¿The Beatles o The Rolling Stones? La eterna lucha del rock

¿Eres de los Beatles o de los Rolling? He ahí la sempiterna pregunta en el universo del rock: una pregunta que tuvo sentido en las décadas de los sesenta y los setenta, pero que hoy en día resulta más bien vacía. Hace un año, no hubiera tenido ninguna duda acerca de mi respuesta; sin embargo, en los últimos meses he podido profundizar más en el trabajo de los Stones y familiarizarme con él, replanteándome en numerosas ocasiones la cuestión y llegando al punto de escribir este artículo al respecto.

John Lennon y Mick Jagger en los sesenta
John Lennon y Mick Jagger en los sesenta

Atendiendo al legado de cada grupo, The Beatles se consideran mucho más representativos, puesto que todo el pop internacional posterior bebe de ellos. Es, sin posibilidad de discusión, la banda más influyente en la historia de la música popular. La influencia de The Rolling Stones es más reducida y se limita a artistas y grupos concretos, como Jefferson Airplane, Rod Stewart, David Bowie, Oasis o Guns’N Roses. Los propios Rolling se inspiraron en sus compatriotas, los Beatles, cuando comenzaron su carrera, aunque supieron trazar su particular camino.

Lo cierto es que los Beatles comenzaron con ventaja y existen variadas razones –algunas de ellas, pertenecientes al terreno del mito- por las que su fama se halla por encima. Nos centraremos en cinco:

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1) Iniciaron antes su carrera:

Corría el año 1962 cuando The Beatles grabaron su primer sencillo, “Love Me Do” –firmada por Lennon-McCartney-, en los EMI Estudios de Londres, para el sello discográfico Parlophone. Tuvo un éxito moderado, pero el siguiente, “Please Please Me”, gozó de una estupenda acogida. Comenzaba la meteórica carrera de los Cuatro de Liverpool.

En 1963, la formación original de The Rolling Stones tocaba, cada domingo, en el Crawdaddy Club de Richmond. Allí los conocieron los Beatles, que rápidamente supieron reconocer su talento. Uno de ellos, George Harrison, los ayudó recomendándolos a la discográfica Decca Records, y poco después los Rolling estaban grabando su primer sencillo, “Come On”, éxito original del legendario Chuck Berry.

Cuando Sus Satánicas Majestades comenzaron, los Beatles ya les llevaban ventaja: en solo un año, se habían convertido en el grupo más popular del momento en Reino Unido. Su primer álbum, Please Please Me, lanzado en 1963, encabezó las listas de éxitos británicas. Desde su ventajosa posición, los Beatles ayudaron a los Rolling a despegar, sin ocultar la admiración que por ellos sentían, pero desde la comodidad de considerarse “los maestros”, consideración que los condujo a una suerte de “efecto Pigmalión”. Así, cuando los Rolling alcanzaron el éxito, nació una fuerte rivalidad entre el beatle John Lennon y Mick Jagger, el cabecilla de los Stones, que fue acusado por el primero de burdo imitador. Esto no es cierto, comparando la trayectoria musical de ambos grupos; pero al final, de todas las acusaciones, siempre queda algo que se va transmitiendo a lo largo de los años y que nos hace regresar a la pregunta: “¿Qué fue antes, los Beatles o los Rolling?”, saliendo vencedores los primeros.

The Beatles en sus inicios. De izquierda a derecha: Ringo Starr, John Lennon, Paul McCartney y George Harrison
The Beatles en sus inicios. De izquierda a derecha: Ringo Starr, John Lennon, Paul McCartney y George Harrison

2) Poseían los ingredientes estéticos para gustar al gran público:

Antes de conocer a Brian Epstein, su representante, los Beatles actuaban en el Cavern Club de Liverpool con pantalones vaqueros, chaquetas de cuero y tupés. Fumaban, comían pollo en el escenario y lucían con orgullo su condición de chicos humildes de barrio. Epstein fue quien les indujo a adoptar una actitud más profesional, que incluía la pulcritud de sus peinados y trajes correctísimos de la etapa inicial.

