Otoños, otras sombras…

IMG_20130415_172357

Miro por la ventana del tren. Recuerdo aquella sevillana de los Amigos de Gines que decía: “La tarde se va despacio, salpicándose de estrellas”. Unas palabras tan sencillas son capaces de arrancarme constelaciones de escalofríos. Y que haya personas que desprecien las sevillanas… Regálame unos acordes de guitarra, una voz rasgada, un cante jondo, y prometo que me romperé en mil pedazos.

Pero no estamos en el sur. El paisaje fuera del tren refleja la soledad de los campos de Castilla, aquellos que cantaba Machado, apagándose dulcemente bajo las nubes deshilachadas de luz. No; no estamos en el sur, y el verano hace tiempo que se marchó, llevándose consigo su playa, su olor a dama de noche, la cal blanca de sus casas. Se marchó el verano y ahora es necesario buscar pedazos suyos desperdigados por la lluvia gris de los días: un olor a viernes, una danza de Enrique Granados, el Atlántico volcado en unos ojos…

Hemos pasado ya por Burgos, cuyo nombre suena a invierno. Suena más que aquellas tierras que dejo atrás: los Pirineos franceses. La ciudad universitaria de Pau, con aquella pequeña plaza en la que han instalado un tiovivo renacentista, arrancado de algún siglo anterior al nuestro. Un amplio paseado flanqueado de acacias conduce a un mirador desde donde se distingue, a lo lejos, la estación de trenes. Pau conserva el charme francés que descubrí en los cuentos de hadas, e incluso un castillo –sin bruja malvada-. He pasado allí unos días como ponente de un congreso sobre humor e ironía en la literatura.

Pau, 2012
Pau (Francia), 2012

Vuelvo a mirar por la ventana del tren. La tarde ha quedado relegada a una estrecha franja amarilla, allá en el horizonte, que me recuerda que hubo un tiempo en que el sol existía. Pronto será tiempo de cantar a la noche, aunque no sea de blanco satén, porque para eso hace falta algo más que sentirse enamorada. Hacen falta rascacielos y tal vez unos ojos que te miren y te produzcan vértigo porque logren verter el Atlántico en los tuyos. He pasado de las sevillanas a los Moody Blues en solo unos párrafos, pero me temo que así soy yo: demasiado dispersa como para despertar confianza en alguien que tenga excesivo apego a la Realidad. Más aún si confieso que en estos instantes voy escuchando en mi reproductor de música el Danubio Azul

Si las bicicletas son para el verano, los valses de Strauss pertenecen a una estación inconcreta del invierno. Sin rascacielos, pero sí con abrigos grises y nieve, guantes, tazas de chocolate, besos de humo, como diminutas chimeneas vivas. No es tan terrible el invierno: no lo es. El invierno es un gorro blanco de lana perdiéndose por callejuelas de Madrid que a su vez se han perdido en nuestra época.

Lo cierto es que el Danubio no es azul. En Budapest, la leyenda cuenta que solo aquellas personas que están enamoradas podrán verlo de ese color. Lo miré hace algunos veranos. Ignoro si lo que sentía por entonces podría alcanzar ese sentimiento, pero me puedo contar entre esos pocos elegidos.

Budapest, agosto de 2007
Budapest, agosto de 2007

Fuera es ya noche cerrada. Una voz impersonal, de esas que suenan en los trenes, acaba de anunciar que pasaremos por Valladolid. Quedan una hora para llegar a mi madrileño destino. En el reproductor de música, el Don Giovanni de Mozart me acaba de arrancar con elegancia de mi mundo de valses, nieves e inviernos. Seguimos en octubre, el mes en el que Ángel González afirmó que no pasa nada. Se equivocaba Ángel: pasan tantas cosas… Octubre es el mes de las Gymnopédies de Satie. Es el mes de dibujar melancolías en un verso, de cumplir años, de sentirse muy niña. De divagar mucho, como ahora, para evitar dormirse, para escapar de la noche, para recordar aquellos montones de hojas crujientes que se arremolinaban en la calle del colegio, mi trotecillo alegre, las primeras lluvias… Tengo sueño. Se me cierran los ojos y los recuerdos aparecen iluminados por un aura dorada y otoñal, dulce, mullida, que se ha debido perder por esta época, o tal vez solo por mi imaginación… ¿Es Satie, verdad? Satie tiene la culpa. Satie es capaz de proyectar otoños y lágrimas y acogerme en su pequeño mundo de sueños y delicados acordes de piano en el que me encuentro tan cómoda que no me importaría quedarme dormida…

Un tango para Luis Cernuda

Luis Cernuda en 1937
Luis Cernuda en 1937

Siendo joven, bastante tímido y demasiado apasionado, lo que le pedía a la música eran alas para escapar de aquellas gentes extrañas que me rodeaban, de las costumbres que me imponían, y quién sabe si hasta de mí mismo.

