
Hay libros que descolocan nuestros esquemas: esas certezas que podemos poseer antes de abrir la primera página, convencidos de que vamos a encontrarnos con un poemario “al uso” –si es que ese concepto puede existir–. Abrir la nueva obra de David Delfín, Oqueruela Tékne (Maclein y Parker, 2026), es cuestionarnos cada uno de los cimientos de nuestra capacidad crítica para, como nos pide el prologuista, Vicente Luis Mora, “dejarnos llevar”.
Las etiquetas de los géneros, por ejemplo, se destiñen en este libro, porque no podrías afirmar con suficiente convicción que se trata de poesía en prosa o de narrativa lírica; pero lo interesante es que eso no importa. El río de sensaciones que te arrastra desde la primera hasta la última página te convence de que no importa. Por eso, también resultaría innecesario hablar de Oqueruela Tékne desde una perspectiva filológica o clásica. Vuelvo a remitir al estupendo prologuista, que nos hace una recomendación a la hora de profundizar en este libro: “hay que acercarse con la consciencia desconectada, más en duermevela que en vigilia, para dejar que la poesía nos llegue sin preocuparnos demasiado por lo que estamos leyendo” (Vicente Luis Mora).
Es sencillo abocarse a ese abandono, identificarse con muchas de las ideas esbozadas por esa voz lírica que, progresivamente, va desmigajando el mismo concepto de rutina, diseccionando la realidad y clavándola con alfileres en una dimensión sonámbula. En algunas páginas, los cortes se vuelven casi cinematográficos. Y siempre el poeta, sobrevolándolo todo, con dardos como: “Tantos lunes no resueltos”, “El porvenir, siempre un reino inútil”, “los benditos sobreviven a base de transfusiones bíblicas”…
Medir en rubendaríos.
Humanizar con la retórica de los pronombres irrompibles, aunque ya sin el fragor necesario de la juventud; creyendo así retener las grandes pasiones una última vez. Itsmos de soldadura líquida entre los conocimientos de entonces y los de hoy; irregresables con estatus de mapamundi que sostienen al aprendiz calladamente.
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