Nueva Orleans

 

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Recuerdo cuando fuimos inmortales.
La luz de media tarde
desparramaba sus cabellos de oro
sobre el sofá.
La vecina del cuarto, aquella niña llamada Mara,
canturreaba una canción de plastilina
en los oídos de las hadas
que nunca se atrevieron a buscarnos.
Mara tenía la mirada bovina
y una ancha sonrisa confiada y patética
colgando con lustrosa placidez de las mejillas.
Yo siempre tuve las pupilas demasiado grandes.
Alguien hablaba de Nueva Orleans
y yo veía las trompetas conviviendo
con las luces rojizas de los bares,
sombreros desgastados, calles amargas
perfiladas de risas en el anochecer.

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“Las gramáticas del tiempo”, de Fco. Javier Gallego Dueñas

img_74396La gran incógnita del tiempo, que se dilata y se reduce, que vuela o se detiene, ha preocupado al ser humano desde que tenemos conciencia. Los poetas, pensadores extremistas, soñadores inconclusos, han tratado de analizarlo en sus versos. Se asombraba Cernuda, en Desolación de la Quimera, de la supervivencia de su propio deseo cuando ya la edad había hecho mella en su cuerpo. Años más tarde, Gil de Biedma empezó a comprender aquello de que “la vida iba en serio”.

También la poesía contemporánea profundiza en el tema, a pesar de que gran parte de lo que hoy se escribe no pueda calificarse como “poesía” y esté muy lejos de toda profundización. No es el caso del roteño Francisco Javier Gallego Dueñas, que acaba de dar a luz un primer poemario en el que se adentra por los misteriosos y paradójicamente familiares vaivenes del tiempo en una vida cotidiana. Las gramáticas del tiempo, publicado por la nueva y prometedora editorial gaditana Takara, en su colección “Helena”, constituye un refugio contra el tiempo, elaborado de tiempo. Como afirma acertadamente Mercedes Márquez Bernal en el prólogo: “Los días y sus placeres cotidianos nos salvan de un amplio océano donde nos perdemos”.

Comienza la obra con un ejemplo de metapoesía en la que el autor muestra abiertamente sus cartas, implicándose en la escritura hasta el punto de hacerla sangre: “En el poema, / las palabras, los ritmos, / las imágenes van y vienen. / Tú pones la piel”. No es Gallego un poeta que contemple sus propios versos desde la distancia, como la superficie de un mar tranquilo y sosegado presentido desde la orilla. No; entre las olas de palabras, metáforas y luces, nada el poeta. Se ahoga el poeta. Es esta implicación, este compromiso, lo que también compromete o absorbe al lector, que hace suyas las experiencias.

A esta identificación también contribuye el hecho de que dichas experiencias se mueven en la cotidianidad: en la vida apacible de una persona corriente que, en numerosas ocasiones, vuelve la vista atrás con sorpresa por los años transcurridos. El poeta fluye por un túnel de años y, al detenerse, ocasionalmente se angustia: “la sombría sospecha de un pasado, / la inconfundible acidez / que el tiempo deja como un poso”. En estos momentos considera el hecho de cumplir años “la condena”.

En su mirada angustiada, es consciente de que carga con el peso de toda la humanidad: “Todos tus antepasados pesan / y eres heredero de todos sus pecados”.

Desde una perspectiva madura, contempla la juventud —estación pasada— con indulgencia, subrayando su indiferencia hacia los tiempos pretéritos: “La juventud, a veces, solo aspira / a que el mundo aparezca como nuevo”. Los jóvenes no cargan aún con el peso de la angustia, no son conscientes de ese pecado compartido que sus ascendentes les han brindado. Hay algo grande y magnánimo, humano y valioso, en el envejecimiento, una idea que refleja en “[La persistente impertienencia de los objetos…]”. La necesidad de recordar los orígenes —que la juventud no acaba de comprender— genera un compromiso vital que se mezcla con el compromiso social y político: la lírica como “combate”, la metáfora como “acto de traición”, el verso como “desobediencia”.

