Artículo publicado en Estrella Digital el 20/8/2018
Cada quince de agosto, mis padres solían llevarme a dar una vuelta por las madrileñas fiestas de La Paloma. Es una tradición familiar que me gusta conservar, aunque deba ser sin ellos. Este año, la programación anunciaba “música castiza” en las Vistillas. Al contrario que a la mayoría de integrantes de mi generación, el adjetivo “castizo” no me causa rechazo, sino más bien lo contrario. Se trataba de chotis, pasodobles y zarzuelas populares. Lo cierto es que el planteamiento era algo cutre, porque se limitaron a poner una grabación muy artificial, en lugar de contratar alguna orquesta en directo. Pero me emocioné igualmente, pues todas esas piezas forman parte de mi propia idiosincrasia y mi limitada biografía está plagada de recuerdos en los que aparecen, de uno u otro modo. Sin embargo, a mi lado había una pareja indignada. Un treintañero que se quejaba del carácter “fascista” de la programación musical y que acabó marchándose bruscamente al sonar el pasodoble “En er mundo”, habiendo alcanzado su límite de indignación. Su postura, que no es única ni exclusiva, me condujo a reflexionar.

La primera vez que vi uno de ellos, tuve la sensación de que alguien había usado una máquina del tiempo o de que allí estaban rodando una película ambientada en la España de la posguerra. Me estoy refiriendo a uno de los carteles con la foto de Francisco Franco junto a la amenaza “El Valle no se toca”. El primero que vi estaba por Serrano, pero han ido brotando como setas emponzoñadas por las calles de Madrid en las últimas semanas, desde que a comienzos de mes Pedro Sánchez anunciara su intención de exhumar los restos del dictador junto a los de José Antonio Primo de Rivera. Algo que, según la información más reciente, parece que se llevará a cabo en agosto.