Caballero Bonald: la eternidad que le queda

Enero de 2011 en la Residencia de Estudiantes de Madrid

Desde que se tomó esta foto han pasado más de diez años y es mi padre quien estaba al otro lado de la cámara. Fue el 18 de enero de 2011, en la Residencia de Estudiantes de Madrid. José Manuel Caballero Bonald impartía allí una conferencia sobre el Surrealismo en Federico García Lorca y mi padre y yo fuimos a escucharlo. Recuerdo que afirmó que, para él, la mejor obra de Lorca era el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías y siempre he coincidido con esa opinión. Tenía ojos pequeños y vivaces tras los cristales de las gafas, el gesto adusto y un acento extraño, mezcla de gaditano con algo más; con mucho más, porque su padre era cubano, su madre de ascendencia francesa y él vivió un tiempo en Bogotá.

No pretendo detenerme ahora en su biografía –todavía no–, solo tratar de expresar lo que supuso para mí, a mis 21 años, conocer en persona a un poeta que empezaba a admirar: un poeta que empezaba a admirar y que estaba vivo, lo cual me parecía rarísimo y maravilloso. No dudé en llevarme aquel día su poesía completa, titulada Somos el tiempo que nos queda, y a pesar de mi timidez –mucho más acusada en aquel entonces–, conseguí acercarme a él cuando finalizó la conferencia y pedirle que me dedicara el libro. Me daba mucha vergüenza pedirle también una foto y entonces mi padre nos hizo una disimuladamente mientras él firmaba su obra. Y el momento quedó inmortalizado para siempre, con esa ilusión pintada en mi rostro.

Tres años más tarde, publiqué mi primer poemario, Los despertares (Ediciones de la Torre, 2014), y me sentí dominada por la inocente euforia del poeta joven que cree poder comerse el mundo. ¿Y qué hice? Buscar la dirección de Caballero Bonald, mi escritor vivo más admirado, en una guía telefónica –partamos de que, por entonces, yo apenas tenía contacto con el mundillo literario y no se me ocurría otra forma de conseguirlo–. Por cómico e ingenuo que pueda resultar, lo cierto es que allí estaba, en la calle María Auxiliadora, y allí mandé mi librito –junto con una carta muy sentida– en correo certificado, para más precaución, suponiendo que jamás llegaría a enterarme de si lo había recibido o no. Era mayo de 2014.

La sorpresa se produjo ese verano, cuando recibí un correo electrónico –había dejado en la carta mi dirección– del mismísimo José Manuel Caballero Bonald, que se había molestado en responder a una chica que no era nadie, literariamente hablando, y no solo eso, sino que también me había leído. Guardo como un tesoro sus palabras:

“Se trata de un primer libro por muchos conceptos atractivo y emocionante. Su extrema juventud queda desmentida en unos versos de certera expresividad y un penetrante trasvase de la experiencia vivida al lenguaje de la poesía.”

Y me dijo lo que se suele decir a los jóvenes: que siguiera escribiendo. Y vaya que si lo hice. Años más tarde, en aquel fatídico 2017, volví a verlo en la Residencia de Estudiantes, presentando su obra Examen de ingenios, y le conté lo mucho que habían supuesto para mí sus palabras. Y aquella fue la última vez que lo vi en persona.

No solo fue un genio en la poesía: también su narrativa es magnífica. La primera novela suya que leí, Toda la noche oyeron pasar pájaros –tomado el título del Diario de Cristóbal Colón– estaba por mi casa, porque mi padre se lo había regalado a mi madre en algún cumpleaños. Después llegarían Dos días de setiembre y Ágata ojo de gato, y sus memorias y… Podría seguir escribiendo tanto sobre él, que lo hizo hasta el final. De la misma forma que conservó una sorprendente lucidez, reflejada no solo en la literatura, sino en sus opiniones políticas, que podemos leer en sus entrevistas.