(Luis Cernuda, Ocnos)

.

A Luis Cernuda le apasionaba la música. De niño, pasaba las horas escuchando el piano de su vecino, deleitándose con las notas delicadas y ligeras de Mozart o las más graves de Bach, que para él eran una suerte de versos compuestos por el aire. Beethoven en cambio, no era “genio de su devoción”, como él mismo confesaba. Admitía que esto se debía a prejuicios arraigados en su juventud, cuando Beethoven no le parecía lo suficientemente refinado. De él decía que era “un genio bastante casero, con la grandeza del genio desde luego, pero también con cierta subterránea vulgaridad”. Mozart, en cambio, era “la música misma”, como lo define en el poema que lleva su mismo nombre, escrito en sus últimos años. La huella de la música clásica, y de la más popular, la hallamos en poemas: “Scherzo para un elfo”, “El arpa”, “Música cautiva”, “A dos voces”, “Luis de Baviera escucha Lohengrin“… y también en relatos, como “El sarao”.

En 1928, cuando abandonó Sevilla para ocupar un puesto de lectorado en la Universidad de Toulousse, tuvo ocasión de familiarizarse con los bailes modernos que sacudían aquellos alegres años veinte. Un jovencísimo Cernuda de 26 se fascinaba con los tangos, el jazz y el fox-trot, aprendiendo los pasos, contagiándose de la moda parisina y fumando cigarrillos blancos. En “Un río, un amor”, poemario escrito en aquellos años, sorprendemos poemas como “La canción del oeste” -un amor que se aleja envuelto en melodía- o “Quisiera estar solo en el sur”, que toma su título de una pieza de fox-trot de la época.

Cada verso cernudiano lleva música. La música va inserta en cada uno de sus poemas, en los que la Naturaleza parece dirigir de manera invisible un concierto perfecto. Cernuda buscaba “el acorde”, un broche musical de éxtasis que expresaba la intemporalidad, la inmortalidad de la poesía, su fusión con los elementos naturales. El poeta, para Cernuda, simbolizaba una especie de divinidad.

Luis Cernuda en los años 30
Luis Cernuda en los años 30

Vuelvo otra vez a la tristeza. Verdaderamente no puedo vivir sin tener al lado algo o alguien por quien sentir afecto. Y estoy solo. Aunque Prados, Altolaguirre, Hinojosa me acompañan siempre, su compañía no me basta. Sé que esto, decir esto, está mal: es ser ingrato para quienes tanto afecto me demuestran. Pero no estoy en mi sitio; lo siento físicamente y espiritualmente. Lo mismo me ocurrirá en Madrid. Pero “¡qué le vas a hacer! La vida es así”, como dice un tango que oímos la otra noche en Eritaña. Ya no puedo volverme atrás. Esto no se lo diría a Salinas; ya se lo que diría: “¡Falta de vitalidad!”. No lo creo así. Sé lo que me falta; pero mejor sería que no lo supiera.

(Carta de Luis Cernuda a su amigo Higinio Capote fechada en Málaga, a finales de la década de los veinte)

Tras leer esta carta por primera vez, me pregunté de qué tango podría tratarse. En aquellos años, trataba yo de bucear por el alma del poeta buscando conocerle, a pesar de no hallarse él entre los vivos, pero habiendo sorprendido un “acorde” entre su obra y mi propia alma.

Me maravillaba la idea de poder emocionarme con una canción que él había hecho suya muchos años atrás. Experimentar una sensación que me uniera a él, a pesar del desierto de tiempo que nos separa, “y alcanzar aquel muro del espacio, separando mis años de los suyos pasados”, por introducir una variación en su poema “A un poeta futuro“.

Y encontré aquel tango: “No te quiero más”. Compuesto por Juan Baüer e interpretado por Carlos Gardel, ¡cómo no!, uno de los ídolos de Luis Cernuda. Hoy, 21 de septiembre, se cumplen 111 años del nacimiento del poeta, y yo le regalo este tango a su memoria: