«Los despertares», en El Tragaluz de San Fernando

El pasado viernes 7 de agosto, mi primer poemario, Los despertares, atardeció en la ciudad de San Fernando, en un agradable restaurante llamado El Tragaluz. La presentación, de la mano del poeta Paco Ramos Torrejón, estuvo incluida dentro del ciclo de recitales Versalando, dirigido con mano maestra por Paco. Fue una hermosa velada en la que estuvieron presentes familiares, amigos y amantes de la poesía que quisieron darle una oportunidad a mis versos. Me sentí escuchada y valorada, que es decir mucho en poesía. Os dejo las fotos del acto, tomadas por el fotógrafo Ignacio Escuin:

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Con Paco Ramos presentando mi poemario
Minutos antes del comienzo del acto
Minutos antes del comienzo del acto
Con el poeta Paco Ramos Torrejón, que dirige el ciclo de recitales Versalando
Con el poeta Paco Ramos Torrejón, que dirige el ciclo de recitales Versalando
Presentando mi poemario en El Tragaluz
Presentando mi poemario en El Tragaluz
El acto fue un éxito en cuanto a asistentes
El acto fue un éxito en cuanto a asistentes (y en la foto aún no habían llegado todos)
Con Paco Ramos presentando mi poemario
Con Paco Ramos presentando mi poemario
Con Paco Ramos presentando mi poemario
Con Paco Ramos presentando mi poemario
Familiares, amigos y amantes de la poesía asistieron al despertar gaditano de mi primer poemario
Familiares, amigos y amantes de la poesía asistieron al despertar gaditano de mi primer poemario
Mi primer poemario, Los despertares, atardeció en San Fernando en un acto memorable
Mi primer poemario, Los despertares (Ediciones de la Torre 2014), atardeció en San Fernando en un acto memorable
Cartel del evento, dibujado a mano por María Kings
Cartel del evento, dibujado a mano por María Kings

Quince años sin Rafael Alberti

El poeta tras su exilio
El poeta tras su exilio

Me voy con los ojos llenos de los acontecimientos de un siglo. Un siglo de horrores, de enfrentamientos, de dolorosísimas separaciones, de hechos que habitan en mis bosques interiores y en los que, casi a mis noventa y cuatro años, aún puedo caminar sin perderme en su frondosidad. Pero no me quiero ir. No quiero morirme. Sigo sin querer morirme. ¿Por qué tengo que morirme? Todavía me retienen muchas cosas, muchos atrayentes sabores que no quiero dejar de percibir.

El año 2000 ya está ahí, casi lo estamos tocando. ¿Será posible que me abra sus puertas? […] Tiempo. Tiempo. ¿Por qué no hay más tiempo…? Mujeres que habéis pasado presurosas por mi vida, cercanas o lejanas ya, hermosas siempre, por encima de los días, de la crueldad del tiempo y del olvido. No adivino ya vuestros rasgos cuando atravesáis mi, todavía, encendido jardín. Pero siempre seréis un delicado y silencioso recuerdo en las páginas de mi perdida arboleda… Todo en mí sigue latiendo. Amo todo aquello que siempre amé, sin advertir la sorpresa de los que ya me contemplan como un árbol centenario al que le crujen las ramas e imaginan sin savia en las venas. Pero pienso, una vez más, en Anacreonte, en la edad del atrayente mar y de las sirenas, en la del incesante viento que a través de los siglos se enreda en el cabello dorado de las muchachas…

Rafael Alberti, La arboleda perdida

 

Con estas palabras se despedía Alberti en el último capítulo de sus memorias. A sus casi noventa y cuatro años aún gritaba, en un alarde de insolencia y lirismo, que no quería morirse. Esto no ocurriría hasta tres años más tarde, el 28 de octubre de 1999. Finalmente, no cruzó el umbral del nuevo siglo: nació con el XX y se fue también con él. Hoy, cuando ya llevamos quince años sin él, el mar de Cádiz todavía conserva el color de sus ojos y, dispersos por aquellas playas, los recuerdos de su infancia, adolescencia y vejez suspiran entremezclados con el viento de levante.

