Canciones de octubre de 2014

Hoy inauguro una nueva sección que publicaré el último día de cada mes, cuya idea está tomada del blog de Mikel Erentxun. Se trata de una lista con las canciones que añado a mi iPod a lo largo del mes. Algunas ya las conocía y simplemente las añado; otras constituyen nuevos descubrimientos…

Respecto a este mes, me ha marcado el álbum más célebre de Love, Forever Changes (1967). No conocía el grupo, pero era de mi época preferida de la historia del rock -y uno de los presentes en el mítico Verano del Amor del 67- y había que catarlo.

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  1. The Times They’re A-Chanching – Bob Dylan
  2. Como un burro amarrado en la puerta del baile – El Último de la Fila
  3. Eleonore – The Turtles
  4. I’d Love You To Want Me – Lobo
  5. In the Summertime – Mungo Jerry
  6. Candy Man – Donovan
  7. Srta. Soledad – Mikel Erentxun
  8. A veces te quiero siempre – Mikel Erentxun
  9. Alone Again Or – Love
  10. A House Is Not A Motel – Love
  11. Maybe The People Would Be The Times Or Between Clark And Hilldale – Love
  12. Todos los paletos fuera de Madrid – Séptimo Sello
  13. You’re Gonna Go Far, Kid – The Offspring
  14. Amaina tempestad – Rosendo
  15. Navegando – Rosendo
  16. A remar – Rosendo
  17. Get Off My Cloud – The Rolling Stones
  18. Abre la puerta – Triana
  19. Outlaw Heart – Tiger Army
  20. The City Of New Orleans – Arlo Guthrie

Quince años sin Rafael Alberti

El poeta tras su exilio
El poeta tras su exilio

Me voy con los ojos llenos de los acontecimientos de un siglo. Un siglo de horrores, de enfrentamientos, de dolorosísimas separaciones, de hechos que habitan en mis bosques interiores y en los que, casi a mis noventa y cuatro años, aún puedo caminar sin perderme en su frondosidad. Pero no me quiero ir. No quiero morirme. Sigo sin querer morirme. ¿Por qué tengo que morirme? Todavía me retienen muchas cosas, muchos atrayentes sabores que no quiero dejar de percibir.

El año 2000 ya está ahí, casi lo estamos tocando. ¿Será posible que me abra sus puertas? […] Tiempo. Tiempo. ¿Por qué no hay más tiempo…? Mujeres que habéis pasado presurosas por mi vida, cercanas o lejanas ya, hermosas siempre, por encima de los días, de la crueldad del tiempo y del olvido. No adivino ya vuestros rasgos cuando atravesáis mi, todavía, encendido jardín. Pero siempre seréis un delicado y silencioso recuerdo en las páginas de mi perdida arboleda… Todo en mí sigue latiendo. Amo todo aquello que siempre amé, sin advertir la sorpresa de los que ya me contemplan como un árbol centenario al que le crujen las ramas e imaginan sin savia en las venas. Pero pienso, una vez más, en Anacreonte, en la edad del atrayente mar y de las sirenas, en la del incesante viento que a través de los siglos se enreda en el cabello dorado de las muchachas…

Rafael Alberti, La arboleda perdida

 

Con estas palabras se despedía Alberti en el último capítulo de sus memorias. A sus casi noventa y cuatro años aún gritaba, en un alarde de insolencia y lirismo, que no quería morirse. Esto no ocurriría hasta tres años más tarde, el 28 de octubre de 1999. Finalmente, no cruzó el umbral del nuevo siglo: nació con el XX y se fue también con él. Hoy, cuando ya llevamos quince años sin él, el mar de Cádiz todavía conserva el color de sus ojos y, dispersos por aquellas playas, los recuerdos de su infancia, adolescencia y vejez suspiran entremezclados con el viento de levante.

Alberti no fue, como tantos dicen, el poeta de la alegría, de la frivolidad, del neopopularismo. Alberti fue una paloma equivocada, un estandarte de nostalgia perdido en un siglo en el que nada permanecía, en el que todo giraba en un constante devenir heraclíneo y sus versos, como lágrimas saladas, murmuraban con ingenuidad que nada era lo mismo.