Fotos: José Manuel Caballero Bonald, una vida en imágenes | Cultura | EL  PAÍS
Imagen tomada de El País

Y de su poesía, qué puedo decir. Cuánto deberíamos aprender de la elegancia con la que elaboraba sus versos, que parecen a veces tan serios como su gesto, pero rotos de sensibilidad. De su obra poética, me quedaría, curiosamente, con su primer libro, Las adivinaciones, con el que obtuvo un accésit del Adonáis en 1952. Allí encontramos algunos de sus poemas más inmensos, como “Espera”, “Versículo de Génesis” o “Nombre entregado”, con el que cerraré este pequeño homenaje que me ha empujado a retomar el blog, abandonado de mala manera desde hace tiempo. Pero cómo no escribir del que era para mí el último genio de la poesía vivo, el último clásico, más allá de todos mis héroes que nos contemplan desde el Olimpo. Ahora, Caballero Bonald se une a todos esos nombres –Cernuda, Alberti, Lorca, Pizarnik, León Felipe…– y sigue vivo cada vez que lo leemos. Escribió aquello de Somos el tiempo que nos queda, pero a él le queda la eternidad. Hasta siempre, maestro.

……………………….

NOMBRE ENTREGADO

Tú te llamabas Carmen
y era hermoso decir una a una tus letras,
desnudarlas, mirarte en cada una
como si fuesen ramas distintas de alegría,
distintos besos en mi boca reunidos.
Era hermoso saberte con un nombre
que ya me duele ahora entre los labios,
me sangra entre los labios como el moho de una fruta,
como algo que yo querría nombrar constantemente
y me estuviese amordazando con su olvido,
con su apremiante negación de ser,
porque es inútil repetir lo que termina en nada.

Es posible que ya no puedas tú tener un nombre,
encerrar en un nombre tu ternura,
tus verdes ojos dulces,
la dorada humedad de tu cabello,
que ya no puedes responderme si te llamo,
si te sigo llamando y nada me devuelve
la ilusoria constancia de que aún eres cierta.

Ahora es de noche y tú no tienes nombre,
a nadie pertenecen tu voz, tus adjetivos,
mientras cae la lluvia
mansamente y es más frágil la vida
cuando al llamarte sé que ya no tienes nombre.

¿Es verdad que te has ido para siempre,
que no podremos ya mirar los árboles mojados,
la lenta pesadumbre de las tardes calladas,
el nocturno temor que a nuestro amor unía?
¿Es verdad que tu boca se irá deshabitando
sin responder a nadie ni siquiera en silencio,
que ya no cabré nunca en tu mirada,
en tus manos que guardan mi latido en su piel?

No puedo imaginar que alguien te llame
allí por ese reino donde ahora enmudeces
mordiéndote los labios como entonces
y tú vuelvas los ojos para ver si es posible
que tengas todavía un nombre en que esconderte,
un nombre que estacione la vida entre sus letras,
que sea vanamente igual que Carmen,
porque ahora es de noche y tú no tienes nombre.

Pero entonces he mirado la luz,
los péndulos furtivos del otoño,
los hombres que caminan y caminan,
las aves del regreso, torpes ya con el frío,
estos libros que ardieron con nuestros ojos juntos,
mis padres, mis hermanos, con sus sombras gemelas,
mi amigo Juan Valencia, que está a mi lado y no
me habla, y sé que estoy viviendo,
he aprendido que son las cosas quietas
las que evidencian mi razón de cada día,
que eres tú quien te has ido a una gran soledad,
quien no puedes volver con aquel nombre tuyo,
con aquel cuerpo ajeno y transeúnte que tenías,
con algo que no sea caricia o beso o lágrima
y lo convoque todo a una historia única
donde decir tu nombre equivalga también a poseerte.

Porque es triste y es también preciso
comprender que eso es vivir: ir olvidando,
consistir en palabras que están llamando a nadie,
saber que es una grieta súbita
la que arrasa y corrompe la más cierta esperanza,
saber que es el desamor
quien detrás de lo más amado espera
para poder seguir viviendo
a pesar de la noche y tu nombre entregado.