También vuelve la mirada hacia delante, hacia sus descendientes, que él llama “su legado”. Proyecta una presentida continuidad —“y seguirán las amapolas brotando entre las zarzas”— que recuerda a aquellos versos juanramonianos de “El viaje definitivo”: “Y yo me iré. / Y se quedarán los pájaros cantando”. Tal vez con afable pesimismo, afirma: “Sospechamos entonces que se malgastarán / nuestros ínfimos recursos, / pero perdurarán nuestros defectos”.

La ocasional angustia originada por el paso de los años encuentra un final en el amor, que fluye a lo largo de las experiencias cotidianas reflejadas y acompaña al poeta en toda la obra. El amor es la salvación del mundo, la parálisis del tiempo, como queda reflejado en “Los placeres y los días”: “cuando tú y yo sólo éramos tú y yo / y el mundo podía desaparecer tras la ventana”.

Unida al amor, la filosofía de Heráclito —al que menciona en “La memoria del río”— sobrevuela la obra y es la que borra toda angustia al permitir vivir al poeta, día tras día, un nuevo amanecer, un nuevo enamoramiento: “Celebrar que cada roce de la piel / es el primer roce de mi piel con la tuya”, “seremos nuevos amantes cada día”.

Implícitamente, es posible percibir también la huella de Ángel González, en su manera de elevar lo cotidiano —rasgo compartido por toda la Generación del 50— a una experiencia única, sacralizada. En “Los placeres y los días” y “Rendirme al pecado de tu boca”, el poeta traza una suerte de geografía de la mujer —“la arena cálida de tu piel”, “el estanque de tus ojos”— que puede hallarse en González. Con él comparte también la conciencia de esa herencia depositada en sí mismo por sus ancestros, tan importante en el célebre poema “Para que yo me llame Ángel González”.

Continuando con las referencias, es posible encontrar el espíritu de “A un olmo seco”, de Machado, en “El árbol”; pero el poeta nos ofrece un final feliz, una esperanza victoriosa en la que el árbol sí revive: “Recordarás aquel invierno que parecía / que no iban a salir las flores, / parecía que estaba muerto, / y las flores salieron”. También surge Bécquer, más explícitamente: “los suspiros que son aire y van al aire”, y el mito griego de Edipo: “Sólo soy el padre al que matar”.

La tradición, como vemos, está presente en Las gramáticas del tiempo, pero el poeta no se ancla en el pasado y la combina con las realidades del presente, logrando genialidades como “La intimidad del Whatsapp”, en la que traslada la famosa aplicación a un plano romántico. De este modo, Gallego juega también con el tiempo. En su afición por abarcar pasados, presentes y futuros, crea el concepto de “mapa temporal”: “mentirán los mapas si no hallamos / enmarcados en ellos los recuerdos”.

Se trata de una obra muy personal, íntima y al mismo tiempo universal, que analiza los engranajes del tiempo y a sí mismo en este fluir de años. Sentencia: “Madurar es darte cuenta de que / el traje que habitas es tu propia piel”. Y hay una lucha constante contra la máscara: “renunciar a las obsesiones / es siempre una derrota”.

Finalmente, el poema que da título a la obra constituye un homenaje al propio tiempo, una reverencia dócil ante el más poderoso de los escribas: “El tiempo escribe con caracteres / […] de arrugas, / sobre el cuaderno de la memoria”. Presiente el poeta una armonía en su actuar que no todos detectamos, y admite: “creemos que comete faltas de ortografía y dicción. / Son nuestros oídos sordos al dictado del tiempo”.

Francisco Javier Gallego Dueñas es licenciado en Historia Medieval y Doctor en Sociología. Fue uno de los miembros fundadores de la revista literaria Voladas, en la que actualmente trabaja como editor. Ha participado en diversas revistas literarias y aparece en las dos Antologías de Escritores Roteños y en el Primer Concurso de Microrrelatos (Sora Ediciones, 2016).

