Siempre nos quedará la Música

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Silvio Rodríguez junto a la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba. Madrid, 18/5/2019

Mientras media España veía ayer Eurovisión –ese caldillo rancio y veleidoso con tropezones de músicos que hoy triunfan y mañana nadie recordará–, unos cuantos acudíamos al antiguo Palacio de los Deportes de Madrid para deleitarnos con auténticos artistas en un concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba con la colaboración de… Silvio Rodríguez.

En mi casa siempre se ha escuchado a Silvio, desde que tengo uso de razón y aun antes. Tal vez por eso lo siento más de mi época que a todos los cantantes “actuales” que me transmiten tan poco y cuyo ascenso meteórico deja una estela pronta a borrarse.

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Vicente Aleixandre y Miguel Hernández: una amistad poética viva en Velintonia

Acto poético en la casa de Vicente Aleixandre. Foto de Fernando Antequera
Acto poético en la casa de Vicente Aleixandre. Foto de Fernando Antequera

Anoche, la abandonada casa de Velintonia 3 volvió a abrir sus puertas a la poesía y a la música. El aire olía a verano en el jardín donde se alzaba el inmenso cedro plantado, en el año 1940, por el poeta Vicente Aleixandre (1898-1984), antiguo propietario de la morada. Eran entonces otros tiempos y otros crepúsculos manchaban aquellos cielos cercanos a la Moncloa, y eran distintos los rostros que visitaban la casa y su jardín: Luis Cernuda, Federico García Lorca, Gerardo Diego… También Miguel Hernández (1910-1942), aquel muchacho provocador llegado de Orihuela que todavía olía a sierra y que guardaba en el pecho un corazón inmenso que a veces se le salía por la boca y por los ojos grandes, melancólicos.

Él pisó la casa de Velintonia 3 en 1935. Aleixandre, tan acogedor como siempre, le recibió tras haberle llegado una atrevida carta suya en la que se interesaba por su poemario La destrucción o el amor, con el que acababa de recibir el Premio Nacional. El joven tenía entonces 24 años; su simpatía y espontaneidad calaron muy hondo en el alma del maduro Aleixandre, que desde aquel momento se desvivió por ayudarlo y guiarlo por el complejo mundo cultural madrileño de la época. Fue el comienzo de una hermosa amistad que duraría hasta la muerte del oriolano en 1942, en el Reformatorio de Adultos de Alicante, donde había sido encerrado y condenado a muerte tras la Guerra Civil por haber luchado en el bando de la II República. No dio tiempo a que fuera juzgado: las vergonzosas condiciones de la prisión le provocaron una tuberculosis que acabó con su vida sin que nadie se molestase en trasladarlo a un hospital.

La fructífera amistad entre Aleixandre y Hernández incluyó también una nutrida relación epistolar, parte de la cual podemos disfrutar hoy gracias a la obra que acaba de publicar el también oriolano Jesucrito Riquelme, De Nobel a novel. Epistolario inédito de Vicente Aleixandre a Miguel Hernández y Josefina Manresa, editado por Espasa. El volumen contiene 309 cartas escritas por Aleixandre a Miguel Hernández y a su esposa, Josefina Manresa; junto a un brillante estudio previo en el que Riquelme, experto hernandiano, nos introduce con maestría en esa esfera íntima de conexión entre los dos monstruos de la poesía.

De Novel a novel (Espasa, 2015)

La publicación del libro sirvió como excusa para el evento tan magnífico que tuvo lugar anoche en la casa de Vicente Aleixandre, organizado por la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre, maravillosamente presidida por el apasionado Alejandro Sanz, y con el apoyo de las Fundaciones de Miguel Hernández y Gerardo Diego. También estuvieron muy presentes la secretaria de la Asociación, Asunción García Iglesias, y el poeta Miguel Losada, que salpicaba de alegría a todos los visitantes. En el acto participaron, además de Jesucristo Riquelme, figuras próximas a los dos homenajeados, como María Amaya Aleixandre, sobrina de Vicente –y heredera de sus ojos azules- y Lucía Izquierdo, nuera de Miguel Hernández; poetas de la talla de Javier Lostalé, Juan Carlos Mestre y Vicente Molina Foix. Leyeron poemas y distintas cartas recogidas en el libro de Riquelme, resucitando a Vicente y a Miguel en el aire embelesado del anochecer.

También contamos con la presencia de los actores Miguel Molina y José Sacristán, veterano de los escenarios que nos deleitó con su voz honda y tormentosa, leyendo la elegía que Aleixandre compuso a la muerte de Hernández, y que comenzaba así: “No lo sé. Fue sin música. / Tus grandes ojos azules / abiertos se quedaron bajo el vacío ignorante, / cielo de losa oscura, / masa total que lenta desciende y te aboveda, / cuerpo tú solo, inmenso, / único hoy en la Tierra, / que contigo apretado por los soles escapa”. Aquellos “ojos azules abiertos”, en efecto, nadie consiguió cerrarlos cuando el gran Miguel murió, abandonado como un perro en la prisión alicantina.

Con Fernando Antequera y el actor José Sacristán
Con Fernando Antequera y el actor José Sacristán

No existiría la poesía sin la música. El evento comenzó con la voz rota y flamenca de Carmen Linares, que hizo suyos los versos de Miguel Hernández, y finalizó con un pequeño concierto del célebre Luis Eduardo Aute, que interpretó los temas “Anda” y “Giraluna”, y concluyó con el famoso “Al alba”, que el público entonó, emocionado, mientras la brisa nocturna jugaba con la vegetación del jardín, como si la presencia invisible pero imborrable de Aleixandre y Hernández estremeciera a la noche con una larga cadencia de suspiros.

Es la segunda vez que tengo el privilegio de entrar en Velintonia 3. La primera ocasión la hallé el año pasado, cuando Julia Labrador me habló del evento que tendría lugar para presentar el libro Entre dos oscuridades, el relámpago, coordinado por Alejandro Sanz, a quien conocí entonces. También me reencontré, en aquel junio de 2014, con Miguel Losada. Este año, me ha acompañado el poeta Fernando Antequera. Entre el notable público asistente se encontraba el encantador Antonio Miguel Carmona, político del PSOE que ha sido candidato a la alcaldía de Madrid en las últimas elecciones municipales. Carmona es el único político, hasta la fecha, que ha demostrado un interés fehaciente por comprar la casa de Vicente Aleixandre, que se halla en un triste estado de abandono. Entre sus propuestas está la de convertir Velintonia 3 en la Casa de la Poesía.

Madrid necesita la poesía y la poesía necesita esta casa en la que los fantasmas de los grandes escritores y artistas de varias generaciones todavía pasean sus sombras evanescentes por el jardín, por los anchos pasillos, por la puerta verde en la que un día podía encontrarse la sonrisa sincera de Vicente Aleixandre, que fue anoche nuestro invisible anfitrión.

Aute en el Día Mundial de la Poesía de la UCM

“Presiento que tras la noche / vendrá la noche más larga”. Todos pensaron, en un principio, que estos versos correspondían a una canción de amor; yo incluida, cuando era niña y mis padres la ponían en el tocadiscos del salón. Fue la primera canción que me cautivó, que encendió en mi alma el veneno sugestivo y preciso de la música, esa chispa que te empuja a escuchar una y otra vez un tema y a sentir escalofríos con los acordes que preceden a la letra.

"Dedos virginales", Luis Eduardo Aute (1986)
“Dedos virginales”, Luis Eduardo Aute (1986)

No era una canción de amor. Su autor, Luis Eduardo Aute (Manila, 1943), la escribió en 1975, cuando expiraba en España el régimen franquista y expulsaba sus últimos estertores de crueldad y represión. Disfrazó la canción de romanticismo para poder burlar a la censura, pero en realidad se trataba de un encendido alegato contra la pena de muerte. En 1975, fueron condenados a muerte dos militantes de ETA y tres del FRAP, y esta decisión conmocionó a la sociedad española. Años más tarde, Aute confesó que la letra de “Al alba” surgió del dolor por esas víctimas que, finalmente, fueron ejecutadas, a pesar de la profunda repulsa nacional. Conociendo la verdadera historia que se esconde tras la canción, algunas estrofas resultan precisas y estremecedoras:

Miles de buitres callados

van extendiendo sus alas,

¿no te destroza, amor mío,

esta silenciosa danza?

Maldito baile de muertos,

pólvora de la mañana.

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El pasado miércoles 18 de marzo tuve la oportunidad de escuchar al propio Aute a mi lado, cantando a cappella esta canción que tanto había escuchado de niña. Fue en el Paraninfo de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, tras la entrevista que le hicimos Rubén Luengo, Sofía Nicolás y yo, durante la celebración del Día Mundial de la Poesía.

