Rosendo, navegando a muerte en Las Vistillas

Este año, el programa de conciertos de las fiestas de la Paloma, en Madrid, ha gozado de una calidad superior a la que nos tiene acostumbrados. Baste con decir que, el pasado jueves 13, mi adorado Mikel Erentxun se dejó ver por Las Vistillas y, ayer, Rosendo Mercado cerró la programación, poniendo un broche gamberro y castizo a La Paloma 2015. Porque, si hay un músico madrileño de pura cepa –y que se muestra orgulloso de serlo-, ese es Rosendo.

Rosendo Mercado actuando en Las Vistillas en las fiestas de La Paloma 2015

Ataviado con su tradicional camiseta negra de conciertos y dejando, como siempre, su larga melena plateada al viento, el viejo rockero nos volvió a demostrar, a lo largo de 100 minutos de actuación, que a los 61 años se puede hacer mejor rock que cualquiera de los grupos jóvenes que pueblan el panorama nacional. El pasado septiembre tuve ocasión de verlo en Las Ventas, durante la grabación en directo de un álbum homenaje a su carrera, con ilustres acompañantes como Miguel Ríos o Luz Casal. Anoche, todo fue más improvisado y menos solemne, sin rebajar por ello un ápice la calidad.

Yo estuve allí, entre los centenares de personas que acudieron para verlo y para corear sus canciones, y hasta me atrevo a afirmar que Las Vistillas no estaban preparadas para una actuación tan multitudinaria –algunos hubimos de conformarnos con avistarlo por detrás de improcedentes chiringuitos-. Camisetas negras de Leño, coletas canosas, manos cornutas, olor a fritanga y algún que otro porro en mitad de aquella noche del habitualmente insípido agosto madrileño, una noche en la que no hacía frío ni calor y la ciudad entera parecía haberse congregado en un único espacio.

Y es que Rosendo es, sin duda, la mejor elección para una fiesta popular y castiza como La Paloma, por todo lo que representa como símbolo de nuestra cultura madrileña. Empezó en los albores de la Movida, distinguiéndose de la vertiente más “pija”, como Mecano y Alaska, y apostando por un rock duro de crítica social con su grupo Leño. Gritó aquello de “Es una mierda este Madrid” y ninguno lo acabamos de creer, porque hoy sigue viviendo en el barrio que le vio nacer, Carabanchel Bajo, y defendiéndolo como su guardián más desvergonzado y leal. Hace dos años, fui profesora de prácticas en un instituto de dicho barrio y una de mis alumnas resultó ser su vecina de escalera, y me aseguró que Rosendo resultaba un vecino simpático y cercano. Esta humildad, unida a su maestría, es la que hace a Rosendo un tipo tan especial y tan querido por su público. Otros, como Loquillo, han acabado encantados de conocerse a sí mismos y deambulan por lo saraos culturales disparando provocativas opiniones políticas que no terminan de sostenerse y te miran por encima del hombro, como elitistas deidades que descendieran unos instantes al mundo de los mortales.

Rosendo con sus compañeros de Leño, Chiqui Mariscal y Tony Urbano, en 1978

Rosendo, sin embargo, se mantiene fiel a sus orígenes, en todos los sentidos: sigue apostando por su rock canalla –cuyas letras han mejorado con el paso de los años- y por un estilo sencillo y titiritero con el lenguaje, directo al corazón, extendiendo dicha sencillez incluso al escenario, donde se apaña de lo lindo con su propia guitarra, un bajo y un batería. Y con esa mínima compañía es capaz de ofrecer la muestra más magnífica y honesta de rock nacional.

