mis seres queridos o incluso encontrar un hogar para una pobre huerfanita –los que seáis de mi generación y hayáis aderezado vuestra infancia con Todos los perros van al cielo (1989), me entenderéis-. Pero, ¡no! Ya os dije que el final es muy postmodernista.

Fotograma de Perdición (1944), de Billy Wilder. En la escena, el vendedor de seguros representado por Ben McMurray negocia con la ambiciosa Barbara Stanwyck
Fotograma de Perdición (1944), de Billy Wilder, basada en la novela de James McCain. En la escena, el vendedor de seguros representado por Fred McMurray negocia con la ambiciosa Barbara Stanwyck

Lo que se me ocurrió fue proponerle a la Muerte escribir por ella una columna semanal en mi blog. Así, tal cual. Se ve que apareció mi vena periodística, ese mito que ha permanecido oculto durante cuatro años de carrera y del cual ya me había planteado que en realidad se tratase de los padres. Pues bien, la Muerte no rechazó la idea. Se llevó la huesuda mano al lugar donde se supone que debería encontrarse su barbilla y me dijo: “Bueno, he de admitir que escribes muy bien; tal vez debería pensarlo”. Por mi parte, y como buena vendedora de seguros periodísticos, le metí un poco de presión, sobre todo porque no me apetecía quedarme con la incertidumbre de saber si me iba a morir o no. Le hablé de las interesantes perspectivas que abriría el hecho de poderse dar a conocer cada semana en una columna, reflexionando sobre el panorama actual o pasado y utilizándome como mera transmisora de sus pensamientos.

Al final, acabó aceptando: me prolongaría la vida durante el tiempo que yo estuviera dispuesta a redactar a su nombre una columna semanal. No era una oferta tan cruel, si lo pensamos bien: hay tantos periodistas becarios que trabajan como chinos sin cobrar un sueldo… Esto sería algo así como una clase de “Becarios 2.0”: trabajas, no cobras y, si dejas de trabajar, estás muerto. Un paso más de la situación actual. El colmo del capitalismo.

Cuando me desperté por la mañana, me sentía orgullosa de mí misma por haber burlado a la Muerte. Pero, no os emocionéis: he decidido que no voy a escribir esa columna semanal. En parte, por falta de tiempo; pero también porque la Muerte se merecería algo más popular que mi blog. ¿Os imagináis cuántas reflexiones interesantes podrían recogerse? Nos hablaría, tal vez, de escritores fallecidos, de sus últimos deseos; describiría las guerras que solo conocemos superficialmente a través de los telediarios. Criticaría la estupidez humana: la pérdida de tiempo con gente que no aporta nada, la infravaloración de los momentos cotidianos más preciosos, la inútil acumulación de riquezas… Demasiado jugoso para un blog modesto como el mío, ¿no creéis?

Querida Muerte: no te sulfures; si algún día se me tuerce el camino y acabo convertida en una periodista famosa; entonces, podremos hablar de negocios.