Adolescencia y nubes en Luis Cernuda

Luis Cernuda en los años veinte
Luis Cernuda en los años veinte

“Soy el eterno adolescente”, escribió Luis Cernuda en 1931, en un fragmento de una obra inédita en vida del poeta que, muchos años más tarde, el estudioso José Luis Cano tituló Una comedia inacabada y sin título. Y con aquellas palabras Cernuda, de algún modo, se describía a sí mismo. Durante toda su existencia, se consideró un adolescente encerrado en un cuerpo que se hallaba sujeto a las vicisitudes del tiempo, un cuerpo que envejecía, al contrario que el alma encerrada en él, que se mantenía joven.

La adolescencia es, para Cernuda, el más alto ideal de ética y estética, la idea misma de perfección. Sus versos se hallan plagados de hermosos jóvenes, esbeltos y de piel bronceada, de cabellos claros y perfil apolíneo, en consonancia con la belleza de la Grecia clásica. El amor aparece unido a esta adoración por la adolescencia. La pasión amorosa es para el poeta, casi siempre, un sentimiento platónico que no se atreve a llevar a un plano más terrenal o carnal. La perfección reside en la contemplación de esa belleza, en su mera cercanía, como podemos comprobar en el conjunto de poemas titulado “Poemas para un cuerpo”, escritos ya durante su exilio mexicano.

Además de esa belleza clásica, el adolescente ideal cernudiano posee dos características conectadas entre sí: la primera es la espontánea manifestación del deseo, porque no está sujeto aún a los terribles condicionamientos sociales, a la hipocresía mundana, sino que se mantiene en un plano de inocente pureza. La segunda, tiene que ver con el modo en que ese deseo toma forma: como un remolino cambiante que provoca constantes altibajos en el ánimo, en el humor. Tal vez, esta segunda característica sea, desde el punto de vista de la Psicología, la más realista. En la mencionada Una comedia inacabada y sin título, uno de los protagonistas, “El Silfo”, la desarrolla:

El adolescente cree definitivos los sentimientos. Un día está triste, ¡qué digo un día!, una mañana, unos minutos está triste porque el sol extiende en la habitación un rayo más luminoso anunciando la primavera; siente una melancolía insoportable, y quiere morir. Otra vez se siente orgulloso porque al pasar junto al agua ha visto dibujado en ella el gracioso reflejo de su figura, y quisiera mantener vivo siempre ese orgullo. Es necesario enseñarle a que se abandone en brazos de la diversidad. Si encuentra jugoso o amargo un fruto no quiere saber que al lado, pendiente de la rama, hay otro fruto aún más tentador porque se desconoce.

Es el cambio, la falta de constancia, lo que define el alma adolescente. El sentimiento no puede ser definitivo y ve disminuida, por tanto, su gravedad, pero este hecho forma parte del encanto natural de la adolescencia y Cernuda lo resuelve alegando por el abandono a la diversidad, es decir, por asumir esa falta de constancia y dejarse llevar por ella, doblarse como un junto bajo el viento, no establecer un único camino, abrir puertas y cosechar experiencias. Esta idea conecta en parte con la filosofía vital de Arthur Rimbaud acerca del “desarreglo sistemático de todos los sentidos”, aunque Rimbaud se situaba en un extremo porque animaba a vivir al límite, siempre al borde del precipicio, y reduciéndolo a aquellas personas con pretensiones de creación literaria, es decir, a los poetas. Cernuda aboga, simplemente, por no cerrarse a una sola perspectiva, no arraigarse a una postura, sino liberar la fuerza del deseo, que es cambio y que es aventura, viaje.

El joven poeta Arthur Rimbaud podría ser la inspiración para el personaje de Lafcadio Wluiki
El joven poeta Arthur Rimbaud abogaba por el “desarreglo sistemático de todos los sentidos”

También en Una comedia inacabada y sin título, el personaje de la Gitana le dice en un momento dado al Silfo: “Estás queriendo mucho a quien no lo merece. Tiene el pelo rubio y los ojos que mudan de color como sus sentimientos. Desconfía de esa persona” (490). El objeto de esta descripción es Conrado, el otro protagonista: un adolescente que, al conocer al Silfo, siente una súbita fascinación hacia él que le lleva a seguirlo a cualquier parte. Pero la Gitana le advierte al Silfo que no se fíe de ese sentimiento, porque, al tratarse de un adolescente, no puede ser definitivo. Y esto queda simbolizado por los “ojos que mudan de color”, un rasgo de Conrado que también se menciona al comienzo de la obra, cuando dice El Silfo: “Son cambiantes como ese divino afán que nos persigue y que es la propia vida hostigándonos para levantarla hasta las estrellas”.

