Feria del Libro de Madrid’16

¡¡Al fin llega el momento de revelarlo!! He aquí mi nuevo poemario, ¡y estaré en la Feria del Libro de Madrid! Ya os contaré acerca de él más adelante, cuando las oposiciones me lo permitan. Mientras tanto, ¿nos vemos en la Feria?

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40 sonetos de amor: presentación

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Rompo de nuevo mi silencio opositoril para invitaros a la presentación de esta fantástica edición de la que soy antóloga: cuarenta sonetos de amor de la literatura española e hispanoamericana; desde Garcilaso hasta Luis Alberto de Cuenca, pasando por Quevedo, Góngora, Unamuno, Lorca, Cernuda, Alberti… La edición es el broche del 40º aniversario de Ediciones de la Torre. Vamos a tener el honor de contar, además, con la presencia de la poeta Paloma García-Nieto, hija del gran poeta José García Nieto, que también figura en la antología.

El prólogo del libro corre a mi cargo y también me estreno como ilustradora de uno de los cuarenta sonetos, concretamente, el perteneciente a mi adorado Luis Cernuda. Os lo dejo aquí para ir abriendo bocas, con la advertencia de que, junto a éste, tenemos dibujos de verdaderos grandes ilustradores, que estarán expuestos en el Colegio de Doctores y Licenciados hasta el 19 de mayo.

¡Espero veros en la presentación!

Soneto Cernuda - Marina Casado
Ilustración de Marina Casado para un soneto de Luis Cernuda

El Bardo: más de medio siglo luchando por la poesía

Los participantes del acto. Fila de arriba, de izquierda a derecha: Alberto Guirao, Eric Sanabria, Alberto Guerra, José María de la Torre, Javier Lostalé. Fila de abajo, de izquierda a derecha: Paula Bozalongo, Eme Agra-Fagúndez, Conchy Gutiérrez, Andrea Toribio, Marina Casado, Déborah Alcaide, Marisa Marazuela y Amelia Romero
Los participantes del acto. Fila de arriba, de izquierda a derecha: Alberto Guirao, Eric Sanabria, Alberto Guerra, José María de la Torre, Javier Lostalé. Fila de abajo, de izquierda a derecha: Paula Bozalongo, Eme Agra-Fagúndez, Conchy Gutiérrez, Andrea Toribio, Marina Casado, Déborah Alcaide, Marisa Marazuela y Amelia Romero

Fue Federico García Lorca quien afirmó que “la poesía no quiere adeptos: quiere amantes”. Ayer aquellas palabras me bailaban todo el tiempo en la cabeza, mientras contemplaba con orgullo a las personas que, junto a mí, participaron en el acto en homenaje a la colección de poesía “El Bardo” (de la editorial Los libros de la frontera), que en 2014 cumplió 50 años. Fue en la Casa del Lector de Madrid y tuve el honor de presentarlo.

Resulta una maravilla celebrar algo así en estos “malos tiempos para la lírica”, que diría el gran Germán Coppini. En unos tiempos en los que no demasiados editores apuestan por la poesía, y especialmente si el poeta no es conocido. La gran labor de “El Bardo” fue publicar, desde sus orígenes en 1964, no solo a autores consagrados como el inigualable Vicente Aleixandre, sino también a poetas jóvenes y poco conocidos, por entonces. Algunos de los que publicaron su primer libro con “El Bardo” son hoy reconocidos como grandes autores de la lírica española contemporánea. Es el caso de Antonio Carvajal con su primer libro, Tigres en el jardín, publicado en “El Bardo” en 1968. Ayer, en representación suya, contamos con el magnífico poeta Javier Lostalé (excelso discípulo de Vicente Aleixandre), que nos recitó un poema de este libro, “Amor mío”.

Javier Lostalé recitando un poema de Antonio Carvajal
Javier Lostalé recitando un poema de Antonio Carvajal

El valor de un editor de poesía, como he dicho, es enorme, y merece nuestra admiración y nuestro agradecimiento, porque es necesario que alguien siga apostando por el género que mejor es capaz de reflejar el alma humana, de volcar las emociones en unos versos y dárnoslas a beber. Lo que “El Bardo” ha conseguido en sus más de 50 años en activo ha sido reunir en una colección a las grandes voces de la poesía española contemporánea. Algunos de estos gigantes poéticos resurgieron ayer en otras voces, las de los jóvenes poetas que nos atrevimos a recitarlos y recordarlos.