(José Manuel Caballero Bonald, Las adivinaciones)

La pasajera eternidad poética de “Los días mejor pensados”, de Alberto Guirao

portada2balta2bresolucionTuve ocasión, hace unas semanas, de participar, junto a Guadalupe Grande -hija del poeta Félix Grande-, en la presentación madrileña de Los días mejor pensados (Universidad Popular de San Sebastián de los reyes, 2016): la segunda obra poética de Alberto Guirao (Madrid, 1989), ganadora del XII Premio Nacional de Poesía Joven Félix Grande 2016.

Conocí a Alberto en la facultad: fuimos compañeros en la carrera de Periodismo. Pero él, como yo, también tiende más a la literatura. Este es su segundo galardón poético: ya obtuvo en 2010 el Premio Marcos R. Pavón del Centro de Poesía José Hierro, con el que publicó su primer poemario: Ascensores. También participó en una antología: Tenían veinte años y estaban locos (La Bella Varsovia, 20011), dirigida por Luna Miguel.

En una época en la que el panorama poético se halla dominado por la explicitud, nos encontramos con esta poesía de Alberto, compleja e indescifrable en una primera lectura, que va desvelando sus matices y su esencia a medida que profundizamos en ella. Una poesía originalísima a cuyo significado se llega después de bucear largo rato por sus mares, y se trata de un significado que puede variar de un lector a otro.

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Alberto Guirao recibe el Premio Félix Grande

La primera característica que, en mi opinión, define la poética de Alberto, es la idea constante del viaje, la huida o el temor ante lo permanente. Desde el segundo poema de la obra, nos encontramos ya con la división entre “los que se quedan” y “los que se marchan”, repetida a lo largo del libro. Quedarse es rendirse a la certidumbre, someterse a lo permanente. Marcharse es buscar la aventura, el riesgo, la inseguridad, en definitiva, la vida. El propio poeta ha hecho de su existencia un viaje, desarrollando su formación académica y literaria en lugares como Roma, Sevilla, Córdoba…

El yo lírico se inclina en todo momento por ese viaje. Desde el tercer poema, “Queja al exterminio”, ya surge la idea de la mudanza, del abandono de una casa, con una cierta nostalgia inherente a él. El poeta huye de lo definitivo. Leemos en uno versos: “Entré en ámbar porque rojo y verde son delirios mesiánicos poco recomendables”. El ámbar representa la idea de la posibilidad. El protagonista de la obra rechaza cerrar puertas, quedarse encasillado en una opción, en una única vida. Los personajes del libro van y vuelven, se marchan o se quedan, solicitan becas al extranjero. En este sentido, resulta muy transparente, incluso desde el título, el poema “Camina hacia el futuro, el regreso”. Junto al ámbar, aparecen otros símbolos de lo transitorio en la obra, como los zombis, seres a caballo entre la vida y la muerte, o el barranco como portal a la caída definitiva.

En “No fue fácil”, encontramos tres muestras más de esta idea. En primer lugar, el miedo al útero de la mujer, que se interpreta como un temor a la idea de la permanencia que sugiere la posibilidad de tener un hijo. En segundo lugar, los versos “Mis amigos buscan parejas que enferman con la ausencia”, desde ese sentido de establecer una distancia entre el yo lírico y sus amigos. En tercer lugar, la casa en el árbol como símbolo de un refugio ficticio de la realidad, el que proporciona el amor.

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Alberto Guirao durante una lectura poética en Madrid

La obra se divide en tres partes. En la tercera, “Las fronteras compartidas”, la idea de lo transitorio surge ya en la propia relación entre el yo y el tú lírico, definida así: “Somos el uno para el otro en la eternidad de las modas pasajeras”. Ese tú lírico que se funde con el yo y que “viviría en todas las ciudades” porque, como dice el poeta en el título de un poema, “No hay lugar que tenga que ser siempre”.

