Presentando «El barco de cristal»: lluvia, rock y literatura en Madrid

Presentación de "El Barco de Cristal" en el restaurante madrileño Subiendo al sur. Foto de José María Plaza
Presentación de «El Barco de Cristal» en el restaurante madrileño Subiendo al sur. Foto de José María Plaza

Era un sábado inhóspito, invadido por una de esas lluvias salvajes de diciembre por las que se cuela el frío dentro del cuerpo y llega al corazón. Pero el ambiente del local resultaba cálido, acompañado de luces amarillas y olor a velas. Situado en una escondida calle de la zona de Noviciado –Ponciano, 5, Madrid-, el restaurante “Subiendo al Sur” –un restaurante de comercio justo cuyos beneficios van, en parte, destinados a países desfavorecidos- fue el escenario de una noche memorable.

Más de cincuenta personas se agolpaban entre sillas y mesas –algunas tuvieron que sentarse en el suelo-, desafiando a la lluvia y a la pereza existencial que esta provoca. Familiares, amigos, conocidos; gente que ha llegado a mi vida en los últimos tiempos, o que permanece en ella desde siempre: allí estaban casi todos, expectantes. En la mesa, a mi lado, junto a los libros, se hallaba el profesor Emilio Blanco, presentador del acto. Un poco más atrás, Juan Manuel Corral, orgulloso editor de Líneas Paralelas. Me embargaba una emoción indescriptible. Y entonces, comenzaron a sonar los primeros acordes de “The Crystal Ship”, tema de The Doors de 1967 versionado maravillosamente por Strange Days.

De izquierda a derecha: Rafa Ceballos, Julio Téigell, Marina Casado, Emilio Blanco, Juan Casado y Nico de Vicente
De izquierda a derecha: Rafa Ceballos, Julio Téigell, Marina Casado, Emilio Blanco, Juan Casado y Nico de Vicente

Strange Days, cuyo nombre rinde homenaje, precisamente, a un álbum de The Doors, es la joven banda compuesta por mi hermano, Juan Casado –vocalista y guitarrista-; el polifacético Julio Téigell, que se dividió entre teclado, guitarra y voz; Rafa Ceballos, bajista, y Nico de Vicente, que puso ritmo a la noche con la caja flamenca.

“The Crystal Ship” fue el tema que elegí para titular mi ensayo El barco de cristal. Referencias literarias en el pop-rock, publicado por Líneas Paralelas en octubre de este año. Además de tratarse de un tema compuesto por Jim Morrison, vocalista de The Doors y figura que encarna a la perfección el vínculo esencial entre rock y literatura –fue un voraz lector, poeta y cineasta, y su bagaje cultural se refleja sobradamente en las letras de sus canciones-, la imagen del barco de cristal me sugería una preciosa alegoría en la que el barco representa la música rock, gobernada por capitanes de la talla de Elvis Presley, Chuck Berry, Little Richard, Jerry Lee Lewis… Y más adelante, los míticos Beatles. ¿Por qué de cristal? Porque el cristal permite ver que las tripas de ese barco de rock están hechas de literatura, que tras las letras de canciones que se han hecho famosas se esconden todas las lecturas de sus autores: las estrofas están repletas de guiños a obras y a escritores. Y es que los grandes rockeros fueron también grandes lectores y algunos, como Jim Morrison o Lou Reed, incluso se aventuraron muy decentemente en la escritura. Rock y literatura caminan de la mano, y esta idea constituye la base de mi ensayo, presentado el sábado 13 de diciembre en “Subiendo al Sur”, en lo que se constituyó como un evento inolvidable.

Marina Casado y Juan Casado. De fondo, Emilio Blanco y  Juan Manuel Corral
Marina Casado y Juan Casado. De fondo, Emilio Blanco y Juan Manuel Corral

El origen de El barco de cristal hay que buscarlo en 2012, cuando creé una sección con el mismo nombre en el programa cultural El Marcapáginas de Gestiona Radio, programa dirigido por el periodista David Felipe Arranz. En la sección, que se mantuvo en activo hasta diciembre de 2013, analizaba las conexiones entre grandes obras de la literatura universal y algunos de los temas más populares del género del pop-rock. En torno a diciembre de 2013, Juan Manuel Corral, colaborador habitual del programa, me comunicó su idea de crear una editorial: proyecto arriesgado en los tiempos que corren y, precisamente por ello, muy admirable. Tras unos meses de trabajo, redacción, investigación y maquetación, nació el libro El barco de cristal. Referencias literarias en el pop-rock, cuidadosamente editado por el equipo de Juan Manuel Corral, que posee gran experiencia en el ámbito editorial y es autor de varios ensayos sobre cine y música pop.

