Mi primer poemario: “Los despertares”

La insigne gata Luna presentando mi primer poemario
La insigne gata Luna presentando, muy seria, mi primer poemario

La muerte metafórica de la Bella Durmiente constituye el nacimiento de esa Alicia que ha olvidado la forma y el color de sus sueños, que no espera un Beso de Amor porque prefiere coleccionar muchos besos y regalarlos al primer mendigo de lunas con el que se cruce, quizá para tratar de justificar por qué el Único, el Verdadero, nunca se produjo. Alicia no quiere volver a soñar cien años, esperando; se resiste a escapar cruzando al otro lado del Espejo. Alicia, dormida, volvería a ser la Bella Durmiente, a viajar por las tierras imposibles del País de las Maravillas.

Tengo el placer de anunciaros la inminente aparición de Los despertares, mi primer poemario, publicado por Ediciones de la Torre. Se compone de dos partes, “Soledades de la Bella Durmiente” y “Retornos del Espejo”, integradas por poemas escritos entre 2008 y 2012. Los posos de una adolescencia tardía, la melancolía de un amor platónico, imposible; los primeros pasos por el mar inabarcable de la madurez. Todo reflejado, vaciado, en versos, en palabras, en sangre lírica. Escribir ha sido siempre mi propia escapatoria, por lo que mi poesía también es un trocito de mí.

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FECHAS IMPORTANTES:

-DOMINGO 1 DE JUNIO: Sale a la venta Los despertares. Estaré firmando ejemplares en la Feria del Libro de Madrid, de 12:00 a 14:30 horas, en la caseta de Ediciones de la Torre (nº 228).

-LUNES 2 DE JUNIO: A las 18:00 h., en la biblioteca Eugenio Trías -situada en la antigua Casa de Fieras del Retiro-, tendrá lugar una presentación conjunta de las obras de tres autores de Ediciones de la Torre: Ch. Abada, Maite García-Nieto y quien esto escribe. Al finalizar, estaré firmando ejemplares en la Feria del Libro, en la caseta 228.

PRESENTACIÓN OFICIAL DEL LIBRO: Aún no tiene fecha, pero será a lo largo del mes de junio. Próximamente, daré más detalles.

Octavio Paz a través de Luis Cernuda

Fue en esa casa de cortinajes de sedas espesas donde llegó una tarde una carta de Cernuda dirigida a Paz. La carta venía de Londres, era tímida, hablaba de la niebla, la pobreza y la soledad. ¡Si pudiera ir a México! (Elena Garro, “No me gusta hablar de Luis Cernuda”, Nueva Estafeta, 1979)

Así recordaba Elena Garro, esposa del poeta Octavio Paz, la llegada de una carta de Luis Cernuda a su marido cuando este era un joven poeta mexicano en quien, sin embargo, el sevillano había depositado toda su confianza, enviándole el manuscrito de su poemario Como quien espera el alba para que hiciera las gestiones necesarias para su publicación.  El poemario sería publicado en 1947 por la editorial argentina Losada, nueve años más tarde de que Luis Cernuda y Octavio Paz se conocieran en Valencia, aún en plena Guerra Civil española.

En 1949, siendo ya un exiliado, Cernuda viaja por primera vez a México, país del que dijo: “En México el pasado es pasado para los extraños: no para el mexicano, y menos para el indio; para éstos es una actitud presente. En México la gente no recuerda el pasado: lo vive y hasta da la impresión de que lo proyecta como una posibilidad de futuro”. México se convertiría en la patria sustituta para Cernuda, quien, durante sus estancias en Europa y Estados Unidos, había extrañado terriblemente el sol de España. Octavio Paz, junto a otros escritores mexicanos como Alfonso Reyes, ayudó a Cernuda a obtener un permiso de residencia en México. Gracias a su mediación, Cernuda conseguiría una beca para escribir los ensayos que compondrían los Estudios sobre poesía española.

