Supervivencias tribales en el medio literario

El título de un poema de Desolación de la quimera, de Luis Cernuda –Cernuda, ¡siempre Cernuda!- me inspiró a la hora de escribir esta humilde radiografía de la realidad. La escribo para todas aquellas almas inocentes que, como yo, tratan de abrirse camino por el laberíntico y envenenado “mundillo cultural”. No lo hago con la intención de desanimar a nadie, pero sí de poner en alerta.

Fotograma de El Padrino (1972), de Francis Ford Coppola

Fotograma de El Padrino (1972), de Francis Ford Coppola

Para que nos entendamos bien, el “mundillo cultural” madrileño –hablaré del madrileño, por ser el que conozco- funciona del mismo modo que las “familias” en la novela de Mario Puzo que dio origen a la famosa trilogía cinematográfica de Coppola: El Padrino. No voy a especificar quiénes serían los Corleone, quiénes los Tattaglia y en qué lugar quedarían los Barzini, los Cuneo y los Stracci. Pero, insisto: funciona exactamente del mismo modo. Luis Cernuda habló de “tribus”, concepto que serviría igualmente para explicar el mecanismo que rige el mundillo cultural y literario de la capital española.

En cada familia, hay un “Don” o “Padrino”, que se constituye como la estrella de una pequeña galaxia en torno a la cual giran una serie de planetas, algunos de los cuales poseen sus propios satélites. Ya lo ilustró en su día el brillante y finalmente errado Ernesto Giménez Caballero:

Dibujo de Ernesto Giménez Caballero

Dibujo de Ernesto Giménez Caballero

En el contexto interno de una “familia literaria”, todo funciona y avanza mediante un sistema de “favores”. El aspirante a nuevo miembro deberá realizar una serie de méritos para ser adoptado. Una vez dentro, la familia –y en especial, el Padrino- iniciará una protección sobre él que incluirá su participación en proyectos y una buena propaganda de sus habilidades. Esta será la cara amable. El novato se sentirá respaldado y motivado; creerá que, por fin, se valora su talento pero, un buen día, descubrirá que todo tiene un precio y que el que le piden, en este caso, es la independencia. Fidelidad rayana a la adoración y no salirse del rebaño. Y si se le ocurre tomar una decisión que no agrade al líder…

Bonasera, Bonasera, ¿qué he hecho yo para que me trates con tan poco respeto? Si hubieras mantenido mi amistad, los que maltrataron a tu hija lo habrían pagado con creces. Porque cuando uno de mis amigos se crea enemigos, yo los convierto en mis enemigos. Y a ese lo temen…

A partir de ese momento, todas esas amabilísimas personas que tanto le habían valorado y elogiado le dan la espalda de forma repentina y sin explicaciones, aunque con ellos no vaya la supuesta “ofensa”. Y eso, si tiene suerte de no ser lo suficientemente impertinente como para acabar encontrando una cabeza de caballo en la cama, claro está. Y entre la indiferencia y la cabeza de caballo, se encuentra la mala propaganda. Y aquí encajaría Georges Brassens con “La mala reputación”.

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Igual que en El Padrino, hay familias más poderosas y otras menos influyentes que dependen, en último término, de las primeras.  Dentro de la familia, hasta los individuos de menor peso se sentirán más poderosos que aquellos “exiliados” que, por una u otra razón, no pertenecen a ninguna. Aquí entra en juego incluso la descortesía: si no tienes importancia y no posees a nadie que te respalde, hasta los más insignificantes te humillan. Y ya puede ser bueno tu trabajo, que te pisarán sin ningún tipo de remordimiento. Después de todo, no eres nadie y no supones ninguna amenaza.

Una variante de este tipo de personajes los encontramos solamente las que somos mujeres y jóvenes. Qué frustrante es descubrir que, en algunos casos, interesa más tu persona que tu mayor o menor talento.

Fotograma de El Padrino (1972), de Francis Ford Coppola

Fotograma de El Padrino (1972), de Francis Ford Coppola

De esta forma, las tribus o familias se desplazan siempre en compaña y tienen sus lugares preferidos de reunión. Aparentemente, una amistad profunda los une, pero, si indagamos un poco, descubrimos que dichas amistades se basan en el interés, porque son amistades que no salen del ámbito y que se forjan tan rápido como se destruyen.

Personalmente, me considero una apasionada de la cultura, pero me siento muy orgullosa de moverme en círculos que no se reducen a un plano literario o intelectual. Tengo amigos ingenieros, economistas; amigos a los que no les atrae la lectura y otros que son personas inteligentísimas pero confiesan no entender un poema. Y, por supuesto, también cuento con amigos literatos con quienes intercambiar nuestros escritos y acudir a recitales y presentaciones.

Jamás voy a ser una persona gregaria. Y si eso supone no ascender en el mundillo cultural, que así sea. Lo más importante y lo que nadie me va a quitar nunca son las ganas de seguir escribiendo. En mi escasa experiencia, he encontrado alguna que otra persona que ha llegado lejos sin haber pertenecido a ninguna familia, que nunca ha renunciado a su independencia, a pesar de ganarse odios y enemistades. Personas que me han apoyado sin esperar nada a cambio, que han valorado mi trabajo y mi talento. Encontrar estas raras avis por estos mundos y submundos de la cultura constituye, desde luego, una tremenda motivación.

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