El papel de galanes, de “niños buenos”, ya estaba, pues, cubierto, cuando los Rolling aparecieron en escena. Andrew Loog Oldham, su publicista, era también el de los Beatles, y tuvo que buscar un modo de diferenciarlos, optando por potenciar su imagen de rebeldes irreverentes, de “vándalos juveniles”, que era la opuesta a la que tenían Lennon y los suyos. La leyenda que sitúa a los Beatles como pacíficos idealistas defensores del orden y a los Rolling como seductores caóticos es respuesta, por tanto, a esta estrategia inicial de marketing, que no hizo sino incrementarse con el paso de los años. También incluye la idea de asociar a los Beatles con el género pop y a los Rolling con el rock duro. Esto es consecuencia de que los rockeros que se consideraban rebeldes tenían muy en mente la imagen que los Rolling se habían formado, y esa actitud, más que el contenido musical, era la que marcó muchas influencias.

Los Beatles, entrenados para aparentar ser políticamente correctos, fueron los favoritos del gran público porque supieron llegar a todo el mundo. Los irreverentes Rolling quedaron relegados a aquellos que hacían de la rebeldía su marca personal. Ni siquiera en su etapa hippie lograron los Beatles imponerse a esta imagen. Mientras en Estados Unidos se producían los sucesos de Mayo del 68, Lennon entonaba su pacifista tema “Revolution”, que criticaba a aquellos que utilizaban la violencia como forma de rebelarse: “Dices que quieres una revolución; / bueno, todos queremos cambiar el mundo, ¿sabes? / […] Pero cuando hablas de destrucción, / ¿no sabes que no puedes contar conmigo? / […] Todo lo que te diré es: hermano, debes esperar, / ¿no ves que todo va a ir bien?”. Como es lógico, la sociedad asoció el tema con connotaciones conservadoras, muy distintas a las que destilaba “Street Fighting Man”, el tema que los Rolling compusieron por la misma época para manifestarse contra la Guerra de Vietnam. En él, lanzaban un alegato a favor de la acción directa: “¡Oye! Creo que es el momento perfecto para una revolución en Palacio / pero, donde vivo, lo que se lleva es la sumisión. / […] ¡Oye! Me llaman ‘alteración del orden’. / Hablaré fuerte y gritaré, mataré al Rey, / humillaré a todos sus sirvientes”. Tras este episodio, los sectores más progresistas se distanciaron de los Beatles y se fueron acercando a los Stones.

Curiosamente, detrás de estas máscaras impuestas, los Rolling provenían de familias acomodadas y Jagger estaba más ansioso de fama que de solventar cualquier conflicto social. Los Beatles, por su parte, tenían muy poco de angelitos.


3) Sus integrantes fueron casi los mismos desde el inicio:

Sus nombres forman parte de la cultura popular, recordados por personas que no tienen por qué considerarse melómanas ni amantes del rock. Los Cuatro de Liverpool –John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr-, presentes desde los primeros tiempos. Solo hubo un baterista previo a Starr, Pete Best, que fue sustituido a partir de la grabación del primer álbum, y un bajista que no duró ni siquiera hasta ese momento: Stuart Sutcliffe. El hecho es que desde que los Beatles comenzaron a abrirse paso en Gran Bretaña, eran solo los cuatro nombres míticos los que sonaban entre el público. En años posteriores, se mantuvo la formación original, adquiriendo cada uno de los integrantes una fama y consideración propia entre los fans: Lennon, el genio creativo y rebelde; McCartney, el más “empresario” y autor de las baladas más románticas; Harrison, místico y trascendental y, por último, el original y simpático Ringo Starr. Si realizáramos una encuesta a pie de calle, nos encontraríamos con que más gente de la que pensamos es capaz de mencionar, al menos, a dos de los cuatro Beatles.

