Antología de los Bardos

Rompo de nuevo mi silencio opositoril para anunciar con júbilo que ya ha salido a la luz la Antología de mi grupo poético, Los Bardos, con Ediciones de la Torre. Además de figurar entre los poetas antologados (junto a María Agra-Fagúndez, Débora Alcaide, Rebeca Garrido, Alberto Guerra, Alberto Guirao, Conchy Gutiérrez Blesa, J. L. Arnáiz, Andrés París, Francisco Raposo, Eric Sanabria y Andrea Toribio), soy la autora del prólogo y de las semblanzas individuales que acompañan a cada una de las doce muestras poéticas.

El viernes pasado recibimos los primeros ejemplares en nuestro “cuartel general”, la vinoteca Xelavid:

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Reseña de Andrés París sobre “Los despertares” y “Mi nombre de agua”

Mi buen amigo y compañero de devenires literarios, Andrés París, ha tenido el detalle de escribir sus líricas impresiones acerca de mis dos poemarios, Los despertares y Mi nombre de agua. A sus 21 años, Andrés es autor de dos libros de poesía: Sonetos y velas vanguardistas (Círculo Rojo, 2011) y Entre el infinito y el cero (Poeta de Cabra, 2015), de los que pronto hablaré por aquí. Y sin más, os dejo con sus palabras acerca de mis obras:

Ser bioquímico pasa factura en los análisis, consciente soy, y algunos autores escriben en una continua y cambiante gran obra que ha de verse en perspectiva. Creo que es el caso, ocurre cuando la vida se hace indistinguible de los poemas y estos son hermosamente jóvenes. Dos poemarios, un hilo que evoluciona desde un joven azul monocromático de infancias y dibujos de Darío -tal vez tímido y preocupado en no resultar demasiado simple- hasta una sorprendente y atractiva policromía de lo cotidiano. La música se mantiene como una lluvia que espera al otro lado de la página en todos los versos. No asustan algunas rimas y al final no es necesario emplear los mismos símbolos, porque el miedo se ha dejado en el pasado. Hay esperanzas que contraen experiencia y mucho con lo que sentirse implicado.

¿Dónde está la princesa que se perdió una noche
en alguno de los palacios que componen
su ligero esqueleto de libélula?

De “Praga (para leer a ritmo de vals)”, de Los despertares.

Kerouac, Morrison, Alberti… son algunos de los personajes poéticos que encarnan lecturas y emociones personificadas anteriormente en la Bella y Alicia. El despertar despierta y se dirige a nosotros con voz varias eternidades levantadas. Hay una mirada nostálgica hacia su propio yo que recuerda al relato “El otro” de Borges. La poesía de la definición alcanza una cota excelente y brilla siempre por el verbo “ser” en tercera persona.

Era una flor azul la que me tendías. Demasiado azul para clavármela en el fondo de la garganta. La rechacé suavemente.

De “Azul”, de Mi nombre de agua.

Hay un aura de comunicación urbana, una coda, entre neones en la noche, tacones y luces en los bajos junto a Moriarty. Las imágenes son del siglo pasado y la fuente no cesa en una prosa poética subordinada, al principio solo simple y directa, que alterna valiente con las aceleraciones de la cursiva y los versos estrofa. Hay una huida hacia las ciudades de los poetas con “alguien más”, de ojos incoloros e ignotos, de presencia amable y fantasmal que nunca llega.

Te vas otra vez, despacio, como arrepintiéndote. La ciudad comienza a desvanecerse de nuevo en el gris de los aires, y una pregunta se queda flotando en la niebla.
¿Quién eres?.

De “Alguien más”, de Mi nombre de agua.

Hay plasticidad en cada neumático y guillotina, en los objetos imaginados y su contexto traído elegantemente a los mentados. Hay una transición prudente en cada esquina y ninguno se queda umbrío por muy elevado que ramifique el árbol de sucesiones. La boca se vuelve el centro de la tierra.

Bésame hasta que no te queden primaveras
en las encías.

De “Como si no te conociera”, de Mi nombre de agua.

Y como adelanto, hay valses que serán otra historia con acotaciones y movimientos en los bailarines del próximo poema.