Aute, que acaba de publicar todas sus canciones en el volumen Claroscuros y otros pentimentos (Pigmalión, 2014), no concibe la distinción entre música y poesía: para él ambas realidades llegaron de la mano. Tampoco cree en el concepto de “cantautor” –antes prefiere, como él mismo confesó en la entrevista, el de “cantamañanas”-. Influido por Brassens, Brel y las obras de Paul Eluard en la década de los sesenta, sintió el influjo de la protesta social que embrujaba las letras de Bob Dylan, componiendo algunos de sus primeros temas, como aquel hondo y poético “Aleluya nº 1”.

Pero su pasión primera fue la pintura, que sigue cultivando, realizando numerosas exposiciones a nivel internacional. Aute es algo así como el artista integral, que toca todos los ámbitos: poesía, música, pintura, escultura… Y cine. El séptimo arte, que tiene un lugar preponderante en su obra musical –porque “toda la vida es cine y los sueños, cine son”-, también le ha atraído e inspirado, hasta el punto de dirigir varios cortometrajes y algún que otro largometraje.

El acto fue memorable: tras la entrevista, Aute leyó algunos de sus “poemigas” –una especie de greguerías- y se desató con una guitarra, improvisando “La belleza” y, para finalizar –y sin acompañamiento, esta vez-, “Al alba”. Para mí, fue una experiencia emocionante.

Con Luis Eduardo Aute, a la entrada del Paraninfo de la Facultad de Filología de la UCM
Con Luis Eduardo Aute, a la entrada del Paraninfo de la Facultad de Filología de la UCM

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A lo largo de la celebración del Día Mundial de la Poesía en la Universidad Complutense, hubo muchos más actos, conferencias, recitales y talleres, dirigidos por estudiantes de la universidad y poetas. Resultó una auténtica fiesta de la poesía, coordinada por Sergio Santiago y organizada por el Vicedecanato de Biblioteca, Cultura y Relaciones Institucionales de la Facultad de Filología, a cargo de José Manuel Lucía Megías. Un ejemplo para todas las universidades españolas: la demostración de que la poesía sigue viva, aunque Golpes Bajos afirmara ya en los ochenta que son “malos tiempos para la lírica”.

El espíritu de Velintonia

Recuerdo siempre la cordialidad, la simpatía con que Aleixandre me acogió. No sabía yo como él, regulando su jornada de manera precisa e invariable, dedicaba al reposo, para atender a su salud, las horas en que yo, sin previo aviso, había irrumpido con mi visita. Que rompiera su reposo para recibirme fue ya una gran gentileza. Era en su casa tan recogida y silenciosa, entre los árboles del Parque Metropolitano. En el salón, donde me habían hecho pasar, mientras anunciaban mi nombre, apareció un mozo alto, corpulento, rubicundo, de cuya benevolencia amistosa daban pruebas, ambas sonrientes, la entonación de su voz y la mirada de sus ojos azules.

(“Vicente Aleixandre”, Luis Cernuda)

Vicente Aleixandre y Luis Cernuda en 1927
Vicente Aleixandre y Luis Cernuda en 1927

Así describe Luis Cernuda su primer encuentro con su compañero de generación, Vicente Aleixandre (1898-1984), en 1927. Por supuesto, como telón de fondo aparece su célebre casa de la calle Wellington, número 3 –que después pasaría a llamarse calle Velintonia y más tarde, para desdicha del poeta, calle de Vicente Aleixandre-, situada en la zona de Metropolitano, en Madrid. Aquella casa, a la que Aleixandre y su familia se mudaron, precisamente, en 1927, resultó desde entonces inherente a su persona. Aleixandre era muy delicado de salud, por lo que salía poco y prefería recibir las visitas en su casa, que pronto comenzó a ser frecuentada por Cernuda, García Lorca, Gerardo Diego y el resto de poetas de la legendaria Generación del 27. Miguel Hernández, más joven que todos ellos, se convirtió en un incondicional. Mientras Lorca o Cernuda le daban la espalda, el bondadoso Aleixandre no solo le abrió las puertas de su casa, sino también las de su corazón, convirtiéndolo en uno de sus amigos más cercanos. Fue él quien veló por la publicación de gran parte de su legado después de morir Hernández en la cárcel como prisionero de guerra, en 1942.