En el mismo año, 1931, escribe Cernuda la “Carta a Lafcadio Wluiki”, un personaje perteneciente a la obra Les Caves du Vatican, de André Gide, una lectura que resultó definitiva para el poeta, puesto que gracias a ella asumió por completo su condición homosexual. Y en Lafcadio, aquel joven descarado, cínico y espontáneo, rabiosamente hermoso, encontró el ideal que se repetiría constantemente en su obra, en personajes como Conrado o Aire, el bello y desdichado adolescente malagueño en torno al cual gira la obra de teatro El indolente. Lafcadio, a su vez, parece inspirado por la personalidad real de Arthur Rimbaud, ese enfant terrible. En su Carta a Lafcadio Wluiki, escribe Cernuda:

Hablan en mí diversas voces que gritan, suplican, lloran y sonríen. Mayor fuerza que el huracán cuando se arrastra y clama a lo largo de un bosque tiene la voz total que forman esas diferentes voces interiores. Es la voz de un deseo insaciable que se confunde con la propia vida. […] Unas veces habla de placer, otras de tristeza, otras de tormento; pero siempre es la voz de un mismo afán sin nombre, un divino afán hostigándonos para levantar la vida hasta las estrellas. 

Como vemos, Cernuda usa aquí las mismas palabras que en Una comedia inacabada y sin título, cuando El Silfo identificaba ese mismo “divino afán” con los ojos de color indefinido de Conrado. Ese afán tiene un nombre: deseo.

Luis Cernuda en una azotea de la Calle Mayor, Madrid, 1930
Luis Cernuda en una azotea de la Calle Mayor, Madrid, 1930

De la misma época, se conserva un poema inédito en vida de Cernuda titulado “No es nada”, que dice así:

Algunas veces soy feliz

Algunas veces vagamente

Como las nubes ceden luz

Como un amor dudando nace

Ser feliz es cantar sin voz

Con la aventura entre los dientes

Ser feliz es cerrar los ojos

Sintiendo el mundo que se mece

Algunas veces soy feliz

Algunas veces quiero quiero

Mas sólo a veces.

La idea de asociar los cambios en el ánimo al paso de las nubes, por esa misma inconstancia, la encontramos también en otro poema más conocido, perteneciente a la obra de 1934 Donde habite el olvido. Dicho poema comienza diciendo “Adolescente fui en días idénticos a nubes, / Cosa grácil, visible por penumbra y reflejo”. Años antes, en el poemario de 1929 Un río, un amor, define las nubes como “Frentes melancólicas que sujetan el cielo, tristezas fugitivas”. De nuevo, la idea de inconstancia, de impermanencia, de cambio, que conecta con la adolescencia, con el deseo que Cernuda identifica con el amor.

En la propia biografía del poeta, descubrimos que desde su infancia, y debido a que su padre era militar, cambió constantemente de hogar. Pero en su juventud, continuó viajando por su cuenta, sin establecerse definitivamente en ningún sitio. Solo al final de sus días, allá en su exilio mexicano, pareció detenerse. Sin embargo, la habitación donde transcurrió aquel tramo final de la vida, en la casa de Concha Méndez, estaba decorada sobriamente: Cernuda nunca se molestó en personalizarla. Igual que si esperara, de un momento a otro, recoger sus pocas pertenencias y marcharse, marcharse en pos de ese loco deseo adolescente que nunca pudo abandonarlo.

La voz del Rey Lagarto: 70 años del nacimiento de Jim Morrison

En mayor o menor medida, todos poseemos la psicología del voyeur. No en un sentido estrictamente clínico o criminal, sino en nuestra actitud física y emocional ante el mundo. Cada vez que tratamos de romper este hechizo de pasividad, nuestras acciones se vuelven crueles y torpes y, por lo general, obscenas, al igual que un inválido que ha olvidado cómo caminar.

