Lo volaría todo

Castellón: ese paraíso de la corrupción inmobiliaria; cuna de Fabras, Molineres y de tantos otros “padrinos” de la política española, peperos de raza, bandoleros de este siglo. Castellón, con su aeropuerto fantasma y sus inmensos Mercadonas que brotan con la misma facilidad que las setas en otoño –es posible hallar dos o tres en pocos kilómetros a la redonda- y sus gigantescas urbanizaciones a medio construir y sus centros comerciales abandonados porque, finalmente, resultó que no existía tanta población ni tanto turismo como para poder darle salida a los proyectos faraónicos de la derecha española más recalcitrante, que favorece mucho a la empresa privada y muy poco a todo aquello que lleve implícito el adjetivo “social”.

Castellón, antes de ser colonizado por las inmobiliarias y los corruptos, tuvo hermosas playas flanqueadas de montañas en las que las aguas templadas del Mediterráneo se herían de sol. Debió de ser un magnífico paisaje natural, a juzgar por la geografía favorecedora que todavía conserva su esplendor en determinados rincones, como la playa del Grao o la de algún pueblo menor como Cannot d’en Berenguer, cuyas dunas se hayan protegidas.

El antimodelo, sin embargo, es más fácil de hallar. Está representado por Oropesa del Mar, un pueblo que tuve ocasión de conocer hace dos años y que he vuelto a visitar de forma efímera este verano. Y ojo, que cuando hablo de Oropesa no me meto con “Marina D’Or”, porque eso me daría para un artículo entero… El caso es que, acostumbrada a las salvajes playas gaditanas, lo que vi en Oropesa me pareció poco menos que un crimen contra la naturaleza.

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Oropesa del Mar en la actualidad

Oropesa es el ejemplo más gráfico del desarrollismo franquista de la década de los sesenta, cuando la economía española se empezaba por fin a recuperar de la cruenta posguerra gracias, en parte, a que la misma Europa que había dejado abandonada a la legítima II República acogía ahora entre sus brazos el régimen franquista: España pudo entrar en organismos europeos como el FMI, la OECE y el BIRF.  La táctica de Paquito y sus secuaces consistió en fomentar la industria y el turismo interior de sol y playa, impulsando la construcción de urbanizaciones, complejos hoteleros y demás infraestructuras en la costa española. Sobra decir que no tuvieron en cuenta, ni por un instante, la conservación de los paisajes naturales.

La costa levantina fue la mayor víctima de este desarrollismo. Trasladémonos a Oropesa como ejemplo gráfico y terrible: inmensos bloques de edificios a pie de playa cuyos habitantes casi podrían utilizar sus ventanas como trampolín para caer directos al mar.

¡Y qué edificios! En los sesenta sabían cargarse la costa con mucha clase: nótese la delicadeza y buen gusto que destilan estas magníficas muestras de la arquitectura sesentera más “ejpañola”: con sus toldos verdes y azules y sus terrazas rectangulares que algunos propietarios, para más inri, no han dudado en acristalar, consiguiendo multiplicar la viscosidad del diseño. De entre todos ellos, me quedo con dos: “Edificio 2000” y “Grimaca” –irónico nombre-, que se anuncia en las páginas de turismo con la descarada descripción de “Apartamentos muy bien situados, a sólo 10 m. de la Playa de la Concha” –ya serán menos-. Un aplauso para las inmobiliarias y para los veraneantes que no tienen mala conciencia por alquilarlos.

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Urbanizaciones en Oropesa: “Edificio 2000” y “Grimaca”

Pero tampoco soy quién para juzgar a los veraneantes. Porque Oropesa es el típico destino elegido, año tras año, por los mismos turistas de clase media que llevan acudiendo toda la vida y que no conciben otra forma de paraíso. Allí se desplazan, cada agosto, las clásicas familias compuestas de padres, niños, abuelos e incluso perro. Resulta entrañable fundirse con este ambientillo tan solo presentido en algunos filmes de Cine de Barrio. Y digo “presentido” porque la modernidad se palpa en las zapatillas deportivas con luces, que se han puesto tan de moda entre los infantes –en mi época, como mucho, teníamos las Lelly Kelly-, y en esa marca, culmen de la popularidad: Mr. Wonderful, que con sus helados con ojos y sus eslóganes que apelan a una felicidad y un optimismo sin reservas –un poco inquietante, desde luego- han osado imponerse a esa pieza clásica, a ese altar de los souvenirs playeros que constituyen las camisetas de “Alguien que me quiere mucho me ha traído esta camiseta de…”.