El poeta Luis Cernuda en su exilio mexicano
El poeta Luis Cernuda en su exilio mexicano

Hoy, cuando se cumplen 100 años del nacimiento de Octavio Paz, se me vienen a la cabeza aquellas anécdotas leídas en artículos y biografías sobre su amistad con Cernuda: las tertulias, los encuentros, las emotivas cartas. También aparecen, en mis recuerdos literarios, las figuras de Elena Garro y de su hija, Helenita –ambas también escritoras-, en alguna playa mexicana, conversando con Cernuda de literatura bajo el sol dorado de México. Leo con asombro que, justo ayer, fallecía Helena Paz Garro en Cuernavaca, México, a los 74 años. Una frase del artículo me llama especialmente la atención: “Dejó este mundo tranquila tras asegurar que había aprendido a perdonar el abandono de su padre y había gozado plenamente la cercanía con su madre, a quien consideraba su mejor amiga”.

Las escritoras Elena Garro y Helena Paz Garro
Las escritoras Elena Garro y Helena Paz Garro

Sin entrar en su vida personal, es Paz un poeta que merece la pena estudiar, en cuya poesía estoy profundizando de un tiempo a esta parte, sorprendiéndome los mundos surgidos en sus versos, las imágenes mágicas y centelleantes que escapan de sus poemas, su exquisita sensibilidad para captar los detalles, para acariciar las esencias de las cosas y de las personas que no se contemplan de un primer vistazo. Mágico me pareció, cuando lo leí, su poema “Luis Cernuda”, escrito tras la muerte del sevillano. No había leído nada, por entonces, del que fue merecidamente Premio Nobel de Literatura en 1990. No pude evitar continuar con otra obra suya que cayó en mis manos: Libertad bajo palabra, de la que me conmovió especialmente su poema “Espejo”. Más tarde, me deleité con las intensas prosas -¡tan cernudianas!- de El Mono Gramático y, ahora, me hallo enfrascada en la lectura de Vuelta, una de sus últimas obras.

El poeta Octavio Paz
El poeta Octavio Paz

Fue mi pasión cernudiana la que, una vez más, me condujo al descubrimiento de un nuevo poeta. Por ello, quiero aquí transcribir el poema con el que conocí a Paz:

LUIS CERNUDA (1902-1963)

Ni cisne andaluz

ni pájaro de lujo

Pájaro por las alas

hombre por la tristeza

Una mitad de luz Otra de sombra

No separadas: confundidas

una sola substancia

Vibración que se despliega en transparencia

Piedra de luna

más agua que piedra

Río taciturno

más palabra que río

Árbol por solitario

hombre por la palabra

Verdad y error

una sola verdad

una sola palabra mortal

Ciudades

humo petrificado

patrias ajenas siempre

sombras de hombres

En un cuarto perdido

inmaculada la camisa única

correcto y desesperado

escribe el poeta las palabras prohibidas

signos entrelazados en una página

vasta de pronto como lecho de mar

abrazo de los cuatro elementos

constelación del deseo y de la muerte

fija en el cielo cambiante del lenguaje

como el dibujo obscenamente puro

ardiendo en la pared decrépita

Días como nubes perdidas

islas sepultas en un pecho

placer

ola jaguar y calavera

Dos ojos fijos en dos ojos

ídolos

siempre los mismos ojos

Soledad

única madre de los hombres

¿sólo es real el deseo?

Uñas que desgarran una sombra

labios que beben muerte en un cuerpo

ese cadáver descubierto al alba

en nuestro lecho ¿es real?

Deseada

la realidad se desea

se inventa un cuerpo de centella

se desdobla y se mira

sus mil ojos

la pulen como mil manos fanáticas

Quiere salir de sí

arder

en un cuarto en el fondo de un cráter

y ser bajo dos ojos fijos

ceniza piedra congelada

Con letra clara el poeta escribe

sus verdades oscuras

Sus palabras

no son un monumento público

ni la Guía del camino recto

Nacieron del silencio

se abren sobre tallos de silencio

las contemplamos en silencio

Verdad y error

una sola verdad

Realidad y deseo

una sola substancia

resuelta en manantial de transparencias

(Octavio Paz, Días hábiles)

Los últimos días de Antonio Machado

Antonio Machado, retratado por el fotógrafo Alfonso, en el Café Salesas de Madrid, 1934
Antonio Machado, retratado por el fotógrafo Alfonso, en el Café Salesas de Madrid, 1934

Ayer se cumplieron 75 años de la muerte de uno de los poetas españoles más influyentes en la historia de la literatura: Antonio Machado, perteneciente a la Generación del 98.

