Jim Morrison, jinete en la tormenta

There may be a time when we’ll attend Weather Theaters to recall the sensation of rain.

Jim Morrison, The Lords

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Jim, como aquellos niños enloquecidos de “The End”, también esperaba la lluvia de verano. El verano: la estación insaciable que contiene mundos en sus goznes. Los besos son entonces tan pálidos; el cielo, tan azul. Hay un rumor de desiertos en el pavimento.

La lluvia de verano podía llegar también en invierno. Era la constatación del final de una puesta en escena, la arteria salvaje que podría salvarlo. El amor… El amor no. Pero sí la lluvia. Una lluvia irreal, una tormenta en la que quiso ser jinete.

Jim nació un ocho de diciembre en la ciudad de Melbourne, Florida. Sus ojos tenían el color impreciso de la lluvia de verano. Su alma, loca y encendida, se moría por abandonar la civilización y bailar bajo compases chamánicos en las colinas. Cambió el desierto por los escenarios. Se enamoró de una cabellera que había empezado a arder antes de que el mundo fuera mundo, antes de que Jim persiguiera realidades en vasos inhumanos de vodka. Dicen que el fuego todo lo consume, incluso la lluvia de verano. Pero él seguía esperando ver llover.

Hemos venido al universo como meros espectadores. Lo contrario al baile serían unos ojos fijos en la tormenta que no termina de llegar. Como si en vez de exploradores fuéramos buscadores de irrealidades. Puede parecer lo mismo, pero no lo es. Jim odió a los voyeurs y abrazó la filosofía de Rimbaud, aquel niño loco y apasionado, cruel y espontáneo, que no esperaba la lluvia porque él mismo era la tormenta.

Jim Morrison fue un Rimbaud fuera de su tiempo. Menos brillante, menos lluvioso; pero él tampoco se conformaba con mirar. Ardió entre cabellos rojos y sórdidas bañeras parisinas y jamás volvió a contemplar diciembre, el mes en que sus ojos se invadieron de grises por vez primera.

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Jim Morrison: a los 45 años de su muerte

En la madrugada del 3 de julio de 1971, una estrella fugaz llamada Jim Morrison moría en una bañera de París, víctima de sobredosis. Eso nos dice la versión oficial. Alrededor de ella pululan, como elementos propios de novela negra, una novia heroinómana, histérica y controladora; un camello, miembro de la nobleza en decadencia, que era amante de la novia -además de ser la persona que suministró la dosis de droga mortal a otra gran estrella: Janis Joplin-; una amenaza de cárcel desde América; un médico con un historial un tanto turbio que fue el único, además de la novia, que vio el cadáver de Morrison…

La leyenda que gira en torno a la muerte del cantante de The Doors se halla envuelta de una complejidad que roza lo lírico. Por detrás del icono sexual en decadencia se ocultaba un poeta heredero de las enseñanzas suicidas de Rimbaud: una figura que me ha fascinado desde siempre.

En mi primer poemario, Los despertares, Morrison ya aparecía conversando con Alicia, tomando el té con el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo. En mi segunda obra, Mi nombre de agua, no podía menos que dedicarle un poema, que es el que a continuación reproduzco:

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Jim Morrison en 1970

Jim Morrison

Te busco en la otra orilla,
a la que todavía no he cruzado.
Y tú en el escenario, como una mancha aguda
de heliotropos sanguinolentos.
Y tú como una sombra,
como una noche negra que persigue su fin,
viajando a la deriva en tu navío de cristal;
asesinando una botella
con tus ojos ensoñadores
del color de diciembre.

Me miras desde camisetas desteñidas
que se sumergen en el metro,
que no entienden de amaneceres en ruinas
mezclados con alcohol y con cabellos rojos;
me miras,
pero no basta con mirar el mundo:
hay que agitarlo violentamente hasta que estalle,
hasta que se desate el trueno,
porque ninguna historia acaba
si no es con la tormenta.

Te busco en la otra orilla.
Al fin he comprendido lo que tú pensaste:
que todos los futuros viven al fondo
de una bañera en la que naufragar a medias,
morir solo una pizca, rendirse y resistir
desde lo alto o desde aquellas galerías
de inframundos cansados de esperarte.