Durante la Guerra Civil, la casa de la calle Velintonia sufrió el impacto de algún bombardeo, quedando destruidos los fondos de la biblioteca. Aleixandre fue uno de los pocos de la Generación del 27 que no marchó al exilio, no porque estuviera conforme con el nuevo régimen franquista, sino, sobre todo, por su delicada salud, que le obligaba a llevar una vida de reposo. Su obra Sombra del paraíso, publicada en 1944, se enmarca dentro de la corriente que Dámaso Alonso definió como “poesía desarraigada”, que ahonda en la angustia vital y la perspectiva existencialista, provocadas por la experiencia traumática de la guerra. Dámaso fue autor de otra obra situada en esta corriente, Hijos de la ira, publicada en el mismo año.

Jardín de Vicente Aleixandre.Medardo Fraile, Claudio Rodríguez, Carlos Bousoño, José Hierro, Vicente Aleixandre y Concha Lagos
Jardín de Vicente Aleixandre.Medardo Fraile, Claudio Rodríguez, Carlos Bousoño, José Hierro, Vicente Aleixandre y Concha Lagos

Ausentes la mayoría de los del 27, la casa de Velintonia se convirtió en lugar de reunión para los jóvenes poetas que contemplaban a Aleixandre como un maestro. Escritores de la talla de  Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma, José Manuel Caballero Bonald, José Hierro, Carlos Bousoño, Francisco Brines, Vicente Molina Foix, Luis Antonio de Villena, José Luis Cano; aún se pasean en el recuerdo por los jardines y los elegantes pasillos que una vez habitara la sonrisa amable de Vicente.

Tras la muerte de su hermana, Conchita Aleixandre, última habitante de la casa después del fallecimiento del poeta, esta quedó en un lamentable estado de abandono. A pesar de tratarse del hogar de un Premio Nobel –Aleixandre recibió este galardón en 1977- y de un lugar de reunión para varias generaciones de escritores y artistas, las administraciones públicas nunca han demostrado demasiado interés por comprarlo y convertirlo en un centro cultural o poético, como se haría en cualquier país civilizado. Por su parte, algunos herederos exigen precios desorbitados a las administraciones, alegando su valor histórico. Las administraciones esgrimen la vergonzosa excusa de que la casa ya no está amueblada. Ahora, este vano tejemaneje parece que ha terminado: los herederos han puesto a la venta el edificio, cuyo triste fin podría ser la demolición. El tiempo se agota y ningún mesías aparece para salvar a la poesía. La Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre, presidida por Alejandro Sanz, reivindica la memoria del poeta que persiste en su casa, y lucha para que esta pueda reconvertirse en una Casa de la Poesía. Sin embargo, las administraciones públicas permanecen escalofriantemente indiferentes.

Casa de Vicente Aleixandre contemplada desde el jardín
Casa de Vicente Aleixandre contemplada desde el jardín
Vicente Aleixandre en su salón, años ochenta
Vicente Aleixandre en su salón, años ochenta

En cualquier país europeo a excepción de España –país donde sólo el fútbol goza de privilegios y valoración social– considerarían una aberración la posibilidad de demoler la casa de un Premio Nobel, por muy desamueblada que esté. Siento una terrible impotencia  ante esta situación, en la que políticos tanto de derechas como de izquierdas han vuelto la cara.

El pasado viernes, asistí a la presentación del libro que acaba de publicar La Revista Áurea, de Miguel Losada, coordinado por Alejandro Sanz. Se titula Entre dos oscuridades, el relámpago, y en él escriben poetas como Caballero Bonald, Javier Lostalé, Luis Eduardo Aute, Pere Gimferrer o Vicente Molina Foix. Encontramos, además, un poema del ya fallecido José Luis Cano y un inédito del propio Aleixandre, “La vida”, que comienza así:

No te quejes de que los hombres sufran.

No te quejes, al despertar, de que todos los hombres sufran,

de que el dolor del mundo esté en las palmas de las manos,

mientras las plumas suaves vuelan libres, lejanas.