En la propia forma de la poesía encontramos también esa huida de lo definitivo o permanente, con poemas que terminan en puntos suspensivos, con reticencias, frases inacabadas, finales abiertos. Los finales no suelen ser sentenciosos.

Esta poesía es heredera de la Generación del 50. Comenzando por la compleja selección del léxico propia del barroquismo de Caballero Bonald, también el ingenio, la ironía e incluso el humor negro de Ángel González sobrevuela toda la obra: esa inteligencia que analiza el mundo cotidiano, desgranándolo y poniéndolo en entredicho, como se refleja, por ejemplo, en “Problema físico nº 4”, donde el autor ironiza con la idea del suicidio:

“¿Cuánto tiempo podremos vivir de esta manera?”
enuncia a un suicida el otro al vuelo,
a ochenta metros sus sombras,
hombro con hombro, bocabajo, con
la requerida gravedad
sin rozamiento,
a 6,6 m/s.

La cotidianidad que es analizada y desgranada en extremo se espiritualiza, muy en la línea de la poética de Claudio Rodríguez, en la que asistimos a la sacralización de lo banal. Los versos de Alberto están cuajados de este trasvase constante entre lo sacro y lo profano. Esta idea se muestra perfectamente en “Queja al exterminio”, donde surge la presencia de “tres tangas en triángulo tripulando una trenza junto a un santo de aljibes en el subsuelo del gueto, desde el que suben mis muebles en ebriedad de cacerolas”. Sorprenden al lector esos “tres tangas en triángulo” que podrían considerarse una especie de Santísima Trinidad banalizada, y ese “santo de aljibes”.

Continuando con este trasvase entre lo sacro y lo profano, en el poema “Bellezas en la cuneta”, la mañana se convierte en un “ángel cauteloso”, la adolescente a la que se dirige el yo lírico es “sacramental”, y la idea de “matar a un ángel” recuerda a aquellos “ángeles muertos” descritos por Rafael Alberti en su poemario Sobre los ángeles. En la poética de Alberto Guirao, el mundo espiritual que conocía la tradición, de ángeles, santos y cielos; se ve expuesto a la banalidad de la sociedad presente, y el poeta trata de buscarlo dentro de esa banalidad.

El amor contribuye a la espiritualidad. Por eso, la amada se describe como “azul extracorpórea” en el poema “Todas las camas, la cama”.

En “Visión y rezo desde un mirador en Córdoba”, el yo lírico escribe a su abuelo muerto “con una rabia desorientada e infantil”. La mirada hacia el más allá, como una dirección más de esa espiritualidad presente en la obra, resurge con fuerza en la segunda parte, “Delirios de parentesco”, donde también aparece la Voz del abuelo muerto que cobra protagonismo en esa mesa donde todos están de luto y la conversación avanza de forma absurda, tratando de ocultar lo verdaderamente relevante: la ausencia del abuelo. A él se lo compara con “un santo” que “desoye la historia” y se le relaciona con los cipreses, los árboles de los cementerios.

He mencionado ya la huella de la Generación del 50 en la poesía de Alberto, pero casi más importante que eso es la presencia del Surrealismo: la presencia de imágenes que no conectan con la realidad, simbólicas, misteriosas e imprevisibles. Un Surrealismo atento a los detalles, a los objetos cotidianos, al encanto de lo banal, y en esto recuerda al Poeta en Nueva York de Lorca. Pero también un Surrealismo que podríamos relacionar directamente con el padre de este movimiento, André Breton, como se aprecia en el siguiente fragmento de “Bellezas en la cuneta”:

Con cara de ángel Con cara de cerradura ártica Con cara de escaleras y buzones Con cara de urgencias de taxímetro Con cara de devolución y dolor estatuario Con cara de sex and drugs y Con cara de otras cosas.

