Celebramos en Madrid los 90 años de la Generación del 27

El próximo sábado 16 de diciembre se cumplirán 90 años de la celebración del homenaje a Góngora que constituyó el germen de formación de la magistral Generación del 27. Ese mismo día, Rafael Alberti hubiera cumplido 115 años.

Los Bardos hemos decidido celebrarlo poéticamente en la vinoteca Xelavid, donde los versos de los integrantes del 27 volverán a brillar mezclados con los nuestros. Además, contaremos con la presencia de José María G. de la Torre, director de Ediciones de la Torre, donde se está gestando una sorpresa muy barda para 2018.

¡Os esperamos! La entrada es gratuita y los poetas del 27 merecen un homenaje.

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Los 90 del 27 en el Ateneo de Madrid

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Célebre foto de la Generación del 27 en el tercer centenario de Góngora, en Sevilla, 1927. De izquierda a derecha: Rafael Alberti, Federico García Lorca, Juan Chabás, Mauricio Bacarisse, José María Platero, Manuel Blasco Garzón, Jorge Guillén, José Bergamín, Dámaso Alonso y Gerardo Diego

Nunca ha brillado tanto la poesía en España como en aquellos años de esplendor en los que los poetas de la Generación del 27 enarbolaban sus versos por nuestros cafés, por nuestra Residencia de Estudiantes, por las noches insomnes en las casas de Aleixandre, de Neruda, de Carlos Morla Lynch. La Guerra Civil los separó, pero desde el exilio o desde una España torturada por la dictadura franquista —la España del hacha, que diría el prometeico León Felipe—, cada uno de ellos continuó escribiendo magníficas obras que contribuirían a forjar el esqueleto de la literatura en lengua española. Hubo una excepción, trágica y escalofriante: Federico García Lorca no pudo componer más versos, porque su voz y su vida le fueron arrebatadas en aquel fúnebre agosto de 1936.

No podría comprender hoy la poesía sin la existencia del deseo adolescente cernudiano, sin los mares azules de Alberti, sin el duende de Lorca o los callados enigmas aleixandrinos. La Generación del 27 constituyó un equilibrio perfecto entre la tradición y la vanguardia, y he ahí una de las claves de su esplendor. Y sin embargo, parte de los poetas y poetastros de mi generación se resisten a su influencia por considerarla una poesía caduca, y los clásicos españoles hoy son rechazados en buena parte de los ambientes poéticos juveniles. Apostar por la tradición actualmente es, casi, una forma de vanguardia. Por eso, cuando critican mi poesía por parecerse demasiado a la del 27, me siento halagada. A mucha poesía actual le falta la música; esa música que plasmó Verlaine en sus versos y que enarboló con orgullo Rubén Darío y que recogerían también poetas como Lorca o Alberti.

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Miguel Losada y Alejandro Sanz presentando el homenaje a los 90 años de la Generación del 27 en el Ateneo de Madrid

No debería ser necesario reivindicar la Generación del 27, porque ella brilla por sí misma. Sin embargo, tristemente, se impone hacerlo. Por eso me alegró tanto la última iniciativa de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid, consistente en un homenaje por el nonagésimo aniversario de la Generación del 27. Alejandro Sanz y Miguel Losada, dos enamorados y grandes conocedores de estos poetas, representantes de la Sección de Literatura, organizaron un magnífico evento que, asombrosamente, no ha sido recogido por los medios de comunicación, quedando así demostrada la escasa importancia que en España se concede a nuestro patrimonio cultural.

Lo cierto es que fue una velada memorable. Quince poetas actuales, entre los cuales tuve el honor de contarme, recitamos versos de cada uno de los grandes vates del 27. Yo representé a mi adorado Rafael Alberti, cuya figura he reivindicado en mi tesis doctoral y que es la protagonista de un ensayo titulado La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio íntimo en su obra, que publicaré este mes con Ediciones de la Torre y presentaré el 12 de junio en el Ateneo de Madrid.

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Los participantes del acto

Aquella noche, revivieron los poetas del 27. Resultó emocionante formar parte de este homenaje, deleitarme una vez más con sus obras y aprender de las palabras que les dedicaron los participantes del acto. Se produjo, además, una emotiva anécdota: la asistencia al evento de Alfred Jordan, un antiguo alumno de Luis Cernuda, del último curso en que este dio clases en Norteamérica. Recordaba el ahora veterano profesor el ensimismamiento de Cernuda y sus grandes conocimientos acerca de la literatura española.

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Marina Casado representando a Rafael Alberti

El amor por la poesía se traslucía en todas las voces y miradas, y compartirlo fue una maravillosa experiencia. Dijo Alberti que el canto del poeta “asciende a más profundo cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres”. También podríamos citar esa hermosa estrofa lorquiana de la “Oda a Salvador Dalí”: “Pero ante todo canto un común pensamiento / que nos une en las horas oscuras y doradas. / No es el Arte la luz que nos ciega los ojos. / Es primero el amor, la amistad o la esgrima”. La amistad. Generación de la amistad, la llamaron también poetas de la talla de Vicente Aleixandre. Anoche nos lo recordó Alejandro Sanz, presidente la Asociación de Amigos del autor de Sombra del paraíso. Y verdaderamente, aquellos grandes amigos y escritores parecían sonreírnos desde la insondable distancia del tiempo.

Dejo aquí la lista de los participantes del acto y de los poetas del 27 a los que representamos, por orden alfabético:

RAFAEL ALBERTI – Marina Casado
VICENTE ALEIXANDRE – Javier Lostalé
DÁMASO ALONSO  – José Cereijo
MANUEL ALTOLAGUIRRE – Ángel Rodríguez Abad
MAURICIO BACARISSE – Manuel Neila
JOSÉ BERGAMÍN – Jon Andión
LUIS CERNUDA – José Luis Gómez Toré
JUAN CHABÁS – David Felipe Arranz
GERARDO DIEGO – Jesús Urceloy
JUAN JOSÉ DOMENCHINA – Luis Luna
JORGE GUILLÉN – Francisco Caro
FEDERICO GARCÍA LORCA – Miguel Losada
JUAN LARREA – Juan Carlos Mestre
EMILIO PRADOS – Alejandro Sanz
PEDRO SALINAS – Rosana Acquaroni

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Y por último, todas las fotos de los participantes, cortesía de Alejandro Sanz:

El fin del Café Comercial y la ciudad de más de un millón de cadáveres (literarios)

Las puertas del mítico Café Comercial, cerradas definitivamente. Foto de Álvaro García / El País

Pido permiso a Dámaso para ampliar su célebre verso: Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres… literarios. El Comercial constituía lo más parecido a una máquina del tiempo que teníamos en Madrid. Adentrarse en él era sumergirse en un mundo lejano y agotado de cafés literarios y tertulias inacabables que nos retrotraían a los últimos estertores del siglo XIX, cuando escribir en España seguía siendo llorar, pero hasta llorar tenía su punto de dulzura si se hacía entre amigos, envuelto en un aroma atemporal de café, rodeado de mesas de mármol y camareros trajeados que paseaban sus impecables sonrisas en bandejas plateadas.

Hubo en Madrid un tiempo en el que los cafés literarios florecían y la vida cultural sucedía entre sus cuatro paredes. Los periodistas todavía podían confundirse con los escritores y los escritores con cronistas de ficción que cazaban historias al vuelo, agazapados tras su taza de café mientras observaban con agudeza a sus vecinos de mesa. Cuánto me hubiera gustado conocer aquel Madrid de pluma y de gafas redondas que en mi imaginación se vislumbra en tonos grises y sepias, como si resultara imposible arrancarlo de su marco de fotografía antigua.

El paso del tiempo se fue llevando, uno a uno, los históricos cafés madrileños, como un viento implacable que recoge hojas muertas a su paso. En los últimos años, surgen como setas esa especie de cafés-librerías, tan cómodos y funcionales, tan exentos de alma; donde el clásico café corto se despacha con el  nombre tan “guay” de caffé-latte y, fundidos con el mobiliario, se puede contemplar a los modernos ejemplares gafapastiles, de esos que se hacen llamar “hipsters”, sujetando desapasionadamente su iPad mientras deambulan por sus mundos abstractos y metalizados.

Tipos Infames: un ejemplo del modelo de café-librería que triunfa actualmente en Madrid

En Madrid todavía nos quedaban dos históricos. Uno era el Café Gijón, situado en el Paseo de Recoletos, fundado en 1888 por un asturiano afincado en la capital. En sus inicios, era frecuentado por escritores de la talla de Galdós o Valle-Inclán, aunque su época de mayor esplendor como lugar de tertulias literarias fue durante la posguerra española y la Transición. El Gijón en el siglo XXI, lujoso e inaccesible para los bolsillos del grueso de los mortales, constituye más un monumento que fotografiar de lejos que una verdadera opción para pedir un café mientras se charla de literatura o pintura.

