Cine y vida: “Planos cortos”, de José Luis Morante

Planos cortos': José Luis Morante presenta su nuevo libro en Rivas - Diario  de Rivas

Hay poesía en el buen cine y, desde hace mucho tiempo, también el séptimo arte se refleja en la poesía. Rafael Alberti, que nació –“¡Respetémoslo!”– con el cine, escribió un entrañable homenaje a los actores de cine mudo bajo el calderoniano título Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos. Lorca puso a pasear a Buster Keaton en uno de sus “poemas representables” y Cernuda se inspiró en el filme Sombras blancas en los mares del sur para crear una bella composición integrada en Un río, un amor.

Ahora, José Luis Morante (Ávila, 1956) se decanta por el aforismo para deleitar a sus lectores con fogonazos cinematográficos, con la vida dentro y fuera de la gran pantalla desde los ojos de un poeta. Leyéndolos, me vienen inevitablemente a la memoria las inspiradoras observaciones de Jim Morrison, recordado principalmente como el vocalista de The Doors: “Los espectadores de cine son vampiros callados”, “Los primeros cineastas, como los alquimistas, gozaban con una deliberada oscuridad acerca de su oficio para ocultar sus habilidades a los voyeurs profanos”. Morrison había estudiado cinematografía en la UCLA, pero combinaba estos conocimientos con su propia mirada poética, la mirada que también posee Morante.

La semana pasada, tuve el privilegio de asistir a una presentación de Planos cortos. Aforismos y cine (Trea, 2021) en el Café Comercial de Madrid, que contó con las intervenciones de Carlos D’Ors, Javier Recas y el propio autor de la obra: José Luis Morante. Fue una magia especial la que invadió el histórico café, que se tiñó de blanco y negro mientras un jazz imposible cubría mi memoria, y no me hubiese sorprendido que, de repente, hicieran acto de presencia Rita Hayworth o John Wayne y se unieran al público. En un momento, nos habíamos olvidado de aquel enero frío, gracias a los pedazos de cine y vida que nos traía Morante.

Cine y vida son una misma cosa para el autor. Se abrazan, entrelazan sus ramas. No es la visión técnica de un profesional cinematográfico la que nos ofrece, sino la mirada apasionada de alguien cuyos sueños, desde la infancia, han estado ligados al cine de una forma entrañable.

Juan Varo Zafra, en su certero prólogo, diferencia varias categorías de aforismos a lo largo de la obra: los que critican películas, géneros o la propia naturaleza del cine; los vinculados al recuerdo; los que extraen metáforas para explicar la vida y aquellos otros “que recurren al cine como alegoría de vivencias hondas o de juicios universales, con frecuencia de carácter ético”. El abanico es amplio, como vemos, pero todos los aforismos destilan ingenio, humor, un cierto existencialismo, una sabiduría otorgada por la experiencia de vivir… Justamente las características a las que el autor nos tiene acostumbrados en su faceta aforística, pero con el ingrediente adicional de girar en torno al mundo del cine. Un tema atractivo, sin duda, especialmente para aquellos que, como yo, nos consideramos “cinéfilos aficionados” y que hemos sabido disfrutar previamente de los aforismos de Morante. Porque él ya es uno de los grandes aforistas del panorama poético nacional, el fabricante de lo que ha llamado en una obra anterior “migas de voz” y que otros podríamos conocer como “morantismos”, puesto que han logrado conseguir una voz que hoy es claramente reconocible.

Por último, os dejo por aquí algunos de mis aforismos preferidos de la obra, para que no os queden dudas de que disfrutaríais leyéndola:

“Cine: oficio de la luz”.
“En la retina ideal se admite el rebobinado; una misma película con final diferente”.
“Hiperrealista y alternativa, la soledad hilvana largometrajes de elaboración casera, faltos de luz”.
“La pantalla cobija heterónimos del miedo”.
“Corazón y memoria. Nada como el cine para dar vida a los cadáveres del pasado”.
“Los guiones de la realidad parodian sueños”.
“Charlie Chaplin recuerda al profesor jubilado que espera que la vida se repita”.
“El bostezo, ese diagnóstico discreto”.
“Para opinar con libertad, comento fuera. Los actores escuchan”.
“Cine, poesía en los ojos”.

“Tapar los espejos”, de Rosario Troncoso

TAPAR LOS ESPEJOS | 9788412304091 | TRONCOSO GONZALEZ, ROSARIO

Llega a mis manos un nuevo poemario de Rosario Troncoso, una nueva flor en el jardín acuático de su poética. Tapar los espejos, publicado por la editorial asturiana BajAmar en 2021, es un murmullo subterráneo, la huella visible de un dolor, el frío de la ausencia y la fortaleza de una voz poética que duerme bajo el agua y cuenta las espinas de su sangre. Leo Tapar los espejos como la inevitable continuación de En el corazón, escamas, el libro inmediatamente anterior de la autora. La sirena, varada en la tierra, escucha desde su soledad la llamada azul del océano. El mal amor ha herido sus escamas celestes y debe volver a ensayar la libertad, comprender que “después de la pasión no espera nada”, convencerse de promesas a sí misma se hace: “No amarte en vano / ni escribir más tu nombre sobre mi herida”, “Olvidar a quien me ancló en primavera”. El dolor le ha enseñado, aunque todavía sea pronto para la cicatriz: “Aprendí a sellar mis labios y a no perseguir por amor las estelas de los barcos”. Es un proceso pleno de “desidealización”, una conciencia de la diferencia que existe entre sus sueños y la realidad: “Porque yo solo quería amarte sin querer tenerte ni que tú me tuvieras”.

La soledad también es a menudo incomprensión: “Ahí fuera hay un clamor que grita que me salve. Que me salve de ti, y de mí”. E inevitablemente surgen sentimientos como la impotencia –“Mi voluntad es una mariposa de aire”– o la culpa: “Conviene tapar los espejos. Que pasen de largo sus pasos. Que no sepa que he vuelto a adorarte y a abrazar sin culpa el dolor que corrompe la memoria”. Esa mariposa de aire es también la voz poética, que en el último poema de la obra, “Vaticinio”, confiesa: “Tengo las alas rotas”.

Estilísticamente, predomina la prosa poética, que se combina con los poemas breves, compuestos de tres versos, de la primera sección. Las imágenes habituales en la poética de Rosario Troncoso vuelven a aparecer en esta obra: la oposición entre la tierra y el mar, la sirena, la playa, los naufragios, el propio cuerpo… Encontramos ese intimismo tan particular en la autora, una dinámica de espejos, una sinceridad salada y desgarradora, en ocasiones, una inocencia pura, casi infantil, que sobrevive a los subterfugios de la realidad.  

Tapar los espejos es la historia de una reconciliación, la más compleja de todas: la que se entabla con una misma. Y así, leemos: “A lo mejor, si lo pido con vehemencia, esa mujer a la que amo, a la que me niego a escuchar, y que arrojé al fondo de mi infierno, regresa y me abraza. La mujer que sangra por mí, que desaparece adrede, y que soy yo”. A lo largo de la obra, el lector comprende que no, que esa mujer no ha desaparecido, sino que sobrevive por debajo de todo el dolor, esperando para volver a alzar la mirada e inundarla con la luz del sol. 

Rosario Troncoso (Cádiz, 1978) es profesora de Lengua Castellana y Literatura, gestora cultural, editora y articulista en prensa. Cuenta ya con diez poemarios publicados a sus espaldas, una larga trayectoria literaria.