Anoche, viajé a un Madrid que me hubiera gustado conocer mientras Las Vistillas vibraban al ritmo de aquel himno indiscutible de Leño, “Maneras de vivir”, más sentimental de lo que podría parecer en un primer momento: “Te busco y estás ausente, / te quiero y no es para ti, / a lo mejor no es decente… / ¡Maneras de vivir!”. Decente o no, tras este tema, Rosendo se retiró, como es habitual en sus conciertos, navegando a muerte –“Verás como naufragas en la barra de algún bar…”-, con ovaciones del público y esbozando esa sonrisa que lleva más de cuarenta años encendiendo los escenarios. Y que sea por mucho tiempo más.

“Yonqui”, de William S. Burroughs: el mundo de la drogadicción, desde dentro

Yonqui, de William S. Burroughs, editado por Anagrama

Lo primero que supe de este libro es que era la novela de cabecera de Kurt Cobain, el depresivo vocalista de Nirvana. Después descubrí que constituye una de las obras consagradas de la llamada Generación Beat, aquella que tenía a Jack Kerouac como Sumo Sacerdote y que resultó el punto de partida para la inspiración de varias generaciones de rockeros. Pero lo que realmente me estremeció fue averiguar que se trataba de una novela autobiográfica -¿hasta qué punto?- en la que el protagonista, Bill Lee, es el álter ego de William Burroughs (1919-1997), su autor.

Sí sabía que Burroughs había sido drogadicto. Retengo en la memoria su imagen en blanco y negro: aquella figura trajeada impecablemente, a menudo con sombrero; con un aire funesto de enterrador o de cura protestante. Su rostro serio, alargado y macilento; el cuello impoluto de su camisa; revelan que se había criado en el seno de una familia acomodada en Misuri, acudiendo incluso a la reputada universidad de Harvard. Pero ya desde niño se sintió diferente, en parte por su públicamente reconocida orientación homosexual, aunque también por un carácter introvertido, inherente a su persona, que le producía cierta ansiedad en el trato con la gente.

El escritor William S. Burroughs

Su amigo y amante Allen Ginsberg, otro escritor consagrado de la Generación Beat, autor del famoso poema Aullido, habla en el prólogo de esta novela de la acuciante timidez de Burroughs y de su falta de confianza a la hora de enfocar su propia obra, que le hizo resistirse a publicar este primer libro, que finalmente salió a la luz en 1953 gracias, sobre todo, a las gestiones de Ginsberg, quien tenía fe ciega en la prosa de Burroughs.

Yonqui no supone una revolución estilística, como otras obras posteriores del norteamericano; pero sí una temática, al internarse de una forma descarnada y visceral en el mundo de la drogadicción como todavía no se había hecho. De esta novela beberían directamente reconocidas novelas del mismo género, como –sin ir más lejos- Trainspotting (1993), de Irving Welsh, popularizada por su adaptación cinematográfica protagonizada por un jovencísimo Ewan McGregor.

Desde un comienzo, Burroughs insiste en que las personas no se convierten en drogadictas por ningún motivo en especial. En el caso de Bill Lee, se trató de mera curiosidad, al probar la heroína con la que comerciaba durante sus días de trapicheos con mercancías ilegales. También explica el autor que adquirir la adicción no es fácil: resultan necesarios muchos pinchazos y de forma muy continuada. Esto implica que los drogadictos son muy conscientes de lo que están haciendo a medida que adquieren su adicción y que por algún motivo inexplicable no se detienen antes de caer inevitablemente en el abismo. El abismo, o infierno, se caracteriza por un único eje en la existencia: la dependencia desgarradora de la droga. Hay que especificar que, cuando Burroughs habla de droga, se refiere estrictamente a la heroína, la única que considera realmente adictiva –la cocaína, las hierbas y las drogas “naturales” no entran en esta denominación-.

