Treinta y uno de diciembre

Fotografía de Chema Madoz
Fotografía de Chema Madoz

Me hallaba sentada en un pupitre situado en lo que parecía el aula de un colegio, porque a mi alrededor había muchos más pupitres, en cada uno de los cuales se sentaba un niño. Sin embargo, el ambiente era inusualmente silencioso para tratarse de una clase, y los niños lucían un rostro demasiado serio e inexpresivo para tratarse de niños. Su mirada estaba ausente, posada sobre algún inexistente punto del vacío. Se me pasó por la cabeza que más bien parecían estatuas de cera.

Mi presencia resultaba imperceptible, como si me hubiera vuelto invisible para aquellos niños. Quizá ni siquiera pudieran verme.

De repente, una mujer entró en el aula. Supuse que debía tratarse de la profesora. La mujer llevaba consigo unas láminas. Cogió la primera y la mostró ante los silenciosos alumnos. En la lámina aparecía retratado un anciano de largos cabellos blancos. Debajo, se podía leer una palabra: Enero.

Un silencio sepulcral, más denso aún que el que había encontrado a mi llegada, invadió la sala. Y como una piedra rompiendo la superficie de un cristal se pudo oír la aterrada voz de una niña:

– ¡Es mi abuelo! Murió hace tres años…

Tras estas palabras la niña, como movida por un resorte, se levantó de su sitio y se acercó a la mujer de las láminas, que la condujo hasta una sala anexa y cerró la puerta. La mujer, ya sola, se volvió hacia el resto de niños, que parecían tan inexpresivos como en un principio. Nadie se preguntaba dónde habría ido la niña.

Con toda la tranquilidad del mundo, la mujer mostró la siguiente lámina: el retrato de una mujer de mediana edad, debajo del cual se podía leer Febrero. Enseguida, la voz de un niño se dejó oír rompiendo el inquietante silencio:

-¡Es mi madre! Pero… está muerta.

Acto seguido, el niño repitió los mismos movimientos que había realizado antes la niña: se levantó, caminó hacia la mujer de las láminas y esta le condujo hasta la misma sala por la que desapareciera la niña. Y como antes, la mujer volvió a su posición inicial y mostró la siguiente lámina: un retrato de un hombre con bigote debajo del cual estaba escrita la palabra Marzo.

-Mi tío… murió el año pasado- declaró la helada voz de otro niño, que repitió exactamente las mismas acciones que los dos anteriores.

Y ocurrió lo mismo con las siguientes láminas que fueron mostradas por la mujer: Abril, Mayo, Junio, Julio, Agosto, Septiembre, Octubre y Noviembre. En todos los casos, un nuevo niño o niña reconocía en el retrato a un familiar fallecido, se levantaban y eran conducidos por la mujer a aquella sala anexa. Uno a uno, los once niños fueron desapareciendo tras la puerta, hasta que solo quedamos la impasible mujer y yo en la sala. Horrorizada, me percaté de que aún quedaba un mes para completar el año, y de que la mujer aún sostenía una lámina en sus manos.

Entonces, como si hubiera leído mis pensamientos, mostró la última lámina. A pesar de que no la podía distinguir desde donde estaba sentada, un resorte invisible me hizo levantarme y avanzar hacia la misteriosa dama. Cuando me encontré a su altura, levanté a vista y me detuve a contemplar la lámina que sostenía en su mano. Y lo que en ella había no era un retrato, como en los casos anteriores, sino un espejo. Así que cuando miré lo único que pude ver fue…

Aparté la vista y seguí a la mujer hacia aquella sala cerrada. Así concluyó aquel treinta y uno de diciembre.

(Este relato pertenece a mi libro Encefalografías)

El azul de Barcelona

"Espejo falso", René Magritte
«Espejo falso», René Magritte

No había comenzado a deshacer la maleta cuando volvió a escucharse el piano, reproduciendo obsesivamente aquella obra de Tchaikovsky. Como en el pasado, una inexplicable sensación de pavor se extendía por la soledad del dormitorio, y no resistí el impulso de salir de allí.

[…] Subí los crujientes peldaños de madera con pasos firmes, cada vez más rápidos. Reinaba una soledad en la mansión que parecía imposible, contribuyendo a crear un universo atemporal alrededor mío. Resonaban mis pisadas por la escalera, y pronto comencé a oír mi propia respiración acelerada. Me pareció que aquel momento ya lo había vivido antes. Por eso, cuando llegué al descansillo del segundo piso, un relámpago de inspiración cruzó mi memoria, y dirigí la mirada hacia la pared.

Allí permanecía el retrato de Irene Valls, con su perfecto rostro de porcelana y aquella expresión dulce y lejana a un tiempo. Mirarlo me exigía un gran esfuerzo, porque el antiguo miedo no había desaparecido del todo. Más que miedo, se trataba de una sensación indescriptible, a medio camino entre la fascinación y el terror. La misma sensación que puede producir la contemplación –por vez primera- de un cadáver.

Me hallaba tan ensimismado estudiando aquellas facciones del pasado que ni siquiera me di cuenta de que el piano hacía rato que había dejado de sonar. Por eso, cuando un leve crujido resonó muy cerca de mí, el alma me dio un vuelco, y a punto estuve de gritar.

Lo primero con lo qué choqué fueron aquellos ojos. Después reparé en los largos bucles rubios, en la palidez de su piel de cristal y la suave curva que dibujaban sus labios rosados.

-¿Iris?

Aunque no respondió, resultaba evidente que era ella. Iris, vestida con una blusa y una falda de estampado rosa y crema cubriendo la larga silueta de sus piernas. Iris, que olía a jabón y a niebla. Inevitablemente, mi mirada quedó de nuevo atrapada por sus ojos. Y entonces descubrí que el azul de Barcelona, aquel azul que descubrí la primera vez que pisé la ciudad, no había desaparecido. Se hallaba todo allí mismo, encerrado en los ojos de Iris.

(Este texto pertenece a un fragmento del primer capítulo de mi novela inédita El secreto de Iris)

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Navidazonia

22 de diciembre de 1995

Querido Guili:

Mañana iremos a Navidazonia. Navidazonia es una feria de Navidad. Hay muchas cosas: Papás Noeles que dan caramelos, cabalgatas de Reyes que no paran de pasar… Lo bueno es que, aunque en el resto de sitio ya se haya terminado la Navidad, en Navidazonia siempre sigue estando.

Sin más, se despide tu amiga:

Marina

C/ San Gatos de Dueño, nº. 2, piso 1ºB. CP 28076, Gatoburgo.

Encontré esta «carta» en un viejo cuadernillo esta mañana, mientras me lamentaba de que hoy fuera Nochebuena. Una oleada de ilusión que guardaban las páginas marchitas me hizo estornudar y después sonreír -la ilusión antigua es peor que el polvo… Me invadieron unas ganas terribles de regresar a mi antigua residencia, situada en «Gatoburgo» y, más concretamente en aquella calle de «San Gatos de Dueño» en la que también se erigía la Mascotería del Miau-Miau.

Navidades del 96
Navidades del 96

Vivía allí cuando mi hermano pequeño se empeñaba llamarse como el Power Ranger Azul, y cuando yo ignoraba que su nombre, Willy, no se escribía con «gu-» -y, encima, sin diéresis-. En aquellos tiempos, la Navidad era la mejor que podía pasarte a lo largo del año -por encima, incluso, de los cumples-, por eso empezaba a poner villancicos desde septiembre -para desgracia de los que me rodeaban-, adelantándome incluso a El Corte Inglés. Pero al igual que las Navidades resultaban maravillosas, la tortura más elevada de cuantas se pudieran imaginar era cuando, unos días después de Reyes, había que quitar el decorado navideño. En mi casa, siempre lo retrasábamos lo más posible, hasta que nuestro abeto se convertía en el elemento absurdo del vecindario. Para mí, constituía un drama el fin de las Navidades.