Jim Morrison, Los Señores

Estas palabras, contenidas en uno de los poemarios de Jim Morrison, podrían constituir una justificación de su trayectoria vital. El legendario líder de The Doors, que hoy habría cumplido 70 años, murió en 1971, a los 27, dejando un halo de preguntas sin resolver acerca de su persona. ¿Quién fue realmente Jim Douglas Morrison? ¿Un dios del rock, un icono sexual, un poeta beatnik, un joven obsesionado permanentemente con llamar la atención, un adolescente brillante e introvertido que nunca llegó a madurar, el último romántico…? Ante todo, Jim Morrison se constituyó como un luchador, en constante batalla consigo mismo para evitar convertirse en aquello que más temía: un espectador de su propia vida. Tal como él mismo escribió en Los Señores, su desasosegada huida de la contemplación existencial le condujo, en muchas ocasiones, a la obscenidad, a la torpeza y, finalmente, a su autodestrucción. Morrison murió ensayando la vida.

Jim Morrison en 1967, foto de Joel Brodsky
Jim Morrison en 1967, foto de Joel Brodsky

Yo soy el Rey Lagarto,

puedo hacer cualquier cosa.

Así se definía Jim Morrison en Celebration of the Lizard, una serie de letras concebidas para formar, en conjunto, un espectáculo poético. Como los lagartos mudan de piel, él fue variando su propio personaje a lo largo de su corta existencia. Así, encontramos un Morrison adolescente solitario, creativo y con sobrepeso; a otro Morrison de 23 años, esbelto y de una belleza rebelde y, por último, a uno grueso, barbudo, de mirada profundísima, subiendo al altar del anonimato por las calles de un París donde saludó a la muerte.

Jim Morrison condensó su vida en 27 años. En 1971, su aspecto era el de un hombre de 40, y no sólo por el envejecimiento prematuro al que le condujo el alcoholismo –sobrepeso, descuido de su propio aspecto-; la mirada que muestra en las fotos de esta época denota madurez: es la mirada de un hombre experimentado, que ha vivido demasiado como para no contemplar todo con una cierta indulgencia, un abandono bondadoso, una tranquilidad reflexiva.

Sus últimos meses transcurrieron en París junto a Pamela Courson, su eterno y atormentado amor. Morrison se había cansado de los escenarios y sólo quería dedicarse a escribir poesía y a mendigar sueños por la Ciudad de la Luz, la misma que había albergado las dramáticas desventuras de sus admiradísimos Verlaine y Rimbaud.

Jim Morrison en 1970
Jim Morrison en 1970

Pero no podemos olvidar que el aparentemente maduro Morrison de 1971 era, en realidad, un chico de 27 que, sólo dos años antes, incendiaba los escenarios con sus provocativos bailes y unos ajustados pantalones de cuero. Su serie de fotos más famosa, “The Young Lion”, que actualmente encontramos impresa en camisetas, pósters y todo tipo de artículos de merchandising, fue realizada en 1967 por el fotógrafo Joel Brodsky. Las imágenes muestran a un Jim Morrison de 23 años, rabiosamente guapo, en la cumbre de su carrera musical, posando provocativamente para la cámara. El torso desnudo, a excepción de un collar de cuentas estilo indie, la melena castaña cuidadosamente despeinada, los ojos azules mirando intensamente; en conjunto, una combinación de fiereza, rebeldía y belleza angelical propia de las estatuas griegas.

Jim Morrison en 1967. Foto de Joel Brodsky
Jim Morrison en 1967. Foto de Joel Brodsky

Ray Manzarek, un antiguo compañero de la Universidad de Los Ángeles, percibió en Jim dicha aura de divinidad tan favorecedora para una estrella de rock en potencia. Eso, junto a la creatividad poética de Morrison a la hora de componer letras, fue la semilla de The Doors en 1965, que bautizaría así en alusión a las “puertas de la percepción” a las que se refirió William Blake. A él y a Manzarek se unirían rápidamente Robby Kriegger y un escéptico John Densmore.

