El caos y la belleza

Publicado el 2/9/2018 en Estrella Digital

Deseaba regresar a Italia. Tenía la memoria plagada de fogonazos de belleza, de recuerdos amables, de idilios inconcretos. La conocí a los quince años. Trece después, he podido volver a pisar las calles de Pisa, de Florencia, de Roma. Lejos de las fronteras de la adolescencia, los lugares pierden parte de su encanto: se vuelven más afilados, más retorcidos, más álgidos. La mirada deja de pasear, flotando; debe agarrarse con fuerza al suelo, vigilar las esquinas de la cotidianidad, rechazar todas las amenazas rutinarias.

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Florencia, agosto de 2018

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Con Rafael Alberti en la Feria del Libro de Madrid

El pasado domingo 4 de junio fui a la Feria no como lectora, sino como autora, por cuarto año consecutivo. Estuve firmando ejemplares de mi nueva obra, La nostalgia inseparable de Rafael Alberti, junto con mis dos poemarios. Muchos amigos acudieron a saludarme y a comprarme el libro y fue una bonita ocasión para reencontrarme con algunos a los que no veía desde hace tiempo. Aquí os dejo una sesión fotográfica a cargo de Javier Lozano:

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Si alguien se quedó con ganas de verme en la Feria, todavía queda una ocasión el próximo domingo 11, que además es el último día. Estaré de 18:00 a 21:30 h.:

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Pero el verdadero gran día será el lunes 12, cuando presento la obra en el Ateneo de Madrid junto a mi director de tesis, el catedrático de la UCM J. Ignacio Díez; el escritor y ateneísta Miguel Losada, gran conocedor de la Generación del 27, y José María de la Torre, director de Ediciones de la Torre. Alejandro Sanz, presidente de la Sección de Literatura del Ateneo, presenta el acto, que será gratuito y de entrada libre. Aquí os dejo la invitación:

invitación

A los 40 años del regreso de Alberti a España

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Rafael Alberti regresa a España tras su exilio en 1977

Hoy, 27 de abril, se cumplen 40 años desde que fue tomada esta fotografía, que se ha erigido como un símbolo de la Transición. Cuando Rafael Alberti regresó a España tras 38 años alejado de ella, volvió convertido en un héroe del exilio español, de la lucha política como el franquismo y de una generación legendaria de poetas de la que apenas quedaban integrantes vivos. Le esperaban años frenéticos de viajes, recitales, conferencias y actos políticos. Porque ya no era sólo un poeta: era también una figura pública.

Durante los dos primeros años, Juan Panadero fue pregonando sus alegres coplas por todos los rincones de España. Pero, pasada la inicial emoción del retorno, Alberti fue percatándose de que casi nada en España permanecía como en su recuerdo. Bajo la exaltación de su nueva y frenética vida a sus casi ochenta años, comenzó a revivir en su corazón una tristeza latente, antigua, la misma que sintió en su lejana adolescencia cuando, viviendo ya en Madrid, hizo aquella breve visita a su pueblo natal y descubrió que ya no era el que recordaba. La España de finales de los setenta tenía poco que ver con la de la década de los treinta en la que él había vivido: la sociedad poseía valores distintos, muchos de los antiguos amigos habían fallecido o ya no vivían allí, y ni siquiera la capital, desde una perspectiva arquitectónica, se parecía demasiado a la que recordaba. El tiempo –casi cuarenta años– había transcurrido inexorablemente.

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Rafael Alberti y su esposa, la escritora María Teresa León, en su regreso a España. 1977

Las múltiples sensaciones generadas en el ánimo del poeta pueden revisarse de forma muy concreta en un singular libro publicado en 1982: Versos sueltos de cada día. Tal como reza el título, el poemario recoge anotaciones dispersas y breves poemas escritos en dos “cuadernos chinos” entre 1979 y 1982. Aunque casi toda la poesía de Alberti es autobiográfica, este poemario, particularmente, crea una sensación de absoluta cercanía con el autor. Así lo definía el propio Alberti:

Estos Versos sueltos de cada día fueron surgiendo desordenadamente de avión en avión, de hotel en hotel, de ciudad en ciudad. En medio del ajetreo de mi vida de poeta recién regresado de un largo exilio, yo iba recogiendo estos poemas en dos pequeños cuadernos chinos. Creo que forman un buen diario íntimo y que reflejan la vida sentimental de un hombre obligado a vivir entre las muchedumbres más densas y las soledades más angustiadas.

