Wild world

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Salamanca, diciembre de 2017

Oh baby, baby, it’s a wild world.
It’s hard to get by just upon a smile.

(Cat Stevens, Wild World)

No se equivocaba Cat Stevens cuando afirmaba que este es un mundo salvaje. Da miedo a veces asomarse fuera del corazón y ver que nieva incesantemente: que la nieve, como un sudario grave y profundo, cubre todos los ojos y los sentimientos, los labios, los recuerdos. Quieren hacernos creer que el amor son solo palabras y que su luz, como la de una estrella fugaz, puede extinguirse de un día a otro con la súbita levedad de un beso. Y yo, que no he dejado de soñar con la luna, aprendo cada hora a distinguir el humo del verdadero amor, porque tengo el privilegio de haber conocido, de conocer, a personas que han sabido quererme, a las que yo he querido y quiero, más allá de las palabras. Cuando quieres a alguien de verdad, su sufrimiento es el tuyo y desearías retorcer el universo hasta recuperar la armonía por ver morir sus lágrimas.

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Luces

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Diciembre llega de puntillas, se detiene, contempla el horizonte con su sonrisa nevada. Vuelve, se queda para siempre, amenaza con marcharse. La presencia de las estrellas allá en el firmamento me confirma lo que sospechaba: que nada es de verdad en este diciembre que se difumina. Entonces, en ese mismo instante, comprendo que quiero escribir sobre una mentira. Una mentira con posos de fuego, con ojos de estrella: una mentira que, cuando la mire, no sepa si realmente existe o se extinguió hace millones de años y lo que de ella queda no es más que el recuerdo de su luz.

Hay mentiras de estrella y personas de mentira, y hay estrellas que nos recuerdan a algunas personas, a causa siempre de su luz. Hay luces mucho más fuertes que la verdad, que nos hacen sangrar como un cuchillo en llamas cuando se apagan y que, paradójicamente, necesitamos para no morir en vida. Las llamamos ilusiones.

(La Navidad, en Madrid, está cuajada de luces; algunas incluso son de verdad…)