El tiempo

Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad.

Luis Cernuda, Ocnos

columpio copiaTuve conciencia del tiempo muy pronto. Recuerdo que, mientras los niños de mi edad se morían de ganas por crecer y alcanzar ese concepto imposible llamado independencia, yo lloraba y le confesaba a mi madre que no quería hacerme mayor, que deseaba ser niña para siempre. Y así, soñaba que un día, un buen día, se abalanzaría sobre la Tierra un meteorito de las dimensiones de aquel que provocó la extinción de los dinosaurios; un meteorito que detendría para siempre el tiempo, y yo sería una niña hasta la eternidad.

Mi primer reloj fue uno de pulsera roja que me regalaron mis abuelos. El segundero era un caballito blanco que trotaba incansablemente por la esfera. Yo sentía en su trote destellos inexorables de tiempo. Quería que este me acabara convirtiendo en princesa, actriz de cine o escritora. Finalmente, el tiempo me regaló uno de los tres deseos.

A partir de los veinte años, dicen, la vida transcurre como un rápido torbellino sin que te des cuenta. He de corroborar esa teoría, pero también aquella afirmación de Carlos Gardel, “que veinte años no es nada”. Hace veinte años me mudé a la casa donde ahora vivo. Se puede decir que ante mí se abría la época más feliz de la infancia, con sus rincones agridulces, por supuesto. Recuerdo dos niñas de mi edad junto a la piscina. Nada más verlas, supe que una sería mi amiga y la otra algo parecido a mi enemiga, entendiendo ese concepto desde la perspectiva azul de la inocencia.

El tiempo me ha robado personas e ilusiones y me ha concedido algún que otro sueño. Ahora saludo a los viejos amigos y a los viejos enemigos con el mismo “hola” desteñido, y me guardo todas las historias antiguas por detrás de los labios.

Ahora, escucho a la gente de mi edad arrepentirse por haber deseado que acabara su infancia. Yo, al menos, no tengo esa punzada en la conciencia: debía de ser una niña muy sabia, si es que esa paradoja es posible. Aunque de poco me ha servido desear, porque aquel meteorito esperado jamás hizo acto de presencia.

Recuerdo que un día, un mal día, el caballito de mi reloj se detuvo. Pero el tiempo, obstinado, continuó corriendo.

Trato con la Muerte

Fotograma de El séptimo sello (1957), de Ingmar Bergman
Fotograma de El séptimo sello (1957), de Ingmar Bergman. El protagonista, encarnado por Max Von Sydow, se juega su vida a una partida de ajedrez con la Muerte

Últimamente, mis sueños se han vuelto muy postmodernistas. Hace poco más de un mes, una Marbú Dorada me reveló que no tengo futuro profesional, acontecimiento que me condujo a una intensa reflexión acerca de las ilusiones perdidas en mi generación. Esta noche, no ha sido precisamente una galleta quien se me ha presentado, aunque el desenlace del conflicto sigue teniendo mucho de vanguardista.

Rememoremos. Delante de mí tenía a una criatura negra y alta, encapuchada, que sostenía una guadaña. Lo habéis adivinado: era la Muerte, y además una Muerte de perfil clásico, con su guadaña y su capucha: nada de esqueletos exóticos u hombres calvos a lo Ingmar Bergman. Hasta ahí, reconozco que hay poco vanguardismo.

El caso es que, tras un episodio onírico-marinístico de aventuras y fantasmas que no traeré a colación –mis sueños podrían adaptarse para el cine-, pero en el que no había resultado bien parada, la Señora Parca había decidido que era tiempo de llevarme con ella. En efecto, queridos lectores: me había llegado la hora.