Pero si en esa misma encuesta se preguntara por el nombre de los integrantes de los Rolling Stones, solo una pequeña parte de los encuestados sabrían responder correctamente y muchos se limitarían a mencionar a Mick Jagger, cabecilla de la banda. La razón no se debe únicamente a la mayor fama de los Beatles, sino también a que la formación original de los Stones no se ha mantenido a lo largo de las décadas, por lo que resulta más difícil de recordar. Cuando comenzaron, eran también cuatro: el malogrado y apocalíptico Brian Jones, el carismático y egocéntrico Mick Jagger, Keith Richards, rebelde víctima de los demonios de la drogadicción y dos nombres más que no continúan: Ian Stewart y Dick Taylor. A lo largo de su extensa carrera, los nombres han ido variando, manteniéndose solo dos de los miembros fundadores: Mick Jagger –el alma del grupo- y Keith Richards –la cara oscura de la moneda-. En la actualidad, la banda la completan el impávido baterista Charlie Watts, integrante desde 1963, y el entrañable Ronnie Wood, que fue adoptado por los Stones en 1975.

Podríamos afirmar que, mientras el eje de los Rolling lo constituye la música, los Beatles se centraron mucho más en explotar sus personajes, o lo lograron sin pretenderlo y sin que esto afectara a la calidad de su trabajo -¿alguien puede imaginarse la mítica banda sin Ringo Starr, por mencionar al miembro menos “esencial”?-.

Además, los Rolling cuentan con su propio pasaje oscuro en la historia del rock: el misterioso fallecimiento, en 1969, del fundador, Brian Jones, con tan solo 27 años –Jones se convertiría en el primer desdichado miembro del “Club de los 27”-. El joven apareció muerto en la piscina de su mansión, después de haber discutido con el resto de Stones en los últimos tiempos, hasta el punto de apartarse de la banda que él mismo había fundado. Algunas teorías conspiratorias acusan directamente a sus compañeros como responsables de la muerte, porque Jones, el cerebro de la banda, constituía un enojoso obstáculo para el ego de Jagger. La verdad, nunca la conoceremos.

Muchos críticos consideran que, desde la pérdida de Jones, los Rolling Stones no podían ser lo mismo, igual que si les hubiesen arrancado un brazo o una pierna.

The Rolling Stones en los sesenta. De izquierda a derecha: Brian Jones, Mick Jagger, Keith Richards y Charlie Watts
The Rolling Stones en los sesenta. De izquierda a derecha: Brian Jones, Mick Jagger, Keith Richards y Charlie Watts

4) Exploraron todos los estilos musicales y fueron grandes innovadores:

Esta es, probablemente, la única razón verdadera, más allá del mito, por la que los Beatles pueden considerarse musicalmente superiores. Con unos comienzos marcados por la influencia del rock tradicional –Chuck Berry o Elvis Presley- y el R&B, en la década de los sesenta se adentraron por el novedoso territorio de la psicodelia, abriendo nuevas fronteras al género pop. Exploraron el country, realizaron mezclas con música clásica: no se dejaron ningún estilo en el tintero. De aquel entrañable “All My Loving”, pasamos al original barroquismo de “Eleanor Rigby” y de ahí a la divertida psicodelia de “I Am The Walrus”. Un estudio pormenorizado de la evolución de la música de los Beatles ocuparía varios manuales.

Los Rolling Stones, en cambio, no han resultado tan revolucionarios. Afirmar que no han evolucionado en todos los años de carrera tal vez sería una exageración, pero, si los comparamos con sus vecinos de Liverpool, el cambio resulta notablemente menor. El estilo inicial, mezcla de rock con géneros como el reggae, el country o el R&B, también se puede apreciar en las últimas composiciones.

