Comienzo desde hoy a hacer una recopilación de los artículos que se van publicando hasta el martes, día en que se cumplen 50 años del repentino fallecimiento de Luis Cernuda en su exilio mexicano, a causa de un infarto. Cernuda, poeta de la Generación del 27 y, en mi opinión, el más grande de todos los tiempos.
El 31 de octubre siempre produce polémica en España: surgen los argumentos a favor y en contra de celebrar Halloween, una fiesta que no es nacional -por mucho que en sus orígenes estuviera relacionado con la Santa Compaña gallega-, porque en España ya tenemos el Día de los Difuntos, que es el 2 de noviembre. Pero, admitámoslo: los disfraces monstruosos y las calabazas con cara tienen más tirón que los huesos de santo y los buñuelos tradicionales. A la mayoría de la gente le encanta poder convertirse por una noche en vampiro, demonio o aparecido…
No desarrollaré mi opinión personal al respecto, porque necesitaría una entrada entera, y prefiero aprovecharla para unirme a la moda de hoy y recomendar una serie de películas para aquellos que hayan escogido el cine en casa como plan halloweenero, y también para los aficionados al género de terror.
Este género posee la particularidad de suscitar grandes pasiones: existen los que lo odian y otros que lo adoramos, y el término medio es difícil de hallar -tan difícil como encontrar compañía para ir a ver un filme de terror al cine-. Es uno de los géneros con más detractores, y aprovechando esto, he decidido vivir al límite y unirlo al otro género cuya acogida tiene similares características en España: el cine español -sí, he aquí la gran paradoja-.
Por extraño que pueda parecer, el cine español se ha especializado mucho en el terror, originando grandes películas que, además de sustos, ofrecen al espectador una reflexión e incluso un cierto toque lírico. Es decir, que no se limita a presentar una serie de personajes que van recibiendo, uno tras otro, el hachazo correspondiente, como tantos aclamados títulos americanos. Hay que diferenciar una película «de sustos» de un verdadero filme de terror, que exige, necesariamente, que el terror tenga también un factor psicológico es decir, que haya una historia detrás del «malo malísimo» de turno.
He escogido cinco títulos que -aunque seguramente me queden muchas por descubrir- considero mis favoritas dentro del cine español contemporáneo de terror. Os animo a verlas:
1) Los otros (Alejandro Amenábar, 2001)
Los otros, 2001
Se trata de una producción hispano-franco-estadounidense, ganadora de ocho Goyas y protagonizada por Nicole Kidman, que ya se ha hecho un hueco a nivel internacional entre los títulos más aclamados del género.
En el año 1945, nada más acabar la Segunda Guerra Mundial, Grace se traslada a una sombría mansión junto a sus hijos, Anne y Nicholas, para aguardar la llegada de su marido, que ha estado combatiendo en el conflicto. Los niños poseen una extraña enfermedad que les vuelve fotosensibles, vulnerables a la luz del sol, la cual podría llegar a producirles la muerte. Por ello, Grace debe cuidar de que las cortinas siempre estén cerradas y no entre una gota de luz natural en las habitaciones.
La aparición de dos siniestros sirvientes coincide con la llegada de los fenómenos paranormales, las voces, las presencias extrañas. Desde ese momento, Grace deberá avanzar en medio del entorno oscuro y opresivo que la rodea, luchando contra sí misma para finalmente resolver el misterio que le permita averiguar quiénes son realmente «los otros». Porque, verdaderamente… ¿ella quiere descubrirlo?
2) El orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007)
El orfanato, 2007
Producida por el mexicano Guillermo del Toro y protagonizada por una magistral Belén Rueda, esta película constituyó un antes y un después en el cine de terror español, hasta el punto de dar lugar a una versión americana y otra japonesa. Obtuvo siete premios Goya.
Carlos y Laura, junto a su hijo adoptivo de siete años, Simón, establecen su nuevo hogar en un la mansión que fuera en sus orígenes un orfanato, donde la propia Laura se crió. Simón, un niño sensible y reflexivo, comienza a hablar de unos amigos que viven en la casa y que nadie más que él puede ver. La visita de una siniestra y misteriosa mujer que afirma ser asistente social, junto con la presencia fantasmagórica de un niño que cubre su cara con un saco, desembocarán en la desaparición de Simón dentro de la propia casa. Entonces, Laura comenzará una búsqueda frenética y desquiciante en la que se topará con más de un descubrimiento, como el asesinato del niño del saco, llamado Tomás.