Alberti no fue, como tantos dicen, el poeta de la alegría, de la frivolidad, del neopopularismo. Alberti fue una paloma equivocada, un estandarte de nostalgia perdido en un siglo en el que nada permanecía, en el que todo giraba en un constante devenir heraclíneo y sus versos, como lágrimas saladas, murmuraban con ingenuidad que nada era lo mismo.

Nada era lo mismo, pero seguía siéndolo en su corazón. El Puerto de Santa María, cuajado de azules y blancos, que se vio obligado a dejar en 1917. El Madrid de la República donde halló su identidad política, sus amigos, su personalidad poética; arrasado por las bombas de la Guerra Civil. España sola, peregrina, viajando hacia otro continente para escapar del yugo totalitario del franquismo. Su “Buenos Aires querido”, que diría Carlos Gardel, donde nació su hija Aitana, aquella que fue bautizada en recuerdo a la sierra alicantina que avistaran él y María Teresa desde el barco que los conducía al exilio: la última visión de su más tarde añorada España. Punta del Este, y también Roma, esa Roma humilde y entrañable que nacía en el barrio popular del Trastévere, con sus automóviles enloquecidos y sus gatos invasores. Todos estos paisajes resurgen con asombrosa fuerza en sus versos últimos, aquellos que escribió al regresar a España, a esa España que ya no reconocía.

Como ya confesé en mi artículo Una deuda con Rafael Alberti, él es el poeta de la Generación del 27 que siento más cercano; en gran medida, porque yo tenía diez años cuando él murió. Tengo recuerdos extraños, como el de aquel profesor del instituto que lo pasó por alto en el temario, limitándose a decir que “de joven era muy guapo, pero de viejo se dejó el pelo largo para parecer un bohemio”. En ese momento, deseé levantar la mano y pedirle que nos explicara su poesía, pero la timidez pudo conmigo. Hace tiempo, soñé que iba con él en un autobús que se dirigía a la Avenida de los Sueños Olvidados, donde nos reuniríamos con García Lorca, que nunca había muerto. Rafael llevaba el cabello níveo cubierto por su sempiterna gorra marinera y hablaba conmigo con alegría y naturalidad.  Tenía frente a mí al único poeta capaz de gastarse la recompensa de un Premio Nacional de Poesía en invitar a helados a toda la gente con la que se cruzara, y aquel que consideraba que dormir es una pérdida de tiempo.

Yo estoy de acuerdo contigo, Rafael: también soy de las que duermen lo menos posible. Aunque solo en sueños podemos regresar a los lugares en los que el calendario ha construido una barrera infranqueable, y hablar con personas devoradas por las oscuras aguas del Tiempo…

Agosto de 2014, en la Casa Museo de Rafael Alberti
Agosto de 2014, en la Casa Museo de Rafael Alberti

Paco de Lucía y el flamenco

Muy a menudo, gente de mi generación –veinteañeros- y de generaciones posteriores critica y se sorprende de mi afición por el flamenco y por la guitarra española. Extrañamente, existen muchos prejuicios en nuestra sociedad asociados al flamenco, al que he escuchado definir con los terribles adjetivos de “casposo”, “viejuno” u “hortera”. Entre los jóvenes de hoy, el flamenco es un género de público minoritario, igual que pueda serlo, por ejemplo, el rap. Pero mientras que el rap se asocia a valores positivos como la originalidad, la independencia y la rebeldía, los detractores del flamenco vinculan a éste con la imagen de una España conservadora, embrutecida, inculta.

La ignorancia, amigos, es muy atrevida. Para apreciar el flamenco hay que tener un condimento especial en la sangre, una chispita de lo que García Lorca denominó “duende”. Con esa pequeña predisposición, es fácil sentir que se te desgarra el alma con el punteo de una guitarra española, despertando un sentimiento indefinido que es posible localizar en el pecho. También influye bastante el haberse familiarizado con el género desde una temprana edad. En suma: cualquiera no es capaz de saber apreciar el flamenco.