Manuscrito de "La vida", un inédito de Vicente Aleixandre de los años treinta (Archivo de Alejandro Sanz)
Manuscrito de “La vida”, un inédito de Vicente Aleixandre de los años treinta (Archivo de Alejandro Sanz)

El acto se desarrolló en el jardín de la casa de Velintonia, junto al hermoso cedro plantado por el poeta en los años veinte. La voz serena de Aleixandre, recitando, invocó el silencio de los doscientos asistentes y despertó temblores en las pupilas. El crepúsculo dio paso a la noche, una noche de verano precoz, que suspiraba brisa de la sierra cercana. Faltaron Caballero Bonald y Clara Janés, pero resultaron emocionantes los poemas recitados por Fernando Delgado, Molina Foix o Lostalé. Fue una velada mágica de poesía y de música, con el cantautor Luis Eduardo Aute interpretando tres canciones a modo de colofón final. Y la luna llena, sonriente como el rostro ovalado de Aleixandre, nos alumbraba.

Luis Eduardo Aute cantando en el jardín de la casa de Velintonia 3. Foto de El País
Luis Eduardo Aute cantando en el jardín de la casa de Velintonia 3. Foto de El País

Al terminar el acto, se nos ofreció la posibilidad de visitar la casa por dentro. Por primera, vez, crucé la puerta verde que tantas veces se había abierto en mi imaginación y en todos los libros de memorias y biografías que he leído. Nuestro guía, Alejandro Sanz, tenía que conducirnos con una linterna, porque solo algunas salas disponían de luz eléctrica. Las habitaciones, inmensas y vacías, con largas paredes verdes, descansaban en medio de un silencio en penumbra. Sin embargo, no tuve la sensación de hallarme en un lugar deshabitado, sino temporalmente en reformas. Parecía que la esquina más inesperada daría paso a una estancia donde encontraría a Aleixandre, repantigado en un sillón de oreja, flanqueado por Lorca, que reiría mientras contaba algo con su gracia granadina, y por Cernuda, armado de una sonrisa diminuta y prudente. La calidez que debió de existir no se había extinguido del todo. Desde el ventanal del salón de la planta baja, se adivinaba la luna llena alumbrando el jardín ahora asilvestrado. Me imaginé a Aleixandre allí parado, contemplándolo, y volviéndose hacia mí con una sonrisa acogedora. Y me sentí un poco más poeta porque, como tantos otros antes que yo, por fin había visitado la Casa de la Poesía, aunque fuera en las desérticas condiciones impuestas por el deshumanizado siglo XXI…

Calle de Vicente Aleixandre, número 3
Calle de Vicente Aleixandre, número 3

“Aleluya nº 1”, Luis Eduardo Aute

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Estas son las cosas que me hacen olvidar:

Una lágrima en la mano,
un suspiro muy cercano,
una historia que termina,
una piel que no respira,
una nube desgarrada,
una sangre derramada.
Aleluya.

Quince gritos que suplican,
una tierra que palpita,
la sonrisa de un recuerdo,
la mentira de un “te quiero”,
una niña que pregunta,
unos cuerpos que se juntan.
Aleluya.

Mil silencios de un olvido,
un amor que se ha perdido,
tres guirnaldas en el pelo,
el aliento de unos besos,
el perdón de los pecados,
unos pies que están clavados.
Aleluya.

La razón de la locura,
una luz de luna oscura,
unos ojos en la noche,
una voz que no se oye,
una llama que se apaga,
una vida que se acaba.
Aleluya.

Estas son las cosas
que me hacen olvidar
este mundo absurdo
que no sabe a dónde va.
Aleluya, aleluya, aleluya.

Una madre que amamanta,
tengo seca la garganta,
el color de un tiempo abierto,
un mañana siempre incierto,
el sudor en una frente,
el dolor de aquella gente.
Aleluya.

Una llaga que se cierra,
una herida que se entierra,
unos labios temblorosos,
unos brazos calurosos,
dos palabras en la arena,
una ola se las lleva.
Aleluya.

Un reloj con treinta horas,
el cartel de “no funciona”,
una piedra en el vacío,
otra piedra en el sentido,
una lluvia en el alma,
un incendio en las entrañas.
Aleluya.

Unos pasos sin destino
por cuarenta mil caminos,
un acorde disonante,
nueve infiernos sin el Dante,
unas flores en mi tumba,
siempre nunca, nunca, nunca.
Aleluya.

Estas son las cosas
que me hacen olvidar
este mundo absurdo
que no sabe a dónde va.
Aleluya, aleluya, aleluya…