Segunda estrella a la derecha

peter pan
Fotograma de la película Peter Pan (Walt Disney, 1953)

Publicado en Estrella Digital el 2/10/18

Hubo un tiempo en el que el tiempo no existía, al menos no con la consistencia presente, con la insultante realidad afilada. Esa época dorada, suave y plena de horizontes es la infancia. Todos hemos soñado en ella y la hemos llorado desde fuera. Se dibuja como una isla extraviada, inaccesible, como un Edén bíblico. Escribió Luis Cernuda:

Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. Todo contribuía alrededor mío, durante mis primeros años, a mantener en mí la ilusión y la creencia en lo permanente: la casa familiar inmutable, los accidentes idénticos de mi vida. Si algo cambiaba, era para volver más tarde a lo acostumbrado, sucediéndose todo como las estaciones en el ciclo del año, y tras la diversidad aparente siempre se traslucía la unidad íntima.

Pero terminó la niñez y caí en el mundo. Las gentes morían en torno mío y las casas se arruinaban. (Luis Cernuda, Ocnos).

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Veintinueve

¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!

Juan Ramón Jiménez

unnamedLos cumpleaños son un invento humano, como el propio tiempo. Celebramos un año más de vida y, paradójicamente, nos hallamos más cerca de la muerte. Es esta una reflexión muy medieval, muy Carpe Diem, aunque yo nunca me he considerado una fiel seguidora de este tópico, porque siempre he pensado demasiado en el futuro. Toda la vida persiguiendo el equilibrio y ahora, por fin, puedo decir que lo he hallado. Por eso, este cumpleaños no es para mí uno más. He superado una meta por la que he luchado mucho tiempo con todas mis fuerzas: ya tengo una plaza fija como profesora de Lengua y Literatura. Tengo un trabajo de por vida, tengo una estabilidad emocional.

Me faltan otras cosas que antes tenía. Me falta algo por lo que daría todo lo que ahora tengo. El equilibrio no es sinónimo de la felicidad. Pero la muerte no la hemos inventado; tal vez nos haya inventado ella a nosotros. Nos deja marchar un tiempo, creernos eternos, soñar; pero al final, acabamos regresando a su nada.

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Sabiduría

Algo me queda siempre cuando estoy solo, cuando
emprendiendo el camino del corazón, subiendo
las empinadas cuestas de la memoria, elijo
de un prado lateral borroso, de una triste
sauceda, una vertiente perdida, un separado
río de solitarios rumores o una playa,
elijo lo que más me revive llamándome.”

Rafael Alberti

juagando
1995

Nunca quise crecer. Creo que, por ello, fui una niña bastante sabia, pero demasiado idealista. Al final, no cayó un misterioso meteorito que detuviera el tiempo y que me regalara una infancia infinita.

Hoy soy un año mayor, aunque cada vez creo más en la relatividad del tiempo. Tal vez eso sea consecuencia de la madurez –o inmadurez– a la que me encamino. Los adultos siempre dicen que el tiempo se sucede desenfrenadamente, a un ritmo progresivo y ascendente. Empiezo a comprenderlos y esto me lleva a plantearme si yo misma habré alcanzado la adultez. La pregunta sería si realmente nos hacemos adultos del todo. Yo me siento incapaz.

Estoy aquí, en un extraño limbo. Persiguiendo el equilibrio, como siempre. O como nunca. Porque jamás había sido el equilibrio tan resbaladizo y mi ansiedad por apresarlo tan aguda. Será que a veces se apaga la luz y nos desorientamos. La idea de una humanidad como un enjambre de polillas absurdas, cegadas por la claridad de un farol utópico que en unas ocasiones llamamos amor y en otras adquiere denominaciones más terrenales y precisas, como ambición, fama, futuro.

Sí; futuro. Una luz añorada como futuro; una luz que tratamos de intuir, agitando las alas empañadas de sueños y elevándonos en nuestra naturaleza de polillas gastadas, errabundas, ordinarias. Intentando vislumbrar el futuro, en vano. Y sin embargo es el pasado el que nos define y el que se impone de manera constante en nuestros pensamientos.

Mi recuerdo más antiguo es… Es ridículamente antiguo, tanto que casi pierde su sentido. Soy simplemente yo, mirando por la ventana del dormitorio de mis padres, contemplando los edificios y comprendiendo la muerte. La muerte como consecuencia de la llegada de un Tiranosaurio Rex de la misma altura que esos edificios, devorando a sus víctimas. No existían más muertes, por entonces. Las enfermedades podían curarlas los médicos.