El segundo era el Café Comercial, situado en la Glorieta de Bilbao –donde también se encontraba antiguamente otro histórico, el Europeo- y fundado un año antes que el Gijón, en 1887. Está repleto de historias, como un crimen que se cometió a poco de su apertura o que fue el primer café madrileño en contratar camareras, su aparición en un chotis o la fama de la calidad de sus cafés. Al igual que el Gijón, conoció su época dorada como lugar de tertulias en la posguerra. A lo largo de distintas generaciones literarias, a él acudieron Blas de Otero, Gabriel Celaya, José Hierro, José Manuel Caballero Bonald, Ángel González… Antes incluso que a ellos, también se podía ver, sentado en su rincón habitual, al tímido y melancólico Antonio Machado. En el siglo XXI, el Comercial continuaba albergando numerosas tertulias y era la opción popular frente al elitista Café Gijón de Recoletos.

Interior del Café Comercial

Ayer, 27 de julio de 2015, 128 años después de su apertura, el Comercial cerró sus puertas definitivamente. Sus dueñas, pertenecientes a la familia Contreras, que llevaba regentando el café desde 1909, anunciaron por las redes sociales el cierre del mítico escenario de tantas y tantas correrías literarias, ante la estupefacción de todos los madrileños a los que nos corre un poquito de tinta por las venas. Por fin se ha conocido el motivo, que no se debe a la falta de beneficios, sino a que sus dueñas se han hartado de regentarlo, argumentando que se encuentran “mayores” y “un poco enfermas”, excusas tras la que se esconde, sin duda alguna, una venta ambiciosa. Los camareros, sexagenarios, tras 35 y 36 años trabajando en el local, se ven ahora en la calle, sin empleo y con una simple indemnización.

Lo que yo me pregunto es cómo el Ayuntamiento no ha hecho nada por salvar este lugar mítico de nuestra ciudad, la cafetería más antigua, un auténtico símbolo de la cultura española. La cultura, ese ámbito que sigue importando un bledo a las instituciones políticas, por mucho que las caras sean nuevas desde las últimas elecciones. Así nos va en esta ciudad, donde el cine Avenida, frecuentado por Luis Cernuda y Federico García Lorca, fue convertido en un gigantesco H&M; donde la casa de un premio nobel como Vicente Aleixandre se halla en un lamentable estado de abandono.

Una imagen de la fachada del Café Comercial

Ayer fue un día triste para la historia de Madrid: los fantasmas de los escritores que fueron tertulianos se escucharon llorando entre los tintineos invisibles de las cucharillas que ya no volverán a remover el café que hizo famoso al Comercial. También este lugar está entremezclado con mi propia memoria, con mi vida de madrileña envenenada por el filtro azul de la poesía. Y recuerdo las noches de aquellos cincos de enero, en mi infancia y mi adolescencia, cuando mis padres nos llevaban a mí y a mi hermano a cenar churros con chocolate. La molesta y entrañable puerta giratoria que nos abría paso a un mundo elegante y decadente donde el tiempo resultaba una dimensión inadmisible. Alguna que otra entrevista en mis escasos devaneos periodísticos, cercada por tazas de café y por camareros de impecable chaqueta blanca y rostro familiar, cómplice. Un recital en “La Planta de Arriba” -espacio habilitado para actos en el segundo piso-, organizado por el escritor Leo Zelada, en el que yo participé. El primer lugar de reunión para mi pequeño grupo poético, los Galganistas, donde hemos desmontado poemas y melancolías, bebido chocolate, trazado sueños, como los idealistas aprendices de aquellos grandes maestros de la poesía cuyas sombras parecían escucharnos.

Recitando en el Café Comercial en 2014, con Déborah Alcaide y Leo Zelada
Recitando en el Café Comercial en 2014, con Déborah Alcaide y Leo Zelada

Hoy sé que el Café Comercial revivirá algún día en una de mis futuras novelas, cuyo argumento se pierde aún por las sendas insondables del futuro. No hace falta ser madrileño de nacimiento para constatar que ha muerto una parte del corazón literario de nuestra ciudad. Los que llevamos Madrid en la sangre y en la mirada, estamos de luto. Con el Comercial se va una huella más de aquella época dorada de cafés literarios, que hoy solo son cadáveres estrellados en nuestra memoria.