“Ahora que es tarde”: un puente levadizo a la poesía de José Luis Morante

En palabras de Antonio Machado, vivir es “pasar haciendo caminos sobre la mar”. También podríamos aplicarlo a la literatura. Hay caminos más anchos y otros más estrechos; senderos que se interrumpen frente a un árbol hendido por el rayo y otros que continúan, serpenteantes pero firmes, desafiando al tiempo y a cualquier obstáculo que esgrima la existencia misma.

El camino poético de José Luis Morante (El Bohodón, Ávila, 1956) es largo y fructífero, cuajado de lecturas que crecen a uno y otro lado, perennes y frondosas, perfilando el trazado. Hoy tenemos la ocasión de adentrarnos por ese camino gracias a la aparición de Ahora que es tarde, una antología que recoge una selección de su obra poética entre 1990 y 2020. El libro, exquisitamente editado por La Garúa, cuenta con un prólogo de Antonio Jiménez Millán titulado “José Luis Morante: poesía y reflexión”, que hace referencia a uno de los rasgos más característicos de su poética: la profundidad, la hondura. Verso a verso, el pensamiento se despliega como la lengua de una mariposa; avanzamos página a página con naturalidad mientras el poeta nos contagia de su minucioso y lírico afán por analizar el mundo que nos rodea y, de paso, nuestro propio paisaje íntimo.

Comienza el sendero en 1990 con un primer libro, Rotonda con estatuas, en el que la soledad engendra la creación y nacen los ejes de su poética que se mantendrán a lo largo del tiempo. La poesía se perfila, en sentido cernudiano, como una suerte de dimensión accesible solo desde el apartamiento consciente: “Cuando no supe de qué hablar con los hombres…”, “Desde mi soledad a ti camino”. Surge ya la contemplación del paisaje urbano desde una perspectiva lírica: “La calle estaba recién puesta, / resplandeciente y dócil”; existe una identificación de poesía y vida: “Me sonaban los pasos a verso en asonante”. Como bien señala Antonio Jiménez Millán, es indudable ya desde este comienzo la deuda con la poética de Ángel González –que puede extenderse a toda la Generación del 50– y que se refleja en una cierta amargura irónica y en la visión del ser amado como una deidad que, con su soplo, es capaz de crear vida. Es necesario ese soplo, ese amor, para diferenciar al hombre de las estatuas. Aparece también en este primer libro la duplicidad del yo materializada en el poema “Heterónomos”, que recuerda inevitablemente a aquel otro poema de Juan Ramón: “Yo no soy yo. / Soy este que va a mi lado sin yo verlo…”. La influencia de Jiménez está presente a lo largo de toda la trayectoria poética de José Luis Morante, quien de hecho es un gran especialista en su obra.

En 1992, la duplicidad del yo evoluciona hasta convertirse en centro de la obra Enemigo leal, que profundiza en una perpetua rebelión íntima. El poeta, despierto, en permanente alerta, reflexiona: “Aun generalizando, todos cabemos dentro / de la especie enemigo”. Esa lucha lo aleja de “los mansos”, “porque limpios de culpa / hacen posible que otros / arrojen la primera piedra”. La enemistad, incluso la íntima, es necesaria como “motivo sagrado para seguir luchando”. Aquellos que escribimos, incluso los que estamos empezando, sabemos que hay otra clase de inevitables enemistades, surgidas de envidias, propias del circuito literario. En este sentido surge el poema “Enemigo leal”, que regresa a la figura de Juan Ramón, generador de pasiones y odios en su tiempo: “Tuvo un amplio elenco de enemigos leales”.

Dos años más tarde llegamos a Población activa, una obra con clara vocación de tiempo detenido. Aquí el presente se inmoviliza y es invadido por bocanadas de pasado: “Nada es eterno, salvo un lunes”, “Hoy tropecé contigo en la penumbra / de una antigua postal”. La contemplación del pasado va definiendo al poeta presente: “Algo me dice que en los gestos de un niño, / poniendo entre las sombras sus zapatos / y unos vasos de agua / para apagar la sed de esperados viajeros / está toda mi vida”. Concibe la vida como una “calle vacía” que “alarga al infinito su trazado”. Una vida que ha de llenar –aquí, otra vez, volvemos a Machado–. Es fundamental la reconciliación íntima que se produce en “Encuentro” –“Miré mi rostro / con curiosa sorpresa”– y “El otro”: “Hablaría del amigo perfecto para el viaje. / Lo impide su manía de guardar la distancia. / Siempre está al otro lado del espejo”.

La pleamar de recuerdos de infancia, de adolescencia, se hace más palpable en Causas y efectos (1997), que abre con el recuerdo conmovedor del padre, que “descubrió en la derrota / una patria feliz, compensatoria”. Se rastrea el inicio de la nostalgia en el colegio (“Así fui acumulando esta nostalgia”): “todo cuanto amaba / quedaba siempre lejos, misterioso, / hacia el lado que acoge los ponientes”. Esta obra es fundamental para perfilar la formación humana de la voz poética: su admiración por la ciencia –reflejada en el luminoso laboratorio, puerta hacia el futuro, de ese “pabellón de usos múltiples” del colegio–, la aparición del deseo mezclado con la pasión por la literatura en la figura de Beatrice, la profesora que “nos dio una razón definitiva / para abrazar la causa de los libros / con la ferocidad de una cruzada”, el descubrimiento del amor físico –“En la sombra, furtivos, / enlazadas las manos, silenciosos, / los dos adolescentes estrenaban / ese fulgor perplejo / de quien se desconoce”. Surgen, como siempre, numerosas referencias culturales: del cine –“Sesión de noche”–, de la pintura –Da Vinci–, de la literatura –el inspector Maigret–; incluso de la música –la “Amanda” de Víctor Jara–. La vida, concluye el poeta, “es una sucesión aleatoria de causas y efectos / sobre las dunas de la realidad”. Y el arte sobrevive al artista, como demuestra en “Ante una biografía”, poema en el que Da Vinci es consciente de su propia intrascendencia frente a su obra, La Gioconda.