Marina Casado presentando el acto
Marina Casado presentando el acto
Conchy Gutiérrez y Eric Sanabria recitando por Gloria Fuertes y Félix Grande
Conchy Gutiérrez y Eric Sanabria recitando por Gloria Fuertes y Félix Grande
Eme Agra-Fagúndez y Alberto Guerra recitando por Ana María Moix y Miguel Labordeta
Eme Agra-Fagúndez y Alberto Guerra recitando por Ana María Moix y Miguel Labordeta
Andrea Toribio y Paula Bozalongo recitando por Carlos Bousoño y Vicente Molina Foix
Andrea Toribio y Paula Bozalongo recitando por Carlos Bousoño y Vicente Molina Foix
Déborah Alcaide y Alberto Guirao recitando por Ángel González y Pere Gimferrer
Déborah Alcaide y Alberto Guirao recitando por Ángel González y Pere Gimferrer
Marina Casado y José María de la Torre recitando por Vicente Aleixandre y Gabriel Celaya
Marina Casado y José María de la Torre recitando por Vicente Aleixandre y Gabriel Celaya

Tras el recital, la directora de “El Bardo”, Amelia Romero, nos habló sobre la historia de la colección y, posteriormente, con palpable emoción, recordó a Carlos Sahagún, brillante poeta de la Generación del 50, muy vinculado a “El Bardo”, que falleció el pasado 28 de agosto. Su viuda, Marisa Marazuela, estuvo anoche también con nosotros.

Amelia Romero, directora de "El Bardo", cerrando el acto
Amelia Romero, directora de «El Bardo», cerrando el acto

Fue un acto memorable, digno de un evento como es la celebración de más de medio siglo de “El Bardo” luchando por la poesía. Una cifra que representa un triunfo fulminante sobre esa superficialidad terrible que amenaza a veces con asolar nuestra sociedad actual. Por eso, cuando mi amigo y editor José María de la Torre me puso en contacto con Amelia Romero, me ilusionó la idea de poder organizar este acto.

La fiesta no terminó en la Casa del Lector: posteriormente, continuamos leyendo nuestros propios poemas en una cafetería cercana, y la noche de este noviembre recién estrenado tembló con nuestros versos, y comprendí que la poesía permanece viva y así será siempre mientras conserve amantes, que no adeptos. Ayer también soñamos con el recuerdo de Luis Cernuda, muerto exactamente 52 años antes, pero resplandeciente en nuestros corazones. Verdaderamente, Lorca se hubiera sentido satisfecho de todos nosotros.

Programa del acto
Programa del acto

Rosendo, navegando a muerte en Las Vistillas

Este año, el programa de conciertos de las fiestas de la Paloma, en Madrid, ha gozado de una calidad superior a la que nos tiene acostumbrados. Baste con decir que, el pasado jueves 13, mi adorado Mikel Erentxun se dejó ver por Las Vistillas y, ayer, Rosendo Mercado cerró la programación, poniendo un broche gamberro y castizo a La Paloma 2015. Porque, si hay un músico madrileño de pura cepa –y que se muestra orgulloso de serlo-, ese es Rosendo.

Rosendo Mercado actuando en Las Vistillas en las fiestas de La Paloma 2015

Ataviado con su tradicional camiseta negra de conciertos y dejando, como siempre, su larga melena plateada al viento, el viejo rockero nos volvió a demostrar, a lo largo de 100 minutos de actuación, que a los 61 años se puede hacer mejor rock que cualquiera de los grupos jóvenes que pueblan el panorama nacional. El pasado septiembre tuve ocasión de verlo en Las Ventas, durante la grabación en directo de un álbum homenaje a su carrera, con ilustres acompañantes como Miguel Ríos o Luz Casal. Anoche, todo fue más improvisado y menos solemne, sin rebajar por ello un ápice la calidad.

Yo estuve allí, entre los centenares de personas que acudieron para verlo y para corear sus canciones, y hasta me atrevo a afirmar que Las Vistillas no estaban preparadas para una actuación tan multitudinaria –algunos hubimos de conformarnos con avistarlo por detrás de improcedentes chiringuitos-. Camisetas negras de Leño, coletas canosas, manos cornutas, olor a fritanga y algún que otro porro en mitad de aquella noche del habitualmente insípido agosto madrileño, una noche en la que no hacía frío ni calor y la ciudad entera parecía haberse congregado en un único espacio.

Y es que Rosendo es, sin duda, la mejor elección para una fiesta popular y castiza como La Paloma, por todo lo que representa como símbolo de nuestra cultura madrileña. Empezó en los albores de la Movida, distinguiéndose de la vertiente más “pija”, como Mecano y Alaska, y apostando por un rock duro de crítica social con su grupo Leño. Gritó aquello de “Es una mierda este Madrid” y ninguno lo acabamos de creer, porque hoy sigue viviendo en el barrio que le vio nacer, Carabanchel Bajo, y defendiéndolo como su guardián más desvergonzado y leal. Hace dos años, fui profesora de prácticas en un instituto de dicho barrio y una de mis alumnas resultó ser su vecina de escalera, y me aseguró que Rosendo resultaba un vecino simpático y cercano. Esta humildad, unida a su maestría, es la que hace a Rosendo un tipo tan especial y tan querido por su público. Otros, como Loquillo, han acabado encantados de conocerse a sí mismos y deambulan por lo saraos culturales disparando provocativas opiniones políticas que no terminan de sostenerse y te miran por encima del hombro, como elitistas deidades que descendieran unos instantes al mundo de los mortales.

Rosendo con sus compañeros de Leño, Chiqui Mariscal y Tony Urbano, en 1978

Rosendo, sin embargo, se mantiene fiel a sus orígenes, en todos los sentidos: sigue apostando por su rock canalla –cuyas letras han mejorado con el paso de los años- y por un estilo sencillo y titiritero con el lenguaje, directo al corazón, extendiendo dicha sencillez incluso al escenario, donde se apaña de lo lindo con su propia guitarra, un bajo y un batería. Y con esa mínima compañía es capaz de ofrecer la muestra más magnífica y honesta de rock nacional.

Anoche, viajé a un Madrid que me hubiera gustado conocer mientras Las Vistillas vibraban al ritmo de aquel himno indiscutible de Leño, “Maneras de vivir”, más sentimental de lo que podría parecer en un primer momento: “Te busco y estás ausente, / te quiero y no es para ti, / a lo mejor no es decente… / ¡Maneras de vivir!”. Decente o no, tras este tema, Rosendo se retiró, como es habitual en sus conciertos, navegando a muerte –“Verás como naufragas en la barra de algún bar…”-, con ovaciones del público y esbozando esa sonrisa que lleva más de cuarenta años encendiendo los escenarios. Y que sea por mucho tiempo más.

El fin del Café Comercial y la ciudad de más de un millón de cadáveres (literarios)

Las puertas del mítico Café Comercial, cerradas definitivamente. Foto de Álvaro García / El País

Pido permiso a Dámaso para ampliar su célebre verso: Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres… literarios. El Comercial constituía lo más parecido a una máquina del tiempo que teníamos en Madrid. Adentrarse en él era sumergirse en un mundo lejano y agotado de cafés literarios y tertulias inacabables que nos retrotraían a los últimos estertores del siglo XIX, cuando escribir en España seguía siendo llorar, pero hasta llorar tenía su punto de dulzura si se hacía entre amigos, envuelto en un aroma atemporal de café, rodeado de mesas de mármol y camareros trajeados que paseaban sus impecables sonrisas en bandejas plateadas.

Hubo en Madrid un tiempo en el que los cafés literarios florecían y la vida cultural sucedía entre sus cuatro paredes. Los periodistas todavía podían confundirse con los escritores y los escritores con cronistas de ficción que cazaban historias al vuelo, agazapados tras su taza de café mientras observaban con agudeza a sus vecinos de mesa. Cuánto me hubiera gustado conocer aquel Madrid de pluma y de gafas redondas que en mi imaginación se vislumbra en tonos grises y sepias, como si resultara imposible arrancarlo de su marco de fotografía antigua.

El paso del tiempo se fue llevando, uno a uno, los históricos cafés madrileños, como un viento implacable que recoge hojas muertas a su paso. En los últimos años, surgen como setas esa especie de cafés-librerías, tan cómodos y funcionales, tan exentos de alma; donde el clásico café corto se despacha con el  nombre tan “guay” de caffé-latte y, fundidos con el mobiliario, se puede contemplar a los modernos ejemplares gafapastiles, de esos que se hacen llamar “hipsters”, sujetando desapasionadamente su iPad mientras deambulan por sus mundos abstractos y metalizados.

Tipos Infames: un ejemplo del modelo de café-librería que triunfa actualmente en Madrid

En Madrid todavía nos quedaban dos históricos. Uno era el Café Gijón, situado en el Paseo de Recoletos, fundado en 1888 por un asturiano afincado en la capital. En sus inicios, era frecuentado por escritores de la talla de Galdós o Valle-Inclán, aunque su época de mayor esplendor como lugar de tertulias literarias fue durante la posguerra española y la Transición. El Gijón en el siglo XXI, lujoso e inaccesible para los bolsillos del grueso de los mortales, constituye más un monumento que fotografiar de lejos que una verdadera opción para pedir un café mientras se charla de literatura o pintura.

El segundo era el Café Comercial, situado en la Glorieta de Bilbao –donde también se encontraba antiguamente otro histórico, el Europeo- y fundado un año antes que el Gijón, en 1887. Está repleto de historias, como un crimen que se cometió a poco de su apertura o que fue el primer café madrileño en contratar camareras, su aparición en un chotis o la fama de la calidad de sus cafés. Al igual que el Gijón, conoció su época dorada como lugar de tertulias en la posguerra. A lo largo de distintas generaciones literarias, a él acudieron Blas de Otero, Gabriel Celaya, José Hierro, José Manuel Caballero Bonald, Ángel González… Antes incluso que a ellos, también se podía ver, sentado en su rincón habitual, al tímido y melancólico Antonio Machado. En el siglo XXI, el Comercial continuaba albergando numerosas tertulias y era la opción popular frente al elitista Café Gijón de Recoletos.

Interior del Café Comercial

Ayer, 27 de julio de 2015, 128 años después de su apertura, el Comercial cerró sus puertas definitivamente. Sus dueñas, pertenecientes a la familia Contreras, que llevaba regentando el café desde 1909, anunciaron por las redes sociales el cierre del mítico escenario de tantas y tantas correrías literarias, ante la estupefacción de todos los madrileños a los que nos corre un poquito de tinta por las venas. Por fin se ha conocido el motivo, que no se debe a la falta de beneficios, sino a que sus dueñas se han hartado de regentarlo, argumentando que se encuentran “mayores” y “un poco enfermas”, excusas tras la que se esconde, sin duda alguna, una venta ambiciosa. Los camareros, sexagenarios, tras 35 y 36 años trabajando en el local, se ven ahora en la calle, sin empleo y con una simple indemnización.

Lo que yo me pregunto es cómo el Ayuntamiento no ha hecho nada por salvar este lugar mítico de nuestra ciudad, la cafetería más antigua, un auténtico símbolo de la cultura española. La cultura, ese ámbito que sigue importando un bledo a las instituciones políticas, por mucho que las caras sean nuevas desde las últimas elecciones. Así nos va en esta ciudad, donde el cine Avenida, frecuentado por Luis Cernuda y Federico García Lorca, fue convertido en un gigantesco H&M; donde la casa de un premio nobel como Vicente Aleixandre se halla en un lamentable estado de abandono.

Una imagen de la fachada del Café Comercial

Ayer fue un día triste para la historia de Madrid: los fantasmas de los escritores que fueron tertulianos se escucharon llorando entre los tintineos invisibles de las cucharillas que ya no volverán a remover el café que hizo famoso al Comercial. También este lugar está entremezclado con mi propia memoria, con mi vida de madrileña envenenada por el filtro azul de la poesía. Y recuerdo las noches de aquellos cincos de enero, en mi infancia y mi adolescencia, cuando mis padres nos llevaban a mí y a mi hermano a cenar churros con chocolate. La molesta y entrañable puerta giratoria que nos abría paso a un mundo elegante y decadente donde el tiempo resultaba una dimensión inadmisible. Alguna que otra entrevista en mis escasos devaneos periodísticos, cercada por tazas de café y por camareros de impecable chaqueta blanca y rostro familiar, cómplice. Un recital en “La Planta de Arriba” -espacio habilitado para actos en el segundo piso-, organizado por el escritor Leo Zelada, en el que yo participé. El primer lugar de reunión para mi pequeño grupo poético, los Galganistas, donde hemos desmontado poemas y melancolías, bebido chocolate, trazado sueños, como los idealistas aprendices de aquellos grandes maestros de la poesía cuyas sombras parecían escucharnos.

Recitando en el Café Comercial en 2014, con Déborah Alcaide y Leo Zelada
Recitando en el Café Comercial en 2014, con Déborah Alcaide y Leo Zelada

Hoy sé que el Café Comercial revivirá algún día en una de mis futuras novelas, cuyo argumento se pierde aún por las sendas insondables del futuro. No hace falta ser madrileño de nacimiento para constatar que ha muerto una parte del corazón literario de nuestra ciudad. Los que llevamos Madrid en la sangre y en la mirada, estamos de luto. Con el Comercial se va una huella más de aquella época dorada de cafés literarios, que hoy solo son cadáveres estrellados en nuestra memoria.