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En esta segunda visita a Oropesa, mi paseo nocturno se vio sorprendido por las notas de un pasodoble que provenían de un espectáculo al aire libre pensado para veraneantes. Siempre he sostenido que los pasodobles han adquirido una fama muy injusta como género casposo de la España cañí, porque algunos de los más famosos, como “En er mundo”, fueron compuestos durante la II República, aunque después el franquismo se los apropiara. El caso es que me dejé llevar por las notas del pasodoble y llegué al lugar, cercano a la playa, donde decenas de turistas bailaban al compás de la música. He de decir, sin embargo, que se trataba de una coreografía muy extraña y que en modo alguno hubiera asociado al pasodoble, que se suele bailar en pareja y “agarraos”. Pero, sorprendentemente, todos seguían la misma coreografía, como si la tuvieran aprendida, y sus rostros serios proyectaban concentración y entrega.

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Portada del disco Me vale de Coyote Dax, éxito de 2001

Tras el pasodoble, el siguiente tema despertó la nostalgia de todos los niños y adolescentes de los noventa. Era Coyote Dax: ese venezolano que en el verano de 2001 encabezaba la lista de éxitos del Caribe Mix con su éxito “No rompas más”. Éxito que volvía a sonar en Oropesa, ante mis asombrados oídos, desenterrado de no se sabe dónde, porque yo no lo había vuelto a escuchar desde aquellos tiempos en los que King África ocupaba el lugar que ahora ha sido colonizado por Enrique Iglesias, que lleva cantando la misma canción desde hace tres años, pero con distinta letra.

Me dejé sublimar por aquel espectáculo: las decenas de veraneantes que “bailaban” al son de Coyote Dax, bien avanzado el siglo XXI y con idéntica coreografía a la del pasodoble; sus rostros concentrados, serios: padres, niños, abuelos e incluso perros; camisetas de Mr. Wonderful y zapatillas con luces; formando todo ello un esperpéntico entramado que constituía el éxtasis de ese turismo español familiar tan clásico, tan español, tan de Cine de Barrio o de Manolito Gafotas. Y de fondo, los monstruosos “Edificio 2000” y “Grimaca” amenazando con abalanzarse sobre la playa.

Al volver al coche, se había apoderado de mí un estado de ánimo extraño, beatífico, ideal. Mientras tarareaba aquel “No rompas más” que aderezó algún verano de mi infancia, casi hubiera deseado formar parte de una de esas familias medias que están tan acostumbradas a su paraíso oropesino de cada agosto, que no perciben ya el crimen que las inmobiliarias y la corrupción han ejercido sobre la pobre costa levantina. Al fin y al cabo, ¿qué culpa tienen ellos? Resulta entrañable su felicidad.

Los avisaría antes para que despejaran la zona. Y después, lo volaría todo…

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Literatura clásica y contemporánea en “L.A. Woman”, de The Doors

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Jim Morrison en 1970

El 8 de diciembre de 1943, hace ahora 72 años, nacía en Melbourne James Douglas Morrison, que pasaría a la Historia como Jim Morrison, líder y vocalista de una de las bandas más esenciales del rock internacional: The Doors. En artículos anteriores, ya he profundizado en su faceta de poeta, menos célebre que la de estrella del rock y, sin embargo, aquella en la que Jim se sentía más cómodo.

Los biógrafos de Morrison suelen coincidir en que se convirtió en cantante por mera casualidad: una oportuna conversación con su compañero de carrera Ray Manzarek, que descubrió en los poemas de Jim un material excepcional para añadirle una base rockera y construir, en torno a ellos, una banda de estilo psicodélico, acorde con las nuevas tendencias musicales que comenzaban a aparecer.

Yo misma he sostenido esa hipótesis acerca de que fue la casualidad la que condujo a Jim a los escenarios; pero ahora, después de haberme adentrado mucho más profundamente por las apasionantes sendas del rock de los sesenta, me corrijo: en aquella época, el rock y la literatura caminaban de la mano y resultaba difícil separar uno de la otra. Y así, nos encontramos con las dos caras de la moneda: el rock hecho literatura en la Generación Beat de los cincuenta, y la literatura hecha rock en las míticas bandas de la segunda mitad de los sesenta: The Beatles, The Velvet Underground, Jefferson Airplane… Y, por supuesto, The Doors.

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The Doors: Jim Morrison, Robby Krieger, Ray Manzarek y John Densmore

Como he dicho, la materia prima de las canciones de The Doors la constituían los poemas escritos por Jim Morrison. Exceptuando unos pocos temas compuestos por Robby Krieger –circunstancia que se hace notar en la menor calidad lírica-, todos parten de la poesía de Jim. Y entremezcladas con sus versos, multitud de referencias literarias y cinematográficas que reflejaban el inmenso bagaje cultural del vocalista.