The Beatles en su etapa psicodélica. Extracto de la portada de Magical Misterty Tour
The Beatles en su etapa psicodélica. Extracto de la portada de Magical Mistery Tour

5) Permanecen en el territorio de la leyenda:

1970  fue el año, fatídico para muchos, en el que los Beatles se separaron. El principal motivo, aunque encubierto: el creciente distanciamiento entre Lennon y McCartney, que iniciaron su carrera musical por separado.  Diez años más tarde, Lennon era asesinado en su misma calle por un psicópata llamado Mark David Chapman. Para entonces, había firmado temas en solitario tan míticos como “Imagine” o “Give Peace a Chance”. Así, en 1980, Lennon –para gran parte de la crítica y de los beatlemaníacos, el auténtico cerebro creativo de la banda- internaba en el Olimpo de la música. La leyenda comenzaba. El siguiente en morir sería George Harrison, en 2001. Actualmente, Ringo y Paul permanecen en activo, como huellas testimoniales de aquel fenómeno que sacudió, durante una década, el mundo occidental.

Los Rolling, por su parte, nunca llegaron a disolverse. En su piel de rockeros septuagenarios, Mick Jagger y su banda continúan haciendo de las suyas en los escenarios, sin escatimar en saltos, carreras y piruetas, como si jamás hubieran pasado de la veintena, constituyéndose como el grupo más longevo de la historia del rock. Ellos también son leyenda, pero leyenda viva. Y eso –seamos sinceros- siempre le resta parte de su encanto legendario. Los Stones conservan su satánica esencia, pero continúan entre nosotros, haciendo giras y publicando álbumes. La clave será esperar al día en que, por fin, abandonen. Que, por otra parte, esperemos que no llegue demasiado pronto…

The Rolling Stones, rockeros septuagenarios
The Rolling Stones, rockeros septuagenarios. De izquierda a derecha: Charlie Watts, Keith Richards, Mick Jagger y Ronnie Wood

Un esbozo de Jim Morrison, el alma de The Doors

Jim Morrison en los sesenta
Jim Morrison en los sesenta

Lo menos que se puede decir del universo mental de Morrison es que era complejo y estaba bastante torturado. Es cierto, en particular los otros tres Doors llegan incluso a insinuar que estaba loco. Lo mismo se dijo a veces de William Blake y de Nietzsche, entre otros. Si Jim estaba loco, lo estaba como ellos, con una perfecta lucidez. De todas formas, el término “locura” es muy amplio y relativo, en general no refleja más que la diferencia de imaginación entre el que lo utiliza y el objeto del término. Sin pretender dar un diagnóstico para el que carezco de competencias diré, sin embargo, que Morrison tenía tendencias esquizofrénicas notables. […]

Jim Morrison, individuo reconcentrado y tímido por naturaleza, se complació efectivamente en refugiarse en su personaje de rock-star, al menos durante algún tiempo. Existen múltiples testimonios de quienes le conocieron entre los Doors y que le encontraron arrogante y, sobre todo, inaccesible. No obstante, tras esa máscara, su extrema sensibilidad permanecía intacta, y es probable que sufriera algunas veces por las reacciones que su actitud suscitaba. El manager de los Doors, Bill Siddons […], debía pensar en eso cuando declaró, a la muerte de Jim:

“Era la persona más entrañable, más comprensiva que he conocido. No ese Jim Morrison del que hablaban los periódicos. Sino el Jim Morrison que yo conocí y del que sus mejores amigos siempre se acordarán”.

Pero, rápidamente, se había vuelto prisionero de la imagen que él mismo había contribuido a crear. Paradójicamente, esta era su única protección contra la idolatría demencial de sus admiradores y la hipócrita adulación de los inevitables parásitos. Y además, eso es lo que se esperaba de él… A causa de ello, desarrolló una creciente paranoia, que se manifestaba de manera muy aguda bajo la influencia del alcohol.

