«Noticia del asedio», de César Rodríguez de Sepúlveda

En tiempos de guerra florece la poesía; tal vez porque nuestra sensibilidad humana exija una fuga de la realidad o porque necesite traducir en palabras la avalancha de emociones que nos invade. En 2020, vivimos una guerra, aunque el enemigo sea, en acertadas palabras de César Rodríguez de Sepúlveda (Madrid, 1968), un “minúsculo ejército de francotiradores invisibles”. Un año después del desastre, publica el poeta su segundo libro, de nuevo con la editorial Ommpress: Noticia del asedio, una crónica en clave lírica de una serie de sucesos que, desgraciadamente, son familiares para todos.

Igual que un fúnebre vaticinio, la obra comienza con el poema “Moiras”, en el que hacen su aparición las tres parcas del destino: “Son tres y son hermanas: / a la niebla del sueño / traen la misma advertencia silenciosa / que no quiero atender, / que quiero conjurar con el poema”. No serán los únicos trasvases de la mitología griega en el libro. También Edipo “recibe a los suplicantes”, contemplando la muerte a su alrededor: “Te envenena el hedor. / Te abrasa el paladar / la muerte, como un ácido”. Y Caronte “tan colmada la barca, teme / que alguno sin remedio / irá a parar al fondo de la Estigia”. La voz poética, contemplando el cielo desde su tormento, teme convertirse en árbol igual que la ninfa Dafne. Esto sucede en “Martirio de San Sebastián I”, en el que se aprecian ecos de la Biblia. También en “El intruso”, donde ese nuevo virus recién nacido se identifica con el Adán del Génesis cuando recibe instrucciones de Dios para poblar el mundo. El poeta traza así un paralelismo ingenioso y escalofriante, el mismo que dibuja en “Argumentum virologicum”: “No lo podemos ver, / pero está en todas partes / (al menos / mientras no se demuestre lo contrario […] / Le damos muchos nombres: / dios / azar / coronavirus”. La enfermedad es el Ángel exterminador, aquel que invocara Moisés para inundar Egipto con lluvias sin fin.

Más allá de la perspectiva apocalíptica, encontramos en el libro otra más amable e irónica: “Marco Polo, parece, no fue nunca a Wuhan, / tal vez no degustó tampoco la delicada carne de murciélago / o pangolín, / pero el hotel más grande y más lujoso / de Wuhan / lleva el nombre del veneciano”. Y así surgen inusitados y originales compañeros de piso: los libros, que parecen cobrar vida. Los de Góngora y Mallarmé haciendo gala de su elitismo, los de Alberti y Neruda cometiendo incesto entre ellos, las rimas de Bécquer confiadas en su papel de seductoras… y los de Machado, buscando el contacto con sus vecinos en un alarde de amabilidad. Machado cuenta con un lugar especial: el poema “Si estuvieras aquí”, que César le dedica sin nombrarlo. Se trata de uno de los más conmovedores del libro: “Tú, que tanto supiste de amarguras, / si estuvieras aquí, viendo tu pobre España / tan herida y cercada por la muerte”.

Son luces y sombras poblando las páginas, persiguiendo una esperanza que no termina de llegar: “Ved aquí la ciudad deshabitada, / sus inútiles moles de hormigón y de ausencia. / Ved aquí tan perfecta / labor de artesanía, / el trabajo impecable de la muerte”. Es la muerte la que se impone sobre la débil humanidad, del mismo modo que contemplábamos florecer abril tras las mascarillas. El poeta nos habla aquí de nuestra sólida vulnerabilidad, de la inutilidad del progreso, de la inconsciencia: “después de la / victoria no sabremos / comprender todavía / que no ha habido / ninguna / victoria”. Y de la permanencia de la esperanza, que no por casualidad es la palabra que cierra el libro.

César Rodríguez de Sepúlveda, catedrático de Lengua y Literatura en educación secundaria, vuelve a demostrar con su segundo libro su dominio del ritmo poético, aderezado de un léxico preciso y de un fondo de armario pleno de referencias culturales y bibliófilas. Una elaboración madura, elegante y sonora, que brilla en el panorama poético contemporáneo.

“Somos grieta”, de Francisco Javier Gallego Dueñas

Puentes de papel: FRANCISCO JAVIER GALLEGO DUEÑAS. SOMOS GRIETA

La realidad tiene grietas y a veces uno mismo forma parte de ellas. “Entre la muralla del pasado / y el horizonte del futuro, / somos la grieta”. De esto nos habla el segundo poemario de Francisco Javier Gallego Dueñas (Rota, Cádiz, 1968), Somos grieta, que ha publicado recientemente la joven editorial asturiana BajAmar, precedido de un impecable prólogo de Hilario Barrero, que define la obra como “un río desbocado, una bifurcación prosaica, una arenga en morse; siempre un puntapié en la razón, un puñetazo en el corazón, un sermón inquisitorial”.

