En el aniversario de Rubén Darío

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Rubén Darío en 1915

Hoy Rubén Darío (1817-1916) hubiera cumplido 150 años y el mundo se debate entre el homenaje a su obra como uno de los pilares básicos de la poesía contemporánea y el extendido rechazo que produce a una parte del panorama literario actual el Modernismo, el movimiento que surgió definitivamente con la publicación, en 1888, de su obra Azul, y que se consolidó en 1896 con Prosas profanas.

Hay que señalar, no obstante, que en América ya existían autores premodernistas antes de 1888, como Vallejo Nájera o José Martí, y en España, Manuel Reina, Salvador Rueda o Amós de Escalante. Pero la primera obra de Darío se impuso como un estandarte celeste sobre todos ellos, marcando las líneas de la nueva estética, la primera en desarrollarse simultáneamente en ambos continentes.

El Modernismo nació rodeado de otros ismos de origen francés: el parnasianismo, el simbolismo, el decadentismo o el impresionismo. Por ello París fue la ciudad cosmopolita, el eje de los versos modernistas. La nueva estética, centrada en lo sensorial, apostó temáticamente por un escapismo hacia épocas y lugares remotos, hacia civilizaciones antiguas, exóticas u orientales. Dibujó amores imposibles y atormentados, bañados por una melancolía de atardeceres náufragos en jardines cuajados de estatuas y de vestidos de tul. Rubén Darío fue el verdadero creador de estas irreales realidades, el creador de versos como estos:

y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,
el sollozo continuo del chorro de la fuente
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.

(“Yo persigo una forma”, Prosas profanas)

O estos otros:

Mar armonioso,
mar maravilloso
de arcadas de diamante que se rompen en vuelos
rítmicos que denuncian algún ímpetu oculto,
espejo de mis vagas ciudades de los cielos,
blanco y azul tumulto
de donde brota un canto
inextinguible,
mar paternal, mar santo,
mi alma siente la influencia de tu alma invisible.

(“Marina”, Cantos de vida y esperanza)

Viajó por primera vez –y no última– a España a finales del siglo XIX, y conoció a una pléyade de jóvenes poetas como Juan Ramón Jiménez, Ramón María del Valle-Inclán, Jacinto Benavente o Francisco Villaespesa –el verdadero representante del Modernismo americano en España–, que rápidamente lo veneraron. Más tarde, conocería en París a Antonio Machado, autor de la excelente obra modernista Soledades, galerías y otros poemas. Tras su primer viaje, la poesía española adoró el Modernismo de Darío.

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Rubén Darío

“Nuestro prodigioso Rubén Darío”: así se refirió al poeta Rafael Alberti en sus memorias, La arboleda perdida, en las que constantemente trae a colación versos y reflexiones, aprendidos de memoria, del gran nicaragüense. Admite que comenzó a apasionarse con su poesía en los tiempos en los que aún no había comenzado a escribir versos, cuando todavía era aprendiz de pintor y pasaba los días vagando por los pasillos del Museo del Prado, entre las penumbras de Velázquez y las explosiones cromáticas de la Escuela Veneciana –Tiziano, Tintoretto, Veronés–. Los colores del Modernismo poético también explotaron en sus pupilas. Y así, consideró a Darío como “el nuevo Garcilaso para la lírica moderna de lengua hispana”. Para Alberti, Rubén sobresalía entre los poetas de su tiempo. Recuerda en La arboleda perdida una anécdota acaecida en Argentina:

Una vez que se habló de dedicar a Rubén Darío algún lugar de la ciudad o levantarle un monumento, yo propuse a algunos poetas amigos que en vez de una seguramente municipal y ridícula estatua se le dedicase uno de aquellos antológicos gomeros de la plaza de Lavalle, grabando el nombre del gran poeta nicaragüense en un simple anillo de bronce que abrazara uno de aquellos troncos.

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Facsímil de la primera edición de Cantos de vida y esperanza (1905)

Darío, a pesar del mármol desplegado por los jardines de sus versos, fue sobre todo y ante todo –como bien intuyó Alberti– el árbol robusto, aferradas sus raíces al suelo fecundo de la literatura del siglo XX; regado por las gotas de sangre indígena que circulaban por sus venas. Fue al final de su trayectoria, en Cantos de vida y esperanza, cuando idealizó a su continente, esa “América nuestra, que tenía poetas desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl”, la América en la que se refiere como “la hija del Sol” en su famoso poema “A Roosevelt”.

Siguió esta trayectoria: del refinamiento elegante y artificioso que contemplaba la ciudad de París como el eje del mundo moderno, a la reivindicación ensalzada de su tierra americana. Fue marcando el avance del Modernismo en América y Europa, alzándose como el “Príncipe de las letras castellanas”. Mantuvo su característica musicalidad en todo momento, el arcoíris de contrastes sensoriales que se paladea entre sus versos, y acabó decadente, brindando con el Marqués de Bradomín en el entierro de Max Estrella, en la imaginación de un Valle-Inclán que, tras abrazar con pasión el Modernismo, empezó a contemplarlo como una huella del pasado:

Levanta su copa y, gustando el aroma del ajenjo, suspira y evoca el cielo lejano de París. Piano y violín atacan un aire de opereta, y la parroquia del Café lleva el compás con las cucharillas en los vasos. Después de beber, los tres desterrados confunden sus voces hablando en francés. Recuerdan y proyectan las luces de la fiesta divina y mortal. ¡París! ¡Cabaretes! ¡Ilusión! Y en el ritmo de las frases, desfila con su pata coja Papá Verlaine.

(Ramón María del Valle-Inclán, Luces de bohemia, 1924)

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Valle-Inclán caricaturizó a Rubén Darío en su esperpéntica obra de 1924 Luces de bohemia

Y aunque algunos, como Alberti, continuaron reconociendo su imprescindible magisterio, lo cierto es que los presupuestos modernistas comenzaron a rechazarse por resultar, para muchos, vacíos y frívolos. Sin embargo, su influencia, más o menos subterránea, pervivió a lo largo del siglo XX –¿alguien puede negar todo lo que le debe la poesía lorquiana, sin ir más lejos?– y permanece viva, aunque a parte de la poesía contemporánea le moleste el preciosismo sensorial, por estar éste lejos de la abstracción intelectual pseudo surrealista y de la llamada “poética de la experiencia”, las dos variantes que se dibujan con mayor precisión en el panorama de nuestros días.

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Sello conmemorativo de Nicaragua del primer centenario de Rubén Darío.

Yo misma no puedo negar el magisterio de Rubén, ni que fue él quien me atrajo primero a la poesía con sus mundos azules encantados, sus princesas de labios de fresa, sus cisnes y sus melodías orientales, las leyendas remotas de jardines y melancolías al amparo del cielo lluvioso de un París que ya jamás contemplaremos. No puedo negar que, a día de hoy, es el poeta –a excepción de Cernuda, quien, por cierto, lo criticó con ironía en sus ensayos– de quien más versos podría recitar de memoria, y no porque me haya esforzado por ello, sino porque dichos versos se me grabaron a fuego en la adolescencia, llenando los míos de alas blancas y valses.

Y ahora, cuando la realidad me abofetea, a veces reniego de esta primera influencia tan determinante, y me afano por otorgar a mis poemas un aire menos encantado, más realista, y vivo con Rubén una relación extraña, a medio camino entre el amor resignado y el odio cariñoso. Porque me es imposible desterrar esa parte de mí que todavía sueña con cuentos de hadas y con pasear bajo la lluvia por las calles de un París imposible, junto a un hombre misterioso con abrigo gris, que después besaría mi sueño entre gatos blancos de angora y jarrones de porcelana china.