Sí; se puede decir, sin comprometerse demasiado, que el equilibrio mental de Morrison no era particularmente estable. Pero si consideramos las tensiones psicológicas a que debió estar sometido, no es demasiado extraño. No es, ¡por desgracia!, la única estrella que ha experimentado esta trágica experiencia.

Hervé Muller, Jim Morrison y The Doors

Hervé Muller, periodista francés, conoció a Jim Morrison y mantuvo con él una amistad en los últimos meses de vida del cantante, en 1971, cuando este se había retirado de la vida de estrella de rock para vivir, junto a Pamela Courson, en París, y desarrollar su faceta poética. En 1975, Muller publica Jim Morrison y The Doors, una biografía sobre su antiguo amigo, contextualizándolo en la banda que formó junto a Ray Manzarek en 1965 y en la década de los sesenta.

La voz del Rey Lagarto: 70 años del nacimiento de Jim Morrison

En mayor o menor medida, todos poseemos la psicología del voyeur. No en un sentido estrictamente clínico o criminal, sino en nuestra actitud física y emocional ante el mundo. Cada vez que tratamos de romper este hechizo de pasividad, nuestras acciones se vuelven crueles y torpes y, por lo general, obscenas, al igual que un inválido que ha olvidado cómo caminar.

Jim Morrison, Los Señores

Estas palabras, contenidas en uno de los poemarios de Jim Morrison, podrían constituir una justificación de su trayectoria vital. El legendario líder de The Doors, que hoy habría cumplido 70 años, murió en 1971, a los 27, dejando un halo de preguntas sin resolver acerca de su persona. ¿Quién fue realmente Jim Douglas Morrison? ¿Un dios del rock, un icono sexual, un poeta beatnik, un joven obsesionado permanentemente con llamar la atención, un adolescente brillante e introvertido que nunca llegó a madurar, el último romántico…? Ante todo, Jim Morrison se constituyó como un luchador, en constante batalla consigo mismo para evitar convertirse en aquello que más temía: un espectador de su propia vida. Tal como él mismo escribió en Los Señores, su desasosegada huida de la contemplación existencial le condujo, en muchas ocasiones, a la obscenidad, a la torpeza y, finalmente, a su autodestrucción. Morrison murió ensayando la vida.

Jim Morrison en 1967, foto de Joel Brodsky
Jim Morrison en 1967, foto de Joel Brodsky

Yo soy el Rey Lagarto,

puedo hacer cualquier cosa.

Así se definía Jim Morrison en Celebration of the Lizard, una serie de letras concebidas para formar, en conjunto, un espectáculo poético. Como los lagartos mudan de piel, él fue variando su propio personaje a lo largo de su corta existencia. Así, encontramos un Morrison adolescente solitario, creativo y con sobrepeso; a otro Morrison de 23 años, esbelto y de una belleza rebelde y, por último, a uno grueso, barbudo, de mirada profundísima, subiendo al altar del anonimato por las calles de un París donde saludó a la muerte.

Jim Morrison condensó su vida en 27 años. En 1971, su aspecto era el de un hombre de 40, y no sólo por el envejecimiento prematuro al que le condujo el alcoholismo –sobrepeso, descuido de su propio aspecto-; la mirada que muestra en las fotos de esta época denota madurez: es la mirada de un hombre experimentado, que ha vivido demasiado como para no contemplar todo con una cierta indulgencia, un abandono bondadoso, una tranquilidad reflexiva.

Sus últimos meses transcurrieron en París junto a Pamela Courson, su eterno y atormentado amor. Morrison se había cansado de los escenarios y sólo quería dedicarse a escribir poesía y a mendigar sueños por la Ciudad de la Luz, la misma que había albergado las dramáticas desventuras de sus admiradísimos Verlaine y Rimbaud.