Al temor a la permanencia, a la espiritualización de lo banal y al tono surrealista hay que sumar dos características más que definen la poética de Alberto. La primera es la polifonía: hay alternancia en las personas líricas: a veces encontramos un yo lírico que otras veces se convierte en un tú como desdoble del yo; en otros poemas confluyen varias voces de forma caótica (ocurre, por ejemplo, en “Bellezas en la cuneta”). La segunda característica es la estructura dramática que a veces acerca los versos al género del teatro. Muy presente en la segunda parte de la obra, “Delirios de parentesco”.

La combinación de estas características mencionadas es lo que convierte la poética de Alberto en única. Podemos buscarle influencias, pero como mera muestra de la intertextualidad siempre presente en la poesía. Alberto Guirao sorprende por su originalidad, que se ve potenciada si la contextualizamos dentro de nuestro panorama poético, en el que parece que cada vez asusta más la idea de una poesía connotativa, a pesar de que precisamente esa debería ser su esencia.

Os dejo, para finalizar, un momento de la presentación del libro en Madrid, en la librería Rafael Alberti, en el que el propio Alberto recita el poema “No hay dios que lo recuerde”:

El Bardo: más de medio siglo luchando por la poesía

Los participantes del acto. Fila de arriba, de izquierda a derecha: Alberto Guirao, Eric Sanabria, Alberto Guerra, José María de la Torre, Javier Lostalé. Fila de abajo, de izquierda a derecha: Paula Bozalongo, Eme Agra-Fagúndez, Conchy Gutiérrez, Andrea Toribio, Marina Casado, Déborah Alcaide, Marisa Marazuela y Amelia Romero
Los participantes del acto. Fila de arriba, de izquierda a derecha: Alberto Guirao, Eric Sanabria, Alberto Guerra, José María de la Torre, Javier Lostalé. Fila de abajo, de izquierda a derecha: Paula Bozalongo, Eme Agra-Fagúndez, Conchy Gutiérrez, Andrea Toribio, Marina Casado, Déborah Alcaide, Marisa Marazuela y Amelia Romero

Fue Federico García Lorca quien afirmó que “la poesía no quiere adeptos: quiere amantes”. Ayer aquellas palabras me bailaban todo el tiempo en la cabeza, mientras contemplaba con orgullo a las personas que, junto a mí, participaron en el acto en homenaje a la colección de poesía “El Bardo” (de la editorial Los libros de la frontera), que en 2014 cumplió 50 años. Fue en la Casa del Lector de Madrid y tuve el honor de presentarlo.

Resulta una maravilla celebrar algo así en estos “malos tiempos para la lírica”, que diría el gran Germán Coppini. En unos tiempos en los que no demasiados editores apuestan por la poesía, y especialmente si el poeta no es conocido. La gran labor de “El Bardo” fue publicar, desde sus orígenes en 1964, no solo a autores consagrados como el inigualable Vicente Aleixandre, sino también a poetas jóvenes y poco conocidos, por entonces. Algunos de los que publicaron su primer libro con “El Bardo” son hoy reconocidos como grandes autores de la lírica española contemporánea. Es el caso de Antonio Carvajal con su primer libro, Tigres en el jardín, publicado en “El Bardo” en 1968. Ayer, en representación suya, contamos con el magnífico poeta Javier Lostalé (excelso discípulo de Vicente Aleixandre), que nos recitó un poema de este libro, “Amor mío”.

Javier Lostalé recitando un poema de Antonio Carvajal
Javier Lostalé recitando un poema de Antonio Carvajal

El valor de un editor de poesía, como he dicho, es enorme, y merece nuestra admiración y nuestro agradecimiento, porque es necesario que alguien siga apostando por el género que mejor es capaz de reflejar el alma humana, de volcar las emociones en unos versos y dárnoslas a beber. Lo que “El Bardo” ha conseguido en sus más de 50 años en activo ha sido reunir en una colección a las grandes voces de la poesía española contemporánea. Algunos de estos gigantes poéticos resurgieron ayer en otras voces, las de los jóvenes poetas que nos atrevimos a recitarlos y recordarlos.