Cuenta el hispanista Ian Gibson en su ensayo Cuatro poetas en guerra que, a finales de noviembre de 1938, el escritor ruso Ilya Ehrenburg visitó a Machado, residente desde hacía unos meses en Barcelona, donde se había trasladado cuando la conquista de Valencia por el bando sublevado resultaba inminente. Gibson cita en su obra las impresiones acerca de Machado que Ehrenburg reflejó en sus escritos sobre la Guerra Civil española: la indiferencia del poeta hacia las incomodidades derivadas de la situación de conflicto, su lucha incansable a favor de la II República Española mediante artículos de prensa, su desasosegante obsesión por la muerte.

“Machado”, escribe Ehrenburg en sus escritos, “tenía mal aspecto: iba encorvado y se afeitaba raramente, lo que le hacía parecer todavía más viejo. Tenía sesenta y tres años; caminaba pesadamente. Sólo sus ojos estaban llenos de vida, brillantes”. El “torpe aliño indumentario” que Machado se reconoció a sí mismo en su “Retrato” de la obra Campos de Castilla (1912) había evolucionado en todos aquellos años, desembocando en una indiferencia absoluta por el propio aspecto: la de un hombre prematuramente envejecido y enfermo. Y la enfermedad no más grave, pero sí más incurable de Machado, fue la melancolía.

Su doctor, José Álvarez Puche, recuerda en 1940 sus visitas al poeta dos años antes, describiéndolo como “una máquina gastada”. José Machado, hermano de Antonio, ofrece una curiosa imagen en sus escritos acerca de él: “Cada día su gabán parecía mayor y él más pequeño. Entre el frío que le hacía encogerse, y su cuerpo que se consumía, no tanto bajo el peso de los años como por el agotamiento de sus energías físicas”.

Antonio Machado en 1938
Antonio Machado en 1939

Cansado, indiferente ante su propia suerte: así era el Antonio Machado que cruzó la frontera francesa tras tener noticia de la caída de Barcelona el 26 de enero de 1939. En el grupo que partió hacia Francia también marchaba a su madre, Ana Ruiz, una mujer octogenaria que había comenzado a perder el sentido de la realidad, a la que tenían que vigilar constantemente para que no se perdiera.

Días más tarde llegaron a Colliure, una pequeña aldea pesquera francesa frecuentada por los artistas bohemios desde principios de siglo. Allí se alojaron en el Hotel Bougnon-Quintana, donde la enfermedad de Antonio se fue agravando –el poeta sufría una complicada congestión derivada de su problema de asma: el largo viaje había perjudicado mucho su salud-. Le llevaron a una habitación con dos camas: una para él y otra para su madre, que murió pocos días después de que él lo hiciera.

Antonio Machado se apagó definitivamente el 22 de febrero de 1939. Se fue cuajado de melancolía, huyendo del presente; soñando, con toda probabilidad, sus “caminos de la tarde”, tan “ligero de equipaje” como había predicho en el ya mencionado poema “Retrato”. Es famoso el considerado como su último verso, hallado en un papel arrugado en el bolsillo de su viejo gabán. Decía “Estos días azules y este sol de la infancia”.

Ilya Ehrenburg recuerda sus palabras de despedida en aquella visita que le hizo a Barcelona, en 1938. “Quizá, después de todo”, cuenta Ehrenburg que dijo Machado, “nunca aprendimos a hacer la guerra. Además, carecíamos de armamento. Pero no hay que juzgar a los españoles demasiado duramente. […] Para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo estará claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro… Quizá la hemos ganado”.

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Bibliografía: GIBSON, Ian (2007). Cuatro poetas en guerra. Barcelona: Planeta.