Pensar en la muerte en la frontera de los tres años me convertía en una niña bastante sabia, pero demasiado idealista. Porque después llegaría aquella revelación terrible: que los dinosaurios se habían extinguido hacía millones de años. La muerte nunca volvería a ser lo mismo.

Los recuerdos acuden como fogonazos en todos los cumpleaños; parece algo inevitable. Al de los dinosaurios le sucede otro que me retrotrae unos años más tarde, tal vez tres, en otro día de cumpleaños. Un regalo: esa muñeca llamada “Novia-princesa”, que parecía diseñada especialmente para mí. Con su falda rosa y blanca, su cabello rubio y su corona. Después, aquel otro trece de octubre inolvidable, cuando cumplí diez años y acudieron a mi casa un montón de compañeros del colegio…

img_9491Y de todas aquellas personas, ¿cuántos quedan? ¿No avanzamos de algún modo hacia la soledad? ¿O este pensamiento no es más que un producto de la nostalgia? De la inseparable nostalgia, que diría Alberti: la idea de extrañar paraísos temporales que en su momento nos parecieron rutinarios. A la vida llega mucha gente nueva, pero solo algunos se quedan, quién sabe hasta cuándo. Hoy he soñado con dos personas a las que ya no veo; una se deshizo antes de llegar a su lado. Comprendí que aquellos dos o cuatro años que pasó por mi vida no significaron nada. Un borrón de tiempo; poco más. Una larga cabellera castaña perdida por el calendario de los recuerdos.

Al final no somos nada más que polillas, que cuentos que esperan a ser escritos. No terminamos de comprender que no existen más autores de nuestra propia historia que nosotros mismos, porque las decisiones son llaves en el seno de un laberinto y, como Teseo, a nosotros también nos toca huir del Minotauro del Fracaso. Perdiendo personas, sueños, ilusiones. Ganando experiencias, pequeñas luces dispersas que constituyen la verdadera identidad de esa idea inmensa y omnipresente que en otro tiempo teníamos de la felicidad.

Luis Cernuda y el otoño

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Luis Cernuda en 1928

Luis Cernuda nació en el equinoccio de otoño. Nació en el momento exacto del año en que se asume el final del estío; en el que el frío, la lluvia y la oscuridad se convierten en las únicas certezas durante los meses siguientes. Tal vez esa sea la razón de su pesimismo vital, su carácter otoñal, su melancolía crónica.

El otoño llama a la melancolía. Los modernistas lo apresaron en sus poemas y ahora resulta difícil escribir sobre él sin esperar el asalto de un ejército de jardines con estatuas, árboles amarillos sobre lagos en los que se deslizan lánguidamente cisnes de cuellos de interrogante. Hojas doradas perfumadas de infancia, amores imposibles. No puedo ocultar que yo también nací en otoño.

Me imagino a un joven Luis apoyado en su escritorio lánguidamente, cual cisne modernista, con un fondo algo frívolo de música moderna; tal vez un fox-trot, con el que intenta curar en vano su tristeza o, por el contrario, regodearse en ella. Mira por la ventana y contempla los árboles amarillos y piensa en su último gran amor frustrado. Después suspira, escribe unas palabras doloridas. Igual que en aquel viaje por Pedraza en 1935, durante las Misiones Pedagógicas, cuando escribía:

Hacía frío y el cielo estaba cubierto. ¿Qué hacer? Interminables horas las de la tarde en estos lugares inacostumbrados. El aburrimiento va con nosotros por la ciudad, pero disfrazado de nostalgia, que unas veces ostenta un motivo amoroso, otras un motivo menos tornasolado y más concreto. […] Leer era imposible. Cómo me ha apresado la realidad, y más si recuerdo que durante tantos años, horror, la lectura era mi jornada. Pensaba, no sabía por qué, en la triste e inexplicable necesidad vital de que las personas a quienes queremos deban separase un día de nosotros. […] El gramófono rugía […]. Un poco de vagabundeo por el limbo aquel me dejó más aburrido aún y, lo que es peor, arrepentido, aunque no sabía de qué, si de vivir, de estar triste o de no haber cometido aún ningún crimen.

Es fácil imaginar a Luis. Sus versos, sus palabras, reflejan el grueso de su alma. Tal vez, por ser una persona introvertida en su día a día, se dio en su escritura como respuesta a una necesidad intrínseca a esa introversión. Incluso en sus versos más surrealistas es posible perfilar detalles de su carácter, guiños diminutos. Es fácil encariñarse con él, aunque después se lea por ahí que era un ser intratable y amargado. Hay gente que tampoco comprende el otoño.