Yo, que en situaciones críticas me vuelvo muy ingeniosa, me decidí rápidamente a no perder los nervios y negociar con el tenebroso ser mi paso al Más Allá. Ni un vendedor de seguros nacido de la pluma de James McCain lo hubiera hecho mejor. Ya sé que, llegados a este punto, os imagináis propuestas clásicas como una partida de ajedrez, una acción benévola para con mis seres queridos o incluso encontrar un hogar para una pobre huerfanita –los que seáis de mi generación y hayáis aderezado vuestra infancia con Todos los perros van al cielo (1989), me entenderéis-. Pero, ¡no! Ya os dije que el final es muy postmodernista.

Fotograma de Perdición (1944), de Billy Wilder. En la escena, el vendedor de seguros representado por Ben McMurray negocia con la ambiciosa Barbara Stanwyck
Fotograma de Perdición (1944), de Billy Wilder, basada en la novela de James McCain. En la escena, el vendedor de seguros representado por Fred McMurray negocia con la ambiciosa Barbara Stanwyck

Lo que se me ocurrió fue proponerle a la Muerte escribir por ella una columna semanal en mi blog. Así, tal cual. Se ve que apareció mi vena periodística, ese mito que ha permanecido oculto durante cuatro años de carrera y del cual ya me había planteado que en realidad se tratase de los padres. Pues bien, la Muerte no rechazó la idea. Se llevó la huesuda mano al lugar donde se supone que debería encontrarse su barbilla y me dijo: “Bueno, he de admitir que escribes muy bien; tal vez debería pensarlo”. Por mi parte, y como buena vendedora de seguros periodísticos, le metí un poco de presión, sobre todo porque no me apetecía quedarme con la incertidumbre de saber si me iba a morir o no. Le hablé de las interesantes perspectivas que abriría el hecho de poderse dar a conocer cada semana en una columna, reflexionando sobre el panorama actual o pasado y utilizándome como mera transmisora de sus pensamientos.

Al final, acabó aceptando: me prolongaría la vida durante el tiempo que yo estuviera dispuesta a redactar a su nombre una columna semanal. No era una oferta tan cruel, si lo pensamos bien: hay tantos periodistas becarios que trabajan como chinos sin cobrar un sueldo… Esto sería algo así como una clase de “Becarios 2.0”: trabajas, no cobras y, si dejas de trabajar, estás muerto. Un paso más de la situación actual. El colmo del capitalismo.

Cuando me desperté por la mañana, me sentía orgullosa de mí misma por haber burlado a la Muerte. Pero, no os emocionéis: he decidido que no voy a escribir esa columna semanal. En parte, por falta de tiempo; pero también porque la Muerte se merecería algo más popular que mi blog. ¿Os imagináis cuántas reflexiones interesantes podrían recogerse? Nos hablaría, tal vez, de escritores fallecidos, de sus últimos deseos; describiría las guerras que solo conocemos superficialmente a través de los telediarios. Criticaría la estupidez humana: la pérdida de tiempo con gente que no aporta nada, la infravaloración de los momentos cotidianos más preciosos, la inútil acumulación de riquezas… Demasiado jugoso para un blog modesto como el mío, ¿no creéis?

Querida Muerte: no te sulfures; si algún día se me tuerce el camino y acabo convertida en una periodista famosa; entonces, podremos hablar de negocios.

Quince años sin Rafael Alberti

El poeta tras su exilio
El poeta tras su exilio

Me voy con los ojos llenos de los acontecimientos de un siglo. Un siglo de horrores, de enfrentamientos, de dolorosísimas separaciones, de hechos que habitan en mis bosques interiores y en los que, casi a mis noventa y cuatro años, aún puedo caminar sin perderme en su frondosidad. Pero no me quiero ir. No quiero morirme. Sigo sin querer morirme. ¿Por qué tengo que morirme? Todavía me retienen muchas cosas, muchos atrayentes sabores que no quiero dejar de percibir.