Nada era lo mismo, pero seguía siéndolo en su corazón. El Puerto de Santa María, cuajado de azules y blancos, que se vio obligado a dejar en 1917. El Madrid de la República donde halló su identidad política, sus amigos, su personalidad poética; arrasado por las bombas de la Guerra Civil. España sola, peregrina, viajando hacia otro continente para escapar del yugo totalitario del franquismo. Su “Buenos Aires querido”, que diría Carlos Gardel, donde nació su hija Aitana, aquella que fue bautizada en recuerdo a la sierra alicantina que avistaran él y María Teresa desde el barco que los conducía al exilio: la última visión de su más tarde añorada España. Punta del Este, y también Roma, esa Roma humilde y entrañable que nacía en el barrio popular del Trastévere, con sus automóviles enloquecidos y sus gatos invasores. Todos estos paisajes resurgen con asombrosa fuerza en sus versos últimos, aquellos que escribió al regresar a España, a esa España que ya no reconocía.

Como ya confesé en mi artículo Una deuda con Rafael Alberti, él es el poeta de la Generación del 27 que siento más cercano; en gran medida, porque yo tenía diez años cuando él murió. Tengo recuerdos extraños, como el de aquel profesor del instituto que lo pasó por alto en el temario, limitándose a decir que “de joven era muy guapo, pero de viejo se dejó el pelo largo para parecer un bohemio”. En ese momento, deseé levantar la mano y pedirle que nos explicara su poesía, pero la timidez pudo conmigo. Hace tiempo, soñé que iba con él en un autobús que se dirigía a la Avenida de los Sueños Olvidados, donde nos reuniríamos con García Lorca, que nunca había muerto. Rafael llevaba el cabello níveo cubierto por su sempiterna gorra marinera y hablaba conmigo con alegría y naturalidad.  Tenía frente a mí al único poeta capaz de gastarse la recompensa de un Premio Nacional de Poesía en invitar a helados a toda la gente con la que se cruzara, y aquel que consideraba que dormir es una pérdida de tiempo.

Yo estoy de acuerdo contigo, Rafael: también soy de las que duermen lo menos posible. Aunque solo en sueños podemos regresar a los lugares en los que el calendario ha construido una barrera infranqueable, y hablar con personas devoradas por las oscuras aguas del Tiempo…

Agosto de 2014, en la Casa Museo de Rafael Alberti
Agosto de 2014, en la Casa Museo de Rafael Alberti

Una estrella caída llamada Dean Moriarty

Tuve de pronto la visión de Dean, como un ángel ardiente y tembloroso y terrible que palpitaba hacia mí a través de la carretera, acercándose como una nube, a enorme velocidad, persiguiéndome por la pradera como el Mensajero de la Muerte y echándose sobre mí. Vi su cara extendiéndose sobre las llanuras, un rostro que expresaba una determinación férrea, loca, y los ojos soltando chispas; vi sus alas; vi su destartalado coche soltando chispas y llamas por todas partes; vi el sendero abrasado que dejaba a su paso; hasta lo vi abriéndose camino a través de los sembrados, las ciudades, derribando puentes, secando ríos. Era como la ira dirigiéndose al Oeste. Comprendí que Dean había enloquecido una vez más.

Jack Kerouac, En el camino

 

Dean Moriarty, imagen de la inconstancia, eufórico e impulsivo hasta la violencia, es el verdadero protagonista de En el camino, la obra maestra de Jack Kerouac que debió haberse traducido como En la carretera, puesto que, en mi modesta opinión, se acercaría más al sentido que pretendía darle el autor. La llegada de Dean a la vida del narrador, Sal Paradise –personaje tras el cual se oculta el propio Kerouac- supone el comienzo de todos los alocados viajes que se desarrollan en la novela a lo largo y ancho de los Estados Unidos durante la segunda mitad de la década de los cuarenta. Porque Dean es el espíritu de la carretera: ese impulso aventurero hecho carne, la parte oscura de cada conciencia, el catalizador que logra que un grupo de escritores veinteañeros de clase media, hambrientos de experiencias, escojan una vida nómada en la que a menudo deben recurrir a la mendicidad para seguir adelante. Una elección que sitúa sus existencias al borde de un constante precipicio.

¿Pero quién es Dean Moriarty, más allá de un joven estadounidense que no conoce otros límites que los dictados por sus propios deseos? Su pasado es oscuro: su infancia transcurrió en varios reformatorios debido a su afición por robar coches, y estuvo marcada por la figura de un padre que llevaba su mismo nombre y que tampoco constituía un ejemplo ético: Dean lo define como “un mendigo”, y sabemos que alguna que otra vez ha estado en la cárcel. Su hijo lo busca durante toda la novela, pero su ausencia prevalece hasta el final del último capítulo, en el que Sal Paradise se pregunta una vez más por su paradero.

Neal Cassady y Jack Kerouac, las personas reales que se ocultaban tras los personajes de Dean Moriarty y Sal Paradise, en 1952
Neal Cassady y Jack Kerouac, las personas reales que se ocultaban tras los personajes de Dean Moriarty y Sal Paradise, en 1952

Dean posee una personalidad magnética: su discurso entusiasta, su pasión por la vida, su euforia desatada, son como un virus que se extiende por los corazones de Sal Paradise –Kerouac-, Carlo Marx –Allen Ginsberg- y cualquiera que se cruce en su camino. Su insuperable encanto le hace único también a la hora de seducir mujeres. A lo largo de la novela, se casa tres veces –con Marylou, Camille e Inez- y se enamora apasionadamente en innumerables ocasiones, siempre de un modo inconstante e impulsivo, el mismo que le hace ir pasando de Marylou a Camille, de Camille a Marylou y otra vez a Camille, de Camille a Inez y de Inez a Camille –Marylou queda fuera del juego cuando se casa con otro hombre-, sin decidirse definitivamente por ninguna. Las temporadas en las que logra sentar la cabeza con una determinada mujer, trabajar y llevar una vida más o menos ordenada, se rompen súbitamente cuando siente, de nuevo, la llamada de la carretera, que enseguida contagia a Sal. Este, que se presenta al lector como un muchacho aventurero pero razonable, pierde toda la compostura bajo la influencia de Dean, que es algo así como la parte irracional de su personalidad.

Al comienzo de la novela, Dean es el héroe de toda la pandilla, la que constituiría la llamada “Generación Beat”. Los hombres –entre ellos, Sal Paradise- lo admiran y las mujeres se enamoran a su paso: todos sucumben al hechizo de su encendida personalidad. Sal se esfuerza por seguirlo, por agradarle, busca su atención porque lo idolatra. Poco a poco, va siendo testigo –a la vez que el lector- de la progresiva decadencia de Dean: de sus episodios violentos, sus cada vez más frecuentes arranques de locura, su particular visión del mundo que le acarrea más de un problema con la Justicia… A medida que avanza la historia, los encantos de Dean van perdiendo su efecto en sociedad, donde ya es reconocido casi oficialmente como un pobre loco y a menudo es rechazado por los que antes se llamaran sus amigos. Padece problemas de salud. Solo Sal se mantiene fiel, a pesar de ser consciente de sus debilidades: de idolatrarlo pasa a protegerlo, y es que En el camino es también la evolución de una amistad a lo largo de los años, la de Sal y Dean. Al final de la novela, cuando Sal cae enfermo en México con disentería, Dean lo abandona y regresa solo a Estados Unidos. Es el final de un ciclo.

Neal Cassady -Dean Moriarty- detenido en 1944
Neal Cassady -Dean Moriarty- detenido en 1944

Desde la imagen de Dean en el primer capítulo como “un Gene Autry joven […], un héroe con grandes patillas del nevado Oeste” hay una evolución hasta la imagen del último capítulo: “Y el pobre Dean, enfundado en el apolillado abrigo […], se alejó caminando solo”. En este último capítulo, Moriarty emprende un largo viaje del Oeste al Este de Estados Unidos únicamente para reencontrarse con Sal. Pero este ya tiene una vida hecha y no cede, como en otras ocasiones, a la llamada de Dean, que es la llamada de la locura, la llamada de la carretera.

Dean Moriarty es el personaje detrás del cual se esconde Neal Cassady, el benjamín de la Generación Beat que fue, sin embargo, icono e impulsor de toda ella. Cassady, al igual que Moriarty, llevó una vida de excesos y aventuras y falleció joven, a los 41, a causa de una sobredosis de barbitúricos.

Al concluir la obra maestra de Kerouac, he comprendido por qué se trataba del libro favorito de Jim Morrison, mítico líder de The Doors con pretensiones de poeta beatnik. Morrison tampoco fue capaz de vivir una existencia mínimamente ordenada: igual que Moriarty, sentía de cuando en cuando la llamada de la locura, de la carretera. Se enamoraba apasionadamente y él mismo iba enamorando a todo aquel que le escuchaba. No conocía límites, era espontáneo hasta extremos inquietantes y no respetaba ninguna regla. Con el paso de los años, sus excesos lo convirtieron en un alcohólico que era rechazado por los mismos que antes habían bailado a su alrededor. Una persona desequilibrada, temida por sus cada vez más frecuentes raptos de locura y de violencia, digna de compasión. Jim Morrison viajó hacia una decadencia similar a la de Dean/Neal, pero con una muerte más temprana, acaecida a los 27… Jim y Dean, dos estrellas caídas que no supieron conservar su fulgor.

Jim Morrison, detenido en 1963
Jim Morrison, detenido en 1963
Jim Morrison, detenido en 1970
Jim Morrison, detenido en 1970