Jim Morrison en 1970
Jim Morrison en 1970

Pero no podemos olvidar que el aparentemente maduro Morrison de 1971 era, en realidad, un chico de 27 que, sólo dos años antes, incendiaba los escenarios con sus provocativos bailes y unos ajustados pantalones de cuero. Su serie de fotos más famosa, “The Young Lion”, que actualmente encontramos impresa en camisetas, pósters y todo tipo de artículos de merchandising, fue realizada en 1967 por el fotógrafo Joel Brodsky. Las imágenes muestran a un Jim Morrison de 23 años, rabiosamente guapo, en la cumbre de su carrera musical, posando provocativamente para la cámara. El torso desnudo, a excepción de un collar de cuentas estilo indie, la melena castaña cuidadosamente despeinada, los ojos azules mirando intensamente; en conjunto, una combinación de fiereza, rebeldía y belleza angelical propia de las estatuas griegas.

Jim Morrison en 1967. Foto de Joel Brodsky
Jim Morrison en 1967. Foto de Joel Brodsky

Ray Manzarek, un antiguo compañero de la Universidad de Los Ángeles, percibió en Jim dicha aura de divinidad tan favorecedora para una estrella de rock en potencia. Eso, junto a la creatividad poética de Morrison a la hora de componer letras, fue la semilla de The Doors en 1965, que bautizaría así en alusión a las “puertas de la percepción” a las que se refirió William Blake. A él y a Manzarek se unirían rápidamente Robby Kriegger y un escéptico John Densmore.

El mismo año en que nacía The Doors, el ejército estadounidense efectuaba un bombardeo intensivo sobre Vietnam del Norte, organizando una violenta masacre. Entre la población norteamericana surgían los movimientos contraculturales bajo el lema “Peace and Love”, acompañado éste no solo de flores y corazones, sino también de nuevas drogas, como el LSD y las anfetaminas, con las que los jóvenes pretendían alejarse de la realidad y establecerse en su propio mundo, un mundo dominado por el amor universal y libre. Las chicas se alisaban el pelo, los hombres se dejaban crecer la barba, unas y otros apostaban por el desaliño como estilo de vida. Era “tiempo de vivir, tiempo de mentir, tiempo de reír, tiempo de morir”, como dice la letra del tema “Take It As It Comes” de The Doors:

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Jim Morrison no fue hippie, pero tuvo contacto con la poesía de la Generación Beat –en especial, con el poeta beat Michael McLure-, la cual sirvió de impulso para el surgimiento de la contracultura en la década de los sesenta. Por detrás de la fachada de provocación tras la que se escondía como líder de The Doors, Jim fue algo más. Las lecturas de los poetas románticos ingleses que llevaba a sus espaldas desde la adolescencia, los estudios de cine en la Universidad de los Ángeles, una asombrosa inteligencia natural: todo ello le había conferido la capacidad de crear un personaje a la medida de lo que exigía la sociedad en ese momento, relegando a un segundo plano su lado poético, sensitivo, filosófico. Jim Morrison fue, sobre todo, su propia creación. Lo que ocurrió es que, a finales de los sesenta, se cansó de representar el papel.

Supo reflejar, en sus canciones, un mundo que se desmoronaba vertiginosamente. The Doors brilló con luz propia porque contaba con un Jim Morrison que era capaz de cantar a la sangre que invadía los tejados y las palmeras de Venice Beach, el verano, el amor; que podía reflejar el naufragio existencial –y romántico- en forma de un barco de cristal, que habló de los ángeles perdidos en la caótica ciudad de Los Ángeles, en ese tema titulado “L. A. Woman” donde se llamó a sí mismo “Mr. Mojo Risin” -cambiando de orden las letras de su nombre y apellido-, que hoy se perfila como uno de los temas definitivos de la historia del rock.