El escritor William S. Burroughs

Sabía que Burroughs había sido drogadicto, sí; pero no me imaginaba en absoluto que un escritor tan célebre como él hubiese vivido –o mejor dicho, sobrevivido- en ambientes tan sórdidos como los descritos en la novela, donde los personajes mendigan y roban por una dosis de droga y llevan una existencia marcada por la huida constante y frenética de las autoridades. El relato de Burroughs posee la dureza y la frialdad de quien lo cuenta desde dentro, describiendo una a una las sensaciones y emociones que embargan al drogadicto, al “yonqui”, en sus diferentes estados, desde la excitación de un chute, pasando por el dolor desesperado del síndrome de abstinencia, hasta llegar a la depresión que acompaña al proceso de desintoxicación, una desintoxicación que no resulta ser más que una utopía porque jamás llega a completarse del todo: el yonqui es un ser maldito, eternamente condenado a su adicción. El abismo no permite un regreso ni una rectificación: quien se lanza, se abandona a él para siempre.

La novela estremece precisamente por su realismo, por la veracidad que implica el hecho de que es un auténtico drogadicto el que narra su historia. No es igual que escuchar una conferencia académica acerca de los efectos de la droga, con la cual, por muy científica que resulte, no podremos ponernos del todo en la piel de la víctima. La repulsión, la impotencia y la desolación que van emergiendo en el lector a través de la lectura de este relato de Burroughs son, precisamente, los efectos que su autor deseaba transmitir. Y he ahí lo esencial de esta novela. Cabría incluso plantearse recomendar el libro en los institutos; a menudo, causaría más efecto en los adolescentes que las inocuas y precisas conferencias de campañas contra la drogadicción a las que los tenemos acostumbrados y que ya no les sorprenden, en modo alguno.

Y es que el texto no se limita a demonizar la droga; también deja traslucir los motivos de fascinación que pueden conducir a una persona a abandonarse a ella. En la última página, confiesa Bill Lee: “Colocarse es ver las cosas desde un ángulo especial. Es la libertad momentánea de las exigencias de la carne temerosa, asustada, envejecida, picajosa”. Pero, para entonces, el lector ya conoce al protagonista y sabe que es una persona enferma, desesperada y autodestructiva. Sus palabras no tienen credibilidad, porque lo hemos visto columpiarse entre la vida y la muerte, contemplando cómo esta última aliena su mente a través de la droga. Bill Lee ya no es, para el lector, un hombre razonable, sino un pobre drogadicto que no posee capacidad de raciocinio.

William S. Burroughs y Kurt Cobain en 1993

Kurt Cobain quiso que el propio William S. Burroughs, su ídolo literario, participara en el videoclip de su famoso tema “Heart-Shaped Box”, de su álbum In Utero (1993). La idea de Cobain era que Burroughs apareciera como un viejo cristo yonqui crucificado. El escritor rechazó amablemente la propuesta, pero lo invitó a visitarle a su casa, como agradecimiento a la admiración que demostraba. El encuentro se produjo en 1993, poco antes de que Cobain falleciera trágicamente. Burroughs, que también murió algo después, contaba que, cuando lo conoció, Cobain ya llevaba la muerte en los ojos. Tal vez el viejo escritor beat lo reconociera porque él también había vivido mucho tiempo en un limbo desesperado, un limbo descrito precisa y desgarradoramente en Yonqui, una novela que no puedo dejar de recomendar.

“La asamblea de las mujeres” de Juan Echanove: a ritmo de chirigota en el Teatro romano de Mérida

Este año, al fin he tenido ocasión de asistir al famoso Festival de Teatro Clásico que se celebra cada verano en Mérida. Mi primera intención era ver Edipo Rey pero, por incompatibilidades del calendario, hube de conformarme con La asamblea de las mujeres, una comedia atribuida a Aristófanes que se estrenó el 29 de julio en el teatro romano de Mérida bajo la dirección de Juan Echanove. Fuimos a verla el mismo día del estreno.

