Un esbozo de Jim Morrison, el alma de The Doors

Jim Morrison en los sesenta
Jim Morrison en los sesenta

Lo menos que se puede decir del universo mental de Morrison es que era complejo y estaba bastante torturado. Es cierto, en particular los otros tres Doors llegan incluso a insinuar que estaba loco. Lo mismo se dijo a veces de William Blake y de Nietzsche, entre otros. Si Jim estaba loco, lo estaba como ellos, con una perfecta lucidez. De todas formas, el término “locura” es muy amplio y relativo, en general no refleja más que la diferencia de imaginación entre el que lo utiliza y el objeto del término. Sin pretender dar un diagnóstico para el que carezco de competencias diré, sin embargo, que Morrison tenía tendencias esquizofrénicas notables. […]

Jim Morrison, individuo reconcentrado y tímido por naturaleza, se complació efectivamente en refugiarse en su personaje de rock-star, al menos durante algún tiempo. Existen múltiples testimonios de quienes le conocieron entre los Doors y que le encontraron arrogante y, sobre todo, inaccesible. No obstante, tras esa máscara, su extrema sensibilidad permanecía intacta, y es probable que sufriera algunas veces por las reacciones que su actitud suscitaba. El manager de los Doors, Bill Siddons […], debía pensar en eso cuando declaró, a la muerte de Jim:

“Era la persona más entrañable, más comprensiva que he conocido. No ese Jim Morrison del que hablaban los periódicos. Sino el Jim Morrison que yo conocí y del que sus mejores amigos siempre se acordarán”.

Pero, rápidamente, se había vuelto prisionero de la imagen que él mismo había contribuido a crear. Paradójicamente, esta era su única protección contra la idolatría demencial de sus admiradores y la hipócrita adulación de los inevitables parásitos. Y además, eso es lo que se esperaba de él… A causa de ello, desarrolló una creciente paranoia, que se manifestaba de manera muy aguda bajo la influencia del alcohol.

Sí; se puede decir, sin comprometerse demasiado, que el equilibrio mental de Morrison no era particularmente estable. Pero si consideramos las tensiones psicológicas a que debió estar sometido, no es demasiado extraño. No es, ¡por desgracia!, la única estrella que ha experimentado esta trágica experiencia.

Hervé Muller, Jim Morrison y The Doors

Hervé Muller, periodista francés, conoció a Jim Morrison y mantuvo con él una amistad en los últimos meses de vida del cantante, en 1971, cuando este se había retirado de la vida de estrella de rock para vivir, junto a Pamela Courson, en París, y desarrollar su faceta poética. En 1975, Muller publica Jim Morrison y The Doors, una biografía sobre su antiguo amigo, contextualizándolo en la banda que formó junto a Ray Manzarek en 1965 y en la década de los sesenta.

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Memoria de otro 14 de abril

Madrid, Puerta del Sol. 14 de abril de 1931
Madrid, Puerta del Sol. 14 de abril de 1931

No he conocido a Luis Cernuda en su primerísima juventud. Alguna vez me lo he imaginado, en su tierra sevillana, paseando por aquellas calles estrechas, justo como el mismo aire de su libro inicial. Luis tenía veintiséis años cuando le vi por primera vez: en otro sitio lo he contado. Mas en alguna ocasión, en Sevilla, he pensado que me gustaría pasear con él y sorprenderle acorde con su ciudad. En Madrid, Luis Cernuda era sevillano. Lo decía su acento, quizá esa implícita sabiduría con que, joven, pasaba junto a las cosas, sin adhesión exterior, pero con aprecio que era conocimiento, creciente ante lo natural, levemente desdeñoso, ignorador, ante el múltiple artificio o la convención.

Recuerdo haberle visto gustoso en un movimiento humano exaltado: masa madrileña, la ciudad hervidora en un trance decisivo para el destino nacional. Era un día de abril y las gentes corrían, con banderas alegres, por improvisadas. Enormes letreros frescos, cándidos, con toda la seducción de lo vivo espontáneo, ondeaban en el aire de Madrid. Mujeres, jóvenes, hombres maduros, muchachos, niños. En los coches abiertos iban las risas. Cruzaban camiones llevando racimos de gentes, mejor habría que decir de alegría, gritos, exclamaciones. Pocas veces he visto a la ciudad tan hermana, tan unificada: la ciudad era una voz, una circulación y, afluyendo toda la sangre, un corazón mismo palpitador. Por aquella calle de Fuencarral, estrecha como una arteria, bajaba el curso caliente, e íbamos Luis y yo rumbo a la Puerta del Sol, de donde partía la sístole y diástole de aquel día multiplicador. Luis, con su traje bien hecho, su sombrero, su corbata precisa, todo aquel cuidado sobre el que no había que engañarse, y rodeándonos, la ciudad exclamada, la ciudad agolpada y abierta, exhalada, prorrumpida habría que decir, como un brote de sangre que no agota ni se agora, pero que se irguiese. La alegría de la ciudad es más que la de cada uno de los cuerpos que la levantan, y parece alzarse sobre la vida de todos, con todos, prometiéndoles, y cumpliéndoles, más duración. Así, cuando unas gargantas enronquecían, otras frescas surgían, y era un techo, mejor un cielo de griterío, de júbilo popular en que la ciudad cobraba conciencia de su existencia, en verdad de su mismo poder. Ella se sentía voz e hito, como un además que se desplegase en la historia.

Luis marchaba sin impaciencia. Todo había sido repentino. El encrespamiento de la ciudad, en la alegría resolutoria, la marcha o el hervor común, el regocijo sin daño, la punta de sol dando sobre las frentes: todo, una esperanza descorredora y, en el fondo, el ámbito nacional. Pero Madrid es chiquito y cada hombre un Madrid como un pecho con su porción de corazón compartido. Luis y yo habíamos marchado como un día cualquiera, porque aún no se esperaba del todo aquello, ignorado de cada cual. Recuerdo aquel movimiento súbito por aquella calle, como por tantas calles que no se veían.

¿De qué hablaba Luis Cernuda? En aquel instante, quién sabe; quizá de un tema literario. Cada uno de los transeúntes se hizo de pronto espuma del curso atropellador: curso mismo o su parte y él su coronante expresión. Luis y yo, flotadores, remejidos, urgidos, batidos y batidores, aguas hondas y salpicadas crestas, todo a instantes y todo en la comunión. Bajaba el río por la calle de Fuencarral y desembocaba en la Red de San Luis. Por la Gran Vía descendía otra masa humana, no apretada propiamente, sino suelta y fresca, con sus banderas y sus cantos, sus chistes públicos, sus risas primeras, una multitud niña, lavada, con lienzos blancos levantados a los rayos del sol. y en medio los grandes camiones como pesados elefantes que llevasen gentes iguales, reidoras, bailadoras, saludadoras con los ojos, con las manos, con las miradas salutíferas que eran propiamente una invitación a vivir.  Porque era vida, vida del todo la ciudad, con los ojos puestos en su mismo esperanzado crecimiento natural.

Luis Cernuda y yo, inmersos, no disueltos, bajábamos casi a oleadas, arriba, abajo, tan pronto claros, tan pronto hondos, sostenidos o sostenedores, hacia la desembocadura o hacia la reunión, si la había, de las aguas, final. Un instante, en atención a él, al ser pasados en el movimiento de las aguas de la calzada a la acera, le dije: “¿Quieres que nos vayamos por esta bocacalle ahora, al pasar? Se puede”. “No”, oí su respuesta. “No”, dijo sonriendo; “no”, asintiendo, casi diría extendiendo sus brazos en el movimiento natural.  Un momento le miré como nadador. Pero en seguida pensé; no, agua mejor, curso mejor. Y le vi a gusto. Sonrió y se dejó llevar.

Vicente Aleixandre, Los encuentros

Luis Cernuda y Vicente Aleixandre
Luis Cernuda y Vicente Aleixandre