El deslucido regreso de Mary Poppins

Cartel de la película El regreso de Mary Poppins (2018)

En sus intentos contemporáneos por revivir viejos clásicos, Disney la ha tomado en esta ocasión con una de mis películas favoritas de todos los tiempos: Mary Poppins, estrenada en España en 1965 y dirigida por Robert Stevenson. En su día, la obra provocó una notable polémica a causa de que a P. L. Travers, la autora de cuyos libros sirvieron de inspiración a Disney, no le agradó la adaptación cinematográfica. Por eso, a pesar del éxito de la película, no pudo grabarse una secuela, como le hubiera gustado al director. Cincuenta y tres años más tarde, con Travers bajo tierra desde hace dieciocho, llega por fin a todas las pantallas El regreso de Mary Poppins, dirigida por Rob Marshall. Así, a destiempo y por sorpresa, cuando la entrega original se había convertido en un clásico venerado e intocable. Un panorama con barra libre para el escepticismo.

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El olvidado Guy Williams

Guy Williams interpretando a Don Diego de la Vega
Guy Williams interpretando a Don Diego de la Vega

Bigotito fino, a lo Errol Flynn; cabello negro, bien peinado; una ceja ligeramente arqueada y una sonrisa seductora y cercana. Así recordamos al actor Guy Williams, famoso por su papel de Zorro en la serie clásica de Walt Disney de 1957, en el 25º aniversario de su fallecimiento, acaecido a finales de abril de 1989.

Muchos han sido los actores que han encarnado al justiciero enmascarado español creado por el escritor Johnston McCulley en 1919, comenzando por el polivalente Douglas Fairbanks –en La maldición de Capistrano, de Fred Niblo, en 1920-, pasando, entre otros, por Tyrone Power –en La marca del Zorro, de Rouben Mamoulian, en 1940-, hasta llegar a la versión más moderna, de 1998, protagonizada por el malagueño Antonio Banderas, titulada La máscara del Zorro, cuyo éxito resultó tan sorprendente que su director, Martin Campbell, decidió grabar una secuela en 2005, La leyenda del Zorro, que no alcanzó, ni mucho menos, la fama de su antecesora. De entre todos estos intérpretes, el más recordado por el público en general es el paradójicamente olvidado Guy Williams, que consiguió popularizar el personaje de McCulley.

En 1957, el mítico Walt Disney demostró que podía batir récords de audiencia rescatando una vieja historia de aventuras y otorgándole un toque de comedia, logrando que el Zorro llegara por igual al público infantil y al adulto. La serie que produjo, dirigida en origen por Norman Foster y con un total de 39 capítulos repartidos en dos temporadas, se grabó en blanco y negro entre 1957 y 1959, y fue remasterizada en color en 1992. El mayor acierto de Disney fue, sin duda alguna, la elección de Guy Williams para su papel protagonista. Williams, de 33 años, que ya había desempeñado papeles menores para el cine y la televisión, se vio de repente ante el difícil reto de insuflar nueva vida al personaje que habían interpretado estrellas como Fairbanks o Power. El resultado, sin embargo, resultó deslumbrante: superó con creces las expectativas, saltando a la fama y obteniendo generaciones enteras de fans, y hasta una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood que le fue concedido póstumamente, en 2001. A día de hoy, su figura amenaza con perderse, injustamente, en el olvido.