Emilio Blanco, presentador del acto, destacó el buen trabajo realizado por la editorial, además de elogiar el contenido del libro, que, en su opinión, es muy completo y hace un repaso pormenorizado por la historia del pop-rock, con temas que constituyeron la banda sonora de varias generaciones. Emilio Blanco es filólogo y profesor de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Coincide conmigo en su gusto por relacionar la música de todo género con la literatura. En 2011, coordinó el congreso “La letra de la música”, celebrado en la Rey Juan Carlos.

De izquierda a derecha: Emilio Blanco, Marina Casado, Rafa Ceballos, Juan Casado y Nico de Vicente
De izquierda a derecha: Emilio Blanco, Marina Casado, Rafa Ceballos, Juan Casado y Nico de Vicente

El acto estuvo vertebrado por las versiones que Strange Days hicieron de algunos de los clásicos que trato en el libro. Además del mencionado “The Crystal Ship” de The Doors, interpretado con elegancia por Julio Téigell, Juan Casado imitó muy acertadamente la voz aguda y plagada de falsetes del gran Elton John en su famoso tema de 1978 “Goodbye Yellow Brick Road”, en el que hace un guiño a la obra de 1910 de Frank Baum El mago de Oz al despedirse del camino de baldosas amarillas por el que los personajes avanzaban para alcanzar Ciudad Esmeralda, lugar donde residía aquel maravilloso Mago de Oz que supuestamente cumpliría todos sus deseos. En la novela, el Mago resultó ser un hombre normal y corriente, y la canción de Elton John alude a un fraude sentimental, a una relación en la que no hay más que promesas doradas, sin rastro de realidades.

El pop-rock nacional también tuvo acto de presencia en el acto del sábado, cuando Strange Days versionó un single de 1987 del dúo donostiarra Duncan Dhu -que toman su nombre del personaje de una novela de Robert Louis Stevenson-, “Una calle de París”, donde se homenajea aquel París de la Bohemia del siglo XIX que fue escenario de las andanzas de poetas como Charles Baudelaire. Julio Téigell fue en esta ocasión el vocalista, poniéndose en el papel de mi admirado Mikel Erentxun.

Nico de Vicente y Julio Téigell al teclado
Nico de Vicente y Julio Téigell al teclado

La interpretación más elogiada fue, sin duda, la del tema de 1993 “Heart-Shaped Box”, de Nirvana, con la voz de Juan Casado y un fondo musical oscuro y humeante. Para el videoclip de este tema, la idea original de Kurt Cobain, líder de Nirvana, era que apareciera el poeta beatnik William S. Burroughs haciendo de viejo cristo yonqui crucificado. Aunque Burroughs rechazó la propuesta, se entrevistó con Cobain en 1993, puesto que era el ídolo literario del cantante. En general, la Generación Beat tuvo una inmensa influencia en la historia del rock.

A Julio le tocó hacer de Mark Knopfler en la brillante interpretación del clásico de Dire Straits «Romeo and Juliet», una particular versión de la obra de Shakespeare que traslada a los amantes a un contexto urbano y actual, banalizado. Romeo sigue amando a Julieta, que en esta versión musical adopta una actitud de fría indiferencia, recibiendo a Romeo con una mezcla entre desdén y burla, considerándolo un pretendiente más. Romeo, nostálgico, recuerda las promesas de Julieta y sus palabras. Su romanticismo resulta ridículo en esta nueva ambientación aportada por Dire Straits…

Otro momento de la presentación de "El barco de cristal"
Otro momento de la presentación de «El barco de cristal»

Para el final, Strange Days se reservó el clásico de 1968 de The Rolling Stones “Sympathy For The Devil”, inspirado por la obra de Mijáil Bulgákov El maestro y Margarita, que Marianne Faithfull regaló a su por entonces novio Mick Jagger, vocalista de la banda. En la obra y en la canción, el Diablo aparece retratado como un gentleman, malicioso y elegante, que se confiesa autor de todos los crímenes de la historia de la humanidad. Juan Casado interpretó fabulosamente la voz salvaje de Jagger, acompañado en algunos momentos por el público, que coreaba el estribillo con pasión.