Partiendo de esta idea, cuál no habrá sido mi sorpresa esta mañana cuando, inspeccionando la actual lista de éxitos de Spotify, he descubierto que el puesto nº 21 en España está ocupado por el tema “Entre Dos Aguas”, una rumba flamenca que en 1973 encabezó en nuestro país la lista de ventas. Su autor, Paco de Lucía, fallecía de un infarto en México hace menos de una semana, dejando al mundo huérfano del que sin duda puede considerarse uno de los mejores guitarristas de todos los tiempos.

Paco de Lucía, nacido en Algeciras en 1947 como Francisco Sánchez Gómez, eligió su nombre artístico porque, en su infancia y adolescencia, para distinguirle del resto de Pacos de la vecindad,  le añadían la coletilla “de Lucía”, que era como se llamaba su madre. El padre de Paco, Antonio Sánchez Pecino, era, además de frutero y vendedor ambulante, guitarrista. A menudo actuaba en tablaos y fiestas, y tenía  muchos contactos en el mundo del flamenco. Fue él quien incitó a sus hijos a aprender los fundamentos de la guitarra española, consiguiendo que tres de ellos –Ramón, Pepe y Francisco, más conocidos como Ramón de Algeciras, Pepe de Lucía y Paco de Lucía- se convirtieran en virtuosos de este instrumento. Pepe y Paco formaron un conjunto flamenco llamado Los Chiquitos de Algeciras, del que resultó un álbum publicado en 1963. En su aprendizaje, Paco se nutrió de la sabiduría popular gaditana, de figuras como el célebre Niño Ricardo, uno de los guitarristas más famosos de su época.

Estos son los humildes orígenes de quien llegaría a considerarse uno de los grandes renovadores del flamenco, que llevó el género allende los mares, que inventó técnicas únicas –como la alzapúa en una cuerda y el rasgueo de tres dedos- y mezcló la guitarra española tradicional con ritmos como el jazz, la bossa nova o la música clásica. Paco de Lucía llegó a actuar junto al célebre guitarrista mexicano Manolo Santana, y fue descrito como el auténtico maestro de su instrumento por figuras tan legendarias como Mark Knopfler o Keith Richards. Con 35 álbumes a sus espaldas, a lo largo de su carrera recibió premios tan importantes como el Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 2004 o el Nacional de Guitarra de Arte Flamenco en 1992, además de dos Grammy latinos.

Camarón de la Isla y Paco de Lucía
Camarón de la Isla y Paco de Lucía

Llegados a este punto, he de hacer un inciso para regresar a la recepción del flamenco en nuestra sociedad. Si al principio de este estudio hablaba de las connotaciones negativas que gran parte de la juventud asocia a este género, acusándolo de “extremadamente popular”, otro error común consiste en contemplarlo como algo puramente intelectual. Me estoy refiriendo a ese tipo de público “cultureta” que asiste a tablaos pagando un dineral por la entrada, que contempla el espectáculo flemáticamente, como a través de un cristal, para más tarde realizar una fría crítica acerca de las técnicas usadas por el cantaor en cuestión. Pero apreciar el flamenco no es eso, sino emocionarse, vibrar con cada punteo de la guitarra, desangrarse, sentir escalofríos y un impulso arrebatador de salir a bailarlo, a pesar de no tener idea de cómo hacerlo.