Guy Williams en su papel del Zorro
Guy Williams en su papel del Zorro, desenmascarado para posar

Guy Williams en su papel del Zorro
Guy Williams en su papel del Zorro

Guy Williams, nacido como Armando Catalano el 14 de enero de 1924 en Nueva York, fue hijo de humildes inmigrantes sicilianos que se instalaron en el popular barrio neoyorquino de Little Italy, donde transcurrió la infancia de Armando. En contra de los deseos de sus padres, que querían verlo convertido en un próspero vendedor de seguros, el joven decidió internarse por el pantanoso terreno de la interpretación, consiguiendo varios trabajos como modelo en campañas comerciales que le otorgaron una cierta fama en el mundillo. Sin duda, poseía virtudes que lo favorecían: tenía ímpetu, carisma, medía 1’90 y se caracterizaba por una belleza con aire latino que, sin embargo, le cerró las puertas ante algún director norteamericano. Por esa razón, su representante le hizo adoptar el nombre artístico de Guy Williams. El favorable resultado no se hizo esperar: en 1946, obtuvo un contrato de la prestigiosa productora Metro Goldwyn Mayer y se mudó a Hollywood durante una temporada. Tenía por entonces 22 años. En 1952, regresó a Hollywood gracias a un contrato de un año de Universal Pictures.

Guy Williams posando durante sus años como modelo
Guy Williams posando durante sus años como modelo

Guy Williams protagonizando un anuncio de colchones
Guy Williams protagonizando un anuncio de colchones

Hasta 1957, sus papeles fueron poco importantes. Ese mismo año, se presentó en un casting organizado por la compañía Disney, que buscaba un actor protagonista para su nueva versión del Zorro, y fue elegido debido, precisamente, a ese aire latino que otros directores habían rechazado, y que encajaba muy bien en el personaje del espadachín enmascarado. Además, Williams poseía unas nociones básicas de esgrima, puesto que en su familia dicho deporte se constituía como una tradición familiar. Al mismísimo Walt Disney le pareció perfecto para el papel, y enseguida le hizo retomar sus lecciones de esgrima y le instó a que se dejará el bigotito tan característico del Hollywood clásico y, por extensión, de la propia figura de Williams.

El ascenso a la fama fue desmesurado: Williams logró que, hasta la actualidad, se le asocie, a él más que a ningún otro actor, con Diego de la Vega, el hombre que se escondía tras la máscara del Zorro. Configuró la personalidad que hoy todos recordamos: un espadachín valiente, ingenioso y carismático, que de día se refugia tras la inofensiva identidad de Diego de la Vega, un hacendado californiano rico, frívolo e intelectual, y de noche salta sobre su fiel caballo Tornado para, disfrazado con sombrero, capa y máscara negros, combatir la corrupción y la maldad instaurada en el pueblo de Los Ángeles, que en la serie, desarrollada en 1820, aún era una colonia española.

Britt Lomond (Capitán Monastario) y Guy Williams (el Zorro)
Britt Lomond (Capitán Monastario) y Guy Williams (el Zorro)

Guy Williams como Diego de la Vega
Guy Williams como Diego de la Vega

Imagen del opening de la serie de Disney
Imagen del opening de la serie de Disney

Guy Williams junto al creador del Zorro, Johnston McCulley
Guy Williams junto al creador del Zorro, Johnston McCulley

La serie de Disney, un auténtico éxito, se mantuvo hasta 1959, año en que los desacuerdos entre Walt Disney y ABC, la cadena donde se emitía, alcanzaron su culmen. Aunque Williams, por entonces millonario, todavía participó en otras series como Bonanza (1965) y Perdidos en el espacio (1965-68) y en dos largometrajes de 1962 –Damon y Pythias y Capitán Simbad-, su carrera fue cayendo progresivamente en el olvido. En la década de los setenta dejaron de llegarle ofertas de contratos, y él mismo fue abandonándose hasta el punto de separarse de su familia y pasar sus últimos años en Buenos Aires, donde se sintió más calurosamente acogido, en contraste con un Hollywood que cada vez le resultaba más hipócrita y alejado de sus propios ideales. Se declaró en contra de la “cruzada anticomunista” de la Guerra Fría que, según él, tenía a Disney como eje. En 1978, el argentino Canal 13 volvió a emitir la serie de El Zorro y Williams participó en la promoción, interviniendo en el famoso programa de Jorge Porcel. Por esta época conoció al joven Fernando Lúpiz, un actor experto en esgrima que le acompañó en su gira interpretando el papel del malvado antagonista, el Capitán Monastario, anteriormente representado por Britt Lomond. Williams y Lúpiz iniciaron una amistad inseparable que se mantendría hasta la muerte del primero.