El resultado fue un acto emocionante, donde me sentí arropada por todos los asistentes, amigos y familiares. Allí estaban, unidas, mis dos pasiones: la literatura y la música, y allí estaban también todos aquellos años escuchando los discos que mis padres ponían en el salón, y la aventura de mi hermano Juan como mi indiscutible guía por los turbulentos senderos del rock.

Marina Casado firmando ejemplares de su libro
Marina Casado firmando ejemplares de su libro

Los escritores no son solo señores muy serios o muy extravagantes que se apartan del mundanal ruido para escribir su obra, ni las estrellas del rock grandes salvajes, sin la menor sensibilidad, que aporrean sus guitarras ciegamente. Dos mundos aparentemente tan opuestos encuentran un estrecho vínculo, y esto es lo que he tratado de reflejar en mi obra: El barco de cristal. Referencias literarias en el pop-rock (Líneas Paralelas, 2014).

Portada de "El barco de cristal. Referencias  literarias en el pop-rock" (Líneas Paralelas, 2014)
Portada de «El barco de cristal. Referencias literarias en el pop-rock» (Líneas Paralelas, 2014)

PUEDES COMPRAR EL LIBRO EN LA WEB DE LA EDITORIAL Y EN ALGUNAS LIBRERÍAS COMO LA CENTRAL O CASA DEL LIBRO.

*En breve, publicaré aquí el vídeo de la presentación.

Jim Morrison o el Tiempo inexistente en la poesía

Jim Morrison en 1970
Jim Morrison en 1970

Hoy Jim Morrison hubiera cumplido 71 años, si no hubiese fallecido en el 71. Su mullida melena castaña sería blanca y, tal vez, sus azules ojos fieros conservarían su fulgor por detrás de la botella que seguiría llevando hasta sus labios gruesos, apolíneos, mirándonos desde su posición de viejo poeta beatnik nacido a deshora, como un Burroughs decadente que se hubiera perdido por los caminos laberínticos y oscuros del rock and roll.

“Estoy preocupado inmensurablemente por tus ojos”, escribió Morrison en Mosaico, una recopilación de poemas, anotaciones y prosas poéticas dedicadas a su eterna y dominante novia, Pamela Courson. El líder de The Doors fue algo más que aquel rockero alocado que se arrojaba sobre el escenario e iniciaba extrañas danzas rituales, más que aquel icono sexual que recordamos posando en la famosa serie de Joel Brodsky, con el torso desnudo y un collar de cuentas que le otorgaba un cierto aire hippie o salvaje.

Jim Morrison retratado por Joel Brodsky
Jim Morrison retratado por Joel Brodsky

Tengo mis mejores ideas cuando el

teléfono suena y suena. No es divertido

sentirse un idiota cuando tu

chica se ha ido. Un nuevo quebradero de cabeza:

Posesión. Creo mi propia espada de Damasco. He perdido el tiempo.

Un crío saltando por las tablas, jugando

con la Revolución. Cuando ahí fuera el

Mundo espera y desemboca en fieras pandillas

de asesinos y auténticos locos. Colgando

de las ventanas como diciendo: Soy intrépido,

¿me quieres? Sólo por esta noche.

Ligue de Una Noche. Un perro aúlla y gimotea

frente a la puerta corredera de cristal (¿por qué

no puedo entrar yo?) Un gato grita. El motor de un coche

acelera a tope forzosamente –el chirriante

carbono seco protesta. Dejo el libro

-y empiezo mi propio libro.

Amor para la chica gorda.

¿Cuándo llegará ELLA aquí?

(Jim Morrison, Mosaico)

He aquí algunas de sus divagaciones, en las que se contemplaba a sí mismo como un “crío que jugaba con la Revolución”, incapaz de otra cosa que no fuera perder el tiempo. Después de marcharse Pamela, tal vez tras una de aquellas acaloradas discusiones que llevaban consigo un distanciamiento de varios meses entre ambos amantes, Jim se entretenía con ligues momentáneos, pero ninguno fue ELLA.

