Noches de verano

Los domingos en verano pierden su sentido trágico. Se vuelven extrañamente dulces y luminosos, aun después del crepúsculo. Junio se aleja invadiéndome de un efímero optimismo que se disuelve en el azul eléctrico del cielo, que deja paso a la noche. Camino de vuelta a casa mientras escucho la voz ronca de Jim Morrison y siento que podría elevarme hasta volar. La ciudad, con todas sus luces que comienzan a encenderse, me pertenece. Me faltan rascacielos y madrugadas. Libertad.

Vistas desde la terraza del Círculo de Bellas Artes, 2011
Vistas desde la terraza del Círculo de Bellas Artes, 2011

Are you a lucky little lady in the City of Light… 
or just another lost angel?

Supongo que dependiendo del momento soy una cosa u otra. Ahora miro por la ventana de mi habitación y contemplo esa misma farola marchita que me recuerda a las noches del invierno, y la punzada inquieta de la melancolía. Pero basta con escuchar las notas adecuadas para sentir la euforia del verano, para saber que la Ciudad de la Luz se encuentra más allá de esa farola, con sus músicas y sus risas y sus rascacielos. Invadida de noche.

I see your hair is burnin’; 
hills are filled with fire. 
If they say I never loved you, 
you know they are a liar…

Esa fue la estrofa que me cautivó. Ahora no puedo dejar de escuchar la canción, L.A. Woman, que Jim le dedicó al amor de su vida: Pamela Courson. Un amor tormentoso cuajado de infidelidades psicodélicas, de inconstancias luminosas. Y sin embargo, Jim la amó hasta el fin de sus días, a ella y a su cabello rojo que ardía bajo el sol de Los Ángeles.

Lo confieso: estoy enamorada de la canción –Mr. Mooooojo risin’!-.

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Supongo que me está afectando mi lectura de estos días, El enigma Jim Morrison, una interesante biografía del líder de The Doors escrita por el periodista Stephen Davis. El caso es que de repente me han entrado muchas ganas de haber conocido esa década sesentera estadounidense en la que el rock hacía sus pinitos, y la gente se volvía loca demasiado fácilmente, a causa de un maravilloso exceso de libertad y rebeldía. No me vendría mal un poco (más) de locura.

Qué va a ser de mí en este siglo desértico.

En fin. Al menos parece que ya se han marchado los dementores que impedían la llegada de las altas temperaturas, y volver a los vestidos veraniegos y las sandalias altas siempre anima.

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Hoy han comenzado excavaciones en el barranco de Víznar (Granada), lo cual me ha inspirado para escribir un artículo, El misterio de los restos de García Lorca, en el que plasmo mi opinión: el secreto está en manos de la familia.

Además, os animo a pasaros por Como naipe cuya baraja se ha perdido para leer mi última y deshilachada divagación, A una sonrisa que pronto será un fósil.

Sé que julio constituirá un antes y un después. 

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Más reflexiones (a horas intempestivas)

Hoy no tengo excusa para el insomnio. Al menos, la excusa no tiene forma de polilla que me agobia con sus chasquiditos en la oscuridad… Las aventuras nocturnas de Marina VS La Polilla… Pero esa es otra historia.

"Sol ardiente de junio", Frederic Leighton
“Sol ardiente de junio”, Frederic Leighton

Proceso del insomnio -veraniego- y cómo reconocerlo:

Es curioso. Al acostarte, ya hay algo que te indica que no vas a poder dormirte. Una idea, o ideas, que te obsesionan. Y vueltas. Y ataques sucesivos al vaso de agua, que nunca está suficientemente fría. Se acaba… Te levantas a por más. Calor, calor. Abres la ventana y vuelves a cerrarla -ventajas de vivir frente a la M-30: es como si los coches pasaran frente a tus narices. Adoptas una posición y esperas. Y cuando crees que has esperado suficiente, y te das cuenta de que sigues despierta, te da por mirar el reloj y… ¡sorpresa! ¡Ya han pasado dos horas!

Dos horas dando vueltas. Debería existir una tecla para desconectar el cerebro.

Hoy me ha dado por pensar en la maldad humana… ¿existe? Creo que sí, por mucho que me cueste aceptarlo, porque no lo entienda.

Otras veces, nos limitamos a juzgar mal. Prefiero ser ingenua a ser malpensada… pero a menudo, resulta inevitable.

Por último, está la gente que se pierde… Perderse lentamente es mirar el abismo. Como en ese cuadro de Caspar David Friedrich, Viajero frente a un mar de nubes, con el que siempre ilustran el período del Romanticismo en los libros de Lengua y Literatura del instituto -viva la originalidad. Es terrible ser testigo del naufragio de alguien y sentir que no puedes hacer nada para evitarlo.

"Viajero frente a un mar de nubes", Caspar David Friedrich
“Viajero frente a un mar de nubes”, Caspar David Friedrich

Yo también me encuentro a veces un poco perdida, aunque digan que lo de perderse es algo que caduca al terminar la adolescencia. Pero no creo estar mirando el abismo: para eso todavía queda. Soy, más bien, como la chica de la canción de The Doors, “You are lost, little girl”.

Ya he divagado lo suficiente… Haré un segundo round contra el insomnio, con este último pensamiento en la cabeza:

El amor nos vuelve vulnerables -para bien o para mal.