Hilario Barrero tiene razón al insinuar que se trata de un libro que no deja indiferente al lector. El estilo de Javier Gallego es sobrio, pero hondo; no se distrae en florituras del lenguaje, avanza por un sendero existencialista, plagado de sombras y alguna luz, en el que llama a cada cosa por su nombre; pero logra crear poesía con toda esa oscuridad.

El tema principal de este libro es la lucha de la voz poética con el hombre, con su propio ser. Recuerda al discurso de aquel atormentado Gil de Biedma que se increpaba a sí mismo, pero sin alcanzar sus límites de amargura. Cobra importancia el elemento del espejo, que enfrenta al poeta a sí mismo: “Ante el tribunal del espejo”. También el de la máscara, que es aquello con lo que oculta su ser verdadero: “Talla tu máscara”, “El lento esculpir de nuestra máscara”. Afirma el poeta: “Gobernarse a sí mismo, / no hay tutela más déspota”. Y sin embargo, también apreciamos un cierto humor irónico en sus reflexiones, con el que les resta gravedad: “Odiarse a sí mismo solo lo justo. / No hay que darse tanta importancia”. Por ello, en el poema dedicado a su hija, le recomienda: “Cuida tus demonios / porque ellos velarán por ti”.

Ese hombre con el que la voz poética se enfrenta en el espejo no idealiza su infancia, como suele ser lo habitual. Existe en esta obra una perspectiva original de la nostalgia, igual que si no existiera esa idea tradicional de “paraíso perdido”. Así, escribe: “La nostalgia no es un sufrimiento siempre, / ni la infancia una patria que se reconquista”, “La nostalgia es sentir un vacío de lo que nunca estuvo lleno”, “Todo comienzo inaugura la nostalgia / de lo que pudo haber sido”. Hay un hueco existencial en el que nace la nostalgia, que no es esa nostalgia albertiana a la que estamos acostumbrados los lectores de poesía. Reflexiona el poeta lúcidamente: “Conseguiría más al despedirme / de los buenos tiempos sin tristeza, / porque luego me regalarán / caramelos de melancolía y añoranza”. No obstante, está presente la melancolía, cuando por ejemplo se dirige al viento de levante, tan propio de los gaditanos: “viento que tanto te pareces / al agitado discurrir de mis tristezas”.

Hay lugar también en el libro para temas como el amor o la religión. Respecto al primero, se advierte la búsqueda de una pureza primigenia: “Todos los amores son Adán encontrando a Eva”. Sin embargo, es el dolor lo que prevalece, lo que se aprecia físicamente: “Del amor quedan los besos / como tatuajes que la piel oculta. / Del dolor, las cicatrices / que dibujan los escorzos / de la vida que fuimos y seremos”.

Dios se convierte en motivo literario, porque “Todas las cosas son epifanías, /señales de un dios que no existe”, pero “Dios se olvidó de guardar los juguetes / y andan desparramados / por los pasillos y las salas de espera”. La demostración de esa inexistencia de Dios se refleja en la vida, que es caos, irregularidad; lo contrario a esa pulcritud de líneas rectas de un “Dios geómetra”, puesto que “La vida clama rompiendo / la cruel simetría de los planos del hospital / y su laberinto”.

En conclusión: la poética de Javier Gallego continúa creciendo y avanzando por este segundo libro, después de Las gramáticas del tiempo (Takara, 2017), cuyo título jugaba con la lingüística del mismo modo que en la nueva obra lo hace el poema titulado “Acabad con el sujeto”, uno de los más interesantes, en mi opinión, porque condensa muy bien esa poética, tan aparentemente sobria y que, de repente, nos sorprende en otra parte con una metáfora que identifica a una polilla como un pequeño Ícaro distraído acercándose al sol de una bombilla. ¡Cuánta poesía en esa imagen! Son luces insertas en la noche, una noche que el poeta describe con serenidad y consciencia: “Nos acostumbramos a ir vagando entre sombras, / a no titubear cuando nuestros ojos dudan, / a caminar entre fantasmas”.