El último Jorge Guillén: la quiebra del mármol

Jorge Guillén
Jorge Guillén

Mis inacabables tareas académicas no me han permitido, hasta ahora, realizar un justo homenaje al poeta Jorge Guillén, de cuyo fallecimiento se cumplieron el pasado jueves, 6 de febrero, 30 años.

Guillén, nacido en Valladolid en 1893, fue uno de los poetas de más edad de la Generación del 27. Su poesía se caracteriza por un optimismo cósmico –la idea inversa del pesimismo de los versos de Vicente Aleixandre-, una serenidad existencial en la que el yo lírico se halla inmerso en un mundo perfecto, completo. La descripción de Guillén más ideal que conozco la dio un intuitivo Rafael Alberti en La arboleda perdida, donde expresó que, mientras Cernuda “era el cristal, capaz, en un instante, de romperse”, Guillén era “el mármol sólido, elevado a columna”. En efecto, Guillén, como una columna compacta de mármol, rara vez tiembla en sus versos o pierde la compostura y, si se lamenta, es el suyo un lamento solemne, estable, vigoroso; como aquel que apreciamos en Cántico, Clamor y Homenaje, sus obras más conocidas, aquellas con las que compuso en 1968 la trilogía poética Aire nuestro.

Tal vez esta fortaleza, su solidez consistente, irrompible, es la que convierte a Jorge Guillén, desde mi punto de vista, en el poeta más lejano –o, dicho de otra forma: menos cercano- de su generación. Por ello, me sorprendió leer, hace unos años, el que se considera su último poema, titulado “Misterioso”:

Pasa el vídeo misterioso

vuelve el pasado en movimiento,

y el instante insignificante

llega enseguida a conmovernos.

¿Y por qué? Porque significa.

No cruzan su flujo y su tiempo

frente a nuestros ojos atónitos

Sin arrastrarnos a lo inmenso

Ese impulso que es esencia.

Contra mareas, contra vientos,

Y jamás contacto con Nada

Nada irreal que es siempre un sueño,

Y la gran verdad nos oculta:

El vivir del amigo muerto.

¿Cómo?

Salinas.

Me emociono.

Es él y todo el universo.

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El autor de estos versos no parece el mismo Guillén de piedra maciza que hablaba del “beato sillón”. Los verbos “conmoverse”, “emocionarse”, resultan casi inverosímiles en su poética. Quizá en este punto reside, precisamente, la maravilla de “Misterioso”.

Guillén lo escribió el mismo año de su fallecimiento, en 1984, inspirado por un vídeo casero que llegó a sus manos, despertándole recuerdos de un tiempo en el que la joven intelectualidad buscaba romper con el pasado y beber de la poesía como de un elixir fresco, envolvente, bandera de la esperanza. Se trata de una de las poquísimas grabaciones que se conservan en la actualidad de la Generación del 27, puesto que la mayoría fueron destruidas durante la Guerra Civil y el franquismo.

El vídeo, de 12 minutos de duración, fue rodado en 1928 por Juan Guerrero Ruiz, secretario de Juan Ramón Jiménez, con una cámara Baby Pathé de 9,5 milímetros. Habiendo permanecido inédito durante más de 80 años, en 2009 vio la luz en un documental realizado por Rafael Zarza –descubridor del documento gráfico- titulado El deseo y la realidad –una inversión del nombre de la obra poética de Luis Cernuda: La realidad y el deseo-. En este video podemos ver un extracto del documental:

Resulta, en efecto, emocionante, contemplar a Dámaso Alonso fumando con aire grave en un una azotea madrileña, la risa tímida e ilusionada de un jovencísimo Luis Cernuda y aquella otra, desvergonzada y única, del deslumbrante Rafael Alberti; la figura solitaria y adusta de Guillén, el gesto entrañable de Fernando Villalón mientras contaba alguna anécdota con su incomparable gracia sevillana. Y al final, el escalofrío inevitable producido por la visión de Pedro Salinas cruzando rápidamente la escena, con el telón de fondo de las palabras de Guillén.

