A los 40 años del regreso de Alberti a España

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Rafael Alberti regresa a España tras su exilio en 1977

Hoy, 27 de abril, se cumplen 40 años desde que fue tomada esta fotografía, que se ha erigido como un símbolo de la Transición. Cuando Rafael Alberti regresó a España tras 38 años alejado de ella, volvió convertido en un héroe del exilio español, de la lucha política como el franquismo y de una generación legendaria de poetas de la que apenas quedaban integrantes vivos. Le esperaban años frenéticos de viajes, recitales, conferencias y actos políticos. Porque ya no era sólo un poeta: era también una figura pública.

Durante los dos primeros años, Juan Panadero fue pregonando sus alegres coplas por todos los rincones de España. Pero, pasada la inicial emoción del retorno, Alberti fue percatándose de que casi nada en España permanecía como en su recuerdo. Bajo la exaltación de su nueva y frenética vida a sus casi ochenta años, comenzó a revivir en su corazón una tristeza latente, antigua, la misma que sintió en su lejana adolescencia cuando, viviendo ya en Madrid, hizo aquella breve visita a su pueblo natal y descubrió que ya no era el que recordaba. La España de finales de los setenta tenía poco que ver con la de la década de los treinta en la que él había vivido: la sociedad poseía valores distintos, muchos de los antiguos amigos habían fallecido o ya no vivían allí, y ni siquiera la capital, desde una perspectiva arquitectónica, se parecía demasiado a la que recordaba. El tiempo –casi cuarenta años– había transcurrido inexorablemente.

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Rafael Alberti y su esposa, la escritora María Teresa León, en su regreso a España. 1977

Las múltiples sensaciones generadas en el ánimo del poeta pueden revisarse de forma muy concreta en un singular libro publicado en 1982: Versos sueltos de cada día. Tal como reza el título, el poemario recoge anotaciones dispersas y breves poemas escritos en dos “cuadernos chinos” entre 1979 y 1982. Aunque casi toda la poesía de Alberti es autobiográfica, este poemario, particularmente, crea una sensación de absoluta cercanía con el autor. Así lo definía el propio Alberti:

Estos Versos sueltos de cada día fueron surgiendo desordenadamente de avión en avión, de hotel en hotel, de ciudad en ciudad. En medio del ajetreo de mi vida de poeta recién regresado de un largo exilio, yo iba recogiendo estos poemas en dos pequeños cuadernos chinos. Creo que forman un buen diario íntimo y que reflejan la vida sentimental de un hombre obligado a vivir entre las muchedumbres más densas y las soledades más angustiadas.

Esta supervivencia entre grandes muchedumbres e íntimas soledades es un tema al que constantemente alude en la obra. A veces, con vivas confesiones de desamparo: “¡Qué solo, / qué inmensa soledad me espera hoy!”. Otras veces, resaltando la idea de la soledad en masa: “Vengo a decir versos, poesías, / puede ser que delante de quinientas mil almas. / ¿De qué me sirve esto si por dentro / vivo desconcertado, destruido?”, “Todos me miran. Y yo miro a todos. / Al fin, no miro a nadie”, “Mañana, / pasaré de estar solo a estar delante / de miles de personas que son una, / el mismo rostro, / el mismo sentimiento” . Entre las multitudes, de la soledad solo puede salvarlo la presencia de su amor: “La soledad en medio de la gente, / esperando volar -¡ven tú!- sin nadie”. Respecto a esta amada, a veces habla de ella en tercera persona, sin revelar su identidad y, en otras ocasiones, le habla desde una segunda persona, casi siempre como a alguien lejano a quien desea atraer hacia sí. La amada deja en el lector una sensación de insatisfacción, de ausencia, y su presencia anhelada únicamente contribuye a intensificar el sentimiento de soledad que emana del poeta.

La escritora Fanny Rubio destaca, del poemario, “la extremada concentración, paralela al apretado desasosiego de quien ha regresado y ha de poner en orden sus perfiles en un presente incierto”. Es este desorden emocional el origen del terror a las multitudes, a las prisas, al estrés, al vacío que todo ello conlleva.