Por eso inventé Navidazonia: un parque temático donde todo el año era Navidad. Para crearlo, confieso que me inspiré en la «Isla de los Juegos» de la película Pinocho de Walt Disney, aquella isla a la que los niños malos eran conducidos por un zorro llamado «El Honrado Juan» y, después de divertirse y de comer cuantas golosinas desearan durante toda una tarde, acababan convertidos en burros. Navidazonia lo imaginaba de ese estilo, pero más nevado y con atracciones navideñas. Incluso la figura de «los Papás Noeles que regalaban caramelos» surgían en mi mente a partir de las enormes estatuas de indios de madera que repartían puros a los niños diciendo: «Aquí se fuma… ¡fumen hasta empacharse!»

Fotograma de la película Pinocho (1940), de Walt Disney
Fotograma de la película Pinocho (1940), de Walt Disney

Qué mecanismos más extraños y retorcidos posee la imaginación infantil. Cómo echo de menos la ausencia de futuro que me embargaba, la felicidad al alcance de un acción tan poco trascendental como poner el Árbol de Navidad.

Casi veinte años después, un sentimiento de melancolía decadente me invade cuando pienso que hoy es Nochebuena. Ya no escucho villancicos, sino canciones desasosegantes de Jim Morrison. Temo encender la tele para verme asaltada por todas esas películas de finales felices y reuniones familiares bajo los ojos del bueno de «Santa». De amores que siempre llaman a la puerta el 25 de diciembre, de vidas que se arreglan y sorpresas inesperadas.

Y me parece que la tristeza es una especie de ermitaña en esta época, lo cual me hace sentirme aún más lejos. La Navidad son fiestas para disfrutar en la infancia. Después, se convierten en caldo de cultivo para la nostalgia de los días y de las personas que ya no te acompañan. Como diría Morrison: «todo está roto y baila».

Voy a pedirle al Papá Noel que nunca viene a mi casa un pasaje sin retorno a Navidazonia. Mientras lo espero, os deseo una feliz noche y me despido de la mano de Lennon…

Luces

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Diciembre llega de puntillas, se detiene, contempla el horizonte con su sonrisa nevada. Vuelve, se queda para siempre, amenaza con marcharse. La presencia de las estrellas allá en el firmamento me confirma lo que sospechaba: que nada es de verdad en este diciembre que se difumina. Entonces, en ese mismo instante, comprendo que quiero escribir sobre una mentira. Una mentira con posos de fuego, con ojos de estrella: una mentira que, cuando la mire, no sepa si realmente existe o se extinguió hace millones de años y lo que de ella queda no es más que el recuerdo de su luz.

Hay mentiras de estrella y personas de mentira, y hay estrellas que nos recuerdan a algunas personas, a causa siempre de su luz. Hay luces mucho más fuertes que la verdad, que nos hacen sangrar como un cuchillo en llamas cuando se apagan y que, paradójicamente, necesitamos para no morir en vida. Las llamamos ilusiones.

(La Navidad, en Madrid, está cuajada de luces; algunas incluso son de verdad…)

Otoños, otras sombras…

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Miro por la ventana del tren. Recuerdo aquella sevillana de los Amigos de Gines que decía: “La tarde se va despacio, salpicándose de estrellas”. Unas palabras tan sencillas son capaces de arrancarme constelaciones de escalofríos. Y que haya personas que desprecien las sevillanas… Regálame unos acordes de guitarra, una voz rasgada, un cante jondo, y prometo que me romperé en mil pedazos.