Esta reflexión me anima a finalizar mi humilde homenaje con un pequeño poema que escribí en 2014, en uno de esos raptos antimodernistas que a veces, sin mucho éxito, me asaltan:

Fin de un amor

Viejo, tonto Rubén, Rubén de mis amores,
mi Rubén tan querido y tan equivocado:
los cisnes nos conducen a la muerte,
pierden su embrujo triste
bajo el foco infinito de la mediocridad;
la sordidez de los presentes nos obliga a arrancar,
una a una, las plumas de sus alas;
el amor es un sueño que no se acabará de realizar.
No, Rubén, ya no es tiempo de caminar juntos, los dos,
desenvolviendo azules: yo he venido
–citando a José Hierro- para decirte que no volveré nunca
y que ya nunca podré olvidarte.

23 de mayo de 2014

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Los Bardos: un año después

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De izquierda a derecha: Alberto Guirao, María Caballero, Andrés París, Fran Raposo, Marina Casado, Javier Lozano, Déborah Alcaide, Rebeca Garrido, María Agra-Fagúndez. En primera fila: Alberto Guerra. Fotografía de Bárbara Díez

El siglo XXI tiene a veces rasgaduras en su perfecto manto de indiferencia. Rincones diminutos en los que no ha pasado el tiempo, en los que podríamos regresar a los felices años veinte y creernos parte de una generación literaria. Qué diablos, ¡ya lo somos! Dejemos huella o no, lo somos. Es emocionante para mí poder recitar poesía y escuchar la de mis amigos delante de un café mientras el frío arremete contra los cristales suntuosamente decadentes del Pabellón del Espejo, en pleno Paseo de Recoletos.

Hace ahora un año del nacimiento de los Bardos, en aquel homenaje a la colección “El Bardo” de la editorial  Los Libros de la Frontera, que tuve el honor de presentar. Se celebró en la Casa del Lector de Madrid y recuerdo que, tras el acto, nos reunimos para recitar en una terraza cercana. Alberto Guerra, poeta canalla y fundador de Séxtasis Ediciones, fue quien me dio la idea: ¿por qué no crear un grupo en el que incluir a todos los que habíamos participado y alguno más? Un grupo que, en recuerdo del acto que lo originó, se llamaría “Los Bardos”.

Un año después, somos muchos más bardos de los de aquel tímido comienzo. A menudo, conseguir ponernos de acuerdo con las fechas para reunirnos se convierte en una lucha de titanes, porque, en el s. XXI, la vida humana se convierte en una suerte de caleidoscopio con numerosas ventanas y tareas y compromisos. Pero nadie nos puede negar la pasión, una vez que lo conseguimos.

El pasado domingo, chorreaba poesía de nuestros labios y de nuestras miradas. Como siempre, o tal vez como nunca. Un año después, allí estábamos. Algunos del comienzo; otros, incorporados a mitad de camino. Pero todos con la ilusión a flor de piel. Leí los versos de mi poemario inédito y escuché los de mis compañeros: la hondura frágil tamizada de oscuridad, plagada de emociones abrasadas, de Rebeca Garrido, las citas transparentes y sinceras de María Agra-Fagúndez, que se clavan como saetas en el corazón. La magia arcaica de Grecia traspasando las palabras de ceniza de Déborah Alcaide, las declaraciones audaces y entrañables de Alberto Guerra. Su tocayo, Alberto Guirao, resucitó un poema de su primer libro, aquel mítico Ascensores que me dedicó cuando aún estábamos los dos en la facultad, haciendo Periodismo. Ya tenía ese aire surrealista y desenfadado a un tiempo que lo caracteriza. Javier Lozano nos enseñó su simbolismo romántico de bosques incendiados y ojos imposibles. También estuvo Fran Raposo con su primer poemario, Grietas vitales, que posee la elegancia de los clásicos, de aquellos “poetas andaluces” que cantaba su paisano Rafael Alberti. Y nuestro benjamín y reciente incorporación, el genial Andrés París, que a sus 21 años es capaz de estremecer con sus versos oscuros y humeantes, reunidos en su segundo poemario, Entre el infinito y el cero, y en otro poemario inédito.

Nos acompañaron las periodistas María Caballero, irreverente e ingeniosa prosista, y Bárbara Díez, que tuvo a bien escribir una original crónica de nuestro encuentro. Y faltaron destacados bardos como Eric Sanabria, Andrea Toribio o Conchy Gutiérrez, entre otros, a quienes los compromisos no les permitieron acudir.

Gracias por una velada más a vuestro lado, celebrando la poesía, compañeros. No sabemos lo que nos deparará el futuro en nuestras carreras literarias, pero los recuerdos permanecen. Porque, como escribió Lorca en la “Oda a Salvador Dalí”:

No es el Arte la luz que nos ciega los ojos.
Es primero el amor, la amistad o la esgrima.

“Transpoética”, de Leo Zelada: vivir y sangrar la poesía

La poesía está de moda. El auge de Facebook, Twitter, Youtube y demás redes sociales ha contribuido a la creación de hordas de “poetas” que buscan desesperadamente la fama, el aplauso fácil y el like, exponiendo de forma más o menos lírica sus aventuras y desventuras íntimas o sus opiniones superficiales sobre la sociedad. La poesía está de moda porque se constituye como el género ideal para las redes sociales. Resulta inconcebible publicar una novela en Twitter, pero los “micropoemas” están a la orden del día –y del retuit-. Lo “micro”, precisamente, es lo que fomenta la cultura digital que invade nuestro presente. También está el concepto de poesía como espectáculo y, por él, el término “poesía” ha engordado peligrosamente hasta abarcar formas tales como las slam poetry –que de poetry tienen muy poco.

transpoetica_1En estos “malos tiempos para la lírica” surge de repente el nuevo poemario de Leo Zelada, que se erige como eficaz revulsivo contra toda esta pléyade de poetas tuiteros, “youtubers”, raperos. Lo es por lo que dice y por cómo lo dice. Porque Zelada escribe poemas extensos, pero también poemas cortos, incluso micropoemas, demostrando que las formas breves en la poesía no son sinónimo de superficialidad. Y su libro es y quiere ser una bofetada lírica e ingeniosa contra los falsos poetas, una reivindicación de esa vocación literaria que conduce irremediablemente hacia la bohemia. Más allá de la crítica, contenida sobre todo al final del libro, Zelada abre las puertas de su alma lírica a los lectores.

El poemario, titulado Transpoética (Vaso Roto, 2016), se divide en cuatro partes cuidadosamente trazadas por su autor. En la primera, asistimos a la creación del universo-poema en “Big Bang”:

En este instante como el agua, todas las constelaciones del universo
caben en mi mano.

Decía Huidobro que “no se debe cantar a la rosa, sino hacerla florecer en el poema”. Así, Zelada se convierte en su obra en un dios poético con el poder de crear mundos. Nos trae súbitamente el universo, con ese Big Bang cuya explosión centellea a lo largo de todo el libro. ¿Y qué es la literatura, sino la capacidad de crear universos? ¿No son los poetas, como decía Cernuda, los elegidos de los dioses para transmitir el secreto de la naturaleza a los hombres? En la poesía de Zelada, la naturaleza –el viento, el mar – tienen esa misma capacidad creadora. El poeta fija su atención en detalles insignificantes, como una hormiga roja, hacedora de auroras boreales. Escucha a esa naturaleza y ella le habla. Hay en esta primera parte una dimensión casi mística cuando trata de explicar el momento de creación, la división del fenómeno poético en materia y silencio, que también lo dividen a él mismo.

En la tercera y en la cuarta parte se expone el día a día del “oficio” de poeta. La cuarta parte es, a mi juicio, la más valiente, la que no puede dejar al lector indiferente. La apoteosis final de la obra. En ella hallamos poemas impactantes y precisos como “Dark Poetry”, “Underground Poet”, “Transpoética”. El mismo autor que se fundía con la calma azul del mar y del cielo escupe ahora sangre con destellos de poesía, vaga por la noche de Madrid y se convierte en la noche de Madrid. No es una poesía egocéntrica, aunque emerja de un alma solitaria: vuelve la mirada a las personas que duermen en la calle, a los desfavorecidos, a los grupos con los que se va cruzando. Denuncia la banalidad en la poesía y crea una valiente declaración de intenciones:

Yo no caigo en el cuento de la autocompasión. Ni el de tus rimas edulcoradas.
ni el de tus rapeos demagogos.
La rebeldía falsa que acaba cuando llegas a la casa de tus padres.
La poesía no es un circo.
Si un poeta no habla de lo humano, entonces no es poeta.

En toda la obra, se refleja la vasta formación cultural a través de constantes referencias a los clásicos universales –Kafka, Borges, Pessoa, Bolaño, Baudelaire, Vallejo, Beckett, Poe, Rimbaud, Cervantes, Quevedo, Lope de Vega…-. El autor no se limita a citarlos, sino que se traslada a su universo de ficción –por ejemplo, cuando se convierte en el escarabajo de Kafka en “Travesía hacia Andrómeda”- o los introduce en su irreal realidad en el fabuloso poema final que le da título a la obra: “Transpoética”. En él, conversa con Cervantes y Lope de Vega, discute con Bolaño, interrumpe el sueño de Borges a altas horas de la madrugada. El tiempo, dentro del universo lírico de Zelada, se relativiza y destruye las fronteras entre pasado y presente.

También la tradición clásica deja una huella importante en la obra, demostrada en numerosas alusiones. El poeta recibe el legado de Horacio frente al mar en “Ataraxia” y se considera un Prometeo, por llevarle el fuego de la poesía a los hombres. Ítaca para él es la poesía y uno de los atajos para regresar lo constituye el amor. El amor, que también lo hace fundirse con la naturaleza en “Afrodita”. La paz, la sensación de bienestar y de cierto apartamiento que se respira en los poemas más marítimos contrastan con la rebeldía del Zelada de otros poemas, de este “Underground Poet” que arremete contra la falsa moral y se funde con la urbe y con la noche.

Aunque no lo menciona, el espíritu ingenioso de Gómez de la Serna, inventor de la greguería, reluce también en algunos versos: “Un poeta es un mendigo de metáforas”, “Una biblioteca a la intemperie / puede ser un paraíso / para los bárbaros”.

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La obra se constituye como una exposición de la poética de su autor ya desde el título, Transpoética, que alude también al viaje, al dinamismo de un poeta que ha viajado por gran parte de América y Europa, estableciéndose finalmente en Madrid, ciudad que ha bautizado como “la nueva París literaria” en los ya célebres encuentros poéticos en los que reúne a escritores de todo lo largo y ancho de este mundo. En uno de estos encuentros tuve la suerte de conocerlo cuando él me ofreció amablemente participar. Por detrás del poeta, de Leo Zelada, se esconde el hombre: Braulio Rubén Tupaj Amaru Grajeda Fuentes (Lima, 1970); un hombre introvertido que, según dice él mismo, no se siente cómodo entre las multitudes. Y que, sin embargo, no duda a la hora de ayudar a los que empezamos, de darnos la oportunidad de recitar en sus encuentros e incluso de ofrecernos consejos. En Leo Zelada, el hombre es también el poeta. Quedan pocos como él, que vivan en esa especie de bohemia de otra época en la que la poesía es el aire que se respira. Su pasión es admirable. Y pasión y talento han sido lo que lo han convertido en autor de seis poemarios, una novela y numerosas traducciones y antologías, y ganador, en 2015, del premio Poetas de Otros Mundos, otorgado por el Fondo Poético Internacional de España.

Él mismo afirma que su último poemario, Transpoética, es su obra más lograda. Sin lugar a dudas, es un libro que no puede dejar indiferentes a sus lectores.