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Rafael Alberti y la Pasionaria en el Congreso como diputados por el PCE. 1977

Pero si las muchedumbres le generan una sensación de desamparo, la soledad real le produce temor, o acaso vértigo: “La sonrisa, la luz, el impulso en la calle. / Mas no vuelvas jamás a tus viejas alcobas, / no te encierres en ellas ni siquiera / para dormir. / La calle, por ahora, es tu destino”. En algunos versos, alude de nuevo al contraste luz-oscuridad, identificada esta última con la idea de estar a solas consigo mismo: “Adiós. / Deja tus aparentes, públicas claridades. / Vuelve solo a tus antros, / bajos, lentos, infiernos”. El infierno o la noche –“Viajar solo, no más. ¡Qué oscuro estoy! / Nunca amanece, empujo / con desesperación a la noche parada, / inmóvil como un mulo / que no quiere arrancar hacia la luna”– es lo que le espera cuando no se rodea de gente, a pesar de que toda esa gente –exceptuando su amada, que siempre permanece ausente– no le puede salvar de la oscuridad. El poeta se contempla a sí mismo como un mendigo de luz en su mundo en sombra: “Me siento un pordiosero / de sol, un pobrecito / de la luz. / Dadme, por caridad, algo que me ilumine / en tan profunda oscuridad y pena”. Al final del poemario, acaba siendo vencido por la negrura: “Viejo amigo del sol, voy por la sombra, / buscando siempre al sol, que se me escapa, / ‘¡Para y óyeme, oh sol!’ –dijo el poeta–. / Y de puro atrevido fue muerto por la sombra”. La soledad lo envuelve, lo condena[1].

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Rafael Alberti y la Pasionaria en el Congreso como diputados por el PCE. 1977

Hay algo en la soledad que lo aterroriza; tal vez, el despliegue de los recuerdos, ya dolorosos, al no poder corresponderse con la realidad. Los recuerdos se le aparecen en los momentos de mayor intimidad consigo mismo, cuando va a dormir, quitándole el sueño. En Versos sueltos de cada día, cobra gran importancia el tema del sueño y del insomnio, un rasgo que el estudioso Díez de Revenga atribuye a la etapa de senectud de varios poetas de su misma generación[2]. En numerosas ocasiones, el poeta alude a su insomnio: “Quiero dormir y no puedo”, “No duermo. Y las 5 ya”, “Temo a la noche, / al sueño que no viene, / a los ojos cerrados / abiertos contra el techo, / temo a las horas / que resbalan mudas, / a los amaneceres / atónitos sin nadie”, “Todos duermen. Yo velo”. Alguna vez, evoca desesperadamente a su amada, la única capaz de curar su sentimiento de soledad, su angustia ante el insomnio: “Esta noche no hay modo de dormir. / El sueño se ha marchado. / ¿En dónde estás? ¿No llegas? / Esta noche, en verdad, te necesito”. Apunta Díez de Revenga que “noche, sueño, soledad y tiempo serían los núcleos centrales del mundo poético albertiano en esta representación del sueño físico anhelado y escasas veces alcanzado, que constituye, ahora, una gran parte de sus inquietudes poéticas” .

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Rafael Alberti en su campaña andaluza por el PCE. Años setenta

Hay una alusión al sueño que constituye una clara alegoría a la inmovilidad de España, donde la democracia avanza a pasos muy cortos: “No viene el sueño, España. / ¡Cuántas veces, oh sueño, cuántas veces, / he de escribir, no viene, / no viene, España, / el sueño!” . El poeta se siente íntimamente frustrado al no haber alcanzado el país el grado de libertad que él soñaba. Señala Díez de Revenga que “revelan estos poemas su condición de poesía moral, ya que manifiestan una preocupación por nuestro mundo, por ese mundo que nos rodea”. En efecto, Alberti contempla la democracia española como una democracia con claroscuros, y a menudo denuncia las situaciones de injusticia que todavía acontecen: “En las cárceles siguen maltratando a los presos. / ¿En dónde no en España?”, “Se piensa en la alegría, / en la sonrisa abierta para siempre. / Pero han matado a un hombre. / Más sombras en las cárceles. / Y se sigue pensando en la alegría. / Solamente pensando”. Se trata de una alegría solo soñada, inalcanzable en la realidad, que sigue habitando en las sombras.