Teatro romano de Mérida

Confieso que el marco resulta incomparable y me maravilló desde el primer instante. Me recuerdo avanzando por aquel camino pedregoso, iluminado por antorchas, bajo el firmamento de verano, cuajado de estrellas que amenazaban con precipitarse sobre mis pupilas. De fondo, el teatro romano, encendido y esplendoroso, como si el tiempo no hubiera dejado sobre él su huella de siglos y nosotros fuéramos habitantes de la orgullosa ciudad de Emérita Augusta, perteneciente al vasto y malogrado Imperio Romano, y nos encamináramos a asistir a una de las funciones habituales. Ah, Emérita Augusta, ciudad natal del ficticio y valiente Máximo Décimo Meridio, protagonista de una de las películas más emotivas de las últimas décadas… En todo aquello pensaba yo mientras nos uníamos a los centenares de personas que ya ocupaban sus asientos en el flamante teatro romano, donde habían habilitado unas sillas de plástico, especiales para la ocasión, que –siendo sincera- variaban poco, en cuanto a comodidad, respecto de los originales asientos de fría y dura piedra…

Tras una excelente puesta en escena con efectos lumínicos azules, comenzó la obra de Aristófanes, con una enérgica Lolita en el papel protagonista de Praxágora, la brava mujer que convence al resto de mujeres atenienses para disfrazarse de hombres, con el objetivo de poder votar en la Asamblea –no olvidemos que, en la Grecia clásica, las mujeres, como los criados y los extranjeros, no ostentaban el título de ciudadanas y no disponían, por tanto, del derecho al voto-. El plan de Praxágora resulta un éxito y las mujeres atenienses logran arrebatarles a los hombres el gobierno de la ciudad, estableciendo nuevas normas que persiguen la igualdad de todos los habitantes de Atenas y la desaparición de la pobreza, mediante la implantación de un régimen en el que no tiene cabida la propiedad privada.

No he leído la obra original de Aristófanes, pero puedo afirmar que la adaptación de Echanove se inspira lejanamente en ella. En un alarde de otorgarle vigencia, la obra estuvo plagada de chascarrillos, palabras malsonantes y referencias inoportunas que resultaban chocantes en un marco tan elegante como el teatro romano. Ya sabemos que se trata de una comedia, pero, ¿de verdad es necesario recurrir a técnicas que parecen salidas de una actuación de los Morancos para provocar la risa fácil? Hubo dos momentos culminantes, como los cinco minutos durante los cuales el personaje de la prostituta Lavinia –interpretada por Concha Delgado-, ataviada con ropa interior negra y una peluca fucsia, iluminada por una sórdida luz roja, efectuó un atrevido baile de muy subido tono, absolutamente improcedente, metido con calzador dentro de la obra.

El otro momento fue al final, cuando todos los actores se marcaron una chirigota, pitos de caña incluidos, bajo la consigna “Gobierno femenino y, antes que se ponga el sol, ¡que nos devuelvan las ruinas!”. A la chirigota también se unió el propio Echanove, y todos nos levantamos de los asientos tarareando la pegadiza cancioncilla. Confieso que, desde luego, no me imaginaba que saldría del teatro romano de Mérida con una chirigota en la cabeza. Extravagante, cuanto menos.

Momentos finales de "La asamblea de las mujeres"
Momentos finales de «La asamblea de las mujeres»

Entiendo que se traten de hacer adaptaciones para el gran público, pero la frontera entre eso y subestimar el intelecto de los espectadores resulta, a menudo, difusa. No pretendo pecar de elitista, pero quiero pensar que la gente que acude a un evento tan célebre y con tanta tradición como el Festival de teatro de Mérida ya tiene, de por sí, unos mínimos conocimientos culturales. Y si no los tiene, lo lógico es que trate de adaptarse y contextualizarse al marco, y no que el marco deba condicionarse a ellos. Además, es posible hacer un teatro que llegue a todo el mundo sin tener que repetir, a cada cinco minutos, términos como “coño”, “puta”, “zorra” y demás bálsamos para oídos exquisitos. En general, la adaptación me resultó un poco hortera y tendente a la chabacanería, a pesar de contar con algún que otro punto de ironía que me arrancó una sonrisa, como las referencias a polémicas citas de nuestros actuales políticos. Y las actuaciones salvaron la obra.

