Andrés París: mirar el mundo con ojos de verso

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Andrés París recitando en el Museo de la Ciudad de Móstoles, en una actividad organizada por la Asociación Cultural Naufragio. Fotografía: María del Río-Ángel Aranda (acnaufragio.blogspot.com)

El poeta también se encuentra en la mirada y Andrés París (Madrid, 1995) contempla el mundo con ojos de verso. Observador, atento, brillante; su timidez y discreción habituales dan paso, en el escenario, a un excelente rapsoda que se mueve como pez en el agua y es capaz de despertar emociones en los labios de sus afortunados espectadores. Y es que, además de ser poeta, Andrés ha hecho sus pinitos en el mundo del teatro. Su participación más reciente puede encontrarse en la obra Azul de metileno —basada en El árbol de la ciencia de Pío Baroja—, en la que encarnó al cínico personaje de Julio Aracil. La obra fue estrenada en noviembre de 2016 en el teatro OFF Latina de Madrid. En el terreno interpretativo, también hay que señalar que obtuvo el primer puesto en el popular Slam Poetry de Madrid en 2015, con un poema que desafiaba la habitual mediocridad “antipoética” de estos eventos.

Yo lo descubrí en su faceta de “poeta científico”, una categoría cuya existencia desconocía hasta entonces. A caballo entre las humanidades y las ciencias más puras, es graduado en Bioquímica por la Universidad Autónoma de Madrid y cuenta con una sección propia en la revista científica Principia, donde ya ha publicado dos ingeniosos poemas en los que desmonta el mito de la supuesta incompatibilidad entre ciencias y letras.

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De izquierda a derecha: los poetas Aureliano Cañadas, Andrés París y Javier Díaz Gil, junto al editor José María Herranz, durante la presentación de Entre el infinito y el cero en La Casa Encendida

Fue en otoño del año pasado cuando se incorporó al grupo poético de Los Bardos, convirtiéndose así en el segundo miembro más reciente, después de la filóloga J. L. Arnáiz. Sin embargo, debe gran parte de su aprendizaje poético a la tertulia Rascamán, coordinada por el poeta Javier Díaz Gil. Además, ha pertenecido al grupo poético juvenil “Diversos” del centro de Poesía José Hierro —donde coincidió con otra barda, Debbie Alcaide— y de más tertulias literarias, y sus insobornables convicciones morales y artísticas lo han conducido a ser expulsado de alguna otra.

Gran admirador de Arthur Rimbaud, se halla muy lejos, sin embargo, de poder ser considerado un enfant terrible, puesto que es amante de la calma, la moderación y el pensamiento racional, lo cual no impide un apasionamiento vital que refleja en sus versos, mezclándolos con su particular y quieta melancolía: la melancolía del observador que combina sagacidad y ternura. La influencia de Verlaine se limita, pues, a la precocidad creativa y a un simbolismo muy del gusto del s. XIX.

Este simbolismo se mezcla en su poesía con una suerte de surrealismo muy plástico, muy sinéstesico, generador de un universo de belleza extraña y acristalada que envuelve al lector. El eje incuestionable de su poética es, como ya señalara Javier Díaz Gil, “la creación de imágenes”. Imágenes violentas, chocantes o frágiles; próximas, en algunos casos, a la greguería; poseedoras, todas ellas, de una extrema delicadeza que baila con los cinco sentidos, confundiéndolos.

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No puedo aportar ejemplos ilustrativos de su obra más reciente, con el fin de respetar el carácter inédito de la misma. Sin embargo, el lector interesado cuenta con la posibilidad de acudir a sus publicaciones en revistas —Cuadernos del matemático, Luces y sombras, Saigón—, a alguna antología —Cuaderno de Bitácora. Antología de la tertulia Rascamán (Poeta de Cabra, 2016), Arrecife de Naufragios (Segunda Antología Saigonista)— y a sus dos poemarios: Sonetos y velas vanguardistas (Círculo Rojo, 2011) y Entre el infinito y el cero (Poeta de Cabra, 2015). El primero constituye un precoz alumbramiento poético, obra de un adolescente —el autor tenía quince años en el momento de la publicación— que ya se anuncia como promesa, introduciendo su original imaginería literaria, enmarcada en un formato clásico de sonetos, coplas, romances. Entrañable e insolente, criticable y digno de admiración.

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Andrés París presentando su segundo poemario en Córdoba. Foto: acnaufragio.blogspot.com

Es el segundo poemario en el que pretendo centrarme, por ser el más reciente, una de cuyas composiciones le sirvió al poeta para resultar finalista del Premio Poeta de Cabra 2016. Lo primero que encuentro al respecto del libro en Internet es una cuestionable crítica en un blog, Vallenegro, en la que se define como “difícil, terriblemente difícil”. El autor de dicha reseña se queja de tener que dedicarle “un grandísimo esfuerzo que incluso puede generar una cierta decepción”.