Andrés París: mirar el mundo con ojos de verso

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Andrés París recitando en el Museo de la Ciudad de Móstoles, en una actividad organizada por la Asociación Cultural Naufragio. Fotografía: María del Río-Ángel Aranda (acnaufragio.blogspot.com)

El poeta también se encuentra en la mirada y Andrés París (Madrid, 1995) contempla el mundo con ojos de verso. Observador, atento, brillante; su timidez y discreción habituales dan paso, en el escenario, a un excelente rapsoda que se mueve como pez en el agua y es capaz de despertar emociones en los labios de sus afortunados espectadores. Y es que, además de ser poeta, Andrés ha hecho sus pinitos en el mundo del teatro. Su participación más reciente puede encontrarse en la obra Azul de metileno —basada en El árbol de la ciencia de Pío Baroja—, en la que encarnó al cínico personaje de Julio Aracil. La obra fue estrenada en noviembre de 2016 en el teatro OFF Latina de Madrid. En el terreno interpretativo, también hay que señalar que obtuvo el primer puesto en el popular Slam Poetry de Madrid en 2015, con un poema que desafiaba la habitual mediocridad “antipoética” de estos eventos.

Yo lo descubrí en su faceta de “poeta científico”, una categoría cuya existencia desconocía hasta entonces. A caballo entre las humanidades y las ciencias más puras, es graduado en Bioquímica por la Universidad Autónoma de Madrid y cuenta con una sección propia en la revista científica Principia, donde ya ha publicado dos ingeniosos poemas en los que desmonta el mito de la supuesta incompatibilidad entre ciencias y letras.

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De izquierda a derecha: los poetas Aureliano Cañadas, Andrés París y Javier Díaz Gil, junto al editor José María Herranz, durante la presentación de Entre el infinito y el cero en La Casa Encendida

Fue en otoño del año pasado cuando se incorporó al grupo poético de Los Bardos, convirtiéndose así en el segundo miembro más reciente, después de la filóloga J. L. Arnáiz. Sin embargo, debe gran parte de su aprendizaje poético a la tertulia Rascamán, coordinada por el poeta Javier Díaz Gil. Además, ha pertenecido al grupo poético juvenil “Diversos” del centro de Poesía José Hierro —donde coincidió con otra barda, Debbie Alcaide— y de más tertulias literarias, y sus insobornables convicciones morales y artísticas lo han conducido a ser expulsado de alguna otra.

Gran admirador de Arthur Rimbaud, se halla muy lejos, sin embargo, de poder ser considerado un enfant terrible, puesto que es amante de la calma, la moderación y el pensamiento racional, lo cual no impide un apasionamiento vital que refleja en sus versos, mezclándolos con su particular y quieta melancolía: la melancolía del observador que combina sagacidad y ternura. La influencia de Verlaine se limita, pues, a la precocidad creativa y a un simbolismo muy del gusto del s. XIX.

Este simbolismo se mezcla en su poesía con una suerte de surrealismo muy plástico, muy sinéstesico, generador de un universo de belleza extraña y acristalada que envuelve al lector. El eje incuestionable de su poética es, como ya señalara Javier Díaz Gil, “la creación de imágenes”. Imágenes violentas, chocantes o frágiles; próximas, en algunos casos, a la greguería; poseedoras, todas ellas, de una extrema delicadeza que baila con los cinco sentidos, confundiéndolos.

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No puedo aportar ejemplos ilustrativos de su obra más reciente, con el fin de respetar el carácter inédito de la misma. Sin embargo, el lector interesado cuenta con la posibilidad de acudir a sus publicaciones en revistas —Cuadernos del matemático, Luces y sombras, Saigón—, a alguna antología —Cuaderno de Bitácora. Antología de la tertulia Rascamán (Poeta de Cabra, 2016), Arrecife de Naufragios (Segunda Antología Saigonista)— y a sus dos poemarios: Sonetos y velas vanguardistas (Círculo Rojo, 2011) y Entre el infinito y el cero (Poeta de Cabra, 2015). El primero constituye un precoz alumbramiento poético, obra de un adolescente —el autor tenía quince años en el momento de la publicación— que ya se anuncia como promesa, introduciendo su original imaginería literaria, enmarcada en un formato clásico de sonetos, coplas, romances. Entrañable e insolente, criticable y digno de admiración.

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Andrés París presentando su segundo poemario en Córdoba. Foto: acnaufragio.blogspot.com

Es el segundo poemario en el que pretendo centrarme, por ser el más reciente, una de cuyas composiciones le sirvió al poeta para resultar finalista del Premio Poeta de Cabra 2016. Lo primero que encuentro al respecto del libro en Internet es una cuestionable crítica en un blog, Vallenegro, en la que se define como “difícil, terriblemente difícil”. El autor de dicha reseña se queja de tener que dedicarle “un grandísimo esfuerzo que incluso puede generar una cierta decepción”.

Para empezar, considero bastante arriesgado despachar un libro de poesía con el calificativo de “difícil”. ¿Qué habría pasado si la crítica hubiera hecho lo mismo con Poeta en Nueva York de Lorca o La destrucción o el amor de Aleixandre? Por otra parte, el esfuerzo por parte del lector suele ser inherente al género lírico, caracterizado por extremar la función poética del lenguaje. Desgraciadamente, vivimos tiempos en los que se considera poesía a frasecillas ingeniosas o bobas, soeces en algunos casos, para todos los públicos, que en mis años escolares se escribían en las agendas entre clase y clase. Tal banalización del concepto de la poesía ha popularizado el género, pero a la vez le ha restado calidad. En los versos de Andrés París, sin embargo, seguimos encontrando la intrínseca elaboración y la profundidad reflexiva del siglo pasado. No resulta casual que el autor resultara finalista en 2013 de la III Olimpiada filosófica de Madrid con una disertación sobre la realidad. La filosofía, la reflexión, ocupan también su lugar en las páginas de Entre el infinito y el cero. Por todo ello, la decepción no es, en absoluto, el sentimiento que genera el entendimiento de la obra.

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Entre el infinito y el cero plantea el comienzo y el desarrollo de una guerra desde los ojos del protagonista, un muchacho que contempla cómo el mundo que conocía se modifica radicalmente y sus seres queridos cambian del mismo modo o desaparecen, mientras él se resiste inútilmente a este cambio y, al final, acaba por abrazarlo. La guerra, en mi interpretación, constituye la alegoría del paso de la adolescencia a la madurez, necesario y traumático. “Tengo la suerte de no saber / cómo es un campo de batalla, / y la desgracia de saber cómo lo imagino”, escribe el poeta. El campo de batalla, ese mundo adulto, es algo que él contempla todavía desde la distancia, en el que sí participan sus padres, en cuyo contexto él se siente inútil: “Será que mi madre hace demasiado, / mi padre lo que puede, / y yo, sinceramente, incordio”.

El mundo quieto y atemporal de la infancia es representado por la habitación, el cosmos de paz que protege al poeta del exterior, aunque a veces se vuelva jaula o “cámara revólver”. En la guerra a la que se enfrentan, todo tiende a la deshumanización: el poeta se vuelve una “masa de sangre”, hay “pocos hombres”. El padre y la madre representan lo humano, la cara amable y protectora de esa infancia que se desvanece. El adiós del padre —de la seguridad, de la protección— da paso, reveladoramente, al poema “Máquinas”, deshumanizado desde el título. En este sentido, de la primera parte del poemario destaca la prosa poética “Las cartas que me hubiera escrito mi padre”, un ejemplo de genialidad poética. Es reseñable también la aparición, en esta parte, de la figura de la gata como una encarnación de la soledad o un presagio de la muerte que se avecina. Su nombre, Luna, la relaciona con un símbolo de la muerte en el imaginario lorquiano, un poeta cuya influencia recibe, sin duda, Andrés París. La muerte reaparecerá en forma de caballo —de nuevo, Lorca— en la segunda parte.

La lluvia, otro símbolo del cambio, salpica el final de la primera parte en el poema “Tierra”, donde hallamos un guiño al universo modernista de Rubén Darío: “Una sonatina cubre el luto de la princesa”.

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Diseño inédito de Andrés París para la portada de Entre el infinito y el cero

En la segunda parte, el yo poético contempla ya el mundo desde el cristal de su inexperta madurez. En el poema “(Cero)”, se refleja el aprendizaje y el poeta contempla la realidad como “potencia infinita”, aunque confiesa: “la ignorancia me devora”. Este afán de conocimiento incide más adelante, en otro poema: “para llenar el cántaro / con el hondo que no se alcanza”. En “(Al ego absorbente)” percibimos una lucha interna y la resistencia del protagonista a madurar. Reconoce: “Cómo odio a mi yo del pasado”. Unos versos después: “La juventud encarna orgullosa / el espíritu de la contradicción”.