ELLA era una joven delgada, fuego rojo en el tiempo, que consumía lentamente su vida inyectándose heroína. La heroína viajaba tan rápido por sus venas como el alcohol por las de Jim. Ambos se reunieron con la muerte a los 27, como si la conexión entre sus almas guiara el pulso de sus existencias.

Jim Morrison y Pamela Courson en 1970
Jim Morrison y Pamela Courson en 1970

Jim Morrison necesitaba un amor para escribir, para sentir, para viajar. Para vivir, para mentir, para reír, para morir. Igual que todos los poetas malditos. ¿Qué fue antes, el poeta o la estrella de rock? Lo primero, siempre. Lo segundo, nada más que un camino temporal por el que se atrevió a dar un rodeo. Si nunca se hubiera producido aquel encuentro en la playa con Ray Manzarek, compañero de la universidad, del que surgió el proyecto de crear una banda de rock, ¿conoceríamos hoy a Jim Douglas Morrison como un poeta, heredero de la Beat Generation, exaltado observador de una América fría y deshumanizada, dominada por unas criaturas inteligentes y manipuladoras a las que bautizó como “Los Señores”?

Los poemas de Jim Morrison resultan confusos, laberínticos, desconcertantes, incluso el ritmo de los versos así lo refleja. El lector percibe de repente las sombras de su alma, el fulgurante y extasiado verano, esa estación que parece conmover al poeta, o detenerlo. Al poeta o a la ciudad, la desasosegada Los Ángeles, portadora de esos amores fríos y calientes, sangrientos y perezosos, efímeros y eternos dentro de unos versos. Musas de una noche y pasiones oscuras, intuidas en una suerte de dimensión inalcanzable.

Jim Morrison en 1967
Jim Morrison en 1967

Jim aseguraba llevar en su interior el espíritu de un viejo indio americano que vio morir siendo niño por detrás de la ventanilla de su coche. Derramando su sangre sobre el asfalto ardiente. La fuerza de aquel espíritu lo abandonaría un 3 de julio de 1971, arrastrando su decadencia por un París que ya había contemplado la de Verlaine o Baudelaire. Pero, al abrir hoy uno de sus poemarios, resucita su sonrisa oscura verso a verso, mientras Jim, desafiante, ofrece al lector el secreto del tiempo, o de la poesía, o tal vez el de ambos…

-¿Qué es la conexión?

-Cuando dos movimientos, que se creían

infinitos y mutuamente

exclusivos, se encuentran en un

momento.

-¿Del Tiempo?

-Sí.

-El tiempo no existe.

No hay tiempo.

-El tiempo es una plantación recta.

(Jim Morrison, Mosaico)

Un esbozo de Jim Morrison, el alma de The Doors

Jim Morrison en los sesenta
Jim Morrison en los sesenta

Lo menos que se puede decir del universo mental de Morrison es que era complejo y estaba bastante torturado. Es cierto, en particular los otros tres Doors llegan incluso a insinuar que estaba loco. Lo mismo se dijo a veces de William Blake y de Nietzsche, entre otros. Si Jim estaba loco, lo estaba como ellos, con una perfecta lucidez. De todas formas, el término «locura» es muy amplio y relativo, en general no refleja más que la diferencia de imaginación entre el que lo utiliza y el objeto del término. Sin pretender dar un diagnóstico para el que carezco de competencias diré, sin embargo, que Morrison tenía tendencias esquizofrénicas notables. […]

Jim Morrison, individuo reconcentrado y tímido por naturaleza, se complació efectivamente en refugiarse en su personaje de rock-star, al menos durante algún tiempo. Existen múltiples testimonios de quienes le conocieron entre los Doors y que le encontraron arrogante y, sobre todo, inaccesible. No obstante, tras esa máscara, su extrema sensibilidad permanecía intacta, y es probable que sufriera algunas veces por las reacciones que su actitud suscitaba. El manager de los Doors, Bill Siddons […], debía pensar en eso cuando declaró, a la muerte de Jim:

«Era la persona más entrañable, más comprensiva que he conocido. No ese Jim Morrison del que hablaban los periódicos. Sino el Jim Morrison que yo conocí y del que sus mejores amigos siempre se acordarán».