El final, dramático y absolutamente inesperado, pone el broche sombrío a este excelente filme.
3) El espinazo del diablo (Guillermo del Toro, 2001)
El espinazo del diablo, 2001
La crítica concibe esta película como precursora de El laberinto del fauno (2006), también dirigida por Del Toro y que no he incluido en esta lista por parecerme del género fantástico, más que puramente de terror. En El espinazo del diablo, el terror se une al género histórico -tan desarrollado por el cine español-, y el resultado es una película que mantiene la intriga hasta el final, sin descuidar la historia de fondo. Además, cuenta con un elenco brillante de actores, entre los que encontramos a Eduardo Noriega, Marisa Paredes y al argentino Federico Luppi.
El argumento nos sitúa a 1939, comienzo inmediato de la posguerra española. Un grupo de profesores dirige un orfanato en las montañas en el que acogen a huérfanos de republicanos que han sido asesinados o encarcelados durante la guerra. Allí llega Carlos, un niño de diez años que pronto comienza a comunicarse con Santi, el fantasma de un niño asesinado. Santi, poco a poco, le conducirá al descubrimiento de un terrible secreto que implica a algunas de las personas del centro…
4) Nos miran (Norberto López Amado, 2002)
Nos miran, 2002
Un filme, mucho menos reconocido por la crítica, que supone el el debut de su director, protagonizado por los consagrados Carmelo Gómez e Icíar Bollaín. En mi opinión, a pesar de la inexperiencia de López Amado, se trata de una película que mantiene el suspense hasta el final, con momentos álgidos de tensión como el que muestra el fotograma, donde el protagonista debe recorrer un solitario pasillo de metro.
Juan es un inspector de policía que se enfrenta a un caso de desaparición de un empresario. Pronto conectará el caso con otras desapariciones en similares circunstancias, formando una red que lo relaciona con una dimensión paralela desde la que hay seres misteriosos que nos observan, que tratan de manipular nuestras mentes… ¿Dónde van todos aquellos que desaparecen sin dejar rastro?
5) El arte de morir (Álvaro Fernández Armero, 2000)
El arte de morir, 2000
Una película poco conocida, protagonizada por Fele Martínez y que, en un comienzo, no promete demasiado. A pesar de que su estructura es, aparentemente, la anteriormente comentada: un grupo de jóvenes condenados al «hachazo por turno» (entiéndase por «hachazo» cualquier forma sangrienta de asesinato), os recomiendo no abandonar, porque aproximadamente a la mitad de la película, el argumento da un giro y se vuelve absolutamente original.
Una pandilla de amigos contribuyen, por accidente, en la muerte de un joven llamado Nacho, un pintor cuya obra gira en torno a un único tema que le obsesiona: la muerte. Sus accidentales asesinos esconden su cadáver. Cuatro años más tarde, un inspector retoma el caso y los amigos regresan al lugar donde escondieron el cadáver para asegurarse de que sigue allí. Entonces se produce un incendio del que consiguen escapar. Hay un antes y un después del incendio… El mundo que conocían comienza a cambiar, y el espíritu de Nacho se manifiesta repetidamente. ¿Cuál será la explicación?
Ojalá hubiera nacido hace mil años, ojalá hubiese navegado por los mares oscuros en un gran clipper, yendo de acá para allá con un traje y una gorra de marinero, lejos de la gran ciudad donde un hombre no puede ser libre de todos los demonios de esta urbe, de él mismo y de los que le rodean… Oh, creo que no sé…
Así trataba de escapar Lou Reed, en 1967, en su canción «Heroin». ¿Escapar de qué, para qué? La música, como un arte más, puede tener dos objetivos principales: huir de la realidad o luchar contra ella. En la década de los sesenta, Lou Reed huía, acompañado por todas aquellas decenas de rockeros, de hippies, de provocadores de la contracultura. Eran los tiempos en los que el LSD conducía a John Lennon a divagar para siempre por los campos de fresa, eran los «días extraños» de Jim Morrison y los gritos últimos de Jack Kerouac, el poeta cabecilla de la llamada Generación Beat. La lejana Guerra de Vietnam dejaba en el viento y en los periódicos regueros inagotables de sangre, y las drogas se constituyeron como vía para escapar de esa sangrienta realidad, como las «puertas de la percepción» de las que habló William Blake y que le sirvieron a Jim Morrison para darle nombre a su banda. Huir también era un modo de luchar.
The Velvet Underground & Nico, 1967. Lou Reed al frente
Por entonces, en Los Ángeles, Lou Reed cantaba junto a John Cale, Sterling Morrison y Maureen Tucker en la banda The Velvet Underground, que apostaba por un rock psicodélico: melodías distorsionadas, dulces, pálidas, con las que abordaban temas sórdidos como la droga o el sadomasoquismo. En 1966, el artista pop Andy Warhol los fichó para su Factory, y desde entonces se convirtió en su productor, añadiendo al grupo un nuevo miembro más de su cosecha: la cantante y modelo alemana Christa Paffgen, Nico, que le daría una nota de glamour a la banda con su voz oscura y humeante. A Lou Reed y John Cale no les hizo ninguna gracia la nueva incorporación, pero esta sirvió para grabar el álbum más célebre de la banda: The Velvet Underground & Nico, que incluiría temas tan celebrados por la crítica como este «Sunday Morning»:
La colaboración con Andy Warhol y Nico engendró un único disco, después del cual los miembros originales de la banda decidieron continuar sin ellos su carrera. Pero The Velvet Underground no duraría mucho más. Nunca fue un grupo comercial, tenía un público muy concreto, fue casi una experiencia alucinógena, musicalmente hablando. Lou Reed abandonó en 1970 para grabar su primer disco en solitario dos años después, llamado simplemente Lou Reed.
En solitario, Lou Reed continuó «caminando por el lado salvaje«, como en su canción, enfrentando temas desasosegantes y sórdidos, naufragando en heroína. Su álbum Berlín narraba una trágica historia de amor entre dos drogadictos, abordando la violencia, la prostitución y las drogas, el suicidio. Por estos años, compuso uno de sus temas más alabados, «Perfect Day«, concebido como una elegía a la heroína, a la que Reed era adicto. En sus propias palabras: «Sabía que no escribía para la mayoría. Escribía sobre el dolor y las cosas que herían».
Su relación con la literatura revolucionaria resultó una constante vital, como desarrollé en el artículo «Arte pop y literatura en The Velvet Underground«. Sus letras se inspiraban en las obras de poetas como Jean Genet o Allen Ginsberg, perteneciente a la Generación Beat.
La década de los ochenta supuso un renacimiento para él. Después de abandonar las drogas, empezó a componer letras con las que ya no pretendía escapar de la realidad oscura, sino encararla, criticarla, denunciarla. Ese fue el álbum New York, uno de los más exitosos, en los que arremetía directamente contra personajes de la sociedad como Jesse Jackson, el Papa Juan Pablo II o Kurt Waldheim. Reed dio voz a los más desfavorecidos de la sociedad americana y clamó por justicia.
El músico Lou Reed
Como un silencioso tributo a la canción de The Velvet Underground, Lou Reed ha muerto un domingo, no sabemos si por la mañana. A sus 71 años, era considerado como el padre del rock alternativo y una especie de hombre renacentista del rock, pues no solo cantaba y componía, también pintaba, actuaba en la gran pantalla y dirigía guiones de televisión. Lo que pocos saben es que, siendo niño, sus padres lo sometieron a una lobotomía preventiva para atajar su desacato a las normas y su inconformidad con el orden establecido. Él mismo reconoció: «No me gustaba el colegio, no me gustaban los grupos de gente, no me gustaba la autoridad. Estaba hecho para el rock and roll».
El domingo 27 de octubre de 2013, perdimos una parte de la Historia del rock. Se apagó dulcemente, envuelta en una melodía confusa y distorsionada, como las canciones de la Velvet Underground…
Miro por la ventana del tren. Recuerdo aquella sevillana de los Amigos de Gines que decía: “La tarde se va despacio, salpicándose de estrellas”. Unas palabras tan sencillas son capaces de arrancarme constelaciones de escalofríos. Y que haya personas que desprecien las sevillanas… Regálame unos acordes de guitarra, una voz rasgada, un cante jondo, y prometo que me romperé en mil pedazos.