Podríamos dedicar todo un libro para recoger las múltiples referencias e inspiraciones halladas en las letras de The Doors, pero hoy quisiera centrarme en un tema en concreto; uno de los que, en mi opinión, presenta una mayor intensidad lírica. Se trata de la canción “L. A. Woman” –“Mujer de Los Ángeles”, incluida en el álbum que lanzaron en 1971, el último que grabó la banda en vida de Jim Morrison –fallecería tres meses más tarde, en París-, que lleva el mismo título que la canción y que apuesta claramente por la mezcla del rock con el blues.

El tema “L. A. Woman” fue compuesta por Jim Morrison para Pamela Courson, con quien mantendría una inconstante y tormentosa relación desde los veintidós hasta los veintisiete años, cuando murió junto a ella en París. También es un canto a Los Ángeles, ciudad que Morrison amó hasta el fin de sus días. Veamos la traducción de la letra:

Bueno, llegué a la ciudad hace casi una hora.
Me di una vuelta para ver de qué lado soplaba el viento,
por donde están las chicas, en sus bungalows de Hollywood.
¿Eres una damisela afortunada en la Ciudad de la Luz
o solo otro ángel perdido?

Ciudad de la noche,
ciudad de la noche,
ciudad de la noche..
Mujer de Los Ángeles, mujer de Los Ángeles,
mujer de Los Ángeles, tarde de domingo;
mujer De Los Ángeles, tarde de domingo;
mujer De Los Ángeles, tarde de domingo;
conduce por los suburbios
en tu blues, en tu blues; sí…
en tu blues… ¡oh, sí!

Veo que tu cabello arde,
las colinas se incendian.
Si te dicen que nunca te he amado,
sabrás que mienten.

Conduciendo por las autopistas,
vagando por los callejones a media noche…
Policías en coche, bares de topless…
Nunca vi a una mujer
tan sola, tan sola,
tan sola, tan sola…

Motel, dinero, asesinato, locura.
Cambiemos el humor: de la alegría a la tristeza.
El Sr. Mojo colocándose…

En la letra, el yo lírico se dirige a una hipotética mujer a la que formula una pregunta: “¿Eres una damisela afortunada en la Ciudad de la Luz? / ¿O solo otro ángel perdido?…”. A esa misma mujer –sabemos que es Pamela por el color rojo de su pelo- le dice: “Veo que tu cabello arde. / Las colinas se incendian. / Si te dicen que nunca te he amado, / sabrás que mienten”. En el videoclip que The Doors eligieron para la canción, mientras la voz de Morrison canta esta estrofa, vemos un monte ardiendo y, por encima de un edificio, un rótulo, algo así como el nombre de una tienda, un hotel o un pub, que reza Dante’s. Por detrás, las llamas que consumen el paisaje. Se trata, sin duda, de un guiño al Infierno de la Divina Comedia, trasladado a los años sesenta del siglo XX, banalizado.

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Pamela Courson, novia de Jim Morrison, es la musa oculta del tema “L.A. Woman” de The Doors

Pero además de esta referencia a Dante, existen otras contemporáneas. Jim Morrison llama a Los Ángeles “Ciudad de la noche”. Se trata de una alusión a una sobrecogedora novela del texano John Rechy, City of Night (1963), que versa sobre el sórdido mundo de la prostitución masculina en  Nueva York, Los Ángeles, San Francisco y Nueva Orleans. La letra de la canción de The Doors, así como el videoclip original, hacen referencia a la vida nocturna de Los Ángeles, dominada por los bares, el juego, la bebida y la prostitución. Temas, por otra parte, muy recurrentes en la literatura beatnik, de la que Jim bebía.

En la pregunta que plantea Morrison al comienzo de la canción: “¿Eres una damisela afortunada en la Ciudad de la Luz / o solo otro ángel perdido?”, existe una alusión a la novela Los vagabundos del Dharma, escrita por Jack Kerouac –célebre integrante de la Generación Beat- en 1958 y considerada uno de los libros de cabecera del movimiento hippie, a causa de la espiritualidad que exuda. En un momento de la novela, leemos: “¿Somos ángeles caídos que nos negamos a creer que nada es nada y, por tanto, nacemos para perder a los que amamos y a nuestros amigos más queridos uno a uno, y después nuestra propia vida, para probarnos?”.

Una cuestión que, sin duda, atormentaba a Jim, cuya vida fue una constante experimentación de los sentidos –aquella consigna extraída de su adorado Rimbaud- para evitar, en la medida de lo posible, convertirse en lo que él definía como “voyeur”, interpretado en el sentido existencial; en otras palabras: espectador de su propia existencia.