Pero, rápidamente, se había vuelto prisionero de la imagen que él mismo había contribuido a crear. Paradójicamente, esta era su única protección contra la idolatría demencial de sus admiradores y la hipócrita adulación de los inevitables parásitos. Y además, eso es lo que se esperaba de él… A causa de ello, desarrolló una creciente paranoia, que se manifestaba de manera muy aguda bajo la influencia del alcohol.

Sí; se puede decir, sin comprometerse demasiado, que el equilibrio mental de Morrison no era particularmente estable. Pero si consideramos las tensiones psicológicas a que debió estar sometido, no es demasiado extraño. No es, ¡por desgracia!, la única estrella que ha experimentado esta trágica experiencia.

Hervé Muller, Jim Morrison y The Doors

Hervé Muller, periodista francés, conoció a Jim Morrison y mantuvo con él una amistad en los últimos meses de vida del cantante, en 1971, cuando este se había retirado de la vida de estrella de rock para vivir, junto a Pamela Courson, en París, y desarrollar su faceta poética. En 1975, Muller publica Jim Morrison y The Doors, una biografía sobre su antiguo amigo, contextualizándolo en la banda que formó junto a Ray Manzarek en 1965 y en la década de los sesenta.

El incendio de Pamela Courson

De aspecto delicado –muy delgada, no llegaba al metro sesenta de estatura-, piel lechosa, espolvoreada de pecas de canela; sonrisa blanca y pura, como de niña; ojos verde azulados y una larga y lisa cabellera roja, peinada con raya en el medio, en consonancia con la moda hippie, la cual también se reflejaba en su vestuario: camisolas amplias de bordados exóticos, vestidos sueltos, pantalones vaqueros. Su delicadeza y aparente vulnerabilidad disfrazaban un carácter dominante, rebelde y autodestructivo, emocionalmente desequilibrado, rayante en la locura. Así era la que muchos críticos musicales definen como una de las figuras más enigmáticas de la década de los sesenta.

Pamela Courson en 1970
Pamela Courson en 1970

Hoy se cumplen 40 años del sórdido fallecimiento, en 1974, de Pamela Susan Courson, que hubiera podido considerarse una integrante más del funesto “Club de los 27” en caso de haber sido rockera, pues tenía 27 años en el momento de su muerte. Pero su relación con el rock –desde luego, no carente de importancia- se debe a su atormentado noviazgo con Jim Morrison, líder de The Doors. Ella es la musa que se esconde tras la mayoría de temas de la banda: la misteriosa habitante de “Love Street”, la “Reina de la carretera”, la destinataria de “Orange County Suite”, esa compleja canción que ninguno de los Doors –salvo el propio Morrison, el compositor- llegó a comprender jamás del todo.

Fue precisamente en el Condado de Orange, al sur de la californiana ciudad de Los Ángeles, donde Pamela pasó su adolescencia -había nacido en Weed en 1946-. Era hija del director de un instituto público y se constituía como un ser rebelde, casi salvaje, desde temprana edad, malhumorado y solitario, con un aire misterioso. Aunque inteligente y despierta, nunca puso demasiado interés en los estudios y, en cuanto tuvo ocasión, se marchó a los Ángeles a vivir con una amiga y estudiar Arte. Allí se inició en las drogas y estableció contacto con los rockeros del momento. Es un secreto a voces que ella fue la “chica de canela” de la famosa canción “Cinnamon Girl” de Neil Young.

A los diecinueve años, Pamela ya tenía varios amantes. Los dos más importantes, que no la abandonarían nunca, fueron el actor Tom Baker y Jean de Breteuil, aristócrata francés que se ganaba la vida como camello –él fue, de hecho, quien suministraba la droga a la muchacha-. A esa edad conoció a Jim Morrison en el London Fog, un local de segunda donde actuaban The Doors antes de alcanzar el éxito. Fue un flechazo. Él tenía 22 años y unas cuantas amantes que merodeaban a su alrededor. Pero Pamela cambió su vida. Ambos se reconocían como salvajes, independientes, inestables emocionalmente, incapaces de comprometerse con nada o con nadie. Sus caracteres resultaban tan similares que chocaban exquisitamente. Jim la definió como su alma gemela, “su pareja cósmica”. Desde que se conocieron, iniciaron una tormentosa relación interrumpida constantemente por violentas discusiones, peleas físicas e infidelidades por parte de ambos, que a veces duraban meses. Sin embargo, después de cada aventura, siempre se buscaban el uno al otro.