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Morrison siempre atribuyó su rebeldía a un episodio de su niñez, cuando viajando en coche con su familia, fue testigo de un accidente en la carretera que había matado a varios indios, dejando a otros moribundos. Según la leyenda, cuando alguien ve a un indio morir, el alma de ese indio se reencarna en él. Esta anécdota se repetiría de forma obsesiva en las letras de sus canciones -“Indios sangrando diseminados en la autopista del amanecer: / fantasmas invadiendo la frágil mente de un niño”-. Jim Morrison sintió durante toda su vida un auténtico fervor por la libertad, por no sentirse atado a nada ni a nadie, un impulso que le conducía a marcharse durante días enteros al desierto, sin avisar a nadie, y a no conseguir formalizar sus relaciones sentimentales.

Como icono sexual, tuvo aventuras con innumerables chicas, algunas de las cuales no alcanzaban los 18. Nico, la malograda cantante alemana de la Factory que participó en un álbum de The Velvet Underground, se enamoró de él hasta el extremo de teñirse sus pálidos cabellos rubios de rojo, porque Jim sentía predilección hacia ese color. Tal vez se debía simplemente a que era el color del cabello de Pamela Susan Courson, una muchacha que conoció en 1965, cuando The Doors aún no habían alcanzado la fama. Por entonces, ella tenía 19 años y él, 22. Pamela se caracterizaba por una larguísima y lacia melena roja, ojos de color verde azulado y una sonrisa de niña pequeña. Bajita y muy delgada, daba una impresión de debilidad que en realidad no poseía, puesto que era dominante y caprichosa. Su relación con Jim a partir de 1965 fue tormentosa, interrumpida por constantes discusiones que los alejaban durante meses, para después volver siempre juntos. El desequilibrado carácter de Pamela se complicó más a medida que su adicción por la heroína aumentaba. Jim sentía impotencia ante esta situación, mientras ella lo veía caminar hacia su autodestrucción debido a su creciente alcoholismo. Jim y Pamela eran, de alguna forma, almas gemelas, enamoradas de la libertad, de caracteres tan fuertes que no podían no chocar entre sí. A pesar de todo, el amor que sintieron fue mutuo y verdadero.

Jim y Pam en 1969
Jim y Pam en 1969

Al principio de dos poemarios de Jim podemos encontrar la dedicatoria “A Pamela Susan”. Me estoy refiriendo a Los Señores y Las nuevas criaturas, ambos autopublicados por él en 1969. Otros libros de poesía, como Desierto y Una oración americana, fueron publicados de manera póstuma gracias a Pamela, que se encargó de organizar sus papeles y todas sus caóticas notas. En estos poemas hallamos al Morrison más profundo, esencial y sensitivo, caída ya la máscara, capaz de burlarse de su propio personaje.

No sabemos qué otro Jim Morrison hubiéramos podido conocer de no haber muerto dramáticamente –y en misteriosas condiciones- a los 27 años, envuelto en un aura desquiciante de locura y adicciones. Irónicamente, falleció incluso a una edad más temprana que la de su adorado Arthur Rimbaud, quien condensó su vida en 37 años. Pero Jim, a diferencia de Rimbaud, no había agotado su capacidad creativa, de hecho, tenía en mente numerosos proyectos literarios y cinematográficos. Murió cuando nacía el poeta que siempre llevó dentro. Pero hoy, a los 70 años de su nacimiento, nos llega aún su voz –la del Rey Lagarto, la de Mr. Mojo Risin-, inquietante y desasosegada, mística, errática, eufórica; susurrando que las dimensiones espacio temporales, que la muerte y la vida, son límites absurdos impuestos por nuestra frágil condición humana:

Puedo lograr que la Tierra se detenga
en seco. Hice que
los coches tristes desaparecieran.

Puedo hacerme invisible o disminuir de tamaño.
Puedo volverme gigantesco y alcanzar
las cosas más lejanas. Puedo cambiar
el curso de la Naturaleza.
Puedo transportarme a cualquier parte
del espacio o del tiempo.
Puedo convocar a los muertos.
Puedo percibir acontecimientos en otros mundos,
en lo más profundo de mi mente
y en las mentes de los demás.

Yo puedo

Yo soy.

Jim Morrison
Jim Morrison