[Parte del texto ha sido extraído de mi libro El barco de cristal. Referencias literarias en el pop-rock (Líneas Paralelas, 2014)]

“The Doors” de Oliver Stone: un videoclip de dos horas

“¿Cómo es posible que una fan de The Doors como tú no haya visto aún la película de Oliver Stone?”. Estaba harta de oír esa pregunta, así que decidí poner remedio y verla. Bueno, eso… y la curiosidad. ¿Una película sobre la vida de Jim Morrison y su carrera como vocalista de The Doors? La perspectiva era jugosa, no os lo niego, y parecía especialmente hecha para mí.

Cartel de la película de Oliver Stone
Cartel de la película de Oliver Stone

FICHA TÉCNICA

Título original: The Doors

Año: 1991

Duración: 135 min.

País: Estados Unidos

Director: Oliver Stone

Guión: Randal Johnson & Oliver Stone

Música: Olivia Barash (Canciones: The Doors)

Fotografía: Robert Richardson

Reparto: Val Kilmer, Meg Ryan, Kevin Dillon, Kyle MacLachlan, Frank Whaley, Michael Madsen, Billy Idol, Kathleen Quinlan, Michael Wincott, Bruce McVittie, Dennis Burkley, Josh Evans, Costas Mandylor, Crispin Glover, Mimi Rogers, Sam Whipple, Josie Bissett, Kelly Hu, Titus Welliver

.

Después de 135 minutos de largometraje, me he quedado, como diría Ángel González, “con un acre sabor a nada en la garganta”. En el filme de Stone hay mucha pretensión y poca fidelidad a la historia real de la banda y, más concretamente, de Jim Morrison (1943-1971). El director intentó refugiarse en la psicodelia para no tener que esforzarse en desarrollar un argumento coherente y cohesionado, y el resultado es una suerte de videoclip de más de dos horas de duración con algunas escenas de diálogo intercaladas. Porque, eso sí, como videoclip, le hubieran dado el visto bueno hasta los propios integrantes de la banda, quienes, por cierto, no se mostraron nada conformes con la visión que Stone ofreció de ellos, especialmente de Jim Morrison, cuyo personaje describió Ray Manzarek, el teclista de la banda, como “un psicópata fuera de control”.

Efectivamente, esa es la imagen que de él se lleva, después de ver la película, cualquiera que no haya leído nada acerca de la vida de Morrison: lo que viene siendo el espectador medio. El personaje, interpretado por Val Kilmer, se nos antoja desagradable, agresivo y vulgar: un alcohólico que escupe frases literarias –extraídas por Stone de entrevistas y grabaciones reales del artista-, las cuales pierden su esencia por el contexto en que son pronunciadas –como en aquella escena, de la cosecha de Stone, en que Morrison está a punto de tirarse desde un tejado-.

Van Kilmer en la película y el verdadero Jim Morrison
Val Kilmer en la película y el verdadero Jim Morrison
Van Kilmer en la película y el verdadero Jim Morrison
Val Kilmer en la película y el verdadero Jim Morrison

Es cierto que Jim Morrison, sobre todo en sus últimos tiempos, fue un alcohólico y protagonizó más de un episodio extremo, pero no era esencialmente una persona agresiva y, desde luego, no se parecía en nada a la fiera que muestran en la película. Era un tipo culto, lector voraz desde su infancia; idolatraba a Arthur Rimbaud y a William Blake y había estudiado a fondo las teorías sociológicas de la recepción, llegando incluso a escribir sobre ella. En su obra Los señores. Notas sobre la visión (1969), encontramos textos breves acerca de la recepción, por parte del espectador, de la cinematografía, ámbito en el que también era un experto –estudió cine en la UCLA y fue compañero del mismísimo Francis Ford Coppola, quien utilizó su tema “The End” como banda sonora para el célebre filme Apocalypse Now (1979)-. “El encanto del cine reside en el miedo a la muerte”, escribió Morrison.

Jim Morrison fue una persona sensible, a pesar de lo que nos presenta la película de Stone. Tenía el alma de un poeta maldito y acabó sus días en aquel París que fue escenario de las impúdicas correrías de Verlaine, Rimbaud, Baudelaire. La película no profundiza en la sensibilidad de Morrison, algo que considero esencial a la hora de definir su personaje. He de reconocer, sin embargo, que Val Kilmer resultó una buena elección tanto físicamente como en cuestión de voz, porque realiza una imitación del vocalista de The Doors mucho más que aceptable –los fans de Morrison diríamos, llegados a este punto, que a pesar de la buena caracterización, la fisonomía de Kilmer no alcanza en absoluto la perfección de la de Jim, pero eso ya es entrar en terreno muy subjetivo…-.