Un momento de la obra

Destacaba Lolita en el papel protagonista, heredera de toda la fuerza y la determinación de su famosa madre, Lola Flores. También fue admirable la depurada actuación de la octogenaria María Galiana interpretando a la prostituta Althea, más popular por su papel de abuela Herminia en la célebre serie de TVE Cuéntame cómo pasó, donde también trabaja el propio Echanove. Este no sólo echó mano de Herminia, sino que también aprovechó para fichar al gallego Sergio Pazos, que interpreta en la serie al entrañable Pepe, y a Santiago Crespo, a quien todos conocemos por su papel de Josete, el amigo íntimo de Carlitos Alcántara. Faltaron Ana Duato e Imanol Arias para que la obra de Aristófanes se convirtiera en un especial de Cuéntame… Más allá de la broma, Pazos y Crespo nos sorprendieron positivamente, interpretando, respectivamente, al humorístico procurador Cremes –acento gallego incluido- y a un cliente de las prostitutas que resulta ser el mismísimo Sófocles.

La obra no fue lo que me esperaba, es cierto. Pero el evento mereció la pena por el mero hecho de abstraerse, de cuando en cuando, y pasear la mirada por el inmenso monumento que llevaba prendida una huella de siglos. Y sobre nosotros, la luna llena, proyectando su magnético embrujo. Ella fue el broche mágico de aquella noche sin tiempo.

Teatro romano de Mérida

FICHA DE LA ASAMBLEA DE LAS MUJERES

En el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida del 29 de julio al 2 de agosto y del 5 al 9 de agosto de 2015.

Autor: Aristófanes.

Versión: Bernardo Sánchez.

Dirección: Juan Echanove.

Música original: Javier Ruibal.

Reparto:

  • Lolita: Praxágoras.
  • María Galiana: Althea.
  • Pastora Vega: Clytia.
  • Pedro Mari Sánchez: Blípero.
  • Luis Fernando Alvés: Ciudadano 2.
  • Concha Delgado: Lavinia.
  • Sergio Pazos: Cremes.
  • Bart Santana: Ciudadano 1.
  • Santiago Crespo: Cliente.

El fin del Café Comercial y la ciudad de más de un millón de cadáveres (literarios)

Las puertas del mítico Café Comercial, cerradas definitivamente. Foto de Álvaro García / El País

Pido permiso a Dámaso para ampliar su célebre verso: Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres… literarios. El Comercial constituía lo más parecido a una máquina del tiempo que teníamos en Madrid. Adentrarse en él era sumergirse en un mundo lejano y agotado de cafés literarios y tertulias inacabables que nos retrotraían a los últimos estertores del siglo XIX, cuando escribir en España seguía siendo llorar, pero hasta llorar tenía su punto de dulzura si se hacía entre amigos, envuelto en un aroma atemporal de café, rodeado de mesas de mármol y camareros trajeados que paseaban sus impecables sonrisas en bandejas plateadas.

Hubo en Madrid un tiempo en el que los cafés literarios florecían y la vida cultural sucedía entre sus cuatro paredes. Los periodistas todavía podían confundirse con los escritores y los escritores con cronistas de ficción que cazaban historias al vuelo, agazapados tras su taza de café mientras observaban con agudeza a sus vecinos de mesa. Cuánto me hubiera gustado conocer aquel Madrid de pluma y de gafas redondas que en mi imaginación se vislumbra en tonos grises y sepias, como si resultara imposible arrancarlo de su marco de fotografía antigua.