En “(A un anochecer no cualquiera)”, el poeta contempla desde la distancia el juego de seducción propio de la adultez: “las jóvenes eligen sus vestidos / para el baile perpetuo de los enamorados” y confiesa, situándose al margen: “Yo, necesito a mi Luna”. ¿Qué enigma encierra esta confesión? Podemos deducirlo más adelante.

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El poeta firmando en Lucena Entre el infinito y el cero. Foto: acnaufragio.blogspot.com

En “(A los opacos)”, menciona la existencia de una venda que le cubre los ojos que durará hasta “El día que me venga la luz / y me suscite la libertad de movimientos”. La venda se relaciona con el “sendero penumbra” desvanecido, de nuevo, bajo un alumbramiento. Dicha luz o alumbramiento simboliza el amor, igualado a la música en “(A la melodía de la luz)”, que desata al fin la venda de sus ojos. El amor es encarnado por una niña de blanca sonrisa, “demasiado joven y hermosa”. En “(Al leve ascenso)”, encontramos la pista definitiva acerca de su identidad: “Subamos escaleras / tras el rastro de la poesía”. En efecto, esa “luz cristalina” que destierra las tinieblas es la poesía, la inspiración poética, que surge en soledad. Por eso, mientras el resto del mundo participa en el juego del amor, el poeta se pregunta por su Luna, esa soledad vestida de gata que le conduce al alumbramiento poético.

Por tanto, Entre el infinito y el cero constituye una obra en la que el protagonista se enfrenta a la madurez, primero en forma de guerra sangrienta que se suaviza en la segunda parte, donde encuentra al fin el camino para avanzar por ese nuevo mundo, y no es otro que la poesía. En el último poema, contemplamos al poeta, más en paz consigo mismo, en pleno rapto de inspiración, mientras un gato —de nuevo, un felino—hace una casa de papel con los restos de sus poemas.

Sin duda, Andrés París, igual que el protagonista de su segundo libro, ha elegido mirar el universo con ojos de poesía.

Con Rafael Alberti en la Feria del Libro de Madrid (II)

El pasado domingo 11 de junio regresé a la Feria del Libro para firmar mis obras. Era el último día y un apretado calor veraniego envolvía el ambiente. Firmé numerosos ejemplares de mi nuevo ensayo albertiano y también varios de los dos poemarios, Los despertares y Mi nombre de agua. Muchas gracias a todos los que os pasasteis. Os dejo aquí una selección de fotografías realizadas por Javier Lozano:

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Después de las firmas, tuvo lugar la primera reunión de los Bardos, mi grupo poético, con José María de la Torre, director de Ediciones de la Torre; para preparar un proyecto que se convertirá en el acontecimiento literario de 2018. Pronto iré dando más detalles…

 

Los 90 del 27 en el Ateneo de Madrid

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Célebre foto de la Generación del 27 en el tercer centenario de Góngora, en Sevilla, 1927. De izquierda a derecha: Rafael Alberti, Federico García Lorca, Juan Chabás, Mauricio Bacarisse, José María Platero, Manuel Blasco Garzón, Jorge Guillén, José Bergamín, Dámaso Alonso y Gerardo Diego

Nunca ha brillado tanto la poesía en España como en aquellos años de esplendor en los que los poetas de la Generación del 27 enarbolaban sus versos por nuestros cafés, por nuestra Residencia de Estudiantes, por las noches insomnes en las casas de Aleixandre, de Neruda, de Carlos Morla Lynch. La Guerra Civil los separó, pero desde el exilio o desde una España torturada por la dictadura franquista —la España del hacha, que diría el prometeico León Felipe—, cada uno de ellos continuó escribiendo magníficas obras que contribuirían a forjar el esqueleto de la literatura en lengua española. Hubo una excepción, trágica y escalofriante: Federico García Lorca no pudo componer más versos, porque su voz y su vida le fueron arrebatadas en aquel fúnebre agosto de 1936.

