
Todos nos hemos sentido inmersos en un mundo lejano y permanente, ajeno al exterior, cuando viajamos por la noche en automóvil. Todos hemos experimentado dolor al contemplar una vieja fotografía y nos hemos sorprendido ante el ajetreo de una ciudad desconocida para nosotros, pero familiar para esas criaturas que entrelazan la rutina entre sus calles, y nos hemos imaginado habitar otras vidas mientras los miramos. Todos hemos caminado sin rumbo para acallar la angustia y hemos calibrado la desasosegante blancura de una sala de espera. Algunos también hemos contemplado desde fuera un gimnasio, como si fuéramos ajenos a quienes utilizan sus instalaciones, como si no estuviéramos entre ellos y fuéramos uno más: “son los propios gladiadores sus propios espectadores embriagados”.
Y hemos experimentado el mordisco lacerante del miedo: “El miedo llena todos los espacios, es una espuma blanca que colapsa los pasillos y ciega las ventanas”. Ese miedo paralizante que, sin embargo, solo paraliza a quien lo siente, porque el mundo continúa girando: “Me asomé y apareció el miedo. Y me paralizó, pero no pude dejar la mudanza. El agua que corría no dejó de correr. Las nubes en el cielo siguieron su curso. […] El miedo no acabó con nada. Todo continuó igual”. Esta emoción viene a menudo acompañada de la incertidumbre y de un género especial de frío ajeno al clima: “No hay prenda en el mundo que pueda acabar con este frío. Un frío que brota desde dentro hasta fuera”. Es el frío de las salas de espera, el del bisturí, el de los centros comerciales, en los que sobrevive la ternura de una pareja que descansa con las cabezas unidas. “Todos los centros comerciales se parecen, pero cada uno los vive a su manera”. Pero eso solo lo distingue el poeta, que es “adicto” a “las palabras que curan” y se plantea su propia existencia, porque, a veces, no siente propia su voz. El poeta es quien ve que, bajo las aguas transparentes de un lago, espera un lodo oscuro, igual que espera la tormenta tras el cielo azul, como una amenaza.
Escribió Ángel González que “hay que ser muy valiente para vivir con miedo”. Pero la vida siempre nos arrastra, y las prosas poéticas que componen el nuevo libro de Javier Gallego Dueñas, Maravilloso miedo (Ediciones Liliputienses, 2026) son una demostración de ello: el sujeto lírico desgrana la realidad cuando el miedo se convierte en un sentimiento familiar que pone su propio filtro para mirar el mundo. Poco a poco, el miedo se convierte en ese “mejor amigo” que “aleja las serpientes, esconde los monstruos, dispara a los demonios y encierra los venenos”. Y hay que ser valiente, sí, para seguir enfrentando la rutina y darle la mano a ese miedo y pedirle que nos acaricie, que deje ya de morder.
Javier Gallego Dueñas lo ha conseguido en este libro que es también un abrazo para el lector, que conecta inevitablemente con las emociones desplegadas entre las páginas. Todos hemos podido sentirnos como espectadores de nuestras propias vidas mientras nos acostumbrábamos a compartirlas con el miedo, con el dolor o la incertidumbre. El autor lo expresa en este conjunto de prosas escritas en su habitual estilo meditativo, sobrio pero elaborado, atravesado de imágenes sólidas, sorprendentes: “Futuro es la marca del abono para la semilla imprescindible de la esperanza”.
Maravilloso miedo es un libro hondo, sincero, que nos ofrece más en cada lectura. Imposible no reconocer en él la voz de un poeta que se ha ido consolidando con los años, desde aquel primer poemario, Las gramáticas del tiempo, de 2017, pasando por su continuación: Somos grieta (2021). Existe en este nuevo libro esa misma sabiduría prudente, la callada sensibilidad que mira el mundo con ojos de poesía.
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