Miro la noche
sin agitarla
y en azoteas de papel maché
refulgen unas notas de tu color chamánico y obsceno;
bailan las madrugadas como inframundos dóciles
que acariciaras con tu voz; sueñan desde la lluvia
multitud de mujeres de rostros arrugados
como la máscara implacable
de aquel viejo piel roja
que se quedó a vivir en tus mejillas.

La misma sangre muerta
que ascendía despacio por tus huesos
y te ahogaba en Venice
y te llenaba de gaviotas el esófago
me amenaza con desbordarse
desde edificios monolíticos
y terrones de azúcar
flotando por la tierra de soledades de café
que habitó en tus cabellos.

No teñiré de rojo mi melena
en una vaga crisis de sonambulismo
para esperar a medias esa muerte truncada
donde se acuna tu recuerdo.
No llamaré a Rimbaud para hacer de mi vida,
de esta vida, una llaga de lluvia
en este mundo estremecido
por la radiografía del relámpago.
Soy la vulgar espectadora
en el cine angustiado de tus versos:
soy quien te olvidará día tras día
mientras invoca la tormenta.

Marina Casado, Mi nombre de agua (Madrid: Ediciones de la Torre, 2016)

Paul McCartney en Madrid: una ventana al tiempo de los Beatles

El término “agujero de gusano” se define como un atajo a través del espacio y del tiempo: una “puerta” que te teletransportaría al pasado o al futuro de manera inmediata. Se trata de un concepto puramente científico, pero lo que la otra noche vivimos en el Estadio Vicente Calderón fue lo más cercano a un agujero de gusano que conoceré, y sin que la ciencia interviniera en modo alguno. Porque a veces el arte –la literatura, la música– es capaz de derrumbar por sí mismo las barreras del tiempo.

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Con mi hermano en el estadio Vicente Calderón, antes del inicio del concierto

Ese jueves, junio nos contemplaba con sus ojos de recién nacido desde las nubes que se iban arremolinando en el techo de la tarde. El estadio se llenaba lentamente, en mitad de una algarabía alegre y de una profusión de camisetas de los Cuatro de Liverpool, de todos los tamaños, colores y modelos inimaginables. Porque el concierto era de Paul McCartney, pero la mayoría íbamos a ver a los Beatles.

Para una gran parte del público, McCartney –los Beatles– constituía una parte de su juventud. Para el resto, era un mito perteneciente a un pasado musical glorioso al que se nos permitía asomarnos, durante una sola noche. Por ello el público resultaba tan heterogéneo.

Tras la actuación insípida de un disc jockey que se limitaba a ponerle fondos funky a canciones de Lennon y que nos hizo desear con más fuerza el inicio del concierto, apareció Paul McCartney, a cuestas con su leyenda, tras doce años sin pisar España. Anochecía. Paul, para mí extraño sin su peinado a tazón de los primeros sesenta, lucía una camisa blanca, chaqueta y vaqueros. Todo muy british, muy formal, muy de estrella pop momificada por la fama y por los millones. Nos esperábamos una vieja gloria de 74 años cansada, nostálgica y deliciosamente decadente.

Pero entonces, comenzó a cantar “A Hard Day’s Night” y se desató el hechizo.

Paul McCartney, Ringo Starr, George Harrison, John Lennon
Los Beatles al inicio de su carrera. A la izquierda, un joven Paul McCartney

Año 1964. Allí estábamos, de pronto. Antes de la época del LSD y de las muchachas con ojos de caleidoscopio planeando por cielos de mermelada. Antes de los Doors, de los Moody Blues, de Jefferson Airplane. Antes del Verano del Amor y de las drogas de diseño. 1964. John, Paul, George y Ringo, enfundados en sus trajes idénticos, con aquellos peinados repelentes y su imagen de “niños buenos” para diferenciarse de los Stone, tan gamberros, tan rompedores. Brian Epstein les dijo que los vaqueros no eran adecuados para sus actuaciones; tampoco comer pollo en el escenario. 1964 y todo el futuro por delante. La historia del rock, la que ellos estaban forjando sin saberlo.