Marina Casado presentando el acto
Marina Casado presentando el acto

Conchy Gutiérrez y Eric Sanabria recitando por Gloria Fuertes y Félix Grande
Conchy Gutiérrez y Eric Sanabria recitando por Gloria Fuertes y Félix Grande

Eme Agra-Fagúndez y Alberto Guerra recitando por Ana María Moix y Miguel Labordeta
Eme Agra-Fagúndez y Alberto Guerra recitando por Ana María Moix y Miguel Labordeta

Andrea Toribio y Paula Bozalongo recitando por Carlos Bousoño y Vicente Molina Foix
Andrea Toribio y Paula Bozalongo recitando por Carlos Bousoño y Vicente Molina Foix

Déborah Alcaide y Alberto Guirao recitando por Ángel González y Pere Gimferrer
Déborah Alcaide y Alberto Guirao recitando por Ángel González y Pere Gimferrer

Marina Casado y José María de la Torre recitando por Vicente Aleixandre y Gabriel Celaya
Marina Casado y José María de la Torre recitando por Vicente Aleixandre y Gabriel Celaya

Tras el recital, la directora de “El Bardo”, Amelia Romero, nos habló sobre la historia de la colección y, posteriormente, con palpable emoción, recordó a Carlos Sahagún, brillante poeta de la Generación del 50, muy vinculado a “El Bardo”, que falleció el pasado 28 de agosto. Su viuda, Marisa Marazuela, estuvo anoche también con nosotros.

Amelia Romero, directora de "El Bardo", cerrando el acto
Amelia Romero, directora de “El Bardo”, cerrando el acto

Fue un acto memorable, digno de un evento como es la celebración de más de medio siglo de “El Bardo” luchando por la poesía. Una cifra que representa un triunfo fulminante sobre esa superficialidad terrible que amenaza a veces con asolar nuestra sociedad actual. Por eso, cuando mi amigo y editor José María de la Torre me puso en contacto con Amelia Romero, me ilusionó la idea de poder organizar este acto.

La fiesta no terminó en la Casa del Lector: posteriormente, continuamos leyendo nuestros propios poemas en una cafetería cercana, y la noche de este noviembre recién estrenado tembló con nuestros versos, y comprendí que la poesía permanece viva y así será siempre mientras conserve amantes, que no adeptos. Ayer también soñamos con el recuerdo de Luis Cernuda, muerto exactamente 52 años antes, pero resplandeciente en nuestros corazones. Verdaderamente, Lorca se hubiera sentido satisfecho de todos nosotros.

Programa del acto
Programa del acto

El espíritu de Velintonia

Recuerdo siempre la cordialidad, la simpatía con que Aleixandre me acogió. No sabía yo como él, regulando su jornada de manera precisa e invariable, dedicaba al reposo, para atender a su salud, las horas en que yo, sin previo aviso, había irrumpido con mi visita. Que rompiera su reposo para recibirme fue ya una gran gentileza. Era en su casa tan recogida y silenciosa, entre los árboles del Parque Metropolitano. En el salón, donde me habían hecho pasar, mientras anunciaban mi nombre, apareció un mozo alto, corpulento, rubicundo, de cuya benevolencia amistosa daban pruebas, ambas sonrientes, la entonación de su voz y la mirada de sus ojos azules.

(“Vicente Aleixandre”, Luis Cernuda)

Vicente Aleixandre y Luis Cernuda en 1927
Vicente Aleixandre y Luis Cernuda en 1927

Así describe Luis Cernuda su primer encuentro con su compañero de generación, Vicente Aleixandre (1898-1984), en 1927. Por supuesto, como telón de fondo aparece su célebre casa de la calle Wellington, número 3 –que después pasaría a llamarse calle Velintonia y más tarde, para desdicha del poeta, calle de Vicente Aleixandre-, situada en la zona de Metropolitano, en Madrid. Aquella casa, a la que Aleixandre y su familia se mudaron, precisamente, en 1927, resultó desde entonces inherente a su persona. Aleixandre era muy delicado de salud, por lo que salía poco y prefería recibir las visitas en su casa, que pronto comenzó a ser frecuentada por Cernuda, García Lorca, Gerardo Diego y el resto de poetas de la legendaria Generación del 27. Miguel Hernández, más joven que todos ellos, se convirtió en un incondicional. Mientras Lorca o Cernuda le daban la espalda, el bondadoso Aleixandre no solo le abrió las puertas de su casa, sino también las de su corazón, convirtiéndolo en uno de sus amigos más cercanos. Fue él quien veló por la publicación de gran parte de su legado después de morir Hernández en la cárcel como prisionero de guerra, en 1942.