Esta supervivencia entre grandes muchedumbres e íntimas soledades es un tema al que constantemente alude en la obra. A veces, con vivas confesiones de desamparo: “¡Qué solo, / qué inmensa soledad me espera hoy!”. Otras veces, resaltando la idea de la soledad en masa: “Vengo a decir versos, poesías, / puede ser que delante de quinientas mil almas. / ¿De qué me sirve esto si por dentro / vivo desconcertado, destruido?”, “Todos me miran. Y yo miro a todos. / Al fin, no miro a nadie”, “Mañana, / pasaré de estar solo a estar delante / de miles de personas que son una, / el mismo rostro, / el mismo sentimiento” . Entre las multitudes, de la soledad solo puede salvarlo la presencia de su amor: “La soledad en medio de la gente, / esperando volar -¡ven tú!- sin nadie”. Respecto a esta amada, a veces habla de ella en tercera persona, sin revelar su identidad y, en otras ocasiones, le habla desde una segunda persona, casi siempre como a alguien lejano a quien desea atraer hacia sí. La amada deja en el lector una sensación de insatisfacción, de ausencia, y su presencia anhelada únicamente contribuye a intensificar el sentimiento de soledad que emana del poeta.

La escritora Fanny Rubio destaca, del poemario, “la extremada concentración, paralela al apretado desasosiego de quien ha regresado y ha de poner en orden sus perfiles en un presente incierto”. Es este desorden emocional el origen del terror a las multitudes, a las prisas, al estrés, al vacío que todo ello conlleva.

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Rafael Alberti y la Pasionaria en el Congreso como diputados por el PCE. 1977

Pero si las muchedumbres le generan una sensación de desamparo, la soledad real le produce temor, o acaso vértigo: “La sonrisa, la luz, el impulso en la calle. / Mas no vuelvas jamás a tus viejas alcobas, / no te encierres en ellas ni siquiera / para dormir. / La calle, por ahora, es tu destino”. En algunos versos, alude de nuevo al contraste luz-oscuridad, identificada esta última con la idea de estar a solas consigo mismo: “Adiós. / Deja tus aparentes, públicas claridades. / Vuelve solo a tus antros, / bajos, lentos, infiernos”. El infierno o la noche –“Viajar solo, no más. ¡Qué oscuro estoy! / Nunca amanece, empujo / con desesperación a la noche parada, / inmóvil como un mulo / que no quiere arrancar hacia la luna”– es lo que le espera cuando no se rodea de gente, a pesar de que toda esa gente –exceptuando su amada, que siempre permanece ausente– no le puede salvar de la oscuridad. El poeta se contempla a sí mismo como un mendigo de luz en su mundo en sombra: “Me siento un pordiosero / de sol, un pobrecito / de la luz. / Dadme, por caridad, algo que me ilumine / en tan profunda oscuridad y pena”. Al final del poemario, acaba siendo vencido por la negrura: “Viejo amigo del sol, voy por la sombra, / buscando siempre al sol, que se me escapa, / ‘¡Para y óyeme, oh sol!’ –dijo el poeta–. / Y de puro atrevido fue muerto por la sombra”. La soledad lo envuelve, lo condena[1].