El paso del tiempo se fue llevando, uno a uno, los históricos cafés madrileños, como un viento implacable que recoge hojas muertas a su paso. En los últimos años, surgen como setas esa especie de cafés-librerías, tan cómodos y funcionales, tan exentos de alma; donde el clásico café corto se despacha con el  nombre tan “guay” de caffé-latte y, fundidos con el mobiliario, se puede contemplar a los modernos ejemplares gafapastiles, de esos que se hacen llamar “hipsters”, sujetando desapasionadamente su iPad mientras deambulan por sus mundos abstractos y metalizados.

Tipos Infames: un ejemplo del modelo de café-librería que triunfa actualmente en Madrid

En Madrid todavía nos quedaban dos históricos. Uno era el Café Gijón, situado en el Paseo de Recoletos, fundado en 1888 por un asturiano afincado en la capital. En sus inicios, era frecuentado por escritores de la talla de Galdós o Valle-Inclán, aunque su época de mayor esplendor como lugar de tertulias literarias fue durante la posguerra española y la Transición. El Gijón en el siglo XXI, lujoso e inaccesible para los bolsillos del grueso de los mortales, constituye más un monumento que fotografiar de lejos que una verdadera opción para pedir un café mientras se charla de literatura o pintura.

El segundo era el Café Comercial, situado en la Glorieta de Bilbao –donde también se encontraba antiguamente otro histórico, el Europeo- y fundado un año antes que el Gijón, en 1887. Está repleto de historias, como un crimen que se cometió a poco de su apertura o que fue el primer café madrileño en contratar camareras, su aparición en un chotis o la fama de la calidad de sus cafés. Al igual que el Gijón, conoció su época dorada como lugar de tertulias en la posguerra. A lo largo de distintas generaciones literarias, a él acudieron Blas de Otero, Gabriel Celaya, José Hierro, José Manuel Caballero Bonald, Ángel González… Antes incluso que a ellos, también se podía ver, sentado en su rincón habitual, al tímido y melancólico Antonio Machado. En el siglo XXI, el Comercial continuaba albergando numerosas tertulias y era la opción popular frente al elitista Café Gijón de Recoletos.

Interior del Café Comercial

Ayer, 27 de julio de 2015, 128 años después de su apertura, el Comercial cerró sus puertas definitivamente. Sus dueñas, pertenecientes a la familia Contreras, que llevaba regentando el café desde 1909, anunciaron por las redes sociales el cierre del mítico escenario de tantas y tantas correrías literarias, ante la estupefacción de todos los madrileños a los que nos corre un poquito de tinta por las venas. Por fin se ha conocido el motivo, que no se debe a la falta de beneficios, sino a que sus dueñas se han hartado de regentarlo, argumentando que se encuentran “mayores” y “un poco enfermas”, excusas tras la que se esconde, sin duda alguna, una venta ambiciosa. Los camareros, sexagenarios, tras 35 y 36 años trabajando en el local, se ven ahora en la calle, sin empleo y con una simple indemnización.

Lo que yo me pregunto es cómo el Ayuntamiento no ha hecho nada por salvar este lugar mítico de nuestra ciudad, la cafetería más antigua, un auténtico símbolo de la cultura española. La cultura, ese ámbito que sigue importando un bledo a las instituciones políticas, por mucho que las caras sean nuevas desde las últimas elecciones. Así nos va en esta ciudad, donde el cine Avenida, frecuentado por Luis Cernuda y Federico García Lorca, fue convertido en un gigantesco H&M; donde la casa de un premio nobel como Vicente Aleixandre se halla en un lamentable estado de abandono.