Jim Morrison y Pamela Courson en 1967
Jim Morrison y Pamela Courson en 1967
Pamela Courson y Jim Morrison en los años sesenta
Pamela Courson y Jim Morrison en los años sesenta

Pam a menudo se frustraba por no poder doblegar la rebeldía de Jim. En realidad, él comía de su mano, deslumbrado por la espontaneidad e inocencia salvaje de la joven a la que conoció siendo casi una niña. Le compró una boutique que ella bautizó “Themis” por la diosa griega de las leyes, y la llenó de ropajes exóticos e hiperbólicos que a menudo importaba de Marruecos. La tienda fue más un gasto que una inversión, pero a Jim jamás le preocupó el dinero, y sí tener contenta a Pam. Se inspiraba en ella para escribir sus poemas y canciones; compuso “Twentieth Century Fox” –“La moderna del siglo XX”-, en la que la definía del siguiente modo:

Bueno, ella es delgada, como está de moda,

y es impuntual, siguiendo la moda.

Nunca montaría un escándalo,

jamás rompería una cita.

Pero ella no se arrastra;

tan solo, contempla su forma de moverse.

.

Es la moderna del siglo XX:

sin lágrimas, sin miedos,

sin años perdidos

y sin relojes.

.

Es la reina del descaro

y es la dama que espera.

Desde que su mente abandonó la escuela,

nunca ha dudado.

No perderá el tiempo

en charlas elementales.

.

Porque es la moderna del siglo XX:

tiene al mundo metido

en una caja de plástico.

.

La adicción de Pam por la heroína no hacía sino aumentar, mientras Jim se sentía un impotente testigo, ahogado en su alcoholismo. Ambos eran conscientes de su propio proceso de autodestrucción y se lo reprochaban mutuamente. Parecían destinados a consumirse juntos en el incendio que brotaba de los cabellos de Pam. Ella cada vez detestaba más a los Doors, llegando a chantajear a Jim para que los abandonara amenazándole con romper con él definitivamente. Después de grabar su último álbum en 1971, L. A. Woman, Jim dejó la banda y se fue a vivir con Pamela a París, dedicado totalmente a su faceta poética. Allí pasaron unos meses de relativa calma, hasta que el 3 de julio de ese año, Morrison falleció en extrañas condiciones; oficialmente, por una sobredosis. Pamela, un médico amigo suyo y su antiguo amante, Jean de Breteuil –al que seguía viendo, y que fue quien le proporcionó la droga a Jim que supuestamente acabó con su vida- fueron los únicos que vieron el cadáver conociendo su identidad, antes de que este fuera enterrado en el cementerio parisino de Pere Lachaise.

Pamela Courson y Jim Morrison posando en Themis en 1970
Pamela Courson y Jim Morrison posando en Themis en 1970
Pamela Courson y Jim Morrison posando en Themis en 1970
Pamela Courson y Jim Morrison posando en Themis en 1970
Jim Morrison y Pamela Courson en 1970
Jim Morrison y Pamela Courson en 1970

Jim, en su testamento, dejó a Pam como heredera única, por lo que hubo quien sospechó que ella tuvo algo que ver con su muerte. Sin embargo, los tres años que le sobrevivió, Pamela cayó en una espiral de vicio, decadencia y locura. Se definía como la esposa de Jim Morrison y llegaba incluso a decir que esperaba una llamada de su marido. Su drogadicción la condujo a una sobredosis mortal en 1974. Fue enterrada a los 27 en el cementerio del Condado de Orange con el nombre de Pamela Morrison.

En vida de Jim, Pam fue quien le animó a publicar sus dos libros de poemas y, después de muerto, organizó sus cuadernos y anotaciones para que fueran editados de forma póstuma. En los libros que publicó a finales de los sesenta, en la dedicatoria de Jim podemos leer: “A Pamela Susan”. Y es que él, a pesar de lo tormentoso de la relación, la amó profunda y desgarradoramente hasta el final. En su famosa canción “L. A. Woman”, dedicada a ella, escribió lo siguiente, pensando en el color de fuego de su pelo:

Veo que tu cabello arde,

las colinas se incendian.

Si te dicen que nunca te amé,

sabrás que mienten.

Jim Morrison y Pamela Courson en 1970
Jim Morrison y Pamela Courson en 1970