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Rafael Alberti y la Pasionaria en el Congreso como diputados por el PCE. 1977

Hay algo en la soledad que lo aterroriza; tal vez, el despliegue de los recuerdos, ya dolorosos, al no poder corresponderse con la realidad. Los recuerdos se le aparecen en los momentos de mayor intimidad consigo mismo, cuando va a dormir, quitándole el sueño. En Versos sueltos de cada día, cobra gran importancia el tema del sueño y del insomnio, un rasgo que el estudioso Díez de Revenga atribuye a la etapa de senectud de varios poetas de su misma generación[2]. En numerosas ocasiones, el poeta alude a su insomnio: “Quiero dormir y no puedo”, “No duermo. Y las 5 ya”, “Temo a la noche, / al sueño que no viene, / a los ojos cerrados / abiertos contra el techo, / temo a las horas / que resbalan mudas, / a los amaneceres / atónitos sin nadie”, “Todos duermen. Yo velo”. Alguna vez, evoca desesperadamente a su amada, la única capaz de curar su sentimiento de soledad, su angustia ante el insomnio: “Esta noche no hay modo de dormir. / El sueño se ha marchado. / ¿En dónde estás? ¿No llegas? / Esta noche, en verdad, te necesito”. Apunta Díez de Revenga que “noche, sueño, soledad y tiempo serían los núcleos centrales del mundo poético albertiano en esta representación del sueño físico anhelado y escasas veces alcanzado, que constituye, ahora, una gran parte de sus inquietudes poéticas” .

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Rafael Alberti en su campaña andaluza por el PCE. Años setenta

Hay una alusión al sueño que constituye una clara alegoría a la inmovilidad de España, donde la democracia avanza a pasos muy cortos: “No viene el sueño, España. / ¡Cuántas veces, oh sueño, cuántas veces, / he de escribir, no viene, / no viene, España, / el sueño!” . El poeta se siente íntimamente frustrado al no haber alcanzado el país el grado de libertad que él soñaba. Señala Díez de Revenga que “revelan estos poemas su condición de poesía moral, ya que manifiestan una preocupación por nuestro mundo, por ese mundo que nos rodea”. En efecto, Alberti contempla la democracia española como una democracia con claroscuros, y a menudo denuncia las situaciones de injusticia que todavía acontecen: “En las cárceles siguen maltratando a los presos. / ¿En dónde no en España?”, “Se piensa en la alegría, / en la sonrisa abierta para siempre. / Pero han matado a un hombre. / Más sombras en las cárceles. / Y se sigue pensando en la alegría. / Solamente pensando”. Se trata de una alegría solo soñada, inalcanzable en la realidad, que sigue habitando en las sombras.

El retorno a esa España de claroscuros no le produjo, pues, la felicidad anhelada en el exilio: no recuperó el Paraíso perdido. Su Paraíso no estaba, en realidad, en ninguna parte: se trataba de una dimensión temporal irrecuperable.

[1] Durante estos años, Rafael Alberti vivía solo. Su esposa, María Teresa León, ya estaba enferma de Alzheimer cuando regresaron a España, y pronto fue ingresada en un sanatorio de Majadahonda, donde progresivamente iría perdiendo la memoria, hasta su muerte, acaecida en 1988.

[2] En DÍEZ DE REVENGA, Francisco Javier (1988), Poesía de senectud. Guillén, Diego, Aleixandre, Alonso y Alberti en sus mundos poéticos terminales, Barcelona: Anthropos.

Quince años sin Rafael Alberti

El poeta tras su exilio
El poeta tras su exilio

Me voy con los ojos llenos de los acontecimientos de un siglo. Un siglo de horrores, de enfrentamientos, de dolorosísimas separaciones, de hechos que habitan en mis bosques interiores y en los que, casi a mis noventa y cuatro años, aún puedo caminar sin perderme en su frondosidad. Pero no me quiero ir. No quiero morirme. Sigo sin querer morirme. ¿Por qué tengo que morirme? Todavía me retienen muchas cosas, muchos atrayentes sabores que no quiero dejar de percibir.