El año 2000 ya está ahí, casi lo estamos tocando. ¿Será posible que me abra sus puertas? […] Tiempo. Tiempo. ¿Por qué no hay más tiempo…? Mujeres que habéis pasado presurosas por mi vida, cercanas o lejanas ya, hermosas siempre, por encima de los días, de la crueldad del tiempo y del olvido. No adivino ya vuestros rasgos cuando atravesáis mi, todavía, encendido jardín. Pero siempre seréis un delicado y silencioso recuerdo en las páginas de mi perdida arboleda… Todo en mí sigue latiendo. Amo todo aquello que siempre amé, sin advertir la sorpresa de los que ya me contemplan como un árbol centenario al que le crujen las ramas e imaginan sin savia en las venas. Pero pienso, una vez más, en Anacreonte, en la edad del atrayente mar y de las sirenas, en la del incesante viento que a través de los siglos se enreda en el cabello dorado de las muchachas…

Rafael Alberti, La arboleda perdida

 

Con estas palabras se despedía Alberti en el último capítulo de sus memorias. A sus casi noventa y cuatro años aún gritaba, en un alarde de insolencia y lirismo, que no quería morirse. Esto no ocurriría hasta tres años más tarde, el 28 de octubre de 1999. Finalmente, no cruzó el umbral del nuevo siglo: nació con el XX y se fue también con él. Hoy, cuando ya llevamos quince años sin él, el mar de Cádiz todavía conserva el color de sus ojos y, dispersos por aquellas playas, los recuerdos de su infancia, adolescencia y vejez suspiran entremezclados con el viento de levante.

Alberti no fue, como tantos dicen, el poeta de la alegría, de la frivolidad, del neopopularismo. Alberti fue una paloma equivocada, un estandarte de nostalgia perdido en un siglo en el que nada permanecía, en el que todo giraba en un constante devenir heraclíneo y sus versos, como lágrimas saladas, murmuraban con ingenuidad que nada era lo mismo.

Nada era lo mismo, pero seguía siéndolo en su corazón. El Puerto de Santa María, cuajado de azules y blancos, que se vio obligado a dejar en 1917. El Madrid de la República donde halló su identidad política, sus amigos, su personalidad poética; arrasado por las bombas de la Guerra Civil. España sola, peregrina, viajando hacia otro continente para escapar del yugo totalitario del franquismo. Su “Buenos Aires querido”, que diría Carlos Gardel, donde nació su hija Aitana, aquella que fue bautizada en recuerdo a la sierra alicantina que avistaran él y María Teresa desde el barco que los conducía al exilio: la última visión de su más tarde añorada España. Punta del Este, y también Roma, esa Roma humilde y entrañable que nacía en el barrio popular del Trastévere, con sus automóviles enloquecidos y sus gatos invasores. Todos estos paisajes resurgen con asombrosa fuerza en sus versos últimos, aquellos que escribió al regresar a España, a esa España que ya no reconocía.

Como ya confesé en mi artículo Una deuda con Rafael Alberti, él es el poeta de la Generación del 27 que siento más cercano; en gran medida, porque yo tenía diez años cuando él murió. Tengo recuerdos extraños, como el de aquel profesor del instituto que lo pasó por alto en el temario, limitándose a decir que “de joven era muy guapo, pero de viejo se dejó el pelo largo para parecer un bohemio”. En ese momento, deseé levantar la mano y pedirle que nos explicara su poesía, pero la timidez pudo conmigo. Hace tiempo, soñé que iba con él en un autobús que se dirigía a la Avenida de los Sueños Olvidados, donde nos reuniríamos con García Lorca, que nunca había muerto. Rafael llevaba el cabello níveo cubierto por su sempiterna gorra marinera y hablaba conmigo con alegría y naturalidad.  Tenía frente a mí al único poeta capaz de gastarse la recompensa de un Premio Nacional de Poesía en invitar a helados a toda la gente con la que se cruzara, y aquel que consideraba que dormir es una pérdida de tiempo.

Yo estoy de acuerdo contigo, Rafael: también soy de las que duermen lo menos posible. Aunque solo en sueños podemos regresar a los lugares en los que el calendario ha construido una barrera infranqueable, y hablar con personas devoradas por las oscuras aguas del Tiempo…

Agosto de 2014, en la Casa Museo de Rafael Alberti
Agosto de 2014, en la Casa Museo de Rafael Alberti

Fin de año

Fotografía de Chema Madoz
Fotografía de Chema Madoz

Sé que 2013 ha tenido que ser, de algún modo, esencial en mi biografía. Varios de los acontecimientos que han marcado mi existencia sucedieron un día 13, incluido mi propio nacimiento.

A medida que nos vamos haciendo mayores, los años se pasan más deprisa. Parece que hace una semana estaba celebrando la Nochevieja de 2012. Y sin embargo, tantas cosas han cambiado desde entonces. Los años transcurren de forma acelerada, pero eso se debe a que en uno solo de ellos suceden más cosas de las que sucedían en diez de los antiguos. Los acontecimientos parecen comprimidos, envueltos en un aura vertiginosa. La madurez llega con golpes o con jarras heladas de agua. Nadie nos avisa. No hay una progresión continua, sino caídas sucesivas al abismo.

Paradójicamente, lo más difícil es ser quien realmente eres y no lo que te imponga una determinada circunstancia. Debería ocurrir al contrario, pero a menudo nos dejamos llevar por la sentimentalidad y acabamos traicionando, de algún modo, no solo a aquellos que nos quieren de verdad, sino también a nosotros mismos. Sin embargo, es la libertad la que nos permite ser lo que queremos ser, y es su ausencia la que nos obliga a desvanecernos. Lo que nunca debemos perder –y eso es algo que he aprendido- es la propia dignidad.

En 2013 he saludado muchas veces al abismo, y alguna caída ha sido más dolorosa que las demás. Pero mis brazos insisten en abrazar el mundo porque aún no les enseñaron que ya es demasiado tarde. He soñado mucho, como siempre, y he llorado aún más. He conocido gente maravillosa y he echado de menos a otra que también me lo parecía. Me he desengañado y me he ilusionado. He cumplido algún sueño antiguo y he despertado de otros. Al final, y a riesgo de caer en el estereotipo, trato de llevarme los buenos recuerdos, que encienden fogonazos de película antigua en mi memoria. Los buenos recuerdos son lo único que nadie podrá arrebatarnos.

Y, como en aquella canción de Oasis, he acabado viendo estrellas que parecían haberse desvanecido para siempre.

Feliz fin de año. Feliz comienzo del siguiente. Perseguid muchos sueños. Yo me despido junto a mi inseparable Luna, que es la gatita más valiente y la más cabezona del mundo, y gracias a eso ha sobrevivido, porque ha estado muy malita. Otro triunfo del 2013

Con Luna. Diciembre de 2013
Con Luna. Diciembre de 2013

Dieciocho de julio

*Nota previa: Esta entrada fue redactada por la autora el 18 de julio de 2013, pero por motivos de salud se publicó un día más tarde. Así que cambiadme las perspectivas, please…

Soy, como diría Luis Buñuel, «atea, gracias a Dios». Sin embargo, en Villafranca de los Barros, pueblo de mi familia materna, tradicionalmente se celebraban más los santos que los cumpleaños. Como consecuencia, en mi casa ha prevalecido la costumbre de felicitarnos el día del santo, de salir a cenar, e incluso de hacer algún regalito…

Villafranca de los Barros, 2007
Villafranca de los Barros, 2007

El caso es que hoy, 18 de julio -una fecha no muy adecuada precisamente para festejar algo, if you know what I mean– es Santa Marina Virgen y Mártir, patrona de no sé cuántos municipios gallegos y a la que, según la leyenda, le cortaron la cabeza. Hay varias versiones, pero me quedo con la más chic: una en la que un rey malvado pretendía desposarla. Marina se negó, y entonces el rey la amenazó con decapitarla. Marina se siguió negando; entonces el rey ordenó que le cortaran la cabeza -muy a lo Reina de Corazones Style-, y la cabeza dio tres botes. En cada bote, dijo «no». Y en el lugar donde cayó finalmente, brotó un manantial…

He ahí un ejemplo gráfico de «cabezota» -chiste fácil.

Pero fuera de Galicia, mi santo no es demasiado conocido. En el santoral, suele aparecer con más frecuencia San Federico, que se festeja el mismo día. Y yo me acuerdo de mi adorado Federico García Lorca, que cada año lo celebraba por todo lo alto con su familia en la Huerta de San Vicente, su casa de Granada.

Huerta de San Vicente, Granada, 2012
Huerta de San Vicente, Granada, 2012

Y continuando con el tema de santos, mártires y cristianismo en general, no puedo dejar de relatar una curiosa anécdota acaecida a quien esto escribe en el día de ayer…

Andaba yo en una de mis numerosas expediciones hospitalarias -que últimamente, por unas cosas y por otras, son muy frecuentes- cuando, de repente, me topé con el siguiente cartel:

Lema de un hospital madrileño
Lema de un hospital madrileño

Entonces, me sentí como debieron sentirse los nativos americanos cuando Cristóbal Colón llegó al Nuevo Mundo. Evangelizar… Es que, dicho así… Por mucho que el hospital pertenezca a la sanidad privada, no pude evitar acordarme de aquel temazo de los Burning: «Qué hace una chica como tú en un sitio como éste».

A punto de ponerme el tocado de plumas y hacerme pinturas de guerra, me dirigí a la recepción para pedir hora para unas pruebas, y allí esperaba el equipo médico al completo. Lejos de apuntarme con un crucifijo cual profesor Van Helsing ante Drácula, me atendieron con mucha amabilidad y profesionalidad. Así que, señores, ¡nada de prejuicios!

(Eso sí, mejor no mirar los calendarios, donde podemos leer argumentos contrarios a la investigación con células madre…).

Una experiencia hospitalaria más. Todavía me quedan por cosechar unas cuantas, y además en un futuro muy, muy cercano. ¿Alguien ha tenido una piedra en el uréter?

Repetiré la pregunta con una pequeña modificación… ¿alguien ha tenido una piedra en el uréter… a los 23 años? Debo de ser de ese diminuto 3%, sí. Pero ya me estoy haciendo una experta en cólicos nefríticos, calmantes, doblejotas, sondas y demás necesarias aberraciones.

¿Quieres perder cinco kilos, sin necesidad de dietas ni gimnasios, además de añadir experiencia a tus conocimientos acerca del funcionamiento del aparato excretor? No lo dudes: pon una piedra en tu uréter. Garantizado por Marinistic S.A.

Me queda hasta humor negro para repartir a diestro y siniestro…

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Y para evadirnos un poquito de estos temas alegres, he de confesar que últimamente tengo sueños muy peliculeros. El de hoy, con banda sonora incluida -me he despertado tarareando la melodía, y todo-: una historia de palacios, oscuras pasiones, hijos secretos y asesinatos; Shakespeare estaría orgulloso de mi subconsciente.

Pero me gustó casi más el del otro día. Una «pesadilla» en la que Lord Voldemort -sí, el malo malísimo de Harry Potter– iba ataviado con un estilo ochentero pijo -imaginadlo con una camisita de cuadros y un jersey de cuello de pico de Lacoste– a cargarse a Harry y a sus padres. Pero todo inmerso en un ambiente muy urban, con paredes de graffitti, zapatillas Converse y música de Nickelback -lo de la música es una aportación a posteriori, lo admito. Y el asesinato se produce en un baño de instituto. Very cool.

Ralph Fiennes en su papel de Lord Voldemort, el antagonista de la saga Harry Potter
Ralph Fiennes en su papel de Lord Voldemort, el antagonista de la saga Harry Potter