Una imagen de la fachada del Café Comercial

Ayer fue un día triste para la historia de Madrid: los fantasmas de los escritores que fueron tertulianos se escucharon llorando entre los tintineos invisibles de las cucharillas que ya no volverán a remover el café que hizo famoso al Comercial. También este lugar está entremezclado con mi propia memoria, con mi vida de madrileña envenenada por el filtro azul de la poesía. Y recuerdo las noches de aquellos cincos de enero, en mi infancia y mi adolescencia, cuando mis padres nos llevaban a mí y a mi hermano a cenar churros con chocolate. La molesta y entrañable puerta giratoria que nos abría paso a un mundo elegante y decadente donde el tiempo resultaba una dimensión inadmisible. Alguna que otra entrevista en mis escasos devaneos periodísticos, cercada por tazas de café y por camareros de impecable chaqueta blanca y rostro familiar, cómplice. Un recital en “La Planta de Arriba” -espacio habilitado para actos en el segundo piso-, organizado por el escritor Leo Zelada, en el que yo participé. El primer lugar de reunión para mi pequeño grupo poético, los Galganistas, donde hemos desmontado poemas y melancolías, bebido chocolate, trazado sueños, como los idealistas aprendices de aquellos grandes maestros de la poesía cuyas sombras parecían escucharnos.

Recitando en el Café Comercial en 2014, con Déborah Alcaide y Leo Zelada
Recitando en el Café Comercial en 2014, con Déborah Alcaide y Leo Zelada

Hoy sé que el Café Comercial revivirá algún día en una de mis futuras novelas, cuyo argumento se pierde aún por las sendas insondables del futuro. No hace falta ser madrileño de nacimiento para constatar que ha muerto una parte del corazón literario de nuestra ciudad. Los que llevamos Madrid en la sangre y en la mirada, estamos de luto. Con el Comercial se va una huella más de aquella época dorada de cafés literarios, que hoy solo son cadáveres estrellados en nuestra memoria.

Mick Jagger: Comprensión hacia el Diablo

El músico Mick Jagger en la actualidad

Lo conocí en persona el año pasado, la última vez que los Rolling Stone pisaron Madrid, durante su ambiciosa gira “14 On Fire”. Saltó al escenario retorciendo su escuálido cuerpo como una lagartija inquieta y habilidosa con chaqueta roja, conquistando al enfebrecido público desde el primer momento.  Si se hubiera limitado a quedarse parado, el público habría enloquecido de la misma forma, porque quien estaba allí, delante de nosotros, no era un ser humano como tal, sino una leyenda viva del rock. Pero Mick Jagger (Dartford, Reino Unido, 1943) nunca decepciona y sus saltos, bailes y florituras resultaron dignos de un veinteañero, a pesar de que la persona que los ejecutaba había sobrepasado los 70. Hoy, el Diablo más célebre del rock cumple 72 y se me hace necesario escribir sobre él, sobre esa figura que ha levantado, a lo largo de su dilatada carrera musical, los más desaforados amores y odios.

Jagger es algo así como el rey de lo kitsch en el rock, en cuanto a estética. Sus vestimentas estrafalarias se han ido intensificando con la edad y creo que jamás olvidaré las pieles rojas y negras con que se cubrió el año pasado en el escenario del Santiago Bernabeu –adornado este con llamas muy realistas- mientras interpretaba el tema que lo catapultó al estrellato: aquel “Sympathy For The Devil” que compuso a finales de los sesenta, inspirado por un libro que le había regalado su por entonces novia, la actriz y modelo Marianne Faithfull. El libro no era otro que El maestro y Margarita, del escritor soviético Mijaíl Bulgákov. En la canción, Jagger da voz a Satanás y se confiesa autor de todos los crímenes de la historia de la Humanidad, aunque, desde luego, sin perder la elegancia: es el suyo, como el de Bulgákov, un diablo refinado y cortés, de una maldad aguda y elegante.

Keith Richards y Mick Jagger en los sesenta
Keith Richards y Mick Jagger en la actualidad

El eclecticismo de Jagger no se limita a la vestimenta: ha explorado todos los ámbitos, desde el cine, pasando por el teatro hasta llegar a la economía, que comenzó a estudiar en su juventud, abandonando dichos estudios para dedicarse de lleno a los Stone, pero cuyo dominio le ha servido para convertirse en el contable por excelencia de la banda –y, si le añadimos su proverbial egoísmo, concluimos que ha sido, en efecto, un buen contable-. Y ya dentro de la banda, es el miembro que más ha apostado por la inclusión de géneros tan extravagantes como la samba para mezclarlos con el rock más tradicional. Lo cierto es que el alma de Jagger es más popera que rockera y que los Rolling no serían lo que son si no fuera por la firme resistencia del guitarrista, Keith Richards, un rockero de raza de los que ya no quedan. Gracias a él, la banda no se ha llegado a convertir en una versión extendida de Michael Jackson.

Es precisamente la compleja relación de Jagger con Richards la que ha protagonizado las polémicas en muchas ocasiones, a lo largo de la historia de los Stone y especialmente en los ochenta, cuando el grupo estuvo a punto de desintegrarse. Ambos fueron compañeros en el colegio y amigos de infancia y, después de que sus caminos se separasen, a los 17 se reencontraron y se dedicaron juntos a la pasión que compartían: la música. Fue por entonces cuando el rubio y talentoso Brian Jones los reclutó para la banda que acababa de fundar y que pasaría a la Historia: los Rolling Stone. Aquel fue el dichoso comienzo: Jagger y Richards unieron sus fuerzas para componer algunos de los temas más sonados del grupo, aunque sin llegar a la genialidad del erudito musical Brian Jones, quien, sin embargo, tenía un carácter extremadamente complejo y autodestructivo que acabaría con él. Jones era el genio en la sombra porque Jagger, aunque no le alcanzara en conocimientos musicales y maestría, poseía algo mucho más esencial para una banda de rock: un tremendo carisma en los escenarios, la capacidad de levantar pasiones y de dirigir la economía de la empresa en la que poco a poco se convertiría el grupo.

Brian Jones y Mick Jagger en los sesenta

Mick Jagger y Keith Richards acabaron ocupando el lugar de Brian Jones en 1969, cuando el ilustre fundador de los Stone se hallaba casi consumido por las drogas y el alcohol. Poco tiempo después de apartarlo de la banda, Jones falleció en extrañas circunstancias en la piscina de su mansión. Las malas lenguas acusan directamente –y sin pruebas- a Jagger y Richards de su muerte. Los dos eran buenos amigos, por entonces. Con el tiempo, sus visiones contrapuestas de la música y de la vida, en general, los acabaron distanciando hasta la situación actual, en la que se toleran cortésmente como un matrimonio divorciado que tiene en común un hijo, en este caso, una banda de rock. Ambos son conscientes de que se necesitan mutuamente para que ese hijo continúe vivo –y dando beneficios-.

Dichos beneficios alcanzan en Mick Jagger –Sir Mick Jagger, desde 2003- la apabullante cifra de 240 millones de euros, los que se calcula que componen su fortuna personal. Jagger es hoy casi una empresa en sí mismo, una imagen marketiniana. Su inconmensurable fortuna solo es comparable a su legendario ego y a la pasión que sigue mostrando en los escenarios. Y sí: ya sabemos que su lustrosa melena castaña, idéntica a la de su juventud, lleva incorporados varios implantes; que sus morritos característicos son fruto ya del bótox; que mantener el tipo le cuesta una dieta extremadamente estricta y un programa de ejercicios diarios que se podría considerar criminal para una persona de su edad. No es fácil la vida de un viejo rockero que se resiste a envejecer. Pero reconozcamos que Jagger, más allá de su dudosa moralidad, ha sido la cara visible de los Stone y el responsable, en gran medida, de que estos se hayan convertido en la banda más longeva de la historia del rock. Qué sería hoy de los Rolling sin las carnavalescas actuaciones de Jagger, en las que todavía conserva la chispa de su antigua sensualidad, como un viejo diablo refinado y malévolo que sabe dónde da cada uno de sus pasos.

Hoy Jagger cumple 72. Y los seguidores de los Rolling Stones seguimos “encantados de conocerlo”…

Mick Jagger en la actualidad