Durante la Guerra Civil, la casa de la calle Velintonia sufrió el impacto de algún bombardeo, quedando destruidos los fondos de la biblioteca. Aleixandre fue uno de los pocos de la Generación del 27 que no marchó al exilio, no porque estuviera conforme con el nuevo régimen franquista, sino, sobre todo, por su delicada salud, que le obligaba a llevar una vida de reposo. Su obra Sombra del paraíso, publicada en 1944, se enmarca dentro de la corriente que Dámaso Alonso definió como “poesía desarraigada”, que ahonda en la angustia vital y la perspectiva existencialista, provocadas por la experiencia traumática de la guerra. Dámaso fue autor de otra obra situada en esta corriente, Hijos de la ira, publicada en el mismo año.

Jardín de Vicente Aleixandre.Medardo Fraile, Claudio Rodríguez, Carlos Bousoño, José Hierro, Vicente Aleixandre y Concha Lagos
Jardín de Vicente Aleixandre.Medardo Fraile, Claudio Rodríguez, Carlos Bousoño, José Hierro, Vicente Aleixandre y Concha Lagos

Ausentes la mayoría de los del 27, la casa de Velintonia se convirtió en lugar de reunión para los jóvenes poetas que contemplaban a Aleixandre como un maestro. Escritores de la talla de  Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma, José Manuel Caballero Bonald, José Hierro, Carlos Bousoño, Francisco Brines, Vicente Molina Foix, Luis Antonio de Villena, José Luis Cano; aún se pasean en el recuerdo por los jardines y los elegantes pasillos que una vez habitara la sonrisa amable de Vicente.

Tras la muerte de su hermana, Conchita Aleixandre, última habitante de la casa después del fallecimiento del poeta, esta quedó en un lamentable estado de abandono. A pesar de tratarse del hogar de un Premio Nobel –Aleixandre recibió este galardón en 1977- y de un lugar de reunión para varias generaciones de escritores y artistas, las administraciones públicas nunca han demostrado demasiado interés por comprarlo y convertirlo en un centro cultural o poético, como se haría en cualquier país civilizado. Por su parte, algunos herederos exigen precios desorbitados a las administraciones, alegando su valor histórico. Las administraciones esgrimen la vergonzosa excusa de que la casa ya no está amueblada. Ahora, este vano tejemaneje parece que ha terminado: los herederos han puesto a la venta el edificio, cuyo triste fin podría ser la demolición. El tiempo se agota y ningún mesías aparece para salvar a la poesía. La Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre, presidida por Alejandro Sanz, reivindica la memoria del poeta que persiste en su casa, y lucha para que esta pueda reconvertirse en una Casa de la Poesía. Sin embargo, las administraciones públicas permanecen escalofriantemente indiferentes.

Casa de Vicente Aleixandre contemplada desde el jardín
Casa de Vicente Aleixandre contemplada desde el jardín

Vicente Aleixandre en su salón, años ochenta
Vicente Aleixandre en su salón, años ochenta

En cualquier país europeo a excepción de España –país donde sólo el fútbol goza de privilegios y valoración social– considerarían una aberración la posibilidad de demoler la casa de un Premio Nobel, por muy desamueblada que esté. Siento una terrible impotencia  ante esta situación, en la que políticos tanto de derechas como de izquierdas han vuelto la cara.

