Presentación de “La nostalgia inseparable de Rafael Alberti” en el Ateneo de Madrid

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José María de la Torre, Marina Casado, J. Ignacio Díez y Alejandro Sanz durante la presentación. Foto de Javier Velasco Oliaga

El pasado lunes 12 de junio celebramos la presentación de mi nueva obra, La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio íntimo en su obra (Ediciones de la Torre, 2017). Fue en el Ateneo de Madrid, un lugar emblemático en la historia literaria de la ciudad. Me acompañaron en la mesa Alejandro Sanz, presidente de la Sección de Literatura del Ateneo y de la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre; J. Ignacio Díez, catedrático de Literatura de la Universidad Complutense y José María G. de la Torre, director de Ediciones de la Torre.

El ensayo es el resultado de la adaptación, a libro, de mi tesis doctoral, defendida en diciembre de 2015 y por la cual obtuve la calificación de “Sobresaliente Cum Laude”. Se trata de la revisión de la obra poética —y gran parte de la teatral— de Rafael Alberti, desde el punto de vista de la oscuridad y del exilio íntimo: los dos ejes centrales que vertebran su poética y que, desde mi punto de vista, no han sido atendidos suficientemente por la crítica.

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Foto de Javier Velasco Oliaga

Alberti es más que Marinero en tierra; es más que aquel fulgor de extroversión y alegría que ha quedado en el recuerdo de tantos; más que un activo militante del Partido Comunista que se debatió siempre entre el clavel (el lirismo) y la espada (el compromiso). Su primer poema fue una consecuencia directa de la necesidad de expresar sus sentimientos tras la muerte de su padre en 1920, cuando él tenía 17 años. Su poesía nace, por tanto, de la oscuridad. Desde ese momento, toda su poética puede estructurarse en torno a una serie de crisis existenciales en las que desembocaba la pérdida de sucesivos paraísos que no eran espaciales, sino temporales. La evocación de un pasado más feliz teñía el presente de un sentimiento de nostalgia, lo que él llamó “nostalgia inseparable” en un poema de su obra Baladas y canciones del Paraná.

El resultado es una progresiva pérdida de la propia identidad. El poeta se busca a lo largo de toda su obra y esta búsqueda resulta infructuosa, por lo que se convierte en un exiliado íntimo, un exiliado de su presente.

El acto comenzó con la presentación de Alejandro Sanz, que reivindicó con sumo acierto la importancia de la Generación del 27 en la historia de la literatura hispánica y la necesidad de que los nuevos investigadores revisen la obra de los clásicos, esos que a veces son rechazados por algunos poetastros contemporáneos. A continuación, José María de la Torre, quien fuera amigo del poeta, narró algunas anécdotas vividas con él y señaló la importancia de su figura en el panorama literario. Ignacio Díez, en una valiente y aplaudida intervención, defendió la integridad ideológica de Alberti, su compromiso, y criticó a aquellos que utilizan el argumento político para no considerarlo un gran poeta.

Tras mi intervención, tuvo lugar la proyección de un vídeo que elaboré hace años como homenaje a la Generación del 27, que mezclaba una versión musical de la famosa “Balada para los poetas andaluces de hoy” -con la voz del propio Alberti, acompañado de Rosa León- y fotografías de escritores de dicha generación, junto a algunos otros próximos.

Fue una tarde emocionante y memorable. Asistieron familiares, amigos incondicionales, inesperados conocidos y numerosos desconocidos atraídos por el tema. Todos contribuyeron a dejarme un poquito de esa luz que, igual que Alberti, persigo con desesperación en estos tiempos sombríos.

Finalizo con una selección de fotos tomadas, en su mayoría, por los poetas Andrés París y Gelu Vlasin:

Ya sabéis que podéis encontrar mi ensayo La nostalgia inseparable de Rafael Alberti. Oscuridad y exilio íntimo en su obra (Ediciones de la Torre, 2017) en la web de Amazon.

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Alberti y la emoción poética

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Tras el veredicto del tribunal. Con el director de mi tesis, Ignacio Díez, y los miembros del tribunal: Gaspar Garrote, Dolores Romero, Eduardo Pérez-Rasilla, Jesús Ponce y Juan Matas

Por primera vez en varias semanas, dispongo de un rato para respirar, mirar algo más que no sea el temario de las oposiciones y asimilar los acontecimientos que me rodean. Por ejemplo, el hecho de que, desde hace dos días, soy Doctora Cum Laude en Literatura española, gracias a mi tesis Oscuridad y exilio interior en la obra de Rafael Alberti. Alberti, que hoy, 16 de diciembre, cumpliría 113 años.