Para empezar, considero bastante arriesgado despachar un libro de poesía con el calificativo de “difícil”. ¿Qué habría pasado si la crítica hubiera hecho lo mismo con Poeta en Nueva York de Lorca o La destrucción o el amor de Aleixandre? Por otra parte, el esfuerzo por parte del lector suele ser inherente al género lírico, caracterizado por extremar la función poética del lenguaje. Desgraciadamente, vivimos tiempos en los que se considera poesía a frasecillas ingeniosas o bobas, soeces en algunos casos, para todos los públicos, que en mis años escolares se escribían en las agendas entre clase y clase. Tal banalización del concepto de la poesía ha popularizado el género, pero a la vez le ha restado calidad. En los versos de Andrés París, sin embargo, seguimos encontrando la intrínseca elaboración y la profundidad reflexiva del siglo pasado. No resulta casual que el autor resultara finalista en 2013 de la III Olimpiada filosófica de Madrid con una disertación sobre la realidad. La filosofía, la reflexión, ocupan también su lugar en las páginas de Entre el infinito y el cero. Por todo ello, la decepción no es, en absoluto, el sentimiento que genera el entendimiento de la obra.

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Entre el infinito y el cero plantea el comienzo y el desarrollo de una guerra desde los ojos del protagonista, un muchacho que contempla cómo el mundo que conocía se modifica radicalmente y sus seres queridos cambian del mismo modo o desaparecen, mientras él se resiste inútilmente a este cambio y, al final, acaba por abrazarlo. La guerra, en mi interpretación, constituye la alegoría del paso de la adolescencia a la madurez, necesario y traumático. “Tengo la suerte de no saber / cómo es un campo de batalla, / y la desgracia de saber cómo lo imagino”, escribe el poeta. El campo de batalla, ese mundo adulto, es algo que él contempla todavía desde la distancia, en el que sí participan sus padres, en cuyo contexto él se siente inútil: “Será que mi madre hace demasiado, / mi padre lo que puede, / y yo, sinceramente, incordio”.

El mundo quieto y atemporal de la infancia es representado por la habitación, el cosmos de paz que protege al poeta del exterior, aunque a veces se vuelva jaula o “cámara revólver”. En la guerra a la que se enfrentan, todo tiende a la deshumanización: el poeta se vuelve una “masa de sangre”, hay “pocos hombres”. El padre y la madre representan lo humano, la cara amable y protectora de esa infancia que se desvanece. El adiós del padre —de la seguridad, de la protección— da paso, reveladoramente, al poema “Máquinas”, deshumanizado desde el título. En este sentido, de la primera parte del poemario destaca la prosa poética “Las cartas que me hubiera escrito mi padre”, un ejemplo de genialidad poética. Es reseñable también la aparición, en esta parte, de la figura de la gata como una encarnación de la soledad o un presagio de la muerte que se avecina. Su nombre, Luna, la relaciona con un símbolo de la muerte en el imaginario lorquiano, un poeta cuya influencia recibe, sin duda, Andrés París. La muerte reaparecerá en forma de caballo —de nuevo, Lorca— en la segunda parte.

La lluvia, otro símbolo del cambio, salpica el final de la primera parte en el poema “Tierra”, donde hallamos un guiño al universo modernista de Rubén Darío: “Una sonatina cubre el luto de la princesa”.

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Diseño inédito de Andrés París para la portada de Entre el infinito y el cero

En la segunda parte, el yo poético contempla ya el mundo desde el cristal de su inexperta madurez. En el poema “(Cero)”, se refleja el aprendizaje y el poeta contempla la realidad como “potencia infinita”, aunque confiesa: “la ignorancia me devora”. Este afán de conocimiento incide más adelante, en otro poema: “para llenar el cántaro / con el hondo que no se alcanza”. En “(Al ego absorbente)” percibimos una lucha interna y la resistencia del protagonista a madurar. Reconoce: “Cómo odio a mi yo del pasado”. Unos versos después: “La juventud encarna orgullosa / el espíritu de la contradicción”.

En “(A un anochecer no cualquiera)”, el poeta contempla desde la distancia el juego de seducción propio de la adultez: “las jóvenes eligen sus vestidos / para el baile perpetuo de los enamorados” y confiesa, situándose al margen: “Yo, necesito a mi Luna”. ¿Qué enigma encierra esta confesión? Podemos deducirlo más adelante.

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El poeta firmando en Lucena Entre el infinito y el cero. Foto: acnaufragio.blogspot.com

En “(A los opacos)”, menciona la existencia de una venda que le cubre los ojos que durará hasta “El día que me venga la luz / y me suscite la libertad de movimientos”. La venda se relaciona con el “sendero penumbra” desvanecido, de nuevo, bajo un alumbramiento. Dicha luz o alumbramiento simboliza el amor, igualado a la música en “(A la melodía de la luz)”, que desata al fin la venda de sus ojos. El amor es encarnado por una niña de blanca sonrisa, “demasiado joven y hermosa”. En “(Al leve ascenso)”, encontramos la pista definitiva acerca de su identidad: “Subamos escaleras / tras el rastro de la poesía”. En efecto, esa “luz cristalina” que destierra las tinieblas es la poesía, la inspiración poética, que surge en soledad. Por eso, mientras el resto del mundo participa en el juego del amor, el poeta se pregunta por su Luna, esa soledad vestida de gata que le conduce al alumbramiento poético.

Por tanto, Entre el infinito y el cero constituye una obra en la que el protagonista se enfrenta a la madurez, primero en forma de guerra sangrienta que se suaviza en la segunda parte, donde encuentra al fin el camino para avanzar por ese nuevo mundo, y no es otro que la poesía. En el último poema, contemplamos al poeta, más en paz consigo mismo, en pleno rapto de inspiración, mientras un gato —de nuevo, un felino—hace una casa de papel con los restos de sus poemas.

Sin duda, Andrés París, igual que el protagonista de su segundo libro, ha elegido mirar el universo con ojos de poesía.

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