No se pueden obviar las raíces populares del flamenco. No se puede ignorar que el mismísimo Paco de Lucía se crió en un barrio humilde de Algeciras, que Camarón de la Isla –otro ilustre gaditano- fue el penúltimo de ocho hermanos de una familia gitana con graves problemas económicos, que comenzó a cantar para llevar a casa algo de dinero. En Cádiz, una de las cunas por excelencia del flamenco, aún es posible descubrir, en la esquina o en la plazuela menos sospechada, auténticos y anónimos virtuosos de la guitarra española y del cante jondo. Este verano, en el pueblo de Chiclana, me topé con un pobre alcohólico al que iban echando de todos los bares, poco menos que un vagabundo, sin estudios ni apenas cordura que, sin embargo, cantaba flamenco como los ángeles. He ahí lo sorprendente, lo mágico de este género: esa mezcla brillantísima e indefinida entre las raíces más profundas del pueblo y lo que el poeta León Felipe, en su obra Ganarás la luz, denomina “un origen ilustre”.

La muerte de un maestro como Paco de Lucía ha revitalizado, repentinamente, el interés por el flamenco. “Entre dos aguas” llega a la lista de éxitos de Spotify, haciéndose un hueco entre la nueva de Bisbal y el bombazo de Miley Cyrus. Como ocurre en cualquier ámbito del arte, hay que esperar a que un genio muera para que una parte de la sociedad se interese por él. Pero no nos quedemos en la superficie: buceemos por la obra de Paco de Lucía, tratemos de familiarizarnos con el flamenco. Es una delicia escuchar cantar a Camarón con acompañamiento de Paco de Lucía, en la época que ambos grababan discos juntos, a menudo también con Tomatito, otro famoso guitarrista andaluz. Para ejemplificar esta magistral colaboración, contamos con joyas musicales como Potro de rabia y miel, el álbum de Camarón publicado en 1992. La unión de Paco y Camarón, que habían llegado a ser amigos íntimos, concluyó cuando el segundo, que llevaba una vida desenfrenada, abandonó a su productor, que no era otro que el padre de Paco, el guitarrista Antonio Sánchez Pecina. Sin embargo, Camarón y Paco siempre se complementaron, porque eran las dos caras del flamenco: la popular, la caótica, y aquella otra más académica, precisa, sin que estas características restaran emoción al resultado.

Una deuda con Rafael Alberti

El poeta Rafael Alberti
El poeta Rafael Alberti

Hoy Rafael Alberti, pintor de poemas de la Generación del 27, habría cumplido 111 años. Murió junto a su mar gaditano, el mismo que llevó consigo siempre en el azul de sus ojos. Fue en octubre de 1999, cuando yo tenía diez años y él, los cabellos coloreados por el pincel del Tiempo. Alberti siempre pensó que cumpliría los 100, pero le faltaron tres años. Tres años y dos meses…

Últimamente, he escuchado demasiadas veces decir que Alberti no fue tan poeta como otros de su generación: Lorca, Cernuda, Aleixandre… Me sigue chocando, y no se corresponde esta imagen con la que tenía de él cuando era pequeña. Recuerdo a mi padre leyéndome poemas de aquella antología titulada Rafael Alberti para niños, de Ediciones de la Torre. Palomas, mares y cielos se sucedían en sus versos. Mi padre también me contaba, con orgullo, cómo una vez le escuchó recitar en Parquesur. Alberti era entonces una especie de dios viviente de la literatura. Alberti era, junto a Lorca, el Poeta.

En el mundo literario, las modas pesan demasiado. Por ejemplo, antes de 2002, año en que se celebró el centenario del nacimiento de Luis Cernuda, este era considerado un segundón dentro del marco de la Generación del 27 –me refiero a la crítica en general, no a los poetas; evidentes resultan las influencias que Cernuda produjo en la Generación del 50-. Desde entonces, la valoración de Cernuda fue in crescendo hasta llegar a la situación actual, en la que algunos críticos le consideran como el mejor poeta de su generación.

Con Rafael Alberti ha ocurrido al contrario. Pasó de ser una figura popular durante la Transición a una especie de huella literaria de un pasado cercano. Ahora, queda muy moderno decir: “yo no leo a Alberti”, “no me gusta Alberti, creo que tuvo su momento”, “Alberti me resulta muy simple”. Ellos, por supuesto, se inclinan por voces más “complejas” como la de Aleixandre –aunque a veces me pregunto si muchos realmente son capaces de desentrañar sus versos…-. ¿El poeta de la calle? Tampoco: para eso ya tenemos a Miguel Hernández –que, tristemente, parece más reconocido en nuestra sociedad por su perfil de “poeta-cabrero” que por su poesía en sí-. Al hablar de Alberti, indefectiblemente, la gente alude a su compromiso político, al hecho de que militara en el Partido Comunista: gran parte lo considera un punto negativo. Efectivamente, durante la Guerra Civil, Alberti tuvo una etapa de poesía social, furibunda e incendiaria, como no la tuvo, por ejemplo, Cernuda. Pero no solo existe la poesía social en su obra: Alberti es, de hecho, uno de los poetas más aventureros respecto a corrientes y escuelas. Lo ha experimentado casi todo.

Rafael Alberti junto a Dolores Ibárruri, "La Pasionaria", como diputado del PC por Cádiz en las primeras Cortes democráticas españolas desde la Transición, en  1977
Rafael Alberti junto a Dolores Ibárruri, «La Pasionaria», como diputado del PC por Cádiz en las primeras Cortes democráticas españolas desde la Transición, en 1977

Que Alberti militara en el PC o participara en mítines políticos no le resta o le suma calidad a su literatura. Ha habido muchos poetas en la Historia que no han ocultado su ideología, y que incluso han utilizado la poesía como medio para alcanzar sus metas políticas. Me refiero, por ejemplo, a cuando André Breton quiso convertir el surrealismo en la expresión lírica del comunismo. ¿Y quién, hoy en día, no reconoce la trascendencia de Breton en la literatura del siglo XX? A Alberti, sin embargo, su compromiso político le sirvió para no ganar el Nobel.

Porque, no nos engañemos: no le concedieron el Nobel debido a que, en plena Transición, resultaba mucho más políticamente correcto dárselo a Aleixandre, que no se había decantado públicamente por ninguna ideología en concreto. Y con esto, no quiero decir que Aleixandre no se lo mereciera, simplemente explico por qué no se lo dieron a Alberti. Pero es ofrecer este argumento y que los cuatro eruditos de turno te digan que, claro, que Marinero en tierra no se puede comparar, por ejemplo, con La destrucción o el amor.

¿De verdad vamos a juzgar la obra de un poeta como Alberti por un libro como Marinero en tierra? Alberti es mucho más que Marinero en tierra, y se debe mirar ese libro en el contexto de la época en que se publicó, cuando se puso de moda el neopopularismo. A pesar de no ser su mejor poemario, contiene imágenes muy plásticas que ya adelantan lo que vendría después. Sin embargo, recuerdo que cada vez que salía en clase el nombre de Alberti, automáticamente se asociaba a Marinero en tierra. Quizá los profesores de Lengua y Literatura deberían saltarse el canon y buscar la forma más efectiva de que la poesía de Alberti llegue de verdad a los alumnos. A partir de mi fugaz –pero intensa- experiencia como profesora en un instituto  público de Madrid, puedo afirmar que los adolescentes se sienten mucho más atraídos por un poema como “Buster Keaton busca por el bosque a su novia, que es una verdadera vaca”, que por aquel otro tan conocido que comienza así: “El mar. La mar. / El mar. ¡Sólo la mar! / ¿Por qué me trajiste, padre, / a la ciudad?”

Rafael Alberti junto a Manuel Altolaguirre y José Bergamín (abajo) durante la Guerra Civil española
Rafael Alberti junto a Manuel Altolaguirre y José Bergamín (abajo) durante la Guerra Civil española

Confieso que mi primera intención era hacer la tesis sobre Cernuda. Si me acabé decantando por Alberti fue porque era consciente de esta situación: de la necesidad de revitalizar los estudios sobre su obra y su persona, de devolverle su lugar en la historia de la Literatura. Realmente, creo que los investigadores actuales tenemos una deuda con Rafael: el más plástico de los poetas de su tiempo, el que buscó por el cielo a Miss X y se vio invadido por un alud de ángeles equivocados, el que le dedicó el más entrañable y estúpido poema de todos cuantos le hayan dedicado a Charlot. Quien después levantó el puño y cantó para el pueblo, se exilió y logró que su voz alcanzara España y resonara por los campos, por los mares andaluces, que removiera las conciencias de los poetas que no veían más allá de sus propias miradas. El mismo Alberti que puso palabras a los colores y me hizo temblar con un solo verso: “Me enveneno de azules Tintoretto”.

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También lo elegí para mi doctorado porque me siento próxima a él, de alguna forma. Al fin y al cabo, es el único poeta de la Generación del 27 cuya existencia coincidió, aunque fuera unos pocos años, con la mía. Y comparto su amor por Cádiz, por los azules y blancos gaditanos. Lo contemplo en la distancia de los años con nostalgia –una “nostalgia inseparable”, tan suya- y me reafirmo: es necesario que devolvamos a este inmenso poeta el lugar que le corresponde.

Siempre esta nostalgia,

esta inseparable nostalgia

que todo lo aleja y lo cambia.

Rafael Alberti en los años treinta
Rafael Alberti en los años treinta

Veranos gaditanos

Hace unos cuantos años, mi familia aún no había cambiado Chiclana por Conil como destino de vacaciones de verano. La playa de la Barrosa era más grande y también -por desgracia- más civilizada.

Este verano regresamos un día al pueblo de Chiclana. No queda lejos desde Conil. Chiclana no tiene demasiado atractivo turístico  mas allá de su fama de tierra natal del famoso «fino de Shiclana» -léase con acento gaditano-, un vino blanco muy aclamado por los amantes del néctar -no opino por no ser experta ni habitual consumidora de vinos.

En Chiclana de la Frontera, Cádiz. Agosto de 2013
En Chiclana de la Frontera, Cádiz. Agosto de 2013
En Chiclana de la Frontera, Cádiz. Agosto de 2013
En Chiclana de la Frontera, Cádiz. Agosto de 2013

El momento más divertido de este reencuentro chiclanero fue cuando conocimos al que se autodefinió como «loco del pueblo». Me recordó a esos personajes pintorescos que describe Alberti en sus memorias. Tradicionalmente, en cada pueblo ha habido un loco oficial. Este no sé si sería de fábrica o aderezado con grandes cantidades de alcohol, pero el caso es que se puso a cantar una tonadilla flamenca que decía algo así como «mató a Franco y mató a Carrero Blanco, y yo me alegro…», y demás mensajes chorpatélicos que traían las risas garantizadas. Ademas, cantaba como los ángeles  Ya lo dijo el, que «tenia el malaje de Camarón . Daba mucha pena ver como lo echaban con cajas destempladas de todos los bares si lo veían acercarse… Después de que intentara regalarnos su chaqueta -«pisha, que yo no la necesito»- y un móvil roto por el que fingía hablar, nosotros también tuvimos que evitarle.

Malecón de Cádiz, agosto de 2013
Malecón de Cádiz, agosto de 2013

Dicen que el Malecón de Cádiz se parece al de La Habana, solo que los edificios de la bahía de Cuba están en un estado mucho más ruinoso.

La ciudad de Cádiz tiene un embrujo especial; como diría Lorca: tiene duende. Si tuviera que elegir un sitio para vivir que no fuera mi Madrid, no dudaría en elegir Cádiz. Por su playa de la Caleta, sus callejitas con ventanas enrejadas que desembocan en plazuelas secretas y cuajadas de geranios. Por las palmeras recortadas sobre el azul de los cielos, por sus guitarras imprevistas en el crepúsculo y por esa gitana que vimos bailar aquella noche, junto a la Catedral.

Catedral de Cádiz
Catedral de Cádiz

Siempre que vuelvo a la ciudad, recuerdo aquel tanguillo de Carlos Cano -gaditano de pro- que decía eso de «La Habana es Cádiz con más negritos; Cádiz, La Habana con más salero»: