Los fantasmas del deseo

Yo no te conocía, tierra;
con los ojos inertes, la mano aleteante,
lloré todo ciego bajo tu verde sonrisa,
aunque, alentar juvenil, sintiera a veces
un tumulto sediento de postrarse,
como huracán henchido aquí en el pecho;
ignorándote, tierra mía,
ignorando tu alentar, huracán o tumulto,
idénticos en esta melancólica burbuja que yo soy
a quien tu voz de acero inspirara un menudo vivir.

Bien sé ahora que tú eres
quien me dicta esta forma y este ansia;
sé al fin que el mar esbelto,
la enamorada luz, los niños sonrientes,
no son sino tú misma;
que los vivos, los muertos,
el placer y la pena,
la soledad, la amistad,
la miseria, el poderoso estúpido,
el hombre enamorado, el canalla,
son tan dignos de mí como de ellos yo lo soy;
mis brazos, tierra, son ya más anchos, ágiles,
para llevar tu afán que nada satisface.

El amor no tiene esta o aquella forma,
no puede detenerse en criatura alguna;
todas son por igual viles y soñadoras.
Placer que nunca muere
beso que nunca muere,
sólo en ti misma encuentro, tierra mía.
Nimbos de juventud, cabellos rubios o sombríos,
rizosos o lánguidos como una primavera,
sobre cuerpos cobrizos, sobre radiantes cuerpos
que tanto he amado inútilmente,
no es en vosotros donde la vida está, sino en la tierra,
en la tierra que aguarda, aguarda siempre
con sus labios tendidos, con sus brazos abiertos.

Dejadme, dejadme abarcar, ver unos instantes
este mundo divino que ahora es mío,
mío como lo soy yo mismo,
como lo fueron otros cuerpos que estrecharon mis brazos,
como la arena, que al besarla los labios
finge otros labios, dúctiles al deseo,
hasta que el viento lleva sus mentirosos átomos.

Como la arena, tierra,
como la arena misma,
la caricia es mentira, el amor es mentira, la amistad es mentira.
Tú sola quedas con el deseo,
con este deseo que aparenta ser mío y ni siquiera es mío,
sino el deseo de todos,
malvados, inocentes,
enamorados o canallas.

Tierra, tierra y deseo.
Una forma perdida.

Luis Cernuda, Donde habite el olvido

Luis Cernuda en los años veinte

Luis Cernuda en los años veinte

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2 respuestas a Los fantasmas del deseo

  1. patrick de meulenaere dijo:

    Hola, que tal… ?

    ( perdoname de antemano la falta de acentos castellanos en mis lineas, que no les tengo en mi teclado « anglosaxon » !)

    … Magistral esta poesia, y un poco masoquista no ?…
    Pasion a full por un amor completo, que él nunca encontro…

    Un borrarse, una negacion total frente a la imposibilidad suya de vivir el amor perfecto …

    Por su afan de simplemente vivir este amor, poco a poco y a medida de sus desilusiones, se lo transformo, segun yo, en una realizacion puramente poetica, imaginaria, pero con la fuerza casi concreta de haberlo vivido en lo real ….

    A pesar de que todo sea ilusorio, algo en su conviccion poetica esta muy realista !

    Ese sentimiento en la poesia de Cernuda siempre me resulta estupendo – y contradictorio – , nada en suma le esta imposible.

    Las palabras superan a la realidad, no ?

    Y eso es la fuerza de su poesia, me parece : transformar, moldear el deseo hasta obtener algo satisfactorio para él, y tal vez, tambien para nosotros lectores, admiradores de Cernuda… no le parece ?

    Es poderoso su forma pura de amor por la vida, por menudo que le pareciera … y fragil como el cristal, que hermoso no ?

    • Gracias por tu interesante reflexión.

      Cernuda, en su primer poemario, escribió que “el amor mueve el mundo”. Nada había, para él, más importante que el amor. ¿Su mayor terror? Lo dice en otros versos de “Un río, un amor”: “Por miedo de irnos solos / a la sombra del tiempo”.

      Resulta paradójico que, siendo para Cernuda el amor lo más esencial, nunca lograra ese amor puro e imperecedero, correspondido. Esto le condujo a la amargura, a la resignación, y entonces se volvió a la Naturaleza, buscando en ella lo Eterno, lo que la realidad no podía ofrecerle. La realidad frente al deseo: el deseo de eternidad, de algo que no terminara…

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