“Todos los febreros cada dieciocho”, de Fer Gutiérrez. La herida abierta

Lo peor de la muerte no es la muerte en sí misma, sino el vacío que deja a su paso. En él profundiza el primer poemario del badalonés Fer Gutiérrez: Todos los febreros cada dieciocho, publicado en 2020 por La Garúa.

Febrero se convierte, para el poeta, en un mes marcado por la muerte, origen de la ausencia, sempiterno en el recuerdo: “Muero todos los febreros / cada dieciocho / al despertar / de cada muerte / he aprendido a hacer un silencio en la piel / a dejar escapar un pedazo de mí / sin preguntar”. Y febrero, con su “silencio de nieve”, se extiende a lo largo del calendario y de los años: “febrero a todas horas / […] aunque la vida no se detenga”, “No importa si nieva / el frío ya era”. La ausencia eterniza el invierno, incide en una “herida desnuda” que no termina de cerrarse: “morir de ausencia / un año y otro / sin tiempo para la cicatriz”.

Abundan en la obra símbolos como el espejo, que profundiza en esa soledad: “quedarse solo frente al espejo”, “todo ese silencio anudado al espejo”, “Mirarme en tu espejo / al apagarse la luz / fue mi primer gesto de soledad”. Otro es el del cuchillo o el puñal, que se alza como metáfora de la ausencia: “Tu habitación es un cuchillo / algún día / dejará de clavar su soledad”.

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“Ahora que es tarde”: un puente levadizo a la poesía de José Luis Morante

En palabras de Antonio Machado, vivir es “pasar haciendo caminos sobre la mar”. También podríamos aplicarlo a la literatura. Hay caminos más anchos y otros más estrechos; senderos que se interrumpen frente a un árbol hendido por el rayo y otros que continúan, serpenteantes pero firmes, desafiando al tiempo y a cualquier obstáculo que esgrima la existencia misma.

El camino poético de José Luis Morante (El Bohodón, Ávila, 1956) es largo y fructífero, cuajado de lecturas que crecen a uno y otro lado, perennes y frondosas, perfilando el trazado. Hoy tenemos la ocasión de adentrarnos por ese camino gracias a la aparición de Ahora que es tarde, una antología que recoge una selección de su obra poética entre 1990 y 2020. El libro, exquisitamente editado por La Garúa, cuenta con un prólogo de Antonio Jiménez Millán titulado “José Luis Morante: poesía y reflexión”, que hace referencia a uno de los rasgos más característicos de su poética: la profundidad, la hondura. Verso a verso, el pensamiento se despliega como la lengua de una mariposa; avanzamos página a página con naturalidad mientras el poeta nos contagia de su minucioso y lírico afán por analizar el mundo que nos rodea y, de paso, nuestro propio paisaje íntimo.

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Antología de los Bardos

Rompo de nuevo mi silencio opositoril para anunciar con júbilo que ya ha salido a la luz la Antología de mi grupo poético, Los Bardos, con Ediciones de la Torre. Además de figurar entre los poetas antologados (junto a María Agra-Fagúndez, Débora Alcaide, Rebeca Garrido, Alberto Guerra, Alberto Guirao, Conchy Gutiérrez Blesa, J. L. Arnáiz, Andrés París, Francisco Raposo, Eric Sanabria y Andrea Toribio), soy la autora del prólogo y de las semblanzas individuales que acompañan a cada una de las doce muestras poéticas.

El viernes pasado recibimos los primeros ejemplares en nuestro “cuartel general”, la vinoteca Xelavid:

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Reseña de Andrés París sobre “Los despertares” y “Mi nombre de agua”

Mi buen amigo y compañero de devenires literarios, Andrés París, ha tenido el detalle de escribir sus líricas impresiones acerca de mis dos poemarios, Los despertares y Mi nombre de agua. A sus 21 años, Andrés es autor de dos libros de poesía: Sonetos y velas vanguardistas (Círculo Rojo, 2011) y Entre el infinito y el cero (Poeta de Cabra, 2015), de los que pronto hablaré por aquí. Y sin más, os dejo con sus palabras acerca de mis obras:

Ser bioquímico pasa factura en los análisis, consciente soy, y algunos autores escriben en una continua y cambiante gran obra que ha de verse en perspectiva. Creo que es el caso, ocurre cuando la vida se hace indistinguible de los poemas y estos son hermosamente jóvenes. Dos poemarios, un hilo que evoluciona desde un joven azul monocromático de infancias y dibujos de Darío -tal vez tímido y preocupado en no resultar demasiado simple- hasta una sorprendente y atractiva policromía de lo cotidiano. La música se mantiene como una lluvia que espera al otro lado de la página en todos los versos. No asustan algunas rimas y al final no es necesario emplear los mismos símbolos, porque el miedo se ha dejado en el pasado. Hay esperanzas que contraen experiencia y mucho con lo que sentirse implicado.

¿Dónde está la princesa que se perdió una noche
en alguno de los palacios que componen
su ligero esqueleto de libélula?

De “Praga (para leer a ritmo de vals)”, de Los despertares.

Kerouac, Morrison, Alberti… son algunos de los personajes poéticos que encarnan lecturas y emociones personificadas anteriormente en la Bella y Alicia. El despertar despierta y se dirige a nosotros con voz varias eternidades levantadas. Hay una mirada nostálgica hacia su propio yo que recuerda al relato “El otro” de Borges. La poesía de la definición alcanza una cota excelente y brilla siempre por el verbo “ser” en tercera persona.

Era una flor azul la que me tendías. Demasiado azul para clavármela en el fondo de la garganta. La rechacé suavemente.

De “Azul”, de Mi nombre de agua.

Hay un aura de comunicación urbana, una coda, entre neones en la noche, tacones y luces en los bajos junto a Moriarty. Las imágenes son del siglo pasado y la fuente no cesa en una prosa poética subordinada, al principio solo simple y directa, que alterna valiente con las aceleraciones de la cursiva y los versos estrofa. Hay una huida hacia las ciudades de los poetas con “alguien más”, de ojos incoloros e ignotos, de presencia amable y fantasmal que nunca llega.

Te vas otra vez, despacio, como arrepintiéndote. La ciudad comienza a desvanecerse de nuevo en el gris de los aires, y una pregunta se queda flotando en la niebla.
¿Quién eres?.

De “Alguien más”, de Mi nombre de agua.

Hay plasticidad en cada neumático y guillotina, en los objetos imaginados y su contexto traído elegantemente a los mentados. Hay una transición prudente en cada esquina y ninguno se queda umbrío por muy elevado que ramifique el árbol de sucesiones. La boca se vuelve el centro de la tierra.

Bésame hasta que no te queden primaveras
en las encías.

De “Como si no te conociera”, de Mi nombre de agua.

Y como adelanto, hay valses que serán otra historia con acotaciones y movimientos en los bailarines del próximo poema.

Entrevista en Radio La Isla

radio la isla

Mi buen amigo y gran poeta Paco Ramos Torrejón, autor de El aprendizaje del miedo (Lápices de Luna, 2015), me entrevistó el pasado martes 23 de agosto en su espacio radiofónico La Duermevela de Radio La Isla. Hablamos de mi segundo poemario, Mi nombre de agua, y también del primero: Los despertares. La entrevista dio paso a un interesante debate acerca de las últimas tendencias poéticas, que consisten en la mezcla de géneros.

Aquí os dejo el enlace al podcast para que escuchéis la entrevista, a cargo de Paco y de su compañera Nazaret Medina.  ¡Fue para mí muy emocionante!