El ingenio y la ironía –herencia de la Generación del 50– que ya eran palpables en todas las obras anteriores se iluminan en Un país lejano (1998). La imaginación despliega mundos, personajes y situaciones lejanos a su realidad y con los que, sin embargo, el poeta se siente identificado de algún modo. En ese país lejano imaginado aparece un “yo contradictorio / que no tiene pasado ni futuro”. Se suceden en los versos un francotirador, nómada, el prisionero al que su amor salva de la prisión, el miniaturista que perfila mensajes secretos para su amada, los extranjeros (“la nada que persiguen es la nada”), el último cliente que “narra con acopio de detalles / las rutilantes vidas que no ha sido”. En “Profesor de idiomas” y “Un inexplicable asesinato” el cine vuelve a hacerse vida; la vida, literatura. El humor surge en “Poeta consagrado” (con su “perenne halitosis”) y “Funcionario poeta”, en el que se compara con Superman –y nos arranca una sonrisa a los que compartimos su sino–. Me parece muy reseñable, en esta obra, el poema “El miedo”, uno de los más conmovedores de todo el libro, donde aborda el tiempo desde una perspectiva cíclica.

El viaje también tiene una importancia fundamental en la formación de un poeta. José Luis Morante le dedica un poemario completo en 2001: Largo recorrido, que es un canto a la seducción de la lejanía, a la incertidumbre: “Un territorio abierto a lo posible, / un rostro seductor, la lejanía”. El pasado, tan importante en los anteriores poemarios, se hace a un lado en éste: “Abandonar en tierra con alivio / la gastada maleta del pasado”. Se trata, en esta ocasión, de un homenaje al presente y a las múltiples posibilidades brindadas por el futuro: “El futuro no existe. Lo inventamos”. No obstante, el pasado interrumpe en forma de conciencia, como “ruidos  / misteriosos de todas las ausencias / que nos hablan en críptico lenguaje”. Concluye el poemario en Rivas –“un árbol que resguarda la memoria”–, lugar de residencia del poeta donde se detiene el viaje con sentimientos encontrados: “acumulo renuncias e inquietudes / y despide mi mano el tren vacío / de la vida que parte, no sé dónde”.

En La noche en blanco (2005), el viaje lo realiza la voz poética por su propia conciencia. La vigilia hereda esa pervivencia de la lucha, de la constante alerta, de los primeros libros: “En la torre central guardo vigilias”. En el territorio de la noche se fortalecen las propias convicciones: “A veces el silencio / agranda sus certezas / e impone a cada cosa su sentido”, “He perdido el anhelo difuso de ser otro”. No se resiste a volver al pasado (“Regreso”), ni a analizar su oficio de escritor (“Identidad”), incluso su propia imagen frente a la sociedad –en “Máscara”, que tanto recuerda a la poética de Ángel González: “Su logrado artificio / oculta las estrías. / Se hizo con materiales resistentes. / Con ella se completa su disfraz”. 

Ninguna parte (2013) es un análisis del presente en el que se advierten signos de cansancio, que paradójicamente sirven al poeta para reafirmarse en el mundo. “El picaporte” abre magistralmente el poemario, con un homenaje al padre, “extraviado en la sombra”, que evoca el pasado para resistir: “A veces su mirada resucita”. El propio poeta confiesa, en “Vista cansada”: “Mis ojos envejecen”. Pero más adelante, contempla esta misma idea con humor, cuando enumera sus gafas como una de “las cosas necesarias”: “Las gafas que esclarecen el pasado. / (Mis gafas nunca miran el futuro; / me provoca presbicia)”. Igualmente ocurre en “Otitis”, donde además hace un guiño al “Retrato” machadiano, cuando el tratamiento impuesto por el otorrino es “paciente aprendizaje / y discernir / las voces y los ecos”.

La última parada del camino en Ahora que es tarde ocupa un lugar especial: está reservada al poemario inédito Nadar en seco, que constituye una reflexión íntima sobre su lugar en el mundo, el presente como consecuencia del pasado, la identificación entre poesía y vida: “Es aquí donde estoy, / tras las grietas de un yo parapetado / en la profundidades de sí mismo”. Sigue presente el sentido de alerta, de vigilia constante –“Camino a tientas. / Sé que soy mientras busco”–, porque “Palpita la vejez / cuando no hay sueños”. Aquello que “nada en seco” es “el tiempo que no tuvo”: las posibilidades cegadas por el presente. La poesía continúa erigiéndose como refugio de la realidad: “toco fondo / y me quedo a vivir en el poema”. Y por último, un broche dorado para cerrar la obra, el magnífico “En clave autobiográfica” que comienza con un guiño a Alberti y a Gil de Biedma: “Yo nací (perdonadme) / con la televisión en blanco y negro”. Termina el poema con una reflexión: “El futuro es de otros”.

Sin embargo, me atrevo a afirmar que los versos de este libro resistirán a los embates del tiempo del mismo modo que el fructífero camino literario y crítico de José Luis Morante, que no se detiene aquí, que todavía tiene tanto que ofrecernos. Los treinta años de quehacer poético de esta antología lo revelan como una voz imprescindible del panorama poético actual en la que el pasado, “con su ruido de puente levadizo”, se extiende ante nosotros para ir alcanzando, palabra sobre palabra, el presente.

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