El mismo año en que nacía The Doors, el ejército estadounidense efectuaba un bombardeo intensivo sobre Vietnam del Norte, organizando una violenta masacre. Entre la población norteamericana surgían los movimientos contraculturales bajo el lema “Peace and Love”, acompañado éste no solo de flores y corazones, sino también de nuevas drogas, como el LSD y las anfetaminas, con las que los jóvenes pretendían alejarse de la realidad y establecerse en su propio mundo, un mundo dominado por el amor universal y libre. Las chicas se alisaban el pelo, los hombres se dejaban crecer la barba, unas y otros apostaban por el desaliño como estilo de vida. Era “tiempo de vivir, tiempo de mentir, tiempo de reír, tiempo de morir”, como dice la letra del tema “Take It As It Comes” de The Doors:

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Jim Morrison no fue hippie, pero tuvo contacto con la poesía de la Generación Beat –en especial, con el poeta beat Michael McLure-, la cual sirvió de impulso para el surgimiento de la contracultura en la década de los sesenta. Por detrás de la fachada de provocación tras la que se escondía como líder de The Doors, Jim fue algo más. Las lecturas de los poetas románticos ingleses que llevaba a sus espaldas desde la adolescencia, los estudios de cine en la Universidad de los Ángeles, una asombrosa inteligencia natural: todo ello le había conferido la capacidad de crear un personaje a la medida de lo que exigía la sociedad en ese momento, relegando a un segundo plano su lado poético, sensitivo, filosófico. Jim Morrison fue, sobre todo, su propia creación. Lo que ocurrió es que, a finales de los sesenta, se cansó de representar el papel.

Supo reflejar, en sus canciones, un mundo que se desmoronaba vertiginosamente. The Doors brilló con luz propia porque contaba con un Jim Morrison que era capaz de cantar a la sangre que invadía los tejados y las palmeras de Venice Beach, el verano, el amor; que podía reflejar el naufragio existencial –y romántico- en forma de un barco de cristal, que habló de los ángeles perdidos en la caótica ciudad de Los Ángeles, en ese tema titulado “L. A. Woman” donde se llamó a sí mismo “Mr. Mojo Risin” -cambiando de orden las letras de su nombre y apellido-, que hoy se perfila como uno de los temas definitivos de la historia del rock.

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Morrison siempre atribuyó su rebeldía a un episodio de su niñez, cuando viajando en coche con su familia, fue testigo de un accidente en la carretera que había matado a varios indios, dejando a otros moribundos. Según la leyenda, cuando alguien ve a un indio morir, el alma de ese indio se reencarna en él. Esta anécdota se repetiría de forma obsesiva en las letras de sus canciones -“Indios sangrando diseminados en la autopista del amanecer: / fantasmas invadiendo la frágil mente de un niño”-. Jim Morrison sintió durante toda su vida un auténtico fervor por la libertad, por no sentirse atado a nada ni a nadie, un impulso que le conducía a marcharse durante días enteros al desierto, sin avisar a nadie, y a no conseguir formalizar sus relaciones sentimentales.

Como icono sexual, tuvo aventuras con innumerables chicas, algunas de las cuales no alcanzaban los 18. Nico, la malograda cantante alemana de la Factory que participó en un álbum de The Velvet Underground, se enamoró de él hasta el extremo de teñirse sus pálidos cabellos rubios de rojo, porque Jim sentía predilección hacia ese color. Tal vez se debía simplemente a que era el color del cabello de Pamela Susan Courson, una muchacha que conoció en 1965, cuando The Doors aún no habían alcanzado la fama. Por entonces, ella tenía 19 años y él, 22. Pamela se caracterizaba por una larguísima y lacia melena roja, ojos de color verde azulado y una sonrisa de niña pequeña. Bajita y muy delgada, daba una impresión de debilidad que en realidad no poseía, puesto que era dominante y caprichosa. Su relación con Jim a partir de 1965 fue tormentosa, interrumpida por constantes discusiones que los alejaban durante meses, para después volver siempre juntos. El desequilibrado carácter de Pamela se complicó más a medida que su adicción por la heroína aumentaba. Jim sentía impotencia ante esta situación, mientras ella lo veía caminar hacia su autodestrucción debido a su creciente alcoholismo. Jim y Pamela eran, de alguna forma, almas gemelas, enamoradas de la libertad, de caracteres tan fuertes que no podían no chocar entre sí. A pesar de todo, el amor que sintieron fue mutuo y verdadero.

Jim y Pam en 1969
Jim y Pam en 1969

Al principio de dos poemarios de Jim podemos encontrar la dedicatoria “A Pamela Susan”. Me estoy refiriendo a Los Señores y Las nuevas criaturas, ambos autopublicados por él en 1969. Otros libros de poesía, como Desierto y Una oración americana, fueron publicados de manera póstuma gracias a Pamela, que se encargó de organizar sus papeles y todas sus caóticas notas. En estos poemas hallamos al Morrison más profundo, esencial y sensitivo, caída ya la máscara, capaz de burlarse de su propio personaje.

No sabemos qué otro Jim Morrison hubiéramos podido conocer de no haber muerto dramáticamente –y en misteriosas condiciones- a los 27 años, envuelto en un aura desquiciante de locura y adicciones. Irónicamente, falleció incluso a una edad más temprana que la de su adorado Arthur Rimbaud, quien condensó su vida en 37 años. Pero Jim, a diferencia de Rimbaud, no había agotado su capacidad creativa, de hecho, tenía en mente numerosos proyectos literarios y cinematográficos. Murió cuando nacía el poeta que siempre llevó dentro. Pero hoy, a los 70 años de su nacimiento, nos llega aún su voz –la del Rey Lagarto, la de Mr. Mojo Risin-, inquietante y desasosegada, mística, errática, eufórica; susurrando que las dimensiones espacio temporales, que la muerte y la vida, son límites absurdos impuestos por nuestra frágil condición humana:

Puedo lograr que la Tierra se detenga
en seco. Hice que
los coches tristes desaparecieran.

Puedo hacerme invisible o disminuir de tamaño.
Puedo volverme gigantesco y alcanzar
las cosas más lejanas. Puedo cambiar
el curso de la Naturaleza.
Puedo transportarme a cualquier parte
del espacio o del tiempo.
Puedo convocar a los muertos.
Puedo percibir acontecimientos en otros mundos,
en lo más profundo de mi mente
y en las mentes de los demás.

Yo puedo

Yo soy.

Jim Morrison
Jim Morrison

El Club de los 27: ¿casualidades o causalidades?

Ayer fue 3 de julio. El 3 de julio constituye una fecha maldita en la Historia del Rock. Un 3 de julio de 1969 comenzaría lo que se ha llegado a llamar “El Club de los 27”. La funesta esencia de dicho grupo podría resumirse con una cita famosa de Brian Jones:

“Sí, quiero ser famoso. Y no, no quiero cumplir treinta años.”

Brian Jones, líder de The Rolling Stones hasta 1969
Brian Jones, líder de The Rolling Stones hasta 1969

Brian Jones fue, precisamente, quien inauguró la maldición. Cofundador y líder de la banda The Rolling Stones, fue hallado muerto en su piscina, en Sussex, el 3 de julio de 1969. Tenía 27 años. La autopsia reveló que había podido sufrir un ataque de asma –pues era asmático- mientras nadaba, razón del ahogamiento. Sin embargo, no se aseguró. Por entonces, Jones había abandonado a los Rolling desde hacía algunos meses, por desavenencias con el resto de integrantes de la banda. Hay especulaciones que hablan de homicidio.

Un año más tarde, en 1970, nos encontramos con otros dos repentinos y extraños fallecimientos en el mundo del rock: Jimi Hendrix, el 18 de septiembre, y Janis Joplin, el 4 de octubre. Ambos tenían 27 años.

Jimi Hendrix con Janis Joplin y una tercera persona de espaldas
Jimi Hendrix con Janis Joplin y una tercera persona de espaldas

Tras las muertes de Hendrix y Joplin, Jim Morrison, vocalista de The Doors, ya había hecho gala de su humor negro comentando que “él sería el Número Tres” –cuando lo dijo no debió contar a Brian Jones. La maldición de los 27 se lo llevaría en julio de 1971, concretamente, el día 3. Se cumplían dos años exactos del fallecimiento de Jones. Jim no haría los 28 hasta diciembre. En su caso, se habla de infarto provocado por una sobredosis, pero nada resulta claro. No se hizo autopsia al cadáver, que fue visto por muy pocas personas; conseguridad solo se puede afirmar que su novia, Pamela Courson, además de un médico francés conocido de Pamela y Jean de Breteuil, amante de Pamela. Rápidamente, y antes de que terceras personas –incluidos sus padres- pudieran tener ocasión de despedirse de él, Jim Morrison fue enterrado en el cementerio parisino de Père-Lachaise.

Jim Morrison, líder de The Doors
Jim Morrison, líder de The Doors

El último gran rockero en dejarse llevar por la maldición de los 27 –sin contar a Amy Winehouse, cuya música no puede considerarse dentro de este género, por mucho que hayan tratado de incluirla en el “Club”- fue Kurt Cobain, líder de Nirvana. El 8 de abril de 1994, Cobain fue hallado muerto en su casa –la autopsia reveló que el fallecimiento se produjo tres días antes-, junto a una escopeta y una nota de suicidio dirigida a su mujer, Courtney Love, y a su hija Frances. Sin embargo, se ha especulado mucho sobre un posible asesinato de su mujer, aprovechando las tendencias suicidas de Kurt, y existen pruebas que apoyan esta hipótesis. A pesar de todo, la muerte de Cobain ocurrió 20 años después de la anterior y el cantante no conoció a Jones, Hendrix, Joplin o Morrison, por lo que lo dejaremos como un caso aislado en el tiempo, para abordarlo de forma independiente en otra ocasión.

Kurt Cobain, líder de Nirvana
Kurt Cobain, líder de Nirvana

Pero regresemos a antes de 1994, concretamente, al año 1974, para encontrarnos con una nueva e ignorada integrante “a medias” del “Club de los 27”. Digo “a medias” porque, aunque ella no era rockera ni pertenecía a ninguna banda, sí estaba muy vinculada a ese mundo por haber sido la eterna novia de Jim Morrison, y la única –junto al médico amigo suyo y a su amante- en ver su cadáver. Me estoy refiriendo a Pamela Courson, fallecida el 25 de abril de 1974, a los 27 años, supuestamente por una sobredosis de heroína, en una fiesta que estaba celebrando en su casa de Los Ángeles. Los testigos afirman que, antes de retirarse a su habitación, donde moriría, la joven dijo que “Jim llevaba demasiado tiempo esperándola”. No olvidemos, además, que antes de morir, Morrison declaró en su testamento a Pamela como su única heredera.

Jim Morrison y Pamela Courson
Jim Morrison y Pamela Courson

Existen ciertas vinculaciones entre las muertes de Brian Jones, Jimi Hendrix, Janis Joplin y Jim Morrison. Os expongo algunas:

1) Jones había dejado a los Rolling poco antes de morir, debido a enemistades con el resto de la banda. Morrison también había abandonado a los Doors, retirándose a París junto a Pamela para explotar su faceta de poeta maldito –él siempre se consideró poeta, antes que cantante. También se habían producido discusiones en el seno de los Doors en la última época, principalmente por el carácter desequilibrado que a Jim le producía el excesivo consumo de alucinógenos, y su alcoholismo. Brian Jones también vivió permanentemente colocado sus últimos meses. Por su parte, Jimi Hendrix, también muy enganchado a las drogas, comunicó extraoficialmente, días antes de su muerte, que tenía pensado abandonar a su manager.

2) Cuando en 1969 Brian Jones les comunicó al resto de Rolling que abandonaba la banda, les habló de que tenía proyectos con Jimi Hendrix. Así lo relata su antiguo compañero, Keith Richards, en el libro According to the Rolling Stones.

Brian Jones y Jimi Hendrix
Brian Jones y Jimi Hendrix

3) A partir de los cuadernos de Jim Morrison, existe la posibilidad de que este se hubiera entrevistado con Brian Jones meses antes de la muerte del Rolling en 1969. Brian Jones era el ídolo reconocido de Jim Morrison. Ambos murieron un 3 de julio.

4) En 1968, un año antes de la muerte de JonesJim Morrison participó en la grabación de un disco de Jimi Hendrix titulado Bleeding Heart.

Portada de "Bleeding Heart" de Jimi Hendrix
Portada de “Bleeding Heart” de Jimi Hendrix

5) Jean de Breteuil, el traficante que suministró la dosis de heroína mortal a Janis Joplin, fue amante de Pamela Courson antes de que ella empezara a salir con Jim, y durante su noviazgo. Breteuil también le proporcionaba droga habitualmente a Pamela y a Jim. La noche en que Jim Morrison murió, fue la primera persona –sin contar al médico- en ser informada por Pamela. Breteuil se marchó rápidamente de París, y murió poco después.

6) Jim Morrison hizo testamento en febrero de 1969, pocos meses antes de la muerte de Brian Jones. En él, dejaba como única heredera a Pamela Courson y, sólo en caso de que ella falleciera, a su hermano Andrew Morrison.

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Las coincidencias aquí expuestas son solo una pequeña parte de las que existen. Unidas, podrían trazar una curiosa red que nos llevaría a plantearnos hasta qué punto el “Club de los 27” -el original, sin contar a Kurt Cobain- constituyó una serie de funestas casualidades. Sin duda, todo esto podría inspirar una interesante investigación…