Con Pamela Courson, la novia de Jim Morrison, se repite el mismo esquema: brillante interpretación y caracterización de Meg Ryan y distancia kilométrica con respecto a la verdadera Pam. En la película, la presentan como una joven ñoña y vulnerable, un poco tontita, que come de la mano de Jim. En la historia real, era ella quien llevaba las riendas y trataba –en vano- de controlar a su novio: resultaba dominante e histérica, a menudo cruel, en contra de lo que indicaba su aspecto frágil y desvalido. Además, Pam no era, ni mucho menos, una víctima de los devaneos amorosos de Jim con otras mujeres: ella tenía su propia colección de amantes, por cierto muy nutrida.

Meg Ryan y Val Kilmer como Pamela Courson y Jim Morrison
Meg Ryan y Val Kilmer como Pamela Courson y Jim Morrison
Los verdaderos Jim Morrison y Pamela Courson
Los verdaderos Jim Morrison y Pamela Courson

A la que presentan injustamente como una devora-hombres sin corazón es a la pobre Nico, integrante durante un corto período de la banda neoyorquina The Velvet Underground, que en la realidad mantuvo una relación sentimental con Morrison y llegó a enamorarse profundamente de él, hasta el punto de teñirse el cabello rubio de pelirrojo para agradar más a su amado, que sentía predilección por los cabellos de fuego y, más concretamente, por el de Pamela. En la película, apenas se presta atención a la identidad de Nico y a su papel dentro de The Velvet Underground, y ella aparece como una provocativa rubia que no vacila en desnudarse a la primera de cambio.

La película, además, presenta llamativos errores históricos y cronológicos, como el momento en el que Jim y Pam se conocen. En la historia real, fue en el London Fog, tras uno de los primeros conciertos de The Doors. Stone lo edulcora hasta el punto de presentarnos un Jim con aires de Romeo que trepa hasta el balcón de Pamela-Julieta para presentarse ante ella y declararle su amor. Y esto, mucho antes de haberse formado la banda.

Robby Krieger tampoco estuvo en el grupo desde los inicios, como muestra la película. Y no está comprobado que Jim Morrison hiciera exhibicionismo en un concierto de Miami en 1969 –de hecho, los testigos afirman que no vieron nada y todo se quedó en una mera bravuconada del provocativo Jim-. Por no hablar de la confusión que aquellos que no hayan profundizado en la historia de la banda deben de encontrar a la hora de identificar a los personajes secundarios, que aparecen indefinidos y nebulosos.

Fotograma de la película. De izquierda a derecha, los personajes de John Densmore, Jim Morrison, Robby Krieger y Ray Manzarek
Fotograma de la película. De izquierda a derecha, los personajes de John Densmore, Jim Morrison, Robby Krieger y Ray Manzarek

Mi conclusión es que el filme fue concebido con muchas pretensiones y no cumplió su misión principal: la de convertirse en un biopic de Jim Morrison y, por extensión, de The Doors. Oliver Stone cayó en errores de principiante y se decantó por el morbo de la puesta en escena, ignorando partes tan esenciales como el argumento y la profundidad psicológica de los personajes.

Se trata de una película muy ruidosa, envuelta en un bullicio constante, algo así como un gran concierto, vasto e indefinido. He echado de menos en ella instantes de silencio, de reflexión, como aquel en que debió inspirarse Morrison para escribir que:

Los Señores nos apaciguan con imágenes. Nos dan libros, conciertos, galerías, espectáculos, cines. Especialmente cines. A través del arte nos confunden y nos ciegan a nuestra esclavitud. El arte adorna las paredes de nuestra prisión, nos mantiene en silencio, distraídos e indiferentes (Jim Morrison, Los Señores. Notas sobre la visión).

Basándome en las palabras del poeta, solo puedo recomendar a aquellos que han visto la película… que no se queden ahí: que escuchen a The Doors, que lean sobre la vida y el pensamiento de Morrison, que se acerquen a la verdad. Y a los que no han visto la película, prácticamente les aconsejo lo mismo. Una cosa no puedo negarle al filme: la calidad insuperable de la banda sonora… original de The Doors, claro.

El incendio de Pamela Courson

De aspecto delicado –muy delgada, no llegaba al metro sesenta de estatura-, piel lechosa, espolvoreada de pecas de canela; sonrisa blanca y pura, como de niña; ojos verde azulados y una larga y lisa cabellera roja, peinada con raya en el medio, en consonancia con la moda hippie, la cual también se reflejaba en su vestuario: camisolas amplias de bordados exóticos, vestidos sueltos, pantalones vaqueros. Su delicadeza y aparente vulnerabilidad disfrazaban un carácter dominante, rebelde y autodestructivo, emocionalmente desequilibrado, rayante en la locura. Así era la que muchos críticos musicales definen como una de las figuras más enigmáticas de la década de los sesenta.