El pasado viernes, asistí a la presentación del libro que acaba de publicar La Revista Áurea, de Miguel Losada, coordinado por Alejandro Sanz. Se titula Entre dos oscuridades, el relámpago, y en él escriben poetas como Caballero Bonald, Javier Lostalé, Luis Eduardo Aute, Pere Gimferrer o Vicente Molina Foix. Encontramos, además, un poema del ya fallecido José Luis Cano y un inédito del propio Aleixandre, “La vida”, que comienza así:

No te quejes de que los hombres sufran.

No te quejes, al despertar, de que todos los hombres sufran,

de que el dolor del mundo esté en las palmas de las manos,

mientras las plumas suaves vuelan libres, lejanas.

Manuscrito de "La vida", un inédito de Vicente Aleixandre de los años treinta (Archivo de Alejandro Sanz)
Manuscrito de “La vida”, un inédito de Vicente Aleixandre de los años treinta (Archivo de Alejandro Sanz)

El acto se desarrolló en el jardín de la casa de Velintonia, junto al hermoso cedro plantado por el poeta en los años veinte. La voz serena de Aleixandre, recitando, invocó el silencio de los doscientos asistentes y despertó temblores en las pupilas. El crepúsculo dio paso a la noche, una noche de verano precoz, que suspiraba brisa de la sierra cercana. Faltaron Caballero Bonald y Clara Janés, pero resultaron emocionantes los poemas recitados por Fernando Delgado, Molina Foix o Lostalé. Fue una velada mágica de poesía y de música, con el cantautor Luis Eduardo Aute interpretando tres canciones a modo de colofón final. Y la luna llena, sonriente como el rostro ovalado de Aleixandre, nos alumbraba.

Luis Eduardo Aute cantando en el jardín de la casa de Velintonia 3. Foto de El País
Luis Eduardo Aute cantando en el jardín de la casa de Velintonia 3. Foto de El País

Al terminar el acto, se nos ofreció la posibilidad de visitar la casa por dentro. Por primera, vez, crucé la puerta verde que tantas veces se había abierto en mi imaginación y en todos los libros de memorias y biografías que he leído. Nuestro guía, Alejandro Sanz, tenía que conducirnos con una linterna, porque solo algunas salas disponían de luz eléctrica. Las habitaciones, inmensas y vacías, con largas paredes verdes, descansaban en medio de un silencio en penumbra. Sin embargo, no tuve la sensación de hallarme en un lugar deshabitado, sino temporalmente en reformas. Parecía que la esquina más inesperada daría paso a una estancia donde encontraría a Aleixandre, repantigado en un sillón de oreja, flanqueado por Lorca, que reiría mientras contaba algo con su gracia granadina, y por Cernuda, armado de una sonrisa diminuta y prudente. La calidez que debió de existir no se había extinguido del todo. Desde el ventanal del salón de la planta baja, se adivinaba la luna llena alumbrando el jardín ahora asilvestrado. Me imaginé a Aleixandre allí parado, contemplándolo, y volviéndose hacia mí con una sonrisa acogedora. Y me sentí un poco más poeta porque, como tantos otros antes que yo, por fin había visitado la Casa de la Poesía, aunque fuera en las desérticas condiciones impuestas por el deshumanizado siglo XXI…

Calle de Vicente Aleixandre, número 3
Calle de Vicente Aleixandre, número 3

A veces, en octubre, es lo que pasa

Cuando nada sucede,
y el verano se ha ido,
y las hojas comienzan a caer de los árboles,
y el frío oxida el borde de los ríos
y hace más lento el curso de las aguas;

cuando el cielo parece un mar violento,
y los pájaros cambian de paisaje,
y las palabras se oyen cada vez más lejanas,
como susurros que dispersa el viento;

entonces,
ya se sabe,
es lo que pasa:

esas hojas, los pájaros, las nubes,
las palabras dispersas y los ríos,
nos llenan de inquietud súbitamente
y de desesperanza.

No busquéis el motivo en vuestros corazones.
Tan sólo es lo que dije:
lo que pasa.

Ángel González, Muestra, corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan

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