El año 2000 ya está ahí, casi lo estamos tocando. ¿Será posible que me abra sus puertas? […] Tiempo. Tiempo. ¿Por qué no hay más tiempo…? Mujeres que habéis pasado presurosas por mi vida, cercanas o lejanas ya, hermosas siempre, por encima de los días, de la crueldad del tiempo y del olvido. No adivino ya vuestros rasgos cuando atravesáis mi, todavía, encendido jardín. Pero siempre seréis un delicado y silencioso recuerdo en las páginas de mi perdida arboleda… Todo en mí sigue latiendo. Amo todo aquello que siempre amé, sin advertir la sorpresa de los que ya me contemplan como un árbol centenario al que le crujen las ramas e imaginan sin savia en las venas. Pero pienso, una vez más, en Anacreonte, en la edad del atrayente mar y de las sirenas, en la del incesante viento que a través de los siglos se enreda en el cabello dorado de las muchachas…

Rafael Alberti, La arboleda perdida

 

Con estas palabras se despedía Alberti en el último capítulo de sus memorias. A sus casi noventa y cuatro años aún gritaba, en un alarde de insolencia y lirismo, que no quería morirse. Esto no ocurriría hasta tres años más tarde, el 28 de octubre de 1999. Finalmente, no cruzó el umbral del nuevo siglo: nació con el XX y se fue también con él. Hoy, cuando ya llevamos quince años sin él, el mar de Cádiz todavía conserva el color de sus ojos y, dispersos por aquellas playas, los recuerdos de su infancia, adolescencia y vejez suspiran entremezclados con el viento de levante.

Alberti no fue, como tantos dicen, el poeta de la alegría, de la frivolidad, del neopopularismo. Alberti fue una paloma equivocada, un estandarte de nostalgia perdido en un siglo en el que nada permanecía, en el que todo giraba en un constante devenir heraclíneo y sus versos, como lágrimas saladas, murmuraban con ingenuidad que nada era lo mismo.

Nada era lo mismo, pero seguía siéndolo en su corazón. El Puerto de Santa María, cuajado de azules y blancos, que se vio obligado a dejar en 1917. El Madrid de la República donde halló su identidad política, sus amigos, su personalidad poética; arrasado por las bombas de la Guerra Civil. España sola, peregrina, viajando hacia otro continente para escapar del yugo totalitario del franquismo. Su “Buenos Aires querido”, que diría Carlos Gardel, donde nació su hija Aitana, aquella que fue bautizada en recuerdo a la sierra alicantina que avistaran él y María Teresa desde el barco que los conducía al exilio: la última visión de su más tarde añorada España. Punta del Este, y también Roma, esa Roma humilde y entrañable que nacía en el barrio popular del Trastévere, con sus automóviles enloquecidos y sus gatos invasores. Todos estos paisajes resurgen con asombrosa fuerza en sus versos últimos, aquellos que escribió al regresar a España, a esa España que ya no reconocía.

Como ya confesé en mi artículo Una deuda con Rafael Alberti, él es el poeta de la Generación del 27 que siento más cercano; en gran medida, porque yo tenía diez años cuando él murió. Tengo recuerdos extraños, como el de aquel profesor del instituto que lo pasó por alto en el temario, limitándose a decir que “de joven era muy guapo, pero de viejo se dejó el pelo largo para parecer un bohemio”. En ese momento, deseé levantar la mano y pedirle que nos explicara su poesía, pero la timidez pudo conmigo. Hace tiempo, soñé que iba con él en un autobús que se dirigía a la Avenida de los Sueños Olvidados, donde nos reuniríamos con García Lorca, que nunca había muerto. Rafael llevaba el cabello níveo cubierto por su sempiterna gorra marinera y hablaba conmigo con alegría y naturalidad.  Tenía frente a mí al único poeta capaz de gastarse la recompensa de un Premio Nacional de Poesía en invitar a helados a toda la gente con la que se cruzara, y aquel que consideraba que dormir es una pérdida de tiempo.

Yo estoy de acuerdo contigo, Rafael: también soy de las que duermen lo menos posible. Aunque solo en sueños podemos regresar a los lugares en los que el calendario ha construido una barrera infranqueable, y hablar con personas devoradas por las oscuras aguas del Tiempo…

Agosto de 2014, en la Casa Museo de Rafael Alberti
Agosto de 2014, en la Casa Museo de Rafael Alberti

Los últimos días de Antonio Machado

Antonio Machado, retratado por el fotógrafo Alfonso, en el Café Salesas de Madrid, 1934
Antonio Machado, retratado por el fotógrafo Alfonso, en el Café Salesas de Madrid, 1934

Ayer se cumplieron 75 años de la muerte de uno de los poetas españoles más influyentes en la historia de la literatura: Antonio Machado, perteneciente a la Generación del 98.

Cuenta el hispanista Ian Gibson en su ensayo Cuatro poetas en guerra que, a finales de noviembre de 1938, el escritor ruso Ilya Ehrenburg visitó a Machado, residente desde hacía unos meses en Barcelona, donde se había trasladado cuando la conquista de Valencia por el bando sublevado resultaba inminente. Gibson cita en su obra las impresiones acerca de Machado que Ehrenburg reflejó en sus escritos sobre la Guerra Civil española: la indiferencia del poeta hacia las incomodidades derivadas de la situación de conflicto, su lucha incansable a favor de la II República Española mediante artículos de prensa, su desasosegante obsesión por la muerte.

“Machado”, escribe Ehrenburg en sus escritos, “tenía mal aspecto: iba encorvado y se afeitaba raramente, lo que le hacía parecer todavía más viejo. Tenía sesenta y tres años; caminaba pesadamente. Sólo sus ojos estaban llenos de vida, brillantes”. El “torpe aliño indumentario” que Machado se reconoció a sí mismo en su “Retrato” de la obra Campos de Castilla (1912) había evolucionado en todos aquellos años, desembocando en una indiferencia absoluta por el propio aspecto: la de un hombre prematuramente envejecido y enfermo. Y la enfermedad no más grave, pero sí más incurable de Machado, fue la melancolía.

Su doctor, José Álvarez Puche, recuerda en 1940 sus visitas al poeta dos años antes, describiéndolo como “una máquina gastada”. José Machado, hermano de Antonio, ofrece una curiosa imagen en sus escritos acerca de él: “Cada día su gabán parecía mayor y él más pequeño. Entre el frío que le hacía encogerse, y su cuerpo que se consumía, no tanto bajo el peso de los años como por el agotamiento de sus energías físicas”.

Antonio Machado en 1938
Antonio Machado en 1939

Cansado, indiferente ante su propia suerte: así era el Antonio Machado que cruzó la frontera francesa tras tener noticia de la caída de Barcelona el 26 de enero de 1939. En el grupo que partió hacia Francia también marchaba a su madre, Ana Ruiz, una mujer octogenaria que había comenzado a perder el sentido de la realidad, a la que tenían que vigilar constantemente para que no se perdiera.

Días más tarde llegaron a Colliure, una pequeña aldea pesquera francesa frecuentada por los artistas bohemios desde principios de siglo. Allí se alojaron en el Hotel Bougnon-Quintana, donde la enfermedad de Antonio se fue agravando –el poeta sufría una complicada congestión derivada de su problema de asma: el largo viaje había perjudicado mucho su salud-. Le llevaron a una habitación con dos camas: una para él y otra para su madre, que murió pocos días después de que él lo hiciera.

Antonio Machado se apagó definitivamente el 22 de febrero de 1939. Se fue cuajado de melancolía, huyendo del presente; soñando, con toda probabilidad, sus “caminos de la tarde”, tan “ligero de equipaje” como había predicho en el ya mencionado poema “Retrato”. Es famoso el considerado como su último verso, hallado en un papel arrugado en el bolsillo de su viejo gabán. Decía “Estos días azules y este sol de la infancia”.

Ilya Ehrenburg recuerda sus palabras de despedida en aquella visita que le hizo a Barcelona, en 1938. “Quizá, después de todo”, cuenta Ehrenburg que dijo Machado, “nunca aprendimos a hacer la guerra. Además, carecíamos de armamento. Pero no hay que juzgar a los españoles demasiado duramente. […] Para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo estará claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro… Quizá la hemos ganado”.

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Bibliografía: GIBSON, Ian (2007). Cuatro poetas en guerra. Barcelona: Planeta.