Guy Williams interpretando a Simbad el Marino
Guy Williams interpretando a Simbad el Marino

Guy Williams y Fernando Lúpiz en los setenta
Guy Williams y Fernando Lúpiz en los setenta

Guy Williams y Fernando Lúpiz en los setenta
Guy Williams y Fernando Lúpiz en los setenta

En sus primeros años en Buenos Aires, Guy Williams mantuvo una activa vida social y profesional, dirigiendo una empresa de pannetonne en California, participando en programas televisivos locales y actuando junto a Lúpiz en el Circo Real Madrid, explotando su antiguo papel de Zorro. Durante tres años, preparó el proyecto de un nuevo largometraje en el que el personaje, ya veterano, se codeaba con su hijo, papel que representaría Lúpiz. El proyecto, que se titularía El Zorro vivo o muerto, fracasó debido a las exigencias de su director, Palito Ortega. La frustración empujó a Williams a retirarse de la vida social, iniciando un tranquilo retiro en el que se dedicó a sus aficiones: el vino, el ajedrez y los viajes. Era una persona extrovertida y sociable que no encontraba problemas a la hora de hacer amigos.

Por lo que se conoce de su vida sentimental, esta fue relativamente tranquila desde 1948, año en que conoció, en una campaña en la que trabajaba, a la modelo publicitaria Janice Cooper, con la que se casó ese mismo año y posteriormente tuvo dos hijos en 1952 y 1956, Guy Steve y Anthony. La estabilidad duraría hasta 1979, cuando se separó de Janice para marcharse definitivamente a Buenos Aires, donde se embarcó en una tormentosa relación con la periodista Araceli Lisazo, a quien conoció por mediación de Fernando Lúpiz. A Araceli le siguieron un buen número de novias que conocía en los eventos organizados por la jetset local. Al final de su vida, había retomado el contacto con ella, pero este se vio trágicamente interrumpido por su muerte, en completa soledad, en su lujoso apartamento del barrio porteño de La Recoleta, oficialmente debido a una aneurisma cerebral. Años antes, Williams había superado una embolia que mermó su salud. Sin embargo, su fallecimiento –pobremente cubierto por algunos medios argentinos- estuvo rodeado de teorías conspiratorias que incluían elevadas deudas mezcladas con complicaciones sentimentales. Su cuerpo fue descubierto en estado de descomposición, cuando ya llevaba una semana muerto y el insoportable hedor había alertado a los vecinos.

Guy Williams en sus últimos años en Buenos Aires
Guy Williams en sus últimos años en Buenos Aires

Así, envuelta en la soledad y el abandono, resultó la muerte de una de las carreras más meteóricas del Hollywood clásico. En la actualidad, sus comunidades de fans se esfuerzan por obtener reconocimientos para un excelente actor que merecía mucho más de lo que el tiempo le ha otorgado. Porque hoy, 25 años después de su fallecimiento, todavía nos parece sentir el viento en la cara –a lo lejos, de fondo, una guitarra española-, la noche de California abrigando el crepitante galopar del Zorro ante la mirada acerada y furiosa del Capitán Monastario. Y es que Guy Williams también dejó grabada una “Z” en nuestros corazones.

El siguiente vídeo corresponde a un fragmento del capítulo 15: “García, acusado”, en el que tienden una trampa al cómico y patoso Sargento García -interpretado por Henry Calvin-, que es comandante en funciones y está obsesionado con atrapar al Zorro. En el fragmento, vemos a Diego de la Vega -Guy Williams- cantando al ritmo de una guitarra española:

Navidazonia

22 de diciembre de 1995

Querido Guili:

Mañana iremos a Navidazonia. Navidazonia es una feria de Navidad. Hay muchas cosas: Papás Noeles que dan caramelos, cabalgatas de Reyes que no paran de pasar… Lo bueno es que, aunque en el resto de sitio ya se haya terminado la Navidad, en Navidazonia siempre sigue estando.