Cambio de década, de paisaje, de recuerdos no vividos. McCartney, con su rostro amable de bulldog envejecido, se trasladaba a su papel de solista con su tema “Save Us”. Ya escribí anteriormente que Paul siempre será mi Beatle favorito, pero es que Paul fue más que un Beatle, después de romper de mala manera con Lennon –ambos actuaron cegados por su amor: John por el de Yoko y Paul por el de sus preciados millones–. Después McCartney continuó sorprendiéndonos con obras maestras como Ram y dando forma al vuelo de Wings, de la mano del antiguo guitarrista de los Moody, Denny Laine, y de su primera esposa Linda, a la que conoció siendo ella fotógrafa, allá por 1967.

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Paul y Linda McCartney en los tiempos de Wings. 1975, foto de James Fortune

Se desplegaron también las alas de Wings la otra noche, en el Calderón, con éxitos de la talla de “Letting Go”, “Band On The Run” o “Live And Let Lie”, que atronó entre fuegos artificiales y unas imágenes del Palacio de Westminster en mitad de una explosión que habrían hecho las delicias de Guy Fawkes. Dedicó a Linda el precioso tema “Maybe I’m Amazed”, y otro a su esposa actual, Nancy Shevell. En tributos no se quedó corto, porque también lo vimos rodearse de símbolos hippies en homenaje a John Lennon –la hipocresía, en estas ocasiones, puede perdonarse– para cantar “Give Peace A Chance”. Aunque el más emocionante, fue, sin duda, el de Harrison, en el que un polifacético McCartney, armado con un ukelele, nos deleitó con uno de los temas más memorables de los Beatles: “Something”.

Otras canciones de aquel grupo que cambiaría para siempre la historia de la música se elevaron en el aire nocturno del Calderón. Aparecieron los primeros Beatles, pulcros y políticamente correctos, en “Can’t Buy Me Love”, “We Can Work It Out”, “Love Me Do”… También esos otros más artistas, creadores de “The Fool On The Hill” o “Being for the Benefit of Mr. Kite!”. El público vibró con “Hey Jude” y se apagó misteriosamente con una canción de calidad superior, en mi humilde opinión, como es “Let It Be”. Todos nos desatamos en el desenfado circense y dadaísta de “Ob-La-Di, Ob-La-Da y volamos en avión con “Back in the URSS”. En el siglo XXI, la iluminación de los móviles ha sustituido a los antiguos mecheros en los conciertos, pero se encendieron todos, dibujando un manto plateado en el estadio, en los temas más románticos de McCartney, aquellos que le convirtieron en mi preferido, de los cuatro: “Here, There And EveryWhere”, “And I Love Her”…

No podía perdonar que se saltara “Michelle”, mi tema preferido; pero supo compensarlo bien con aquel “Eleanor Rigby” de violines y soledades líricas, insólita obra de excepcional belleza en la historia del rock. Terminó con el “The End” que también puso fin, en 1969, al álbum de Abbey Road.

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Paul McCartney durante el concierto. Fotografía de El País

Al concierto no le faltó nada, ni unas notas inusuales de modernidad –con “Four Five Seconds”, el tema que canta Paul con Rihanna y Kanye West– ni una extravagante pedida de matrimonio en mitad del escenario con el ex Beatle como oficiante del acto. McCartney, guasón y experimentado, talentoso al piano y a la guitarra, no flaqueó ni por un momento, demostrándonos que sigue siendo el mismo genio musical.

Sí; los agujeros de gusano existen y la ciencia no es estrictamente imprescindible. Ese jueves, pudimos ver a los Beatles. Nunca imaginé que escucharía en directo “Yesterday”, una de las primeras canciones de las que me enamoré en mi infancia; pero allí estábamos. Paul tenía la voz más ajada que en sus tiempos de peinado a tazón y muchas más experiencias en el bolsillo. El siglo XX lanzaba sus destellos en esa maravillosa, rota en ocasiones. Y Brian Epstein ya no podía reprenderle por llevar pantalones vaqueros en el escenario.

.

……………

Sí, tengo el examen de oposiciones a la vuelta de la esquina, pero McCartney tiene derecho a paralizar el tiempo, por una noche, a refrescar mi pobre y abandonado blog. Porque una cosa así ocurre una vez en la vida. ¡Volveremos pronto a leernos!

Literatura clásica y contemporánea en “L.A. Woman”, de The Doors

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Jim Morrison en 1970

El 8 de diciembre de 1943, hace ahora 72 años, nacía en Melbourne James Douglas Morrison, que pasaría a la Historia como Jim Morrison, líder y vocalista de una de las bandas más esenciales del rock internacional: The Doors. En artículos anteriores, ya he profundizado en su faceta de poeta, menos célebre que la de estrella del rock y, sin embargo, aquella en la que Jim se sentía más cómodo.

Los biógrafos de Morrison suelen coincidir en que se convirtió en cantante por mera casualidad: una oportuna conversación con su compañero de carrera Ray Manzarek, que descubrió en los poemas de Jim un material excepcional para añadirle una base rockera y construir, en torno a ellos, una banda de estilo psicodélico, acorde con las nuevas tendencias musicales que comenzaban a aparecer.

Yo misma he sostenido esa hipótesis acerca de que fue la casualidad la que condujo a Jim a los escenarios; pero ahora, después de haberme adentrado mucho más profundamente por las apasionantes sendas del rock de los sesenta, me corrijo: en aquella época, el rock y la literatura caminaban de la mano y resultaba difícil separar uno de la otra. Y así, nos encontramos con las dos caras de la moneda: el rock hecho literatura en la Generación Beat de los cincuenta, y la literatura hecha rock en las míticas bandas de la segunda mitad de los sesenta: The Beatles, The Velvet Underground, Jefferson Airplane… Y, por supuesto, The Doors.

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The Doors: Jim Morrison, Robby Krieger, Ray Manzarek y John Densmore

Como he dicho, la materia prima de las canciones de The Doors la constituían los poemas escritos por Jim Morrison. Exceptuando unos pocos temas compuestos por Robby Krieger –circunstancia que se hace notar en la menor calidad lírica-, todos parten de la poesía de Jim. Y entremezcladas con sus versos, multitud de referencias literarias y cinematográficas que reflejaban el inmenso bagaje cultural del vocalista.

Podríamos dedicar todo un libro para recoger las múltiples referencias e inspiraciones halladas en las letras de The Doors, pero hoy quisiera centrarme en un tema en concreto; uno de los que, en mi opinión, presenta una mayor intensidad lírica. Se trata de la canción “L. A. Woman” –“Mujer de Los Ángeles”, incluida en el álbum que lanzaron en 1971, el último que grabó la banda en vida de Jim Morrison –fallecería tres meses más tarde, en París-, que lleva el mismo título que la canción y que apuesta claramente por la mezcla del rock con el blues.

El tema “L. A. Woman” fue compuesta por Jim Morrison para Pamela Courson, con quien mantendría una inconstante y tormentosa relación desde los veintidós hasta los veintisiete años, cuando murió junto a ella en París. También es un canto a Los Ángeles, ciudad que Morrison amó hasta el fin de sus días. Veamos la traducción de la letra:

Bueno, llegué a la ciudad hace casi una hora.
Me di una vuelta para ver de qué lado soplaba el viento,
por donde están las chicas, en sus bungalows de Hollywood.
¿Eres una damisela afortunada en la Ciudad de la Luz
o solo otro ángel perdido?

Ciudad de la noche,
ciudad de la noche,
ciudad de la noche..
Mujer de Los Ángeles, mujer de Los Ángeles,
mujer de Los Ángeles, tarde de domingo;
mujer De Los Ángeles, tarde de domingo;
mujer De Los Ángeles, tarde de domingo;
conduce por los suburbios
en tu blues, en tu blues; sí…
en tu blues… ¡oh, sí!

Veo que tu cabello arde,
las colinas se incendian.
Si te dicen que nunca te he amado,
sabrás que mienten.

Conduciendo por las autopistas,
vagando por los callejones a media noche…
Policías en coche, bares de topless…
Nunca vi a una mujer
tan sola, tan sola,
tan sola, tan sola…

Motel, dinero, asesinato, locura.
Cambiemos el humor: de la alegría a la tristeza.
El Sr. Mojo colocándose…

En la letra, el yo lírico se dirige a una hipotética mujer a la que formula una pregunta: “¿Eres una damisela afortunada en la Ciudad de la Luz? / ¿O solo otro ángel perdido?…”. A esa misma mujer –sabemos que es Pamela por el color rojo de su pelo- le dice: “Veo que tu cabello arde. / Las colinas se incendian. / Si te dicen que nunca te he amado, / sabrás que mienten”. En el videoclip que The Doors eligieron para la canción, mientras la voz de Morrison canta esta estrofa, vemos un monte ardiendo y, por encima de un edificio, un rótulo, algo así como el nombre de una tienda, un hotel o un pub, que reza Dante’s. Por detrás, las llamas que consumen el paisaje. Se trata, sin duda, de un guiño al Infierno de la Divina Comedia, trasladado a los años sesenta del siglo XX, banalizado.

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Pamela Courson, novia de Jim Morrison, es la musa oculta del tema “L.A. Woman” de The Doors

Pero además de esta referencia a Dante, existen otras contemporáneas. Jim Morrison llama a Los Ángeles “Ciudad de la noche”. Se trata de una alusión a una sobrecogedora novela del texano John Rechy, City of Night (1963), que versa sobre el sórdido mundo de la prostitución masculina en  Nueva York, Los Ángeles, San Francisco y Nueva Orleans. La letra de la canción de The Doors, así como el videoclip original, hacen referencia a la vida nocturna de Los Ángeles, dominada por los bares, el juego, la bebida y la prostitución. Temas, por otra parte, muy recurrentes en la literatura beatnik, de la que Jim bebía.

En la pregunta que plantea Morrison al comienzo de la canción: “¿Eres una damisela afortunada en la Ciudad de la Luz / o solo otro ángel perdido?”, existe una alusión a la novela Los vagabundos del Dharma, escrita por Jack Kerouac –célebre integrante de la Generación Beat- en 1958 y considerada uno de los libros de cabecera del movimiento hippie, a causa de la espiritualidad que exuda. En un momento de la novela, leemos: “¿Somos ángeles caídos que nos negamos a creer que nada es nada y, por tanto, nacemos para perder a los que amamos y a nuestros amigos más queridos uno a uno, y después nuestra propia vida, para probarnos?”.

Una cuestión que, sin duda, atormentaba a Jim, cuya vida fue una constante experimentación de los sentidos –aquella consigna extraída de su adorado Rimbaud- para evitar, en la medida de lo posible, convertirse en lo que él definía como “voyeur”, interpretado en el sentido existencial; en otras palabras: espectador de su propia existencia.

[Parte del texto ha sido extraído de mi libro El barco de cristal. Referencias literarias en el pop-rock (Líneas Paralelas, 2014)]

Mick Jagger: Comprensión hacia el Diablo

El músico Mick Jagger en la actualidad

Lo conocí en persona el año pasado, la última vez que los Rolling Stone pisaron Madrid, durante su ambiciosa gira “14 On Fire”. Saltó al escenario retorciendo su escuálido cuerpo como una lagartija inquieta y habilidosa con chaqueta roja, conquistando al enfebrecido público desde el primer momento.  Si se hubiera limitado a quedarse parado, el público habría enloquecido de la misma forma, porque quien estaba allí, delante de nosotros, no era un ser humano como tal, sino una leyenda viva del rock. Pero Mick Jagger (Dartford, Reino Unido, 1943) nunca decepciona y sus saltos, bailes y florituras resultaron dignos de un veinteañero, a pesar de que la persona que los ejecutaba había sobrepasado los 70. Hoy, el Diablo más célebre del rock cumple 72 y se me hace necesario escribir sobre él, sobre esa figura que ha levantado, a lo largo de su dilatada carrera musical, los más desaforados amores y odios.

Jagger es algo así como el rey de lo kitsch en el rock, en cuanto a estética. Sus vestimentas estrafalarias se han ido intensificando con la edad y creo que jamás olvidaré las pieles rojas y negras con que se cubrió el año pasado en el escenario del Santiago Bernabeu –adornado este con llamas muy realistas- mientras interpretaba el tema que lo catapultó al estrellato: aquel “Sympathy For The Devil” que compuso a finales de los sesenta, inspirado por un libro que le había regalado su por entonces novia, la actriz y modelo Marianne Faithfull. El libro no era otro que El maestro y Margarita, del escritor soviético Mijaíl Bulgákov. En la canción, Jagger da voz a Satanás y se confiesa autor de todos los crímenes de la historia de la Humanidad, aunque, desde luego, sin perder la elegancia: es el suyo, como el de Bulgákov, un diablo refinado y cortés, de una maldad aguda y elegante.

Keith Richards y Mick Jagger en los sesenta
Keith Richards y Mick Jagger en la actualidad

El eclecticismo de Jagger no se limita a la vestimenta: ha explorado todos los ámbitos, desde el cine, pasando por el teatro hasta llegar a la economía, que comenzó a estudiar en su juventud, abandonando dichos estudios para dedicarse de lleno a los Stone, pero cuyo dominio le ha servido para convertirse en el contable por excelencia de la banda –y, si le añadimos su proverbial egoísmo, concluimos que ha sido, en efecto, un buen contable-. Y ya dentro de la banda, es el miembro que más ha apostado por la inclusión de géneros tan extravagantes como la samba para mezclarlos con el rock más tradicional. Lo cierto es que el alma de Jagger es más popera que rockera y que los Rolling no serían lo que son si no fuera por la firme resistencia del guitarrista, Keith Richards, un rockero de raza de los que ya no quedan. Gracias a él, la banda no se ha llegado a convertir en una versión extendida de Michael Jackson.

Es precisamente la compleja relación de Jagger con Richards la que ha protagonizado las polémicas en muchas ocasiones, a lo largo de la historia de los Stone y especialmente en los ochenta, cuando el grupo estuvo a punto de desintegrarse. Ambos fueron compañeros en el colegio y amigos de infancia y, después de que sus caminos se separasen, a los 17 se reencontraron y se dedicaron juntos a la pasión que compartían: la música. Fue por entonces cuando el rubio y talentoso Brian Jones los reclutó para la banda que acababa de fundar y que pasaría a la Historia: los Rolling Stone. Aquel fue el dichoso comienzo: Jagger y Richards unieron sus fuerzas para componer algunos de los temas más sonados del grupo, aunque sin llegar a la genialidad del erudito musical Brian Jones, quien, sin embargo, tenía un carácter extremadamente complejo y autodestructivo que acabaría con él. Jones era el genio en la sombra porque Jagger, aunque no le alcanzara en conocimientos musicales y maestría, poseía algo mucho más esencial para una banda de rock: un tremendo carisma en los escenarios, la capacidad de levantar pasiones y de dirigir la economía de la empresa en la que poco a poco se convertiría el grupo.

Brian Jones y Mick Jagger en los sesenta

Mick Jagger y Keith Richards acabaron ocupando el lugar de Brian Jones en 1969, cuando el ilustre fundador de los Stone se hallaba casi consumido por las drogas y el alcohol. Poco tiempo después de apartarlo de la banda, Jones falleció en extrañas circunstancias en la piscina de su mansión. Las malas lenguas acusan directamente –y sin pruebas- a Jagger y Richards de su muerte. Los dos eran buenos amigos, por entonces. Con el tiempo, sus visiones contrapuestas de la música y de la vida, en general, los acabaron distanciando hasta la situación actual, en la que se toleran cortésmente como un matrimonio divorciado que tiene en común un hijo, en este caso, una banda de rock. Ambos son conscientes de que se necesitan mutuamente para que ese hijo continúe vivo –y dando beneficios-.

Dichos beneficios alcanzan en Mick Jagger –Sir Mick Jagger, desde 2003- la apabullante cifra de 240 millones de euros, los que se calcula que componen su fortuna personal. Jagger es hoy casi una empresa en sí mismo, una imagen marketiniana. Su inconmensurable fortuna solo es comparable a su legendario ego y a la pasión que sigue mostrando en los escenarios. Y sí: ya sabemos que su lustrosa melena castaña, idéntica a la de su juventud, lleva incorporados varios implantes; que sus morritos característicos son fruto ya del bótox; que mantener el tipo le cuesta una dieta extremadamente estricta y un programa de ejercicios diarios que se podría considerar criminal para una persona de su edad. No es fácil la vida de un viejo rockero que se resiste a envejecer. Pero reconozcamos que Jagger, más allá de su dudosa moralidad, ha sido la cara visible de los Stone y el responsable, en gran medida, de que estos se hayan convertido en la banda más longeva de la historia del rock. Qué sería hoy de los Rolling sin las carnavalescas actuaciones de Jagger, en las que todavía conserva la chispa de su antigua sensualidad, como un viejo diablo refinado y malévolo que sabe dónde da cada uno de sus pasos.

Hoy Jagger cumple 72. Y los seguidores de los Rolling Stones seguimos “encantados de conocerlo”…

Mick Jagger en la actualidad