La entrevista

 Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste.

(Alejandra Pizarnik)

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Hoy es un día especial. He descubierto la manera de viajar en el tiempo, y se me ha ocurrido la fantástica idea de entrevistarme a los seis años, en parte por ver cuánto he cambiado y, en parte, porque me echo un poco de menos. Un poco…

Bien, el mecanismo ya está activado. Solo queda cerrar los ojos y… ¡vaya! ¡Estoy volando! ¿Qué es eso que…?

Parece que he aterrizado sin contratiempos… Me encuentro ahora en un patio soleado, cuajado de geranios, de hortensias, de rosas, flanqueado de adelfas. Una delicada mariposilla blanca traza filigranas en el aire. Hay dos cuerdas con ropa tendida. Las baldosas son lisas, de color teja, y sobre ellas se levanta una mesa de jardín blanca con cuatro sillas alrededor… Se escucha un pasodoble lejano, que tal vez procede de dentro de la casa, o de alguna de las ventanas abiertas de los edificios que rodean el patinillo.

Al fondo, junto al rosal, distingo a una niña sentada sobre una diminuta butaca de mimbre que parece hecha a su medida. Sostiene sobre las rodillas un cuaderno. Camino lentamente, para no asustarla, y me doy cuenta de que está muy concentrada dibujando.

Entonces se percata de mi presencia, y levanta la mirada. Tiene unos ojos grandes, de largas pestañas e inmensas pupilas que no me permiten apreciar el color de su iris. La boca, entreabierta por la sorpresa, deja ver unos dientes blanquísimos que contrastan con el tono cereza de sus labios grosezuelos. La nariz pequeña, el cabello corto y ondulado, de un color a medio camino entre el castaño claro y el rubio oscuro.

Es Marina.

1996
1995

-Oye, ¿quién eres? –me pregunta, con una mezcla de temor y curiosidad.

-Me llamo Marina, como tú. He venido de muy lejos para hacerte una entrevista.

-¿A mí? ¿Por qué? ¿Se lo has dicho a mis abuelos?

-No se lo he dicho a nadie, porque quiero que sea un secreto entre nosotras. ¿Vale?

-Pero… ¿y si eres una mala? ¿Y me quieres raptar, o algo?

-No te preocupes: soy buena.

Marina continúa estudiándome con curiosidad, sin arriesgarse a regalarme su confianza.

-¿Y por qué quieres hacerme una entrevista?

-Bueno… ¿tú no querías ser famosa?

-Sí…

-Pues para eso… Para que mucha gente lea la entrevista. Aunque pasarán unos cuantos años… Es que yo soy periodista.

-Bueno, vale.

-¿Vale? Muy bien, iré rápido para que puedas ponerte otra vez a dibujar.

-Vale. Estoy esperando a que me llamen para comer. Es que hoy celebramos mi cumpleaños.

-¿De verdad? Hoy también es el mío. ¿Cuántos cumples tú?

-Seis. ¿Y tú?

-Veinticuatro…

-¡Hala: tienes más de veinte! ¡Qué mayor!

-Un poco, sí… ¿Empezamos?

-¡Vale!

1997
1997

P- Vamos a comenzar con algo fácil. ¿Cuáles son tu color y tu número favoritos?

R- Mi número favorito es el 2, porque parece un cisne. Mi color… ¡el azul!

P- ¿Estás segura? Yo pensaba que era el rosa.

R- Bueno, cuando era pequeña sí, porque el rosa es el color de las princesas y todo eso. Dicen que el azul es de chicos. Pero me da igual…

P- Para ti, ¿cuándo deja alguien de ser “pequeño”?

R- A los seis años ya te haces una niña mayor. Después, a los diez, te haces muy mayor. A los dieciséis te enamoras y a los veinte ya eres adulta.

P- ¡Qué claro lo tienes! ¿Y de quién te gustaría enamorarte a los dieciséis?

S- Pues… –duda unos instantes en los que compruebo cómo se va ruborizando– De un niño de mi clase.

P- ¿¡Quién!? –me hago la tonta, fingiendo que no lo sé, para que me dé el nombre; pero Marina es mucho más tímida de lo que recordaba…

S- No te lo pienso decir. ¿¿Y si lo lee?? ¡No le digas a nadie que estoy por alguien, eh!

P- Tranquila, que para cuando se publique la entrevista, es tremendamente complicado que él se interese por leerla. Pasemos a otra pregunta… ¿Qué te gustaría ser cuando te hagas “adulta”?

R- ¿De trabajo, dices? Princesa, actriz de cine, cantante o escritora.

P-  ¿Escritora? ¿Has escrito algo ya?

R- No, pero dibujo las historias. Por ejemplo, ahora estoy dibujando la historia de “Aurora en el País de los Gatos”. Trata sobre una niña que se encuentra un gato que la conduce a un arco-iris. La niña sube por el arco-iris hasta una ciudad de nubes, donde viven gatos. Allí se transforma también en gata, y conoce a un gato que es el Príncipe de la ciudad. Al final, los dos se transforman en humanos príncipes y vuelven al mundo de los humanos, y se casan.

P- Suena interesante. ¿Lees mucho?

R- Sí. Ahora me estoy leyendo un libro muy gordo que se llama Mil años de cuentos, y tiene cuentos de princesas, hadas y cosas así.

1994
1996

P- ¿Qué libro te gustaría tener?

R- La Bella Durmiente. Con los dibujos de la película… ¡es mi película favorita! Pero un día que le dije a mi padre que me lo comprase, me acabó comprando otro que se llama Toribio y el sombrero mágico.

P- ¿Y la poesía? ¿Te gusta?

 R- Mi señorita de Preescolar nos enseñó muchas. Mi favorita es una que dice: “Otoño, viento amarillo, / vientecillo trotador, / que al campo, como un asnillo, / cubres con odres de olor. / Otoño, viento amarillo.”. Pero creo que la poesía es para niños pequeños.

P- Y además de leer y dibujar, ¿qué te gusta hacer?

R- Jugar con las Barbies y con los muñecos pequeños de personajes de películas.

P- ¿Sola o con más niños?

R- Sola o con mi hermano, Juanito. Tiene tres años. Pero también me gusta jugar con las niñas de mi clase a un juego que me he inventado yo y que se llama “La Mascotería del Miau-Miau”. Yo soy la dueña de la mascotería, otras son los gatos y otra es la compradora, y tiene que elegir un gato…

P- ¿Dónde te gustaría viajar?

R- ¡A mi pueblo! Bueno, no: a Saturno… Me gusta mucho el espacio. Siempre juego a que tengo una nave espacial y paseo por los anillos de ese planeta. Además, en el espacio puedes volar.

P- ¿Te gustaría volar?

S- ¡Es lo que más me gustaría en el mundo! Cada vez que tengo una pesadilla, me puedo escapar volando hacia el cielo. Y cuando llego muy alto, me despierto en mi cama…

P- En el fondo, eres una aventurera, ¿no?

S- Me encantaría ir de expedición por la selva. Cuando juego a los papás y a las mamás con los muñecos, yo siempre me pido vivir en el Amazonas. A los demás no les gusta mucho… Pero es más emocionante. Antes hacía que las farolas eran árboles frutales y que tenía que coger la fruta de allí para alimentar a los niños. Hasta que, un día, mi madre me pilló subida a una farola y me echó una bronca tremenda…

1994
1994

P- ¿Cuáles son tus personajes de dibujos favoritos?

S- Willy Fog, Gadget, Heidi…

P- Bien, ya estamos acabando. ¿Qué deseo pedirás cuando soples las velas?

R- Que me compren una gatita blanca de ojos azules. Pero de verdad, no de peluche.

P- ¿Y algún deseo que sepas que nunca se va a realizar?

S- ¡Que existan los dinosaurios! Me encantan… Bueno, y que caiga un meteorito y haga que todos dejemos de crecer.

P- Creo que ese es muy buen deseo… ¡Pues muchas gracias por responderme todo!

Un momento, ¿qué es esta niebla? Marina se está destiñendo en el aire, o algo así… El patio entero se está diluyendo. Con sus flores, sus plantas, sus mariposas y sus baldosas color teja iluminadas por el sol… Tal vez sea yo la que desaparece. No puedo creer que me haya dado tiempo a terminar la entrevista y…

Y todo esto para qué, me pregunto. ¿Por cumplir veinticuatro? Como ha dicho Marina, una se hace adulta a los veinte; ya no me debería importar seguir cumpliendo años. Y menos si todavía espero la llegada de ese meteorito prodigioso…

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Volar

Anochece. Las farolas del barrio deberían comenzar a encenderse, pero eso no ocurre. El cielo, inmerso en un azul sucio a medio camino hacia el azabache, se resiste a guiñar sus párpados de estrellas.

No hay nadie por la calle: ni coches, ni transeúntes… Un silencio encantado lo envuelve todo. Pero allí, a la derecha, en aquella pequeña rotonda… Allí hay alguien. Es una anciana montada en bicicleta. Me recuerda a la famosa escena de Un perro andaluz, antes de que se produzca el accidente. Solo que esta anciana pedalea sin moverse. No puedo verle la cara, pero algo me indica que estará sonriendo.

Y de repente, ya no se encuentra allí. Solo queda la bicicleta. Es entonces cuando lo comprendo todo: puedo volver a casa volando. Extiendo los brazos, me elevo. Vuelo.

¿Quién ha dicho que haya que volver a casa? Siempre he querido volar. Es algo así como nadar por el aire. Es una sensación maravillosa. Creo que tardaré un poco más en volver. Que seguiré volando, un poquito más alto, si es posible. Así, ya no da miedo. ¿Qué digo? Volar nunca me ha dado miedo… Pero volar no es marcharse, es regresar…

Me empieza a pesar el cuerpo, desciendo. El paisaje a mi alrededor comienza a desvanecerse, el azul del cielo blanquea, me hundo en mis propios átomos desteñidos…

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El despertar

"La Bella Durmiente" (1959), de Walt Disney
«La Bella Durmiente» (1959), de Walt Disney

Después de todo, todo ha sido nada,

a pesar de que un día lo fue todo.

Después de nada, o después de todo

supe que todo no era más que nada.

José Hierro, “Vida”

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Aurora va abriendo los ojos lenta, dolorosamente, mientras la luz de la tarde invade sus pupilas. Le cuesta enfocar su alrededor. Distingue una mesa de color crudo, y el familiar aroma del cuaderno. Vislumbra las cabezas de sus compañeros, y hasta sus oídos se va abriendo paso la voz amortiguada del profesor.

A medida que va recobrando la conciencia, la desorientación la invade con más fuerza. ¿Cómo ha llegado hasta allí? ¿Dónde se encuentra realmente? Primero piensa en la universidad. Pero no, aquella clase es más pequeña. Y hay un olor extraño esparcido en el aire, un olor como a… adolescencia.

Cuando Aurora abre los ojos completamente, descubre que ha regresado al día de su decimosexto cumpleaños. En su cabeza, habían transcurrido ocho años. Pero el portaminas que sujeta con la mano izquierda, con el que antes de quedarse dormida ha tratado de pincharse el dedo índice, le indica que todo ha sido un sueño.

Aurora no encontró nada más parecido a una rueca que aquel portaminas. Ella sabía que el maleficio de la Bella Durmiente solo podría realizarse el día en que cumpliese dieciséis años, y había pasado toda su vida esperando aquel momento.

Siempre ha creído que lo del portaminas no funcionó ese día. Que su vida continuó, viajera hacia un fondo de luz, de vida, de esperanza. Pero si acaba de despertar en el mismo sitio donde se pinchó el dedo hace casi ocho años, solamente puede significar que, efectivamente, el maleficio funcionó. Que verdaderamente se quedó dormida en un sueño que duró no cien años, pero sí ocho.

-No te asustes, yo también me he pasado un año entero soñando.

Aurora se vuelve para ver quién le ha hablado y descubre a Alisa que, junto a Paz, le sonríe. Ellas siguen allí. Ellas siempre han estado allí. Y también vuelven a ser adolescentes.

Así que todo ha sido un sueño. Aurora trata de recordarlo. Recuerda una niebla dulce y después recuerda unos amigos. Muchos amigos. Recuerda una muerte y la primera herida del corazón. Más amigos. Fiestas. Premios. Noches en vela. Asesinos de luces. Una pandilla, su propia pandilla, como las de las películas. Y recuerda un Príncipe Azul.

El cuento se equivocaba. El Beso no sirve para despertar: se produce dentro del sueño.

Aurora siente que ha vivido demasiado deprisa –y a trompicones- sus últimos e imaginados ocho años. Así que solo se trataba de un sueño… Sí, ha vivido demasiado deprisa. Ha soñado mucho –dentro de su sueño- y se ha creído visible, por primera vez, y ha volado y ha tocado las nubes con la punta de los dedos. Y ha llorado mucho, también, y se ha equivocado.

Pero ahora todo vuelve a la normalidad de sus dieciséis años. A su obsesiva dependencia de los estudios. A los fines de semana encerrada en su habitación, preguntándose por qué ella no tiene amigos. A aquel imbécil de clase que la desprecia por no ser como los demás. A los poemas –los poemas nunca cambian- donde se deja el corazón en varios brochazos, donde sueña con ese amor imperecedero e imposible. Nada ha cambiado. Todo ha transcurrido dentro de su cabeza. A pesar de los malos momentos, ha sido un sueño maravilloso.

En medio del vacío que siente en el pecho, una idea empieza a cobrar fuerza dentro de ella. Si vuelve a tener dieciséis años, posee otra oportunidad de conseguir que todo lo bueno se repita, y de no volver a caer en los errores. Sí, todo puede llegar a ser de nuevo…

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Entonces, Aurora despierta de verdad. Ya no se encuentra en clase y vuelve a tener veintitrés años –casi veinticuatro. Y sin embargo, es consciente de que los últimos ocho solo han sido un sueño, maravilloso y terrible. Y de que ella es, una vez más, quien siempre ha sido, quien siempre fue antes de comenzar a soñar.