Pero no estamos en el sur. El paisaje fuera del tren refleja la soledad de los campos de Castilla, aquellos que cantaba Machado, apagándose dulcemente bajo las nubes deshilachadas de luz. No; no estamos en el sur, y el verano hace tiempo que se marchó, llevándose consigo su playa, su olor a dama de noche, la cal blanca de sus casas. Se marchó el verano y ahora es necesario buscar pedazos suyos desperdigados por la lluvia gris de los días: un olor a viernes, una danza de Enrique Granados, el Atlántico volcado en unos ojos…
Hemos pasado ya por Burgos, cuyo nombre suena a invierno. Suena más que aquellas tierras que dejo atrás: los Pirineos franceses. La ciudad universitaria de Pau, con aquella pequeña plaza en la que han instalado un tiovivo renacentista, arrancado de algún siglo anterior al nuestro. Un amplio paseado flanqueado de acacias conduce a un mirador desde donde se distingue, a lo lejos, la estación de trenes. Pau conserva el charme francés que descubrí en los cuentos de hadas, e incluso un castillo –sin bruja malvada-. He pasado allí unos días como ponente de un congreso sobre humor e ironía en la literatura.
Pau (Francia), 2012
Vuelvo a mirar por la ventana del tren. La tarde ha quedado relegada a una estrecha franja amarilla, allá en el horizonte, que me recuerda que hubo un tiempo en que el sol existía. Pronto será tiempo de cantar a la noche, aunque no sea de blanco satén, porque para eso hace falta algo más que sentirse enamorada. Hacen falta rascacielos y tal vez unos ojos que te miren y te produzcan vértigo porque logren verter el Atlántico en los tuyos. He pasado de las sevillanas a los MoodyBlues en solo unos párrafos, pero me temo que así soy yo: demasiado dispersa como para despertar confianza en alguien que tenga excesivo apego a la Realidad. Más aún si confieso que en estos instantes voy escuchando en mi reproductor de música el Danubio Azul…
Si las bicicletas son para el verano, los valses de Strauss pertenecen a una estación inconcreta del invierno. Sin rascacielos, pero sí con abrigos grises y nieve, guantes, tazas de chocolate, besos de humo, como diminutas chimeneas vivas. No es tan terrible el invierno: no lo es. El invierno es un gorro blanco de lana perdiéndose por callejuelas de Madrid que a su vez se han perdido en nuestra época.
Lo cierto es que el Danubio no es azul. En Budapest, la leyenda cuenta que solo aquellas personas que están enamoradas podrán verlo de ese color. Lo miré hace algunos veranos. Ignoro si lo que sentía por entonces podría alcanzar ese sentimiento, pero me puedo contar entre esos pocos elegidos.
Budapest, agosto de 2007
Fuera es ya noche cerrada. Una voz impersonal, de esas que suenan en los trenes, acaba de anunciar que pasaremos por Valladolid. Quedan una hora para llegar a mi madrileño destino. En el reproductor de música, el Don Giovanni de Mozart me acaba de arrancar con elegancia de mi mundo de valses, nieves e inviernos. Seguimos en octubre, el mes en el que Ángel González afirmó que no pasa nada. Se equivocaba Ángel: pasan tantas cosas… Octubre es el mes de las Gymnopédies de Satie. Es el mes de dibujar melancolías en un verso, de cumplir años, de sentirse muy niña. De divagar mucho, como ahora, para evitar dormirse, para escapar de la noche, para recordar aquellos montones de hojas crujientes que se arremolinaban en la calle del colegio, mi trotecillo alegre, las primeras lluvias… Tengo sueño. Se me cierran los ojos y los recuerdos aparecen iluminados por un aura dorada y otoñal, dulce, mullida, que se ha debido perder por esta época, o tal vez solo por mi imaginación… ¿Es Satie, verdad? Satie tiene la culpa. Satie es capaz de proyectar otoños y lágrimas y acogerme en su pequeño mundo de sueños y delicados acordes de piano en el que me encuentro tan cómoda que no me importaría quedarme dormida…