Sin más, se despide tu amiga:

Marina

C/ San Gatos de Dueño, nº. 2, piso 1ºB. CP 28076, Gatoburgo.

Encontré esta “carta” en un viejo cuadernillo esta mañana, mientras me lamentaba de que hoy fuera Nochebuena. Una oleada de ilusión que guardaban las páginas marchitas me hizo estornudar y después sonreír -la ilusión antigua es peor que el polvo… Me invadieron unas ganas terribles de regresar a mi antigua residencia, situada en “Gatoburgo” y, más concretamente en aquella calle de “San Gatos de Dueño” en la que también se erigía la Mascotería del Miau-Miau.

Navidades del 96
Navidades del 96

Vivía allí cuando mi hermano pequeño se empeñaba llamarse como el Power Ranger Azul, y cuando yo ignoraba que su nombre, Willy, no se escribía con “gu-” -y, encima, sin diéresis-. En aquellos tiempos, la Navidad era la mejor que podía pasarte a lo largo del año -por encima, incluso, de los cumples-, por eso empezaba a poner villancicos desde septiembre -para desgracia de los que me rodeaban-, adelantándome incluso a El Corte Inglés. Pero al igual que las Navidades resultaban maravillosas, la tortura más elevada de cuantas se pudieran imaginar era cuando, unos días después de Reyes, había que quitar el decorado navideño. En mi casa, siempre lo retrasábamos lo más posible, hasta que nuestro abeto se convertía en el elemento absurdo del vecindario. Para mí, constituía un drama el fin de las Navidades.

Por eso inventé Navidazonia: un parque temático donde todo el año era Navidad. Para crearlo, confieso que me inspiré en la “Isla de los Juegos” de la película Pinocho de Walt Disney, aquella isla a la que los niños malos eran conducidos por un zorro llamado “El Honrado Juan” y, después de divertirse y de comer cuantas golosinas desearan durante toda una tarde, acababan convertidos en burros. Navidazonia lo imaginaba de ese estilo, pero más nevado y con atracciones navideñas. Incluso la figura de “los Papás Noeles que regalaban caramelos” surgían en mi mente a partir de las enormes estatuas de indios de madera que repartían puros a los niños diciendo: “Aquí se fuma… ¡fumen hasta empacharse!”

Fotograma de la película Pinocho (1940), de Walt Disney
Fotograma de la película Pinocho (1940), de Walt Disney

Qué mecanismos más extraños y retorcidos posee la imaginación infantil. Cómo echo de menos la ausencia de futuro que me embargaba, la felicidad al alcance de un acción tan poco trascendental como poner el Árbol de Navidad.

Casi veinte años después, un sentimiento de melancolía decadente me invade cuando pienso que hoy es Nochebuena. Ya no escucho villancicos, sino canciones desasosegantes de Jim Morrison. Temo encender la tele para verme asaltada por todas esas películas de finales felices y reuniones familiares bajo los ojos del bueno de “Santa”. De amores que siempre llaman a la puerta el 25 de diciembre, de vidas que se arreglan y sorpresas inesperadas.

Y me parece que la tristeza es una especie de ermitaña en esta época, lo cual me hace sentirme aún más lejos. La Navidad son fiestas para disfrutar en la infancia. Después, se convierten en caldo de cultivo para la nostalgia de los días y de las personas que ya no te acompañan. Como diría Morrison: “todo está roto y baila”.

Voy a pedirle al Papá Noel que nunca viene a mi casa un pasaje sin retorno a Navidazonia. Mientras lo espero, os deseo una feliz noche y me despido de la mano de Lennon…