El retorno a esa España de claroscuros no le produjo, pues, la felicidad anhelada en el exilio: no recuperó el Paraíso perdido. Su Paraíso no estaba, en realidad, en ninguna parte: se trataba de una dimensión temporal irrecuperable.

[1] Durante estos años, Rafael Alberti vivía solo. Su esposa, María Teresa León, ya estaba enferma de Alzheimer cuando regresaron a España, y pronto fue ingresada en un sanatorio de Majadahonda, donde progresivamente iría perdiendo la memoria, hasta su muerte, acaecida en 1988.

[2] En DÍEZ DE REVENGA, Francisco Javier (1988), Poesía de senectud. Guillén, Diego, Aleixandre, Alonso y Alberti en sus mundos poéticos terminales, Barcelona: Anthropos.

En el aniversario de Rubén Darío

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Rubén Darío en 1915

Hoy Rubén Darío (1817-1916) hubiera cumplido 150 años y el mundo se debate entre el homenaje a su obra como uno de los pilares básicos de la poesía contemporánea y el extendido rechazo que produce a una parte del panorama literario actual el Modernismo, el movimiento que surgió definitivamente con la publicación, en 1888, de su obra Azul, y que se consolidó en 1896 con Prosas profanas.

Hay que señalar, no obstante, que en América ya existían autores premodernistas antes de 1888, como Vallejo Nájera o José Martí, y en España, Manuel Reina, Salvador Rueda o Amós de Escalante. Pero la primera obra de Darío se impuso como un estandarte celeste sobre todos ellos, marcando las líneas de la nueva estética, la primera en desarrollarse simultáneamente en ambos continentes.

El Modernismo nació rodeado de otros ismos de origen francés: el parnasianismo, el simbolismo, el decadentismo o el impresionismo. Por ello París fue la ciudad cosmopolita, el eje de los versos modernistas. La nueva estética, centrada en lo sensorial, apostó temáticamente por un escapismo hacia épocas y lugares remotos, hacia civilizaciones antiguas, exóticas u orientales. Dibujó amores imposibles y atormentados, bañados por una melancolía de atardeceres náufragos en jardines cuajados de estatuas y de vestidos de tul. Rubén Darío fue el verdadero creador de estas irreales realidades, el creador de versos como estos:

y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,
el sollozo continuo del chorro de la fuente
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.

(“Yo persigo una forma”, Prosas profanas)

O estos otros:

Mar armonioso,
mar maravilloso
de arcadas de diamante que se rompen en vuelos
rítmicos que denuncian algún ímpetu oculto,
espejo de mis vagas ciudades de los cielos,
blanco y azul tumulto
de donde brota un canto
inextinguible,
mar paternal, mar santo,
mi alma siente la influencia de tu alma invisible.

(“Marina”, Cantos de vida y esperanza)

Viajó por primera vez –y no última– a España a finales del siglo XIX, y conoció a una pléyade de jóvenes poetas como Juan Ramón Jiménez, Ramón María del Valle-Inclán, Jacinto Benavente o Francisco Villaespesa –el verdadero representante del Modernismo americano en España–, que rápidamente lo veneraron. Más tarde, conocería en París a Antonio Machado, autor de la excelente obra modernista Soledades, galerías y otros poemas. Tras su primer viaje, la poesía española adoró el Modernismo de Darío.

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Rubén Darío

“Nuestro prodigioso Rubén Darío”: así se refirió al poeta Rafael Alberti en sus memorias, La arboleda perdida, en las que constantemente trae a colación versos y reflexiones, aprendidos de memoria, del gran nicaragüense. Admite que comenzó a apasionarse con su poesía en los tiempos en los que aún no había comenzado a escribir versos, cuando todavía era aprendiz de pintor y pasaba los días vagando por los pasillos del Museo del Prado, entre las penumbras de Velázquez y las explosiones cromáticas de la Escuela Veneciana –Tiziano, Tintoretto, Veronés–. Los colores del Modernismo poético también explotaron en sus pupilas. Y así, consideró a Darío como “el nuevo Garcilaso para la lírica moderna de lengua hispana”. Para Alberti, Rubén sobresalía entre los poetas de su tiempo. Recuerda en La arboleda perdida una anécdota acaecida en Argentina:

Una vez que se habló de dedicar a Rubén Darío algún lugar de la ciudad o levantarle un monumento, yo propuse a algunos poetas amigos que en vez de una seguramente municipal y ridícula estatua se le dedicase uno de aquellos antológicos gomeros de la plaza de Lavalle, grabando el nombre del gran poeta nicaragüense en un simple anillo de bronce que abrazara uno de aquellos troncos.

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Facsímil de la primera edición de Cantos de vida y esperanza (1905)

Darío, a pesar del mármol desplegado por los jardines de sus versos, fue sobre todo y ante todo –como bien intuyó Alberti– el árbol robusto, aferradas sus raíces al suelo fecundo de la literatura del siglo XX; regado por las gotas de sangre indígena que circulaban por sus venas. Fue al final de su trayectoria, en Cantos de vida y esperanza, cuando idealizó a su continente, esa “América nuestra, que tenía poetas desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl”, la América en la que se refiere como “la hija del Sol” en su famoso poema “A Roosevelt”.

Siguió esta trayectoria: del refinamiento elegante y artificioso que contemplaba la ciudad de París como el eje del mundo moderno, a la reivindicación ensalzada de su tierra americana. Fue marcando el avance del Modernismo en América y Europa, alzándose como el “Príncipe de las letras castellanas”. Mantuvo su característica musicalidad en todo momento, el arcoíris de contrastes sensoriales que se paladea entre sus versos, y acabó decadente, brindando con el Marqués de Bradomín en el entierro de Max Estrella, en la imaginación de un Valle-Inclán que, tras abrazar con pasión el Modernismo, empezó a contemplarlo como una huella del pasado:

Levanta su copa y, gustando el aroma del ajenjo, suspira y evoca el cielo lejano de París. Piano y violín atacan un aire de opereta, y la parroquia del Café lleva el compás con las cucharillas en los vasos. Después de beber, los tres desterrados confunden sus voces hablando en francés. Recuerdan y proyectan las luces de la fiesta divina y mortal. ¡París! ¡Cabaretes! ¡Ilusión! Y en el ritmo de las frases, desfila con su pata coja Papá Verlaine.

(Ramón María del Valle-Inclán, Luces de bohemia, 1924)

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Valle-Inclán caricaturizó a Rubén Darío en su esperpéntica obra de 1924 Luces de bohemia

Y aunque algunos, como Alberti, continuaron reconociendo su imprescindible magisterio, lo cierto es que los presupuestos modernistas comenzaron a rechazarse por resultar, para muchos, vacíos y frívolos. Sin embargo, su influencia, más o menos subterránea, pervivió a lo largo del siglo XX –¿alguien puede negar todo lo que le debe la poesía lorquiana, sin ir más lejos?– y permanece viva, aunque a parte de la poesía contemporánea le moleste el preciosismo sensorial, por estar éste lejos de la abstracción intelectual pseudo surrealista y de la llamada “poética de la experiencia”, las dos variantes que se dibujan con mayor precisión en el panorama de nuestros días.

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Sello conmemorativo de Nicaragua del primer centenario de Rubén Darío.

Yo misma no puedo negar el magisterio de Rubén, ni que fue él quien me atrajo primero a la poesía con sus mundos azules encantados, sus princesas de labios de fresa, sus cisnes y sus melodías orientales, las leyendas remotas de jardines y melancolías al amparo del cielo lluvioso de un París que ya jamás contemplaremos. No puedo negar que, a día de hoy, es el poeta –a excepción de Cernuda, quien, por cierto, lo criticó con ironía en sus ensayos– de quien más versos podría recitar de memoria, y no porque me haya esforzado por ello, sino porque dichos versos se me grabaron a fuego en la adolescencia, llenando los míos de alas blancas y valses.

Y ahora, cuando la realidad me abofetea, a veces reniego de esta primera influencia tan determinante, y me afano por otorgar a mis poemas un aire menos encantado, más realista, y vivo con Rubén una relación extraña, a medio camino entre el amor resignado y el odio cariñoso. Porque me es imposible desterrar esa parte de mí que todavía sueña con cuentos de hadas y con pasear bajo la lluvia por las calles de un París imposible, junto a un hombre misterioso con abrigo gris, que después besaría mi sueño entre gatos blancos de angora y jarrones de porcelana china.

Esta reflexión me anima a finalizar mi humilde homenaje con un pequeño poema que escribí en 2014, en uno de esos raptos antimodernistas que a veces, sin mucho éxito, me asaltan:

Fin de un amor

Viejo, tonto Rubén, Rubén de mis amores,
mi Rubén tan querido y tan equivocado:
los cisnes nos conducen a la muerte,
pierden su embrujo triste
bajo el foco infinito de la mediocridad;
la sordidez de los presentes nos obliga a arrancar,
una a una, las plumas de sus alas;
el amor es un sueño que no se acabará de realizar.
No, Rubén, ya no es tiempo de caminar juntos, los dos,
desenvolviendo azules: yo he venido
–citando a José Hierro- para decirte que no volveré nunca
y que ya nunca podré olvidarte.

23 de mayo de 2014

Luis Cernuda y el otoño

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Luis Cernuda en 1928

Luis Cernuda nació en el equinoccio de otoño. Nació en el momento exacto del año en que se asume el final del estío; en el que el frío, la lluvia y la oscuridad se convierten en las únicas certezas durante los meses siguientes. Tal vez esa sea la razón de su pesimismo vital, su carácter otoñal, su melancolía crónica.

El otoño llama a la melancolía. Los modernistas lo apresaron en sus poemas y ahora resulta difícil escribir sobre él sin esperar el asalto de un ejército de jardines con estatuas, árboles amarillos sobre lagos en los que se deslizan lánguidamente cisnes de cuellos de interrogante. Hojas doradas perfumadas de infancia, amores imposibles. No puedo ocultar que yo también nací en otoño.

Me imagino a un joven Luis apoyado en su escritorio lánguidamente, cual cisne modernista, con un fondo algo frívolo de música moderna; tal vez un fox-trot, con el que intenta curar en vano su tristeza o, por el contrario, regodearse en ella. Mira por la ventana y contempla los árboles amarillos y piensa en su último gran amor frustrado. Después suspira, escribe unas palabras doloridas. Igual que en aquel viaje por Pedraza en 1935, durante las Misiones Pedagógicas, cuando escribía:

Hacía frío y el cielo estaba cubierto. ¿Qué hacer? Interminables horas las de la tarde en estos lugares inacostumbrados. El aburrimiento va con nosotros por la ciudad, pero disfrazado de nostalgia, que unas veces ostenta un motivo amoroso, otras un motivo menos tornasolado y más concreto. […] Leer era imposible. Cómo me ha apresado la realidad, y más si recuerdo que durante tantos años, horror, la lectura era mi jornada. Pensaba, no sabía por qué, en la triste e inexplicable necesidad vital de que las personas a quienes queremos deban separase un día de nosotros. […] El gramófono rugía […]. Un poco de vagabundeo por el limbo aquel me dejó más aburrido aún y, lo que es peor, arrepentido, aunque no sabía de qué, si de vivir, de estar triste o de no haber cometido aún ningún crimen.

Es fácil imaginar a Luis. Sus versos, sus palabras, reflejan el grueso de su alma. Tal vez, por ser una persona introvertida en su día a día, se dio en su escritura como respuesta a una necesidad intrínseca a esa introversión. Incluso en sus versos más surrealistas es posible perfilar detalles de su carácter, guiños diminutos. Es fácil encariñarse con él, aunque después se lea por ahí que era un ser intratable y amargado. Hay gente que tampoco comprende el otoño.

Si Luis siguiera vivo, hoy habría cumplido 114 años. Murió a los 61 sintiéndose un anciano. Una vez fue joven, aunque no llegó a darse cuenta. Contemplaba por entonces las horas con tristeza, esperando que una de ellas se llevara para siempre su juventud, igual que el reo de muerte espera el alba. Igual que el otoño naciente espera el frío.

Remordimiento.                            
Fuiste joven,                    
Pero nunca lo supiste                  
Hasta hoy que el ave ha huido                 
De tu mano.

Luis Cernuda, «Nocturno yanqui»

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Presentación en Madrid de «Mi nombre de agua»

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Portada de Mi nombre de agua, publicado en Ediciones de la Torre, 2016

Seguimos recordando los devenires de mi segundo poemario durante el mes de junio. Hoy quiero aludir a la presentación que tuvo lugar el pasado viernes 24 de junio en Madrid: una velada memorable, a pesar de que se cernía sobre mí la terrible sombra de las calificaciones del examen de oposición, que presentía -y no me equivocaba- funestas. Pero su proximidad no logró ensombrecer lo que se convirtió en una de las noches más bonitas de mi «carrera» literaria, gracias a las personas que me apoyaron y me transmitieron, con su presencia y su entusiasmo, la fuerza que necesitaba.

Fue en el precioso Pabellón del Espejo, en el Paseo de Recoletos. Allí ya había presentado en 2014 mi primer poemario y había quedado fascinada por el espíritu lírico, romántico, que desprendía, con su estilo art decó armonizado con las preciosas cristaleras. Los camareros, además, no podían ser más amables y solícitos con nosotros.

En la mesa, me acompañaron el editor, José María de la Torre -que ha vuelto a depositar su confianza en mis versos al publicarme Mi nombre de agua– y Eduardo Pérez-Rasilla, profesor de literatura de la Universidad Carlos III de Madrid. Su asignatura fue una de las únicas por las que no me arrepiento de haber estudiado Periodismo. Eduardo, con su sabiduría y su maravillosa capacidad para bucear por las aguas turbulentas de la literatura, hizo un análisis completo de mi obra, acertando plenamente respecto a su esencia.

Además conté con el inestimable acompañamiento musical de dos grandes de la guitarra eléctrica: Juan Casado y Álvaro Gabaldón, integrantes de la banda de rock The Vagus Group, y la ayuda técnica de Jacinto, trabajador del CEIPSO Tirso de Molina.

Junto a mí, recitaron poemas del libro, además de mi padre, mis queridos poetas compañeros de generación: María Agra-Fagúndez, Rebeca Garrido, Alberto Guirao, Eric Sanabria y Javier Lozano.

Entre el público asistente había familia, amigos cercanos, amigos más lejanos cuya presencia me sorprendió maravillosamente y conocidos interesados en mi libro. Hubo poetas y lectores de poesía; hubo personas a las que no les fascina la lírica, pero estuvieron allí por el aprecio que sienten por mí. Me sentí muy arropada y me encantó que el público disfrutara con el recital, porque la mayor aspiración de cualquier escritor es la de transmitir algo a quienes lo leen, a quienes lo escuchan: «Su canto asciende a más profundo cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres» (Rafael Alberti).

Os dejo unas fotografías del acto tomadas, en su mayoría, por Javier Lozano, y por otros amigos que estuvieron presentes y tuvieron la amabilidad de enviármelas:

Y por último, una serie de vídeos de algunos poemas de la obra que recitamos a lo largo del acto, grabados por Javier Lozano:


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El tormento becqueriano en Rafael Alberti

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Detalle del famoso retrato de Gustavo Adolfo Bécquer realizado por su hermano Valeriano

Gustavo Adolfo Bécquer (Sevilla, 1836-Madrid, 1870), fallecido hoy exactamente hace 145 años, es el mayor representante de la corriente posromanticista en España y uno de los poetas que más influencia ha depositado en las generaciones posteriores y, de forma especial, en la Generación del 27. No se ha de olvidar que Luis Cernuda tituló a uno de sus poemarios más célebres con un verso de Bécquer: Donde habite el olvido. Es incuestionable la huella becqueriana en el romántico Cernuda, pero hoy quisiera profundizar en la que depositó en otro famoso miembro del 27: Rafael Alberti, influencia que he analizado con más detenimiento en mi reciente tesis doctoral, Oscuridad y exilio interior en la obra de Rafael Alberti.

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Rafael Alberti en los años cuarenta

Los primeros tintes becquerianos en Alberti hay que buscarlos en su propia biografía; concretamente, hacia el final de su adolescencia, cuando la literatura fue invadiendo su espíritu a la par que la tristeza, que los misteriosos terrores y visiones alucinógenas que él achaca, en sus memorias, a una enfermedad pulmonar que le habían diagnosticado. Su primer poema lo escribió con motivo de la muerte de su padre, acaecida por entonces, momento culminante de la extraña crisis espiritual que sacudió a Rafael en aquellos años. Tras aquel primero, llegaron muchos más, todos envueltos en el mismo aire sombrío y meditabundo. Recuerda:

Aunque el dolor, pasados ya unos meses, se iba remansando en todos los de la casa, un ala oscura de tristeza golpeaba mis noches, vertidas al amanecer en nuevos poemas desesperados y sombríos. […] Volví de nuevo a visitar los cementerios, con Bécquer en los labios y una opresión en mitad del pecho que me hacía caminar pidiendo apoyo de cuando en cuando al tronco de los árboles (Rafael Alberti, La arboleda perdida).

La tristeza, los cementerios, su propio estado enfermo decadente, parecen quedar simbolizados en la figura y en los versos de Gustavo Adolfo Bécquer. Y es que la crisis que sufría Alberti resultaba, en sí misma, muy “romántica”, muy propicia para la llegada de la inspiración literaria. Se nutría de esta oscuridad para escribir sus primeros versos: de la pena por la muerte del padre, de sus visiones melancólicas y terroríficas.

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«Abadía en el robledal», de Caspar David Friedrich

Las crisis de Alberti tenían muchos ingredientes de la literatura del Romanticismo y del Posromanticismo.También en su segunda crisis existencial, producida a finales de los años veinte, la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer jugó un papel importante a la hora de inspirarse para escribir su poemario surrealista Sobre los ángeles.

A la hora de analizar Sobre los ángeles, no se puede ignorar la presencia de Bécquer a lo largo del libro. “Huésped de las nieblas” es, de hecho, un verso del propio Bécquer que Alberti utilizó para titular una sección completa de su poemario. “Tres recuerdos del cielo” aparece subtitulado como “Homenaje a Gustavo Adolfo Bécquer”. Pero más que una influencia técnica o formal, se debe leer una filosófica, como indica Luis Felipe Vivanco: “Su palabra no es becqueriana, como la del primer Juan Ramón o la de Cernuda, pero sí lo es su intuición decisiva de la realidad poética como mundo aparte” («Rafael Alberti en su palabra acelarada y vestida de luces», 1984). Esta idea queda explicada en palabras del propio Alberti, en su visión particular de Bécquer:

Todas las Rimas de Bécquer a mí se me aparecen como escritas a tientas, por la noche, sentado o recostado al borde de su lecho. Y ya se sabe que un lecho es una tumba que aún no ha abierto la boca para devorarnos, y que si apoyamos el oído contra ella podemos escuchar como un rumor sordo y vacío, que es sin duda la voz con que los sepulcros reclaman nuestros cuerpos. Y Bécquer, espantado, escuchaba y vigilaba esa voz, sin poderse dormir. Y lo mismo que algunos ángeles que vemos en los cementerios velando a la orilla de las fosas, escribía sus Rimas. Pero él no era de mármol; él era un pobre ángel de carne y hueso, perdido en una fría alcoba, sobresaltado por el crujir de las maderas, por el temblar de los muros, los cabezazos del viento y el fustigar de la lluvia en los cristales. Y tenía miedo, solitario en la noche oscura de su alma. Miedo de encontrarse a solas con sus dolores, acechados por recuerdos que se le agigantaban, atenazándole por la garganta, hasta hacerle arrancar los estertores más entrecortados. Miedo de unos ojos que se le aparecían en las paredes, que le espiaban, a veces desasidos, desde los ángulos de los cuatro rincones. Y pensaba. ¿Cuándo amanecerá? Porque vivía entre nieblas que le velaban el alma, y las rendijas de su cuarto nunca se habían visto dibujadas de luz. ¡Qué angustia! Él ya había sentido antes subirle hasta la punta de los dedos ese golpe de sangre que nos manda empuñar, de súbito, un revólver o una navaja. Y ahora, de pronto, se le crispa esa mano. Tiene miedo. Ha sufrido. Ha envejecido en una sola noche, le han engañado y traicionado. ¿Adónde ir? (Alberti, Prosas encontradas).

El proceso de inspiración becqueriano, tal como lo contempla Alberti, es muy similar al que él mismo siguió durante la composición de Sobre los ángeles. De hecho, si se cambiaran los nombres, Alberti podría, perfectamente, estar hablando de sí mismo y de su libro; aislamiento, visiones terroríficas, dolores físicos, espanto, un automatismo no buscado, el tormento de los recuerdos, la angustia, la niebla: elementos con los que se halla familiarizado y que también le fustigan. Por último, la visión de la poesía como catarsis, como una alternativa a la trágica y definitiva opción del suicidio.