Si Luis siguiera vivo, hoy habría cumplido 114 años. Murió a los 61 sintiéndose un anciano. Una vez fue joven, aunque no llegó a darse cuenta. Contemplaba por entonces las horas con tristeza, esperando que una de ellas se llevara para siempre su juventud, igual que el reo de muerte espera el alba. Igual que el otoño naciente espera el frío.

Remordimiento.                            
Fuiste joven,                    
Pero nunca lo supiste                  
Hasta hoy que el ave ha huido                 
De tu mano.

Luis Cernuda, “Nocturno yanqui”

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Martes trece

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Hoy es martes 13 y la fecha se vuelve Trending Topic en Twitter, como si no hubiera acontecimientos más interesantes que las anécdotas supersticiosas. Pero así es el universo de las redes sociales: un triste reflejo de las inocuas preocupaciones e inquietudes de la gente de a pie.

Así que todos vivimos hoy muy preocupados porque es martes 13. Yo debería preocuparme más, por aquello de que parece un día poco jovial para cumplir años. Pero, tranquilos: nací un viernes 13 –en el mundo anglosajón, sustituyen el martes por el viernes-, así que estoy muy curada de espanto. Llevo 26 años surfeando sobre esa supuesta mala suerte que habría de perseguirme y, en cuanto a hoy… Sí; admito que soy víctima de un resfriado monstruoso e interminable, pero como diría Angelito, “A veces, en octubre, es lo que pasa…”.

Incluso podría afirmar que ha sido un día medianamente afortunado, puesto que al fin he conseguido inscribir mi tesis doctoral. Y es que esto de la burocracia –y del “Vuelva usted mañana”, que diría Larra- resulta agotador: casi se tarda más en inscribir la tesis que en escribirla. Hay que sacar la Espada de la roca, sortear una selva de espinos y enfrentarse al Dragón –los dragones de Secretaria son más agoreros que los martes 13; creedme-, y solo los valientes llegan al final.

Mientras escribo, ha comenzado a llover. Parece que al fin ha llegado Joaquín a España, que se estaba haciendo de rogar… Joaquín es el nombre que le han puesto al último huracán, cuyos restos llegarían a nuestro país ayer, según las previsiones. Me encantaría conocer a las personas que se dedican a ponerle nombre a los huracanes: deben de ser familia del tipo que firma como “Mufasa” sus grafitis, los cuales se pueden ver por los muros de la Complutense. La cosa es mucho más seria de lo que parece: los de mi generación saben que la muerte de Mufasa dejó un trauma difícil de superar en nuestros corazones, incluso en el de ese incomprendido grafitero que intenta hacerle un homenaje silencioso y poco ortodoxo. Porca miseria

Con todas estas divagaciones, casi olvido el motivo por el que iba a ponerme a escribir, que no es otro que mis 26 años recién estrenados. A estas alturas del texto, me abstengo de hacer una síntesis de lo que han supuesto los últimos 365 días para mí, pero sí haré un adelanto de los que me esperan. La mayor parte de los 26 la pasaré estudiando el temario de las oposiciones de profesora de instituto, en la modalidad de Lengua y Literatura española. Porque está el panorama laboral tan halagüeño que la posibilidad de acceder a un funcionariado se plantea apetitosa, por duro que resulte el acceso.

Y mientras, seguiré luchando contra la irascibilidad a la que me empujan las 9 o 10 horas de estudio diario. Por suerte, hay personas cuya simple existencia ya me arranca una sonrisa, y a esas no les impone demasiado mi irascibilidad. Esas personas no se van, al contrario que otras, que no terminan de llegar, o de las que se han marchado para siempre. Este último grupo me hace reflexionar a menudo, pervertida por una hipersensibilidad que siempre me ha devorado, y que no me permite dejar marchar sin más a las personas que considero importantes. Pero la gente se marcha: hay gente que forma parte del pasado y no del presente. Por alguna tópica razón, los recordamos en los cumpleaños o en las fechas más señaladas.

Sé que mis lectores quizá esperabais un artículo profundo Sobre Luis Cernuda o Jim Morrison, pero hoy no os puedo ofrecer más que estos pensamientos deshilachados, reunidos sobre el otoño. Me volveréis a leer, aunque el temario de las oposiciones parezca no tener fin. Escribir es una necesidad, siempre. Por muchos años que se cumplan…