Pamela Courson en 1970
Pamela Courson en 1970

Hoy se cumplen 40 años del sórdido fallecimiento, en 1974, de Pamela Susan Courson, que hubiera podido considerarse una integrante más del funesto “Club de los 27” en caso de haber sido rockera, pues tenía 27 años en el momento de su muerte. Pero su relación con el rock –desde luego, no carente de importancia- se debe a su atormentado noviazgo con Jim Morrison, líder de The Doors. Ella es la musa que se esconde tras la mayoría de temas de la banda: la misteriosa habitante de “Love Street”, la “Reina de la carretera”, la destinataria de “Orange County Suite”, esa compleja canción que ninguno de los Doors –salvo el propio Morrison, el compositor- llegó a comprender jamás del todo.

Fue precisamente en el Condado de Orange, al sur de la californiana ciudad de Los Ángeles, donde Pamela pasó su adolescencia -había nacido en Weed en 1946-. Era hija del director de un instituto público y se constituía como un ser rebelde, casi salvaje, desde temprana edad, malhumorado y solitario, con un aire misterioso. Aunque inteligente y despierta, nunca puso demasiado interés en los estudios y, en cuanto tuvo ocasión, se marchó a los Ángeles a vivir con una amiga y estudiar Arte. Allí se inició en las drogas y estableció contacto con los rockeros del momento. Es un secreto a voces que ella fue la “chica de canela” de la famosa canción “Cinnamon Girl” de Neil Young.

A los diecinueve años, Pamela ya tenía varios amantes. Los dos más importantes, que no la abandonarían nunca, fueron el actor Tom Baker y Jean de Breteuil, aristócrata francés que se ganaba la vida como camello –él fue, de hecho, quien suministraba la droga a la muchacha-. A esa edad conoció a Jim Morrison en el London Fog, un local de segunda donde actuaban The Doors antes de alcanzar el éxito. Fue un flechazo. Él tenía 22 años y unas cuantas amantes que merodeaban a su alrededor. Pero Pamela cambió su vida. Ambos se reconocían como salvajes, independientes, inestables emocionalmente, incapaces de comprometerse con nada o con nadie. Sus caracteres resultaban tan similares que chocaban exquisitamente. Jim la definió como su alma gemela, “su pareja cósmica”. Desde que se conocieron, iniciaron una tormentosa relación interrumpida constantemente por violentas discusiones, peleas físicas e infidelidades por parte de ambos, que a veces duraban meses. Sin embargo, después de cada aventura, siempre se buscaban el uno al otro.

Jim Morrison y Pamela Courson en 1967
Jim Morrison y Pamela Courson en 1967
Pamela Courson y Jim Morrison en los años sesenta
Pamela Courson y Jim Morrison en los años sesenta

Pam a menudo se frustraba por no poder doblegar la rebeldía de Jim. En realidad, él comía de su mano, deslumbrado por la espontaneidad e inocencia salvaje de la joven a la que conoció siendo casi una niña. Le compró una boutique que ella bautizó “Themis” por la diosa griega de las leyes, y la llenó de ropajes exóticos e hiperbólicos que a menudo importaba de Marruecos. La tienda fue más un gasto que una inversión, pero a Jim jamás le preocupó el dinero, y sí tener contenta a Pam. Se inspiraba en ella para escribir sus poemas y canciones; compuso “Twentieth Century Fox” –“La moderna del siglo XX”-, en la que la definía del siguiente modo:

Bueno, ella es delgada, como está de moda,

y es impuntual, siguiendo la moda.

Nunca montaría un escándalo,

jamás rompería una cita.

Pero ella no se arrastra;

tan solo, contempla su forma de moverse.

.

Es la moderna del siglo XX:

sin lágrimas, sin miedos,

sin años perdidos

y sin relojes.

.

Es la reina del descaro

y es la dama que espera.

Desde que su mente abandonó la escuela,

nunca ha dudado.

No perderá el tiempo

en charlas elementales.

.

Porque es la moderna del siglo XX:

tiene al mundo metido

en una caja de plástico.

.

La adicción de Pam por la heroína no hacía sino aumentar, mientras Jim se sentía un impotente testigo, ahogado en su alcoholismo. Ambos eran conscientes de su propio proceso de autodestrucción y se lo reprochaban mutuamente. Parecían destinados a consumirse juntos en el incendio que brotaba de los cabellos de Pam. Ella cada vez detestaba más a los Doors, llegando a chantajear a Jim para que los abandonara amenazándole con romper con él definitivamente. Después de grabar su último álbum en 1971, L. A. Woman, Jim dejó la banda y se fue a vivir con Pamela a París, dedicado totalmente a su faceta poética. Allí pasaron unos meses de relativa calma, hasta que el 3 de julio de ese año, Morrison falleció en extrañas condiciones; oficialmente, por una sobredosis. Pamela, un médico amigo suyo y su antiguo amante, Jean de Breteuil –al que seguía viendo, y que fue quien le proporcionó la droga a Jim que supuestamente acabó con su vida- fueron los únicos que vieron el cadáver conociendo su identidad, antes de que este fuera enterrado en el cementerio parisino de Pere Lachaise.