Mucho se ha polemizado acerca de las relaciones reales entre los miembros de la Generación del 27, también conocida como “Generación de la amistad”, mencionándose la supuesta competitividad entre Lorca y Alberti o el desprecio de Cernuda hacia algunos de sus compañeros. Sin embargo, en el caso de Guillén y Salinas, era sincera la amistad que les unía y que se mantuvo, bien en persona o bien de manera epistolar, durante décadas, hasta la muerte del segundo.  Y este profundo cariño queda reflejado en los últimos versos escritos por Guillén, dedicados a Salinas, cuyo recuerdo logra hacerse quebrar el mármol robusto de su templanza.

Jorge Guillén, Juan Ramón Jiménez y Pedro Salinas en 1924
Jorge Guillén, Juan Ramón Jiménez y Pedro Salinas en 1924

Una deuda con Rafael Alberti

El poeta Rafael Alberti
El poeta Rafael Alberti

Hoy Rafael Alberti, pintor de poemas de la Generación del 27, habría cumplido 111 años. Murió junto a su mar gaditano, el mismo que llevó consigo siempre en el azul de sus ojos. Fue en octubre de 1999, cuando yo tenía diez años y él, los cabellos coloreados por el pincel del Tiempo. Alberti siempre pensó que cumpliría los 100, pero le faltaron tres años. Tres años y dos meses…

Últimamente, he escuchado demasiadas veces decir que Alberti no fue tan poeta como otros de su generación: Lorca, Cernuda, Aleixandre… Me sigue chocando, y no se corresponde esta imagen con la que tenía de él cuando era pequeña. Recuerdo a mi padre leyéndome poemas de aquella antología titulada Rafael Alberti para niños, de Ediciones de la Torre. Palomas, mares y cielos se sucedían en sus versos. Mi padre también me contaba, con orgullo, cómo una vez le escuchó recitar en Parquesur. Alberti era entonces una especie de dios viviente de la literatura. Alberti era, junto a Lorca, el Poeta.

En el mundo literario, las modas pesan demasiado. Por ejemplo, antes de 2002, año en que se celebró el centenario del nacimiento de Luis Cernuda, este era considerado un segundón dentro del marco de la Generación del 27 –me refiero a la crítica en general, no a los poetas; evidentes resultan las influencias que Cernuda produjo en la Generación del 50-. Desde entonces, la valoración de Cernuda fue in crescendo hasta llegar a la situación actual, en la que algunos críticos le consideran como el mejor poeta de su generación.

Con Rafael Alberti ha ocurrido al contrario. Pasó de ser una figura popular durante la Transición a una especie de huella literaria de un pasado cercano. Ahora, queda muy moderno decir: “yo no leo a Alberti”, “no me gusta Alberti, creo que tuvo su momento”, “Alberti me resulta muy simple”. Ellos, por supuesto, se inclinan por voces más “complejas” como la de Aleixandre –aunque a veces me pregunto si muchos realmente son capaces de desentrañar sus versos…-. ¿El poeta de la calle? Tampoco: para eso ya tenemos a Miguel Hernández –que, tristemente, parece más reconocido en nuestra sociedad por su perfil de “poeta-cabrero” que por su poesía en sí-. Al hablar de Alberti, indefectiblemente, la gente alude a su compromiso político, al hecho de que militara en el Partido Comunista: gran parte lo considera un punto negativo. Efectivamente, durante la Guerra Civil, Alberti tuvo una etapa de poesía social, furibunda e incendiaria, como no la tuvo, por ejemplo, Cernuda. Pero no solo existe la poesía social en su obra: Alberti es, de hecho, uno de los poetas más aventureros respecto a corrientes y escuelas. Lo ha experimentado casi todo.