Con mi tesis doctoral finalizada, termina un ciclo que empecé hace ya cuatro años. Tenía por entonces 22 y estaba comenzando el Máster de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid, con el objetivo de poder iniciar, en el siguiente curso, mis estudios doctorales. A mis espaldas, una licenciatura en Periodismo que no me acababa de satisfacer. Me sentía todavía un poco perdida, pero comenzaba a encontrarme.

Mi primer trabajo de investigación para el máster no fue sobre Luis Cernuda, como cabría pensar viniendo de mí, sino sobre uno de sus compañeros de generación, Emilio Prados. Concretamente, me centré en su etapa surrealista. Podría haber continuado la investigación del máster en mi tesis doctoral, pero necesitaba un tema que, más que gustarme, me apasionara. Todo apuntaba, de nuevo, hacia Luis Cernuda. Por eso fue una sorpresa –especialmente, para mí misma- que finalmente me decantara por Rafael Alberti.

Y es que Cernuda ya ha encontrado su lugar en la crítica, la valoración que desde siempre se había merecido y que no ha obtenido hasta hace bien poco. Pero Alberti, tan célebre en los años setenta y ochenta, ha ido desvalorizándose progresivamente; en parte, debido a la ideología comunista que mostraba, que no a todos agrada. Es recurrente, también, juzgar toda la trayectoria del poeta por su primer poemario, Marinero en tierra, sin conocer su amplísima obra, que profundiza el multitud de corrientes, técnicas y géneros, y que resulta en todos los casos brillante. Estamos hablando de una de las voces líricas más importantes de la literatura española, el maestro de las imágenes poéticas, cuajadas de plasticidad y virtuosismo. En acertadas palabras del doctor Gaspar Garrote, miembro de mi tribunal, se trata “del poeta más representativo de la Generación del 27”. Es ahora, cuando podemos contemplar su obra completa desde una cierta distancia temporal, cuando deben publicarse nuevos trabajos que la revisen de forma global, que muestren nuevas perspectivas.

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Agosto de 2014, en la Casa Museo de Rafael Alberti

Y en gran medida, por todo esto elegí a Alberti como tema de mi tesis doctoral. Pero no he incidido en la visión tradicional del poeta como ser luminoso y alegre, visión a la que estamos acostumbrados. Hablé del Alberti más oscuro, del Alberti que se sentía exiliado del presente, cuyos versos nacían del desamparo y de la sombra. Y confieso que me he apasionado escribiendo. Hay quien me ha criticado, en la tesis, un uso excesivo de mi intuición a la hora de interpretar la obra albertiana, dejando más de lado el aspecto filológico. Me cuesta no implicarme en aquello en lo que profundizo. En la carrera de Periodismo, ya me pedían sacrificar mi subjetividad en los escritos y jamás lo conseguí –tampoco hice demasiado por conseguirlo-.

Pero es que no soy periodista ni filóloga; soy las dos cosas a la vez o ninguna. Creo que soy, por encima de todo, poeta –no sé si buena o mala; eso no viene al caso-, y mi propia subjetividad se impone. Me dice que, para poder interpretar la poesía, hay que sentirla: dejarla correr por la sangre, beberla a bocanadas, situarse en la piel de su autor. En este contexto, la filología es solo un instrumento más que nos ayuda al análisis, pero que en ningún caso debería sustituir a la intuición, al sentimiento. Precisamente, porque estamos hablando de poesía, el género literario que más depende de la sentimentalidad, del impulso emocional, de lo opuesto a la razón desnuda.

No ha sido fácil abrirme camino en el mundo filológico sin la carrera de Filología. He tenido que aprender mucho y compensar mis carencias con múltiples lecturas y horas de trabajo. Pero finalmente, lo he conseguido. Con esta perspectiva emocional, tan distinta del frío academicismo que a veces se exige. Supongo que eso es, a la vez, ventaja e inconveniente. No consigo diseccionar un poema sin diseccionarme a mí con él. Tal vez, es demasiado tarde para convertirme en filóloga… Tal vez lo sea ya.

O tal vez… “Tal vez no seré nada, y mi vida tendrá esa admirable gratuidad de las existencias perfectas”. Eso lo dijo Luis Cernuda. Cernuda, Alberti… Los dos se me antojan amigos muy cercanos a los que nunca he conocido, a los que siempre he conocido.

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Luis Cernuda en los años veinte

Cae la noche y se precipitan las familiares divagaciones. La luz del flexo baña de un aire meditabundo la mesa de mi escritorio. Rememoro mi sonrisa llenando los segundos posteriores a aquellas palabras: “El tribunal ha decidido, por unanimidad, concederle el Sobresaliente Cum Laude”. Empiezo a comprender que todo esfuerzo acaba dando su fruto, aunque a veces parezca que la niebla, esa niebla tan unamuniana, nos envuelva, impidiéndonos contemplar la luz del sol. Sí: todas las recompensas llegan. Pero el camino jamás termina.

Y hoy, en el 113º aniversario del nacimiento de Rafael Alberti, todavía quedan muchas metas que conquistar, hasta que su poesía ocupe en la crítica el lugar que se merece.

Aute en el Día Mundial de la Poesía de la UCM

“Presiento que tras la noche / vendrá la noche más larga”. Todos pensaron, en un principio, que estos versos correspondían a una canción de amor; yo incluida, cuando era niña y mis padres la ponían en el tocadiscos del salón. Fue la primera canción que me cautivó, que encendió en mi alma el veneno sugestivo y preciso de la música, esa chispa que te empuja a escuchar una y otra vez un tema y a sentir escalofríos con los acordes que preceden a la letra.

"Dedos virginales", Luis Eduardo Aute (1986)
“Dedos virginales”, Luis Eduardo Aute (1986)

No era una canción de amor. Su autor, Luis Eduardo Aute (Manila, 1943), la escribió en 1975, cuando expiraba en España el régimen franquista y expulsaba sus últimos estertores de crueldad y represión. Disfrazó la canción de romanticismo para poder burlar a la censura, pero en realidad se trataba de un encendido alegato contra la pena de muerte. En 1975, fueron condenados a muerte dos militantes de ETA y tres del FRAP, y esta decisión conmocionó a la sociedad española. Años más tarde, Aute confesó que la letra de “Al alba” surgió del dolor por esas víctimas que, finalmente, fueron ejecutadas, a pesar de la profunda repulsa nacional. Conociendo la verdadera historia que se esconde tras la canción, algunas estrofas resultan precisas y estremecedoras:

Miles de buitres callados

van extendiendo sus alas,

¿no te destroza, amor mío,

esta silenciosa danza?

Maldito baile de muertos,

pólvora de la mañana.

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El pasado miércoles 18 de marzo tuve la oportunidad de escuchar al propio Aute a mi lado, cantando a cappella esta canción que tanto había escuchado de niña. Fue en el Paraninfo de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, tras la entrevista que le hicimos Rubén Luengo, Sofía Nicolás y yo, durante la celebración del Día Mundial de la Poesía.

Aute, que acaba de publicar todas sus canciones en el volumen Claroscuros y otros pentimentos (Pigmalión, 2014), no concibe la distinción entre música y poesía: para él ambas realidades llegaron de la mano. Tampoco cree en el concepto de “cantautor” –antes prefiere, como él mismo confesó en la entrevista, el de “cantamañanas”-. Influido por Brassens, Brel y las obras de Paul Eluard en la década de los sesenta, sintió el influjo de la protesta social que embrujaba las letras de Bob Dylan, componiendo algunos de sus primeros temas, como aquel hondo y poético “Aleluya nº 1”.

Pero su pasión primera fue la pintura, que sigue cultivando, realizando numerosas exposiciones a nivel internacional. Aute es algo así como el artista integral, que toca todos los ámbitos: poesía, música, pintura, escultura… Y cine. El séptimo arte, que tiene un lugar preponderante en su obra musical –porque “toda la vida es cine y los sueños, cine son”-, también le ha atraído e inspirado, hasta el punto de dirigir varios cortometrajes y algún que otro largometraje.

El acto fue memorable: tras la entrevista, Aute leyó algunos de sus “poemigas” –una especie de greguerías- y se desató con una guitarra, improvisando “La belleza” y, para finalizar –y sin acompañamiento, esta vez-, “Al alba”. Para mí, fue una experiencia emocionante.

Con Luis Eduardo Aute, a la entrada del Paraninfo de la Facultad de Filología de la UCM
Con Luis Eduardo Aute, a la entrada del Paraninfo de la Facultad de Filología de la UCM

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A lo largo de la celebración del Día Mundial de la Poesía en la Universidad Complutense, hubo muchos más actos, conferencias, recitales y talleres, dirigidos por estudiantes de la universidad y poetas. Resultó una auténtica fiesta de la poesía, coordinada por Sergio Santiago y organizada por el Vicedecanato de Biblioteca, Cultura y Relaciones Institucionales de la Facultad de Filología, a cargo de José Manuel Lucía Megías. Un ejemplo para todas las universidades españolas: la demostración de que la poesía sigue viva, aunque Golpes Bajos afirmara ya en los ochenta que son “malos tiempos para la lírica”.