Entrevista en Radio La Isla

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Mi buen amigo y gran poeta Paco Ramos Torrejón, autor de El aprendizaje del miedo (Lápices de Luna, 2015), me entrevistó el pasado martes 23 de agosto en su espacio radiofónico La Duermevela de Radio La Isla. Hablamos de mi segundo poemario, Mi nombre de agua, y también del primero: Los despertares. La entrevista dio paso a un interesante debate acerca de las últimas tendencias poéticas, que consisten en la mezcla de géneros.

Aquí os dejo el enlace al podcast para que escuchéis la entrevista, a cargo de Paco y de su compañera Nazaret Medina.  ¡Fue para mí muy emocionante!

La pasajera eternidad poética de “Los días mejor pensados”, de Alberto Guirao

portada2balta2bresolucionTuve ocasión, hace unas semanas, de participar, junto a Guadalupe Grande -hija del poeta Félix Grande-, en la presentación madrileña de Los días mejor pensados (Universidad Popular de San Sebastián de los reyes, 2016): la segunda obra poética de Alberto Guirao (Madrid, 1989), ganadora del XII Premio Nacional de Poesía Joven Félix Grande 2016.

Conocí a Alberto en la facultad: fuimos compañeros en la carrera de Periodismo. Pero él, como yo, también tiende más a la literatura. Este es su segundo galardón poético: ya obtuvo en 2010 el Premio Marcos R. Pavón del Centro de Poesía José Hierro, con el que publicó su primer poemario: Ascensores. También participó en una antología: Tenían veinte años y estaban locos (La Bella Varsovia, 20011), dirigida por Luna Miguel.

En una época en la que el panorama poético se halla dominado por la explicitud, nos encontramos con esta poesía de Alberto, compleja e indescifrable en una primera lectura, que va desvelando sus matices y su esencia a medida que profundizamos en ella. Una poesía originalísima a cuyo significado se llega después de bucear largo rato por sus mares, y se trata de un significado que puede variar de un lector a otro.

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Alberto Guirao recibe el Premio Félix Grande

La primera característica que, en mi opinión, define la poética de Alberto, es la idea constante del viaje, la huida o el temor ante lo permanente. Desde el segundo poema de la obra, nos encontramos ya con la división entre “los que se quedan” y “los que se marchan”, repetida a lo largo del libro. Quedarse es rendirse a la certidumbre, someterse a lo permanente. Marcharse es buscar la aventura, el riesgo, la inseguridad, en definitiva, la vida. El propio poeta ha hecho de su existencia un viaje, desarrollando su formación académica y literaria en lugares como Roma, Sevilla, Córdoba…

El yo lírico se inclina en todo momento por ese viaje. Desde el tercer poema, “Queja al exterminio”, ya surge la idea de la mudanza, del abandono de una casa, con una cierta nostalgia inherente a él. El poeta huye de lo definitivo. Leemos en uno versos: “Entré en ámbar porque rojo y verde son delirios mesiánicos poco recomendables”. El ámbar representa la idea de la posibilidad. El protagonista de la obra rechaza cerrar puertas, quedarse encasillado en una opción, en una única vida. Los personajes del libro van y vuelven, se marchan o se quedan, solicitan becas al extranjero. En este sentido, resulta muy transparente, incluso desde el título, el poema “Camina hacia el futuro, el regreso”. Junto al ámbar, aparecen otros símbolos de lo transitorio en la obra, como los zombis, seres a caballo entre la vida y la muerte, o el barranco como portal a la caída definitiva.

En “No fue fácil”, encontramos tres muestras más de esta idea. En primer lugar, el miedo al útero de la mujer, que se interpreta como un temor a la idea de la permanencia que sugiere la posibilidad de tener un hijo. En segundo lugar, los versos “Mis amigos buscan parejas que enferman con la ausencia”, desde ese sentido de establecer una distancia entre el yo lírico y sus amigos. En tercer lugar, la casa en el árbol como símbolo de un refugio ficticio de la realidad, el que proporciona el amor.

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Alberto Guirao durante una lectura poética en Madrid

La obra se divide en tres partes. En la tercera, “Las fronteras compartidas”, la idea de lo transitorio surge ya en la propia relación entre el yo y el tú lírico, definida así: “Somos el uno para el otro en la eternidad de las modas pasajeras”. Ese tú lírico que se funde con el yo y que “viviría en todas las ciudades” porque, como dice el poeta en el título de un poema, “No hay lugar que tenga que ser siempre”.

En la propia forma de la poesía encontramos también esa huida de lo definitivo o permanente, con poemas que terminan en puntos suspensivos, con reticencias, frases inacabadas, finales abiertos. Los finales no suelen ser sentenciosos.

Esta poesía es heredera de la Generación del 50. Comenzando por la compleja selección del léxico propia del barroquismo de Caballero Bonald, también el ingenio, la ironía e incluso el humor negro de Ángel González sobrevuela toda la obra: esa inteligencia que analiza el mundo cotidiano, desgranándolo y poniéndolo en entredicho, como se refleja, por ejemplo, en “Problema físico nº 4”, donde el autor ironiza con la idea del suicidio:

“¿Cuánto tiempo podremos vivir de esta manera?”
enuncia a un suicida el otro al vuelo,
a ochenta metros sus sombras,
hombro con hombro, bocabajo, con
la requerida gravedad
sin rozamiento,
a 6,6 m/s.

La cotidianidad que es analizada y desgranada en extremo se espiritualiza, muy en la línea de la poética de Claudio Rodríguez, en la que asistimos a la sacralización de lo banal. Los versos de Alberto están cuajados de este trasvase constante entre lo sacro y lo profano. Esta idea se muestra perfectamente en “Queja al exterminio”, donde surge la presencia de “tres tangas en triángulo tripulando una trenza junto a un santo de aljibes en el subsuelo del gueto, desde el que suben mis muebles en ebriedad de cacerolas”. Sorprenden al lector esos “tres tangas en triángulo” que podrían considerarse una especie de Santísima Trinidad banalizada, y ese “santo de aljibes”.

Continuando con este trasvase entre lo sacro y lo profano, en el poema “Bellezas en la cuneta”, la mañana se convierte en un “ángel cauteloso”, la adolescente a la que se dirige el yo lírico es “sacramental”, y la idea de “matar a un ángel” recuerda a aquellos “ángeles muertos” descritos por Rafael Alberti en su poemario Sobre los ángeles. En la poética de Alberto Guirao, el mundo espiritual que conocía la tradición, de ángeles, santos y cielos; se ve expuesto a la banalidad de la sociedad presente, y el poeta trata de buscarlo dentro de esa banalidad.

El amor contribuye a la espiritualidad. Por eso, la amada se describe como “azul extracorpórea” en el poema “Todas las camas, la cama”.

En “Visión y rezo desde un mirador en Córdoba”, el yo lírico escribe a su abuelo muerto “con una rabia desorientada e infantil”. La mirada hacia el más allá, como una dirección más de esa espiritualidad presente en la obra, resurge con fuerza en la segunda parte, “Delirios de parentesco”, donde también aparece la Voz del abuelo muerto que cobra protagonismo en esa mesa donde todos están de luto y la conversación avanza de forma absurda, tratando de ocultar lo verdaderamente relevante: la ausencia del abuelo. A él se lo compara con “un santo” que “desoye la historia” y se le relaciona con los cipreses, los árboles de los cementerios.

He mencionado ya la huella de la Generación del 50 en la poesía de Alberto, pero casi más importante que eso es la presencia del Surrealismo: la presencia de imágenes que no conectan con la realidad, simbólicas, misteriosas e imprevisibles. Un Surrealismo atento a los detalles, a los objetos cotidianos, al encanto de lo banal, y en esto recuerda al Poeta en Nueva York de Lorca. Pero también un Surrealismo que podríamos relacionar directamente con el padre de este movimiento, André Breton, como se aprecia en el siguiente fragmento de “Bellezas en la cuneta”:

Con cara de ángel Con cara de cerradura ártica Con cara de escaleras y buzones Con cara de urgencias de taxímetro Con cara de devolución y dolor estatuario Con cara de sex and drugs y Con cara de otras cosas.