Rafael Alberti junto a Dolores Ibárruri, "La Pasionaria", como diputado del PC por Cádiz en las primeras Cortes democráticas españolas desde la Transición, en  1977
Rafael Alberti junto a Dolores Ibárruri, “La Pasionaria”, como diputado del PC por Cádiz en las primeras Cortes democráticas españolas desde la Transición, en 1977

Que Alberti militara en el PC o participara en mítines políticos no le resta o le suma calidad a su literatura. Ha habido muchos poetas en la Historia que no han ocultado su ideología, y que incluso han utilizado la poesía como medio para alcanzar sus metas políticas. Me refiero, por ejemplo, a cuando André Breton quiso convertir el surrealismo en la expresión lírica del comunismo. ¿Y quién, hoy en día, no reconoce la trascendencia de Breton en la literatura del siglo XX? A Alberti, sin embargo, su compromiso político le sirvió para no ganar el Nobel.

Porque, no nos engañemos: no le concedieron el Nobel debido a que, en plena Transición, resultaba mucho más políticamente correcto dárselo a Aleixandre, que no se había decantado públicamente por ninguna ideología en concreto. Y con esto, no quiero decir que Aleixandre no se lo mereciera, simplemente explico por qué no se lo dieron a Alberti. Pero es ofrecer este argumento y que los cuatro eruditos de turno te digan que, claro, que Marinero en tierra no se puede comparar, por ejemplo, con La destrucción o el amor.

¿De verdad vamos a juzgar la obra de un poeta como Alberti por un libro como Marinero en tierra? Alberti es mucho más que Marinero en tierra, y se debe mirar ese libro en el contexto de la época en que se publicó, cuando se puso de moda el neopopularismo. A pesar de no ser su mejor poemario, contiene imágenes muy plásticas que ya adelantan lo que vendría después. Sin embargo, recuerdo que cada vez que salía en clase el nombre de Alberti, automáticamente se asociaba a Marinero en tierra. Quizá los profesores de Lengua y Literatura deberían saltarse el canon y buscar la forma más efectiva de que la poesía de Alberti llegue de verdad a los alumnos. A partir de mi fugaz –pero intensa- experiencia como profesora en un instituto  público de Madrid, puedo afirmar que los adolescentes se sienten mucho más atraídos por un poema como “Buster Keaton busca por el bosque a su novia, que es una verdadera vaca”, que por aquel otro tan conocido que comienza así: “El mar. La mar. / El mar. ¡Sólo la mar! / ¿Por qué me trajiste, padre, / a la ciudad?”

Rafael Alberti junto a Manuel Altolaguirre y José Bergamín (abajo) durante la Guerra Civil española
Rafael Alberti junto a Manuel Altolaguirre y José Bergamín (abajo) durante la Guerra Civil española

Confieso que mi primera intención era hacer la tesis sobre Cernuda. Si me acabé decantando por Alberti fue porque era consciente de esta situación: de la necesidad de revitalizar los estudios sobre su obra y su persona, de devolverle su lugar en la historia de la Literatura. Realmente, creo que los investigadores actuales tenemos una deuda con Rafael: el más plástico de los poetas de su tiempo, el que buscó por el cielo a Miss X y se vio invadido por un alud de ángeles equivocados, el que le dedicó el más entrañable y estúpido poema de todos cuantos le hayan dedicado a Charlot. Quien después levantó el puño y cantó para el pueblo, se exilió y logró que su voz alcanzara España y resonara por los campos, por los mares andaluces, que removiera las conciencias de los poetas que no veían más allá de sus propias miradas. El mismo Alberti que puso palabras a los colores y me hizo temblar con un solo verso: “Me enveneno de azules Tintoretto”.

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También lo elegí para mi doctorado porque me siento próxima a él, de alguna forma. Al fin y al cabo, es el único poeta de la Generación del 27 cuya existencia coincidió, aunque fuera unos pocos años, con la mía. Y comparto su amor por Cádiz, por los azules y blancos gaditanos. Lo contemplo en la distancia de los años con nostalgia –una “nostalgia inseparable”, tan suya- y me reafirmo: es necesario que devolvamos a este inmenso poeta el lugar que le corresponde.

Siempre esta nostalgia,

esta inseparable nostalgia

que todo lo aleja y lo cambia.

Rafael Alberti en los años treinta
Rafael Alberti en los años treinta