Pero no estamos en el sur. El paisaje fuera del tren refleja la soledad de los campos de Castilla, aquellos que cantaba Machado, apagándose dulcemente bajo las nubes deshilachadas de luz. No; no estamos en el sur, y el verano hace tiempo que se marchó, llevándose consigo su playa, su olor a dama de noche, la cal blanca de sus casas. Se marchó el verano y ahora es necesario buscar pedazos suyos desperdigados por la lluvia gris de los días: un olor a viernes, una danza de Enrique Granados, el Atlántico volcado en unos ojos…

Hemos pasado ya por Burgos, cuyo nombre suena a invierno. Suena más que aquellas tierras que dejo atrás: los Pirineos franceses. La ciudad universitaria de Pau, con aquella pequeña plaza en la que han instalado un tiovivo renacentista, arrancado de algún siglo anterior al nuestro. Un amplio paseado flanqueado de acacias conduce a un mirador desde donde se distingue, a lo lejos, la estación de trenes. Pau conserva el charme francés que descubrí en los cuentos de hadas, e incluso un castillo –sin bruja malvada-. He pasado allí unos días como ponente de un congreso sobre humor e ironía en la literatura.

Pau, 2012
Pau (Francia), 2012

Vuelvo a mirar por la ventana del tren. La tarde ha quedado relegada a una estrecha franja amarilla, allá en el horizonte, que me recuerda que hubo un tiempo en que el sol existía. Pronto será tiempo de cantar a la noche, aunque no sea de blanco satén, porque para eso hace falta algo más que sentirse enamorada. Hacen falta rascacielos y tal vez unos ojos que te miren y te produzcan vértigo porque logren verter el Atlántico en los tuyos. He pasado de las sevillanas a los Moody Blues en solo unos párrafos, pero me temo que así soy yo: demasiado dispersa como para despertar confianza en alguien que tenga excesivo apego a la Realidad. Más aún si confieso que en estos instantes voy escuchando en mi reproductor de música el Danubio Azul

Si las bicicletas son para el verano, los valses de Strauss pertenecen a una estación inconcreta del invierno. Sin rascacielos, pero sí con abrigos grises y nieve, guantes, tazas de chocolate, besos de humo, como diminutas chimeneas vivas. No es tan terrible el invierno: no lo es. El invierno es un gorro blanco de lana perdiéndose por callejuelas de Madrid que a su vez se han perdido en nuestra época.

Lo cierto es que el Danubio no es azul. En Budapest, la leyenda cuenta que solo aquellas personas que están enamoradas podrán verlo de ese color. Lo miré hace algunos veranos. Ignoro si lo que sentía por entonces podría alcanzar ese sentimiento, pero me puedo contar entre esos pocos elegidos.

Budapest, agosto de 2007
Budapest, agosto de 2007

Fuera es ya noche cerrada. Una voz impersonal, de esas que suenan en los trenes, acaba de anunciar que pasaremos por Valladolid. Quedan una hora para llegar a mi madrileño destino. En el reproductor de música, el Don Giovanni de Mozart me acaba de arrancar con elegancia de mi mundo de valses, nieves e inviernos. Seguimos en octubre, el mes en el que Ángel González afirmó que no pasa nada. Se equivocaba Ángel: pasan tantas cosas… Octubre es el mes de las Gymnopédies de Satie. Es el mes de dibujar melancolías en un verso, de cumplir años, de sentirse muy niña. De divagar mucho, como ahora, para evitar dormirse, para escapar de la noche, para recordar aquellos montones de hojas crujientes que se arremolinaban en la calle del colegio, mi trotecillo alegre, las primeras lluvias… Tengo sueño. Se me cierran los ojos y los recuerdos aparecen iluminados por un aura dorada y otoñal, dulce, mullida, que se ha debido perder por esta época, o tal vez solo por mi imaginación… ¿Es Satie, verdad? Satie tiene la culpa. Satie es capaz de proyectar otoños y lágrimas y acogerme en su pequeño mundo de sueños y delicados acordes de piano en el que me encuentro tan cómoda que no me importaría quedarme dormida…