Al temor a la permanencia, a la espiritualización de lo banal y al tono surrealista hay que sumar dos características más que definen la poética de Alberto. La primera es la polifonía: hay alternancia en las personas líricas: a veces encontramos un yo lírico que otras veces se convierte en un tú como desdoble del yo; en otros poemas confluyen varias voces de forma caótica (ocurre, por ejemplo, en “Bellezas en la cuneta”). La segunda característica es la estructura dramática que a veces acerca los versos al género del teatro. Muy presente en la segunda parte de la obra, “Delirios de parentesco”.

La combinación de estas características mencionadas es lo que convierte la poética de Alberto en única. Podemos buscarle influencias, pero como mera muestra de la intertextualidad siempre presente en la poesía. Alberto Guirao sorprende por su originalidad, que se ve potenciada si la contextualizamos dentro de nuestro panorama poético, en el que parece que cada vez asusta más la idea de una poesía connotativa, a pesar de que precisamente esa debería ser su esencia.

Os dejo, para finalizar, un momento de la presentación del libro en Madrid, en la librería Rafael Alberti, en el que el propio Alberto recita el poema “No hay dios que lo recuerde”:

Presentación en Madrid de “Mi nombre de agua”

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Portada de Mi nombre de agua, publicado en Ediciones de la Torre, 2016

Seguimos recordando los devenires de mi segundo poemario durante el mes de junio. Hoy quiero aludir a la presentación que tuvo lugar el pasado viernes 24 de junio en Madrid: una velada memorable, a pesar de que se cernía sobre mí la terrible sombra de las calificaciones del examen de oposición, que presentía -y no me equivocaba- funestas. Pero su proximidad no logró ensombrecer lo que se convirtió en una de las noches más bonitas de mi “carrera” literaria, gracias a las personas que me apoyaron y me transmitieron, con su presencia y su entusiasmo, la fuerza que necesitaba.

Fue en el precioso Pabellón del Espejo, en el Paseo de Recoletos. Allí ya había presentado en 2014 mi primer poemario y había quedado fascinada por el espíritu lírico, romántico, que desprendía, con su estilo art decó armonizado con las preciosas cristaleras. Los camareros, además, no podían ser más amables y solícitos con nosotros.

En la mesa, me acompañaron el editor, José María de la Torre -que ha vuelto a depositar su confianza en mis versos al publicarme Mi nombre de agua– y Eduardo Pérez-Rasilla, profesor de literatura de la Universidad Carlos III de Madrid. Su asignatura fue una de las únicas por las que no me arrepiento de haber estudiado Periodismo. Eduardo, con su sabiduría y su maravillosa capacidad para bucear por las aguas turbulentas de la literatura, hizo un análisis completo de mi obra, acertando plenamente respecto a su esencia.

Además conté con el inestimable acompañamiento musical de dos grandes de la guitarra eléctrica: Juan Casado y Álvaro Gabaldón, integrantes de la banda de rock The Vagus Group, y la ayuda técnica de Jacinto, trabajador del CEIPSO Tirso de Molina.

Junto a mí, recitaron poemas del libro, además de mi padre, mis queridos poetas compañeros de generación: María Agra-Fagúndez, Rebeca Garrido, Alberto Guirao, Eric Sanabria y Javier Lozano.

Entre el público asistente había familia, amigos cercanos, amigos más lejanos cuya presencia me sorprendió maravillosamente y conocidos interesados en mi libro. Hubo poetas y lectores de poesía; hubo personas a las que no les fascina la lírica, pero estuvieron allí por el aprecio que sienten por mí. Me sentí muy arropada y me encantó que el público disfrutara con el recital, porque la mayor aspiración de cualquier escritor es la de transmitir algo a quienes lo leen, a quienes lo escuchan: “Su canto asciende a más profundo cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres” (Rafael Alberti).

Os dejo unas fotografías del acto tomadas, en su mayoría, por Javier Lozano, y por otros amigos que estuvieron presentes y tuvieron la amabilidad de enviármelas:

Y por último, una serie de vídeos de algunos poemas de la obra que recitamos a lo largo del acto, grabados por Javier Lozano:


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