Francisco Javier Gallego Dueñas, licenciado en Historia Medieval y Sociología, trabaja como profesor de secundaria. Editor de la revista Voladas, ha publicado fragmentos de su obra en multitud de revistas y antologías; la más reciente, Antología de poesía Viejoven (Versátiles, 2020). Su actividad literaria se amplía a la crítica a través de su blog, Profundamente superficial, en el que merece la pena adentrarse.

«Condiciones para el vuelo», de Joselyn Michelle Almeida

La primera condición para el vuelo es la pregunta. Por eso Eva la formula en uno de los poemas iniciales del libro: “¿Qué cielo a la belleza expulsaría / fuera de sí por querer ser más bella?”. La curiosidad se identifica con la inocencia. Continúa, revelando la identidad del interlocutor: “Si el pecado fue seguir tu lumbre propia, / ¿por qué tú el príncipe de las tinieblas?”. Esta relación entre el pecado, la belleza y el conocimiento surge también en otros poemas como “Malus domestica”, con el símbolo de la manzana, o en “Prueba de fe”: “Manda que le corten la nariz a la mujer / y así desfigurar el rostro bello del pasado”.

La inocencia en sí supone un regreso a lo primigenio, a la naturaleza, con cuyos elementos entra en comunicación constantemente la poeta. Se identifica con el amor, porque ambos, amor y naturaleza, basan su esencia en la libertad. Por ello, las escenas amorosas se hallan en íntima relación con estos elementos naturales: “Vengo a dar albergue a tu beso fugitivo, / […] Ese que ensaya los matices del estío / y bebe relámpagos en la tormenta / haciendo de tu mirada un cielo en espera”. La naturaleza, como el amor, se encuentra amenazada: hay fuerzas que amenazan con romper ese equilibrio, como ocurre en el incendio de “Trastorno planetario” o en la desaparición de las abejas de “Aclaración”, donde concluye la poeta: “Vivimos y nos amamos mientras se pudo”.

Continuar leyendo ««Condiciones para el vuelo», de Joselyn Michelle Almeida»

Un deudor de los clásicos: “Ecos del desasosiego”, de Antonio Mata Huete

La poesía contemporánea ha desterrado, en gran parte, el lenguaje preciosista; ha huido de la adjetivación que nos dejó como herencia el Modernismo y, en determinados casos, ha caído en una simplicidad que deja de lado, incluso, las figuras retóricas más esenciales. En este contexto, sorprende encontrar un poemario como el de Antonio Mata Huete, escritor y periodista toledano con una trayectoria literaria consolidada en poesía y novela.

Ecos del desasosiego (Los Libros del Mississippi, 2020) sorprende por su lealtad a los clásicos y la impronta innegable del Modernismo y el Simbolismo en sus imágenes, en sus bellas metáforas cuajadas de plasticidad. Esta idea se refleja desde los primeros versos del libro: “Ya no quedan clavos candentes / Que inflamen la piel en los sueños”.

Continuar leyendo «Un deudor de los clásicos: “Ecos del desasosiego”, de Antonio Mata Huete»

Buceando en “Los amores autómatas”, de Félix Moyano

“Llevo toda la tarde pensando en salir fuera, / pero tras la ventana se atisba un precipicio”. Desde los primeros versos, en Los amores autómatas (Premio Andaluz de Poesía Villa de Peligros 2019) la voz lírica se sitúa detrás de un cristal y contempla el mundo desde su refugio. Está presente el deseo de salir al exterior, pero se trata de una voluntad estéril: “hay un charco estancado en las yemas de mis dedos / que me impide llamarte”. El mismo poeta se identifica con una “planta de interior” y confiesa: “Yo soy como esas plantas que están dentro, / en cuartos muy oscuros y en pasillos, / sin saber con certeza qué es el tiempo”.

De este modo, los poemas se sitúan en interiores: dentro de una habitación, un patio con rejas, un coche, una cama, un autobús, una ciudad lejos del mar, su propio cuerpo. El mundo, su mundo, se materializa en ese espacio limitado (“Hay bosques en tus brazos”, “anochece en tu cuerpo”). Esta circunstancia conduce a veces a la voz lírica a un aislamiento, una suerte de infierno de soledad: “la cadencia del negro siempre fue irregular. / Se extiende por tu sangre como un oleoducto”, “en jaulas de cristal que tienes dentro, / al fondo de tu estómago, / donde la luz no llega”, “el abismo permanece intacto, / justo en el centro / de tu corazón”. Hay “una sed que late y que golpea mi pecho”: ese deseo cernudiano que débilmente se enfrenta con la realidad, que no alcanza a salir al exterior.

Continuar leyendo «Buceando en “Los amores autómatas”, de Félix Moyano»