No podría comprender hoy la poesía sin la existencia del deseo adolescente cernudiano, sin los mares azules de Alberti, sin el duende de Lorca o los callados enigmas aleixandrinos. La Generación del 27 constituyó un equilibrio perfecto entre la tradición y la vanguardia, y he ahí una de las claves de su esplendor. Y sin embargo, parte de los poetas y poetastros de mi generación se resisten a su influencia por considerarla una poesía caduca, y los clásicos españoles hoy son rechazados en buena parte de los ambientes poéticos juveniles. Apostar por la tradición actualmente es, casi, una forma de vanguardia. Por eso, cuando critican mi poesía por parecerse demasiado a la del 27, me siento halagada. A mucha poesía actual le falta la música; esa música que plasmó Verlaine en sus versos y que enarboló con orgullo Rubén Darío y que recogerían también poetas como Lorca o Alberti.

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Miguel Losada y Alejandro Sanz presentando el homenaje a los 90 años de la Generación del 27 en el Ateneo de Madrid

No debería ser necesario reivindicar la Generación del 27, porque ella brilla por sí misma. Sin embargo, tristemente, se impone hacerlo. Por eso me alegró tanto la última iniciativa de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid, consistente en un homenaje por el nonagésimo aniversario de la Generación del 27. Alejandro Sanz y Miguel Losada, dos enamorados y grandes conocedores de estos poetas, representantes de la Sección de Literatura, organizaron un magnífico evento que, asombrosamente, no ha sido recogido por los medios de comunicación, quedando así demostrada la escasa importancia que en España se concede a nuestro patrimonio cultural.

Lo cierto es que fue una velada memorable. Quince poetas actuales, entre los cuales tuve el honor de contarme, recitamos versos de cada uno de los grandes vates del 27. Yo representé a mi adorado Rafael Alberti, cuya figura he reivindicado en mi tesis doctoral y que es la protagonista de un ensayo titulado La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio íntimo en su obra, que publicaré este mes con Ediciones de la Torre y presentaré el 12 de junio en el Ateneo de Madrid.

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Los participantes del acto

Aquella noche, revivieron los poetas del 27. Resultó emocionante formar parte de este homenaje, deleitarme una vez más con sus obras y aprender de las palabras que les dedicaron los participantes del acto. Se produjo, además, una emotiva anécdota: la asistencia al evento de Alfred Jordan, un antiguo alumno de Luis Cernuda, del último curso en que este dio clases en Norteamérica. Recordaba el ahora veterano profesor el ensimismamiento de Cernuda y sus grandes conocimientos acerca de la literatura española.

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Marina Casado representando a Rafael Alberti

El amor por la poesía se traslucía en todas las voces y miradas, y compartirlo fue una maravillosa experiencia. Dijo Alberti que el canto del poeta “asciende a más profundo cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres”. También podríamos citar esa hermosa estrofa lorquiana de la “Oda a Salvador Dalí”: “Pero ante todo canto un común pensamiento / que nos une en las horas oscuras y doradas. / No es el Arte la luz que nos ciega los ojos. / Es primero el amor, la amistad o la esgrima”. La amistad. Generación de la amistad, la llamaron también poetas de la talla de Vicente Aleixandre. Anoche nos lo recordó Alejandro Sanz, presidente la Asociación de Amigos del autor de Sombra del paraíso. Y verdaderamente, aquellos grandes amigos y escritores parecían sonreírnos desde la insondable distancia del tiempo.

Dejo aquí la lista de los participantes del acto y de los poetas del 27 a los que representamos, por orden alfabético:

RAFAEL ALBERTI – Marina Casado
VICENTE ALEIXANDRE – Javier Lostalé
DÁMASO ALONSO  – José Cereijo
MANUEL ALTOLAGUIRRE – Ángel Rodríguez Abad
MAURICIO BACARISSE – Manuel Neila
JOSÉ BERGAMÍN – Jon Andión
LUIS CERNUDA – José Luis Gómez Toré
JUAN CHABÁS – David Felipe Arranz
GERARDO DIEGO – Jesús Urceloy
JUAN JOSÉ DOMENCHINA – Luis Luna
JORGE GUILLÉN – Francisco Caro
FEDERICO GARCÍA LORCA – Miguel Losada
JUAN LARREA – Juan Carlos Mestre
EMILIO PRADOS – Alejandro Sanz
PEDRO SALINAS – Rosana Acquaroni

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Y por último, todas las fotos de los participantes, cortesía de Alejandro Sanz: