Espinas

Emplearé todo el resto de mi vida en contemplar el suelo seriamente

ahora que ya nos importan cada vez menos las hadas,

ahora que ya las luces más complacientes estrangulan de un golpe las primeras sonrisas de los niños

y exaltan a puntapiés el arrullo de las palomas

y abofetean el árbol que se cree imprescindible para el

embellecimiento de un idilio o de una finca.

Mira siempre hacia abajo.

Nada se te ha perdido en el cielo.

 

Rafael Alberti, “La primera ascensión de Maruja Mallo al subsuelo”

"El mal de la ausencia", René Magritte
“El mal de la ausencia”, René Magritte

Hay días en los que dejas de creer en la poesía. Días en que te sientes más cínica que romántica y desearías cambiar todos tus versos por una guitarra eléctrica. Marcharte a algún lugar donde nadie te conozca. Rebelarte contra los sueños frustrados, las falsas amistades, la hipocresía, los finales felices inalcanzables, el miedo, los amores no correspondidos y todas aquellas malditas películas de Disney que han dejado un poso de purpurina en tus pupilas que no te deja ver con claridad las cosas que tienes delante. Siempre, siempre se acaba volviendo a Cernuda.

Pruebas médicas interminables, burocracia universitaria, el verano que termina para siempre en tus ojos, la última inocencia que estalla.

Hay días en los que quisieras poseer una coraza de espinas de erizo con la que cubrirte para que nadie pueda hacerte daño. Perderte en el viento del oeste, como aquella Miss X de Alberti que dio tanto de que hablar para después, simplemente, caer en el olvido.

No existe el olvido. ¿O eso sólo se puede aplicar a mí?

Cat Stevens dijo en su canción que este es un mundo salvaje al que es difícil sobrevivir sólo con una sonrisa.

Siempre soñaste con que alguien te dedicara esa canción. Pero no te irías; regresarías con lágrimas, porque allá afuera no existiría un amor tan dulce, desinteresado y eterno.

¡Ay! Ya estás cayendo en el sentimentalismo. ¿Cat Stevens? Mejor Nirvana. No cruces al otro lado del espejo. El viento del oeste no va a acabar desintegrándote, porque siempre habrá alguien que piense en ti, y todavía no se han inventado las corazas de espinas de erizo.

Te queda rugir. Anestesiarte con el rock & roll. Desangrarte en poesía –sí, a pesar de todo- y mirar a los ojos a quien te desprecia o te humilla, y enseñarle los dientes, porque la bondad a veces es vulnerabilidad, sobre todo si no procede y si no es correspondida. Ya has regalado -tirado- demasiada amistad y muchos buenos sentimientos a quien no lo merecía.

Vuélvete llama, arde.

Sólo así…

¿Nirvana…? No; Cat Stevens. Y la poesía: Cernuda, Pizarnik. Y tu amor inviolable y eterno –amor como sentimiento individual- latiendo dentro del corazón, aunque no se abran ya sus puertas. No hace falta cruzar al otro lado del espejo, solo rugir. Detrás de las espinas de tus ojos todo lo que amas y todo lo que eres continuará inmóvil, dulce, palpitante e inocente, como siempre ha sido.

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En el Sur

El pasado lunes me despedí de Madrid temporalmente y partí hacia el suroeste, hacia tierras extremeñas, perfumadas de encinas y de guitarras emocionadas. Villafranca de los Barros… Lo llamo “mi pueblo”, pero en realidad es el de mi madre, porque yo nací en Madrid. Sin embargo, después de toda la vida yendo en verano o en Semana Santa y de conocer todas las tradiciones, dichos populares, leyendas urbanas y demás asuntos regionales -además de ser capaz de reproducir el acento local con un 10 % de margen de error-, puedo considerarme una especie de “hija adoptiva” de Villafranca.

En el cartel de entrada, pone “Villafranca de los Barros, ciudad de la música”, porque, según parece, tiene una amplia tradiciòn musical. Mas tradicionales me parecen, sin embargo, las bollas con huevo, las perrunillas y las flores, todos ellos dulces típicos -lo confieso, soy una golosa. Y para los amantes del vino, el pueblo es famoso por Viña Canchal, vino de tierra de barros, muy célebre y, según dicen, la quintaesencia de su género.

Al pueblo no le falta de nada, excepto amigos… (villafranqueses que leáis esto, ¡manifestaos!). Se producen, además, unas situaciones muy divertidas, como la que reproduzco a continuación:

SEÑORA 1– ¿Vive aquí el Vueltina?

SEÑORA 2– Si, aquí, a dar una vueltina…

SEÑORA 1– ¡No! Que si vive aquí el Alehandro, el Vueltina…

En la Carrera Grande de Villafranca de los Barros, Badajoz
En la Carrera Grande de Villafranca de los Barros, Badajoz

Escribo estas palabras desde el porche de la casa de Conil donde me alojaré hasta el 15 de agosto con mi familia. El viento de levante me azota los cabellos y me incita a cometer un asesinato o a comenzar una religión, como diria Jim Morrison. El levante, en Cádiz, es la locura andaluza hecha viento. Rafael Alberti, en La arboleda perdida, tiene un estudio muy clarividente al respecto…

Conil de la Frontera, situado en plena Costa de la Luz, a unos 50 km. de Cádiz, es un pueblo costero de azules y blancos gaditanos. Tiene una playa inmensa, que no ha perdido del todo su toque salvaje, y calles estrechas y empinadas que por la noche desprenden un aroma mágico a esa planta que en Andalucía llaman “dama de noche”. Conil puede ser una guitarra doliente o unas palmas alegres, una bandada de flamencos o un firmamento que se deshace para en el mes de agosto desprenderse en decenas de estrellas fugaces, popularmente conocidas como las Lágrimas de San Lorenzo.

Conil es uno de los principales motivos por los que fui capaz de ahondar en el alma de Rafael Alberti, de identificarme con su mar, con sus azules y sus blancos de cal y océano, con esa pequeña e inocente vena cáustica que genera el viento de levante. Alberti era de El Puerto de Santa María, cierto, pero conocer cualquier pueblo de Cadiz es deslumbrarte primero y enamorarte después, y creer que te has enamorado de una persona que allí conociste, pero más tarde, cuando las personas se marchan, te descubres en los inviernos soñando con regresar, aunque sepas que solo queda la tierra. Entonces es cuando te das cuenta de que tienes la mitad de tu corazón inundado por las olas del mar de Cádiz…

Frente a la playa de Conil, agosto de 2012
Frente a la playa de Conil, agosto de 2012

Llevo viniendo a Conil desde hace unos seis veranos, quizá más. En alojamientos más o menos pintorescos, aunque el de este año, en cuanto a diseño, se lleva la palma. ¿Un dormitorio con acceso a un salón secreto? ¿Otro dormitorio al cual se accede desde una de las dos cocinas? O un armario imposible de abrir, porque los que colocaron los muebles no debían ser ingenieros, precisamente…

"Epic fail" en diseño arquitectonico...
“Epic fail” en diseño arquitectonico…

Fenómenos sociales: de Moccia a Mario Casas

Hoy en día, los experimentos sociológicos debieran hacerse a partir de productos de consumo masivo, principalmente los televisivos. Esta idea se me pasó por la cabeza cuando la otra noche, haciendo zapping, me topé con Mario Casas protagonizando la célebre película Tres metros sobre el cielo. Los personajes estaban inmersos en un apasionado diálogo “romántico” que captó mi atención justo antes de cambiar de canal. Twitter se había vuelto loco: la mitad de las tendencias del día las ocupaban hastags relacionados con la película. Tenía ante mí un auténtico acontecimiento social. Fue así como decidí quedarme a verla, con el mismo interés que Neil Armstrong cuando alunizó…

Pero comencemos por el principio. El autor que hizo posible este fenómeno: Federico Moccia.

El escritor italiano Federico Moccia
El escritor italiano Federico Moccia

Federico Moccia (Roma, 1963) es un autor que se hizo famoso a comienzos de este siglo gracias a su novela A tres metros sobre el cielo, que ya había sido publicada en 1992. Ante tal éxito, decidió continuar la historia publicando una secuela en 2006, titulada Tengo ganas de ti. A esta obra le siguió en 2007 Perdona si te llamo amor. Tras tres novelas no tan exitosas entre medias, en 2009 publicó la secuela de la anterior: Perdona pero quiero casarme contigo.

No puedo opinar sobre la calidad literaria de las novelas, porque no he tenido a bien leérmelas. Por suerte, en esa época estaba más que superada mi época bestesellera,  y lo que sí me hacía mucha gracia eran los dos títulos de Perdona si te llamo amor y Perdona pero quiero casarme contigo. Aquellos títulos hablaban de una mezcla entre Los Teletubbies y Mi Pequeño Poney, todo ello mezclado con salsa de arco-iris. Le hubiera añadido una tercera parte: Perdona pero quiero tirarte por un puente.

El caso es que en 2008 el propio Moccia llevó al cine Perdona si te llamo amor, con el actor italiano Raoul Bova en el papel principal masculino -a Bova sí le hubiéramos podido “perdonar” todo…- y Michela Quattrociocche en el femenino. Ambos interpretaban a Alex, un publicista que ronda los cuarenta y Niki, una adolescente que todavía va al instituto.

Cartel de la película de 2008 Perdona si te llamo amor
Cartel de la película de 2008 Perdona si te llamo amor

Típica historia pastelosa y cuestionable en cuanto a veracidad sobre la niñata que se enamora del “tío bueno” mayor y le pone el mundo patas arriba -porque además es un prototipo de “adolescente alocada guay”-. Y él cae misteriosamente enamorado de ella. Un poco de drama light, con la antigua novia de Alex que hace sus apariciones esporádicas, y los padres de Niki que se oponen a que esta salga con un tipo que le dobla la edad. Al final acaban felices y comiendo perdices, para que sea posible estrenar la segunda parte en 2010: Perdona pero quiero casarme contigo. Me ahorro el resumen del argumento porque el título ya lo dice todo.

Sintetizando: las dos películas -especialmente la primera- son entretenidillas, sin alcanzar el grado de bazofia, y recomendables solo por ver a Raoul Bova…

Pero… –¡Ay mísero de mí, ay infelice!– en 2010 un director español, Fernando González Molina, tuvo la “maravillosa” idea de adaptar la primera novela de Moccia, A tres metros sobre el cielo, al cine, en colaboración con la cadena Antena Tres Televisión. Podrían haber pasado muchas cosas. Podría haber sido una película medio buena, o haber sido mala y haber pasado desapercibida. Pero desde el momento en que se eligió a Mario Casas para el papel protagonista, la suerte estaba echada.

El actor español Mario Casas
El actor español Mario Casas

Mario Casas (La Coruña, 1986) es uno de esos tipos que podrían parecer interesantes si mantuvieran la boca cerrada, dando lugar a la incertidumbre. De esos que tienen una sonrisa bonita, que genera confianza, que hasta le da un cierto toque de perspicacia o… ¿inteligencia? Pero entonces habla, y se rompe la magia, y te das cuenta de que la sonrisa no escondía ingenio, sino estupidez. Mario Casas es uno de esos actores nacidos para ser doblados.

En la serie Los hombres de Paco, de Globomedia, se hizo célebre al interpretar al agente Aitor, caracterizado por su macarrería. Y casi todos sus papeles desde entonces, en series y cine, contribuyeron a incrementar esa fama de macarra.

Pero con el papel de Hache en Tres metros sobre el cielo, Casas se convirtió definitivamente en el sex-symbol de la generación de adolescentes enloquecidas que acudían a las salas de cine y gritaban cada vez que él se quitaba la camiseta -un fenómeno más acusado que el de la saga Crepúsculo cuando aparecía Taylor Lautner.

Cartel de la película de 2010 Tres metros sobre el cielo
Cartel de la película de 2010 Tres metros sobre el cielo

La película fue una de las más taquilleras en España en 2010. He tratado de analizarla para hallar las claves de su éxito. Comencemos por los personajes:

Babi (María Valverde): Una adolescente de 17 bastante repelente, marimandona y aparentemente mojigata, aunque luego nos damos cuenta de que le gusta la juerga más que a un tonto un lápiz. Es egoísta hasta extremos abofeteables, y se enamora de Hache, el malote del barrio.

Hache (Mario Casas): El chico malo del lugar, que se lo pasa “tope guay” echando carreras de moto por Barcelona, una Barcelona donde por lo visto no debía existir la policía, porque se matan con las motos y aquí no ha pasado nada. Hache tiene un pasado oscuro con su madre: es rebelde porque el mundo lo hizo así. Hasta que deja de serlo cuando se enamora de Babi, y descubre a los asombrados espectadores su tierno corazón de corderito degollado. Eso sí, hay que hacer un máster para entender sus intervenciones, porque parece que Casas está comiendo patatas mientras habla.

Amigos: Katina, la amiga de Babi, una chica medio normal -es la única a la que no acabas deseando abofetear- interpretada por Marina Salas, a la que ya vi actuar en la serie de Cuatro Hay alguien ahí. El amigo de Hache se llama Pollo -tendrá otro nombre, el pobre, pero no se menciona.

Familia de Babi: Una madre monjona y de la vieja escuela, que hace todo lo que puede para separar a su hija del novio; un padre pelele, sin voz ni voto, y una hermana quinceañera más repelente, si cabe, que la propia Babi.

Fotograma de la película de 2010 Tres metros sobre el cielo
Fotograma de la película de 2010 Tres metros sobre el cielo

A partir de este punto, el argumento es muy simple. La felicidad llega a la vida de Babi con románticos episodios como las carreras de motos, botellones que acaban en peleas –nah, lo típico, ¿a quién no le pasa?-, citas especiales haciendo pellas del colegio o dejando que su novio amenace a su profesora para que a ella le ponga un sobresaliente. ¡Mazo romántico, tía!

Que se aparten Romeo y Julieta, que llegan Hache y Babi. La película cuenta con didácticos momentos que nos ayudan a enfrentar situaciones del día a día en nuestra sociedad, como la forma de romper con una chica. El brillante Mario Casas lo resuelve con una sola frase -pronunciada sin énfasis-: “Ya te llamo”.

“Ya te llamo”. Es que mira que nos gusta complicarnos a todos la vida, ¿eh? Tal vez la chica en cuestión nunca le llegase a entender, por el trozo de cordero que se le quedó a Casas en la boca.

Respecto a los famosos “tres metros sobre el cielo”, se trata de un ejemplo más de creatividad poética -los macarras también tienen corazón. Cuando en un momento ultra-mega-súper-híper romanticón Babi le dice a Hache que siente que está en el cielo, su amado le responde que él está a tres metros por encima. Más y mejor, como los niños chicos. Pero qué profundo queda, eh… y ya con esa musiquilla suave que le otorga profundidad… Qué genialidad, la del guionista…

Claro, así llegamos a artículos como éste de El País, nada menos, que hielan la sangre desde el título:

Artículo de El País Semanal
Artículo de El País Semanal

Muerte, fuego y destrucción. Los galanes del cine deben estar revolviéndose en sus tumbas -espero que los vivos no lo hayan leído.

En todo caso, el éxito de Tres metros sobre el cielo llevó a Fernando González Molina a rodar también la secuela: Tengo ganas de ti (2012). Otra vez con Casas y la Valverde, pero uniéndose al elenco Clara Lago, a la que yo tenía en alta estima por su papel protagonista en El viaje de Carol (2002).

Mario Casas y A3MSC -sí, ha desarrollado siglas…- como ejemplos de fenómenos sociológicos. Todas las niñas quieren un novio motero, de pocas palabras, algo agresivo y capaz de pronunciar frases tan romanticonas como las ya citadas. En el próximo capítulo, tal vez os traiga un análisis del reguetón…

Cartel de la película de 2012 Tengo ganas de ti
Cartel de la película de 2012 Tengo ganas de ti

Más reflexiones (a horas intempestivas)

Hoy no tengo excusa para el insomnio. Al menos, la excusa no tiene forma de polilla que me agobia con sus chasquiditos en la oscuridad… Las aventuras nocturnas de Marina VS La Polilla… Pero esa es otra historia.

"Sol ardiente de junio", Frederic Leighton
“Sol ardiente de junio”, Frederic Leighton

Proceso del insomnio -veraniego- y cómo reconocerlo:

Es curioso. Al acostarte, ya hay algo que te indica que no vas a poder dormirte. Una idea, o ideas, que te obsesionan. Y vueltas. Y ataques sucesivos al vaso de agua, que nunca está suficientemente fría. Se acaba… Te levantas a por más. Calor, calor. Abres la ventana y vuelves a cerrarla -ventajas de vivir frente a la M-30: es como si los coches pasaran frente a tus narices. Adoptas una posición y esperas. Y cuando crees que has esperado suficiente, y te das cuenta de que sigues despierta, te da por mirar el reloj y… ¡sorpresa! ¡Ya han pasado dos horas!

Dos horas dando vueltas. Debería existir una tecla para desconectar el cerebro.

Hoy me ha dado por pensar en la maldad humana… ¿existe? Creo que sí, por mucho que me cueste aceptarlo, porque no lo entienda.

Otras veces, nos limitamos a juzgar mal. Prefiero ser ingenua a ser malpensada… pero a menudo, resulta inevitable.

Por último, está la gente que se pierde… Perderse lentamente es mirar el abismo. Como en ese cuadro de Caspar David Friedrich, Viajero frente a un mar de nubes, con el que siempre ilustran el período del Romanticismo en los libros de Lengua y Literatura del instituto -viva la originalidad. Es terrible ser testigo del naufragio de alguien y sentir que no puedes hacer nada para evitarlo.

"Viajero frente a un mar de nubes", Caspar David Friedrich
“Viajero frente a un mar de nubes”, Caspar David Friedrich

Yo también me encuentro a veces un poco perdida, aunque digan que lo de perderse es algo que caduca al terminar la adolescencia. Pero no creo estar mirando el abismo: para eso todavía queda. Soy, más bien, como la chica de la canción de The Doors, “You are lost, little girl”.

Ya he divagado lo suficiente… Haré un segundo round contra el insomnio, con este último pensamiento en la cabeza:

El amor nos vuelve vulnerables -para bien o para mal.