Pamela Courson y Jim Morrison posando en Themis en 1970
Pamela Courson y Jim Morrison posando en Themis en 1970
Pamela Courson y Jim Morrison posando en Themis en 1970
Pamela Courson y Jim Morrison posando en Themis en 1970
Jim Morrison y Pamela Courson en 1970
Jim Morrison y Pamela Courson en 1970

Jim, en su testamento, dejó a Pam como heredera única, por lo que hubo quien sospechó que ella tuvo algo que ver con su muerte. Sin embargo, los tres años que le sobrevivió, Pamela cayó en una espiral de vicio, decadencia y locura. Se definía como la esposa de Jim Morrison y llegaba incluso a decir que esperaba una llamada de su marido. Su drogadicción la condujo a una sobredosis mortal en 1974. Fue enterrada a los 27 en el cementerio del Condado de Orange con el nombre de Pamela Morrison.

En vida de Jim, Pam fue quien le animó a publicar sus dos libros de poemas y, después de muerto, organizó sus cuadernos y anotaciones para que fueran editados de forma póstuma. En los libros que publicó a finales de los sesenta, en la dedicatoria de Jim podemos leer: “A Pamela Susan”. Y es que él, a pesar de lo tormentoso de la relación, la amó profunda y desgarradoramente hasta el final. En su famosa canción “L. A. Woman”, dedicada a ella, escribió lo siguiente, pensando en el color de fuego de su pelo:

Veo que tu cabello arde,

las colinas se incendian.

Si te dicen que nunca te amé,

sabrás que mienten.

Jim Morrison y Pamela Courson en 1970
Jim Morrison y Pamela Courson en 1970

Gram Parsons y The Flying Burrito Brothers

Se cumplen 40 años del fallecimiento en 1973 de Gram Parsons, famoso por haber liderado la banda de country rock The Flying Burrito Brothers.

El cantante estadounidense Gram Parsons
El cantante estadounidense Gram Parsons

Hoy el nombre de The Flying Burrito Brothers puede resultar cómico para cualquiera que no sea un aficionado al rock clásico, pero en 1969 era la sensación explosiva del momento. Los Flying participaban en conciertos junto a grupos míticos como The Doors u otros de surgimiento reciente y que aún no habían formado su propia leyenda, como Led Zeppelin. Con su llegada desterraron a exitosos grupos de country rock de los sesenta: Buffalo Springfield o The Byrds. De este último, precisamente, surgía Gram Parsons, que fue miembro fugazmente durante el año 1968. The Byrds habían alcanzado el éxito versionando temas de Bob Dylan, como “Mr. Tambourine Man” o la famosa “Turn! Turn! Turn!” de Pete Seeger -ambos del año 1965-.

En 1968, coincidiendo con la llegada de un jovencísimo Gram Parsons a la banda -que sustituía a David Crosby-, The Byrds abandonaron sus postulados folk y psicodélicos para abrazar un country rock más puro, más tradicional. Gram Parsons grabó un disco junto a ellos:  Sweetheart Of The Rodeo.

The Byrds en 1968. Gram Parsons es el segundo por la izquierda
The Byrds en 1968. De izquierda a derecha: Kevin Kelley, Gram Parsons, Roger McGuinn y Chris Hillman

Tras la grabación de Sweetheart Of The Rodeo, un conflicto interno en el grupo hizo que Gram Parsons se apartara de él, seguido por otro miembro: Chris Hillman. Junto al guitarrista Pete Kleinow -“Sneaky”- y al bajista Chris Ethridge, fundaron The Flying Burrito Brothers, debutando en 1969 con su primer disco: The Gilded Palace Of Sin.

Mientras tanto Roger McGuinn, líder de The Byrds, pagó su resentimiento con Parsons -por haberse marchado del grupo- regrabando Sweetheart Of The Rodeo, eliminando en la regrabación la mayoría de aportaciones vocales del joven, que interpretaba la voz principal en varios temas de la versión original. McGuinn era de la opinión de que la marcha de Parsons se debía, en realidad, a su necesidad de acercarse a Mick Jagger y Keith Richards, miembros de The Rolling Stones con los que había trabado amistad, sobre todo por su común afición a las drogas y al alcohol, adquirida por Parsons en la segunda mitad de los sesenta.

Sea o no verídico, lo cierto es que ambos Rolling escribieron para Parsons el tema “Wild Horses“, que los Flying Burrito Brothers incluyeron en su segundo disco, lanzado en 1970: Burrito Deluxe.

Gram Parsons junto a Keith Richards, de los Rolling Stones
Gram Parsons junto a su amigo Keith Richards, de los Rolling Stones

The Flying Burrito Brothers supuso una revolucionaria vuelta al country rock más tradicional en un momento histórico en el que triunfaban la psicodelia y los primeros ritmos electrizados. En la casa del Valle de San Fernando que utilizaban como estudio, apodada “Burrito Manor”, Gram Parsons componía letras que hablaban sobre drogas, mujeres y cuestiones sociales, que calaron rápidamente entre la juventud norteamericana. El primer disco, The Gilded Palece Of Sin (El Palacio Dorado del Pecado), fue todo un éxito, y dejó atrás a los reconstituidos Byrds. Los Flying, con sus llamativos trajes de country western, se habían abierto paso en el territorio vedado de las leyendas del rock. Inolvidables resultan algunas composiciones originales de Parsons y Hillman, como “Sin City“, “Juanita“, “Wheels” o “Hot Burrito #2“.

The Flying Burrito Brothers en 1969. Atrás: chris Ethridge y Gram Parsons. Al frente: Chris Hillman y Sneaky Pete Kleinow
The Flying Burrito Brothers en 1969. Atrás: Chris Ethridge y Gram Parsons. Al frente: Chris Hillman y Sneaky Pete Kleinow

Gram Parsons vivió muy deprisa e intensamente, como corresponde a toda legendaria estrella del rock. Perteneciente a una familia adinerada de Florida, los Connor -su verdadero nombre era Cecil Ingram Connor III-, tocaba varios instrumentos desde niño y era un gran aficionado a Elvis Presley. Cuando tenía 12 años, su padre se suicidó con un tiro en la cabeza. Siete años más tarde, su madre moriría alcohólica.

Gram, como la mayoría de rockeros de los sesenta, se fue internando cada vez más en las drogas; en su caso, se inclinó más hacia la heroína y la cocaína que hacia los alucinógenos, que comenzaban a pegar fuerte entre los hippies. Carismático, alegre y con madera de líder, se codeó con los Rolling Stones y actuó en Seattle Pop Festival celebrado en Washington en 1969, junto a Led Zeppelin, The Doors, Chuck Berry, The Byrds y otros grupos legendarios. En dicho festival, incluso llegó a compartir el asiento trasero de un Cadillac con Jim Morrison y, aunque en teoría los dos estaban demasiado ebrios para mantener una conversación coherente, lo cierto es que fue el manager de Parsons el que tuvo que sacar a Jim del coche unas horas después, cuando le tocaba actuar junto a su grupo.

En 26 años, Gram Parsons tuvo tiempo de ser miembro de varios grupos, iniciar los estudios universitarios de Teología, casarse e incluso comenzar una carrera musical en solitario, después de que el segundo disco de The Flying Burrito Brothers, Burrito Deluxe, no fuera bien acogido por el público. Sin embargo, sus tímidos inicios como cantante en solitario pasaron bastante desapercibidos en el momento, sobre todo porque Parsons estaba ya muy afectado por su drogadicción. El único disco que grabó, Grievous Angel, salió a la venta póstumamente en 1974.

A Gram Parson le faltaron unos meses para ingresar en el siniestro Club de los 27, como es llamado el grupo compuesto por Brian Jones, Jimi Hendrix, Janice Joplin y Jim Morrison, entre otros nombres, unidos por fallecer a los 27. Parsons tenía sólo 26 cuando fue encontrado muerto en un motel. La causa de la muerte fue una sobredosis de heroína, morfina y tequila.

Cuarenta años después de su muerte, los nombres de Gram Parsons y de los Flying Burrito Brothers no son tan conocidos como merecerían serlo, teniendo en cuenta el éxito que alcanzaron en su día. Tristemente, solo son recordados con cariño por los nostálgicos del country rock, y por algunos melómanos. Pero todo resurge, en un momento u otro, y yo aprovecho para resucitar el que posiblemente sea el tema más exitoso de la banda, además de mi favorito.

“Christine’s Tune”, perteneciente al primer álbum de los Flying, cambió su nombre más adelante por el de “Devil in disguise” (“Demonio encubierto”), debido a que Christine, la chica en la que se inspiraba la canción, falleció en un accidente de automóvil. Tras aquello, a los Flying no les pareció ético que su nombre figurara en el título, por esa costumbre de no hablar mal de los muertos -porque bien, precisamente, no hablaban de ella-. En el video que os dejo, podemos ver a Chris Hillman y Gram Parsons turnándose para cantar cada estrofa: