Sabiduría

Algo me queda siempre cuando estoy solo, cuando
emprendiendo el camino del corazón, subiendo
las empinadas cuestas de la memoria, elijo
de un prado lateral borroso, de una triste
sauceda, una vertiente perdida, un separado
río de solitarios rumores o una playa,
elijo lo que más me revive llamándome.”

Rafael Alberti

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1995

Nunca quise crecer. Creo que, por ello, fui una niña bastante sabia, pero demasiado idealista. Al final, no cayó un misterioso meteorito que detuviera el tiempo y que me regalara una infancia infinita.

Hoy soy un año mayor, aunque cada vez creo más en la relatividad del tiempo. Tal vez eso sea consecuencia de la madurez –o inmadurez– a la que me encamino. Los adultos siempre dicen que el tiempo se sucede desenfrenadamente, a un ritmo progresivo y ascendente. Empiezo a comprenderlos y esto me lleva a plantearme si yo misma habré alcanzado la adultez. La pregunta sería si realmente nos hacemos adultos del todo. Yo me siento incapaz.

Estoy aquí, en un extraño limbo. Persiguiendo el equilibrio, como siempre. O como nunca. Porque jamás había sido el equilibrio tan resbaladizo y mi ansiedad por apresarlo tan aguda. Será que a veces se apaga la luz y nos desorientamos. La idea de una humanidad como un enjambre de polillas absurdas, cegadas por la claridad de un farol utópico que en unas ocasiones llamamos amor y en otras adquiere denominaciones más terrenales y precisas, como ambición, fama, futuro.

Sí; futuro. Una luz añorada como futuro; una luz que tratamos de intuir, agitando las alas empañadas de sueños y elevándonos en nuestra naturaleza de polillas gastadas, errabundas, ordinarias. Intentando vislumbrar el futuro, en vano. Y sin embargo es el pasado el que nos define y el que se impone de manera constante en nuestros pensamientos.

Mi recuerdo más antiguo es… Es ridículamente antiguo, tanto que casi pierde su sentido. Soy simplemente yo, mirando por la ventana del dormitorio de mis padres, contemplando los edificios y comprendiendo la muerte. La muerte como consecuencia de la llegada de un Tiranosaurio Rex de la misma altura que esos edificios, devorando a sus víctimas. No existían más muertes, por entonces. Las enfermedades podían curarlas los médicos.

Pensar en la muerte en la frontera de los tres años me convertía en una niña bastante sabia, pero demasiado idealista. Porque después llegaría aquella revelación terrible: que los dinosaurios se habían extinguido hacía millones de años. La muerte nunca volvería a ser lo mismo.

Los recuerdos acuden como fogonazos en todos los cumpleaños; parece algo inevitable. Al de los dinosaurios le sucede otro que me retrotrae unos años más tarde, tal vez tres, en otro día de cumpleaños. Un regalo: esa muñeca llamada “Novia-princesa”, que parecía diseñada especialmente para mí. Con su falda rosa y blanca, su cabello rubio y su corona. Después, aquel otro trece de octubre inolvidable, cuando cumplí diez años y acudieron a mi casa un montón de compañeros del colegio…

img_9491Y de todas aquellas personas, ¿cuántos quedan? ¿No avanzamos de algún modo hacia la soledad? ¿O este pensamiento no es más que un producto de la nostalgia? De la inseparable nostalgia, que diría Alberti: la idea de extrañar paraísos temporales que en su momento nos parecieron rutinarios. A la vida llega mucha gente nueva, pero solo algunos se quedan, quién sabe hasta cuándo. Hoy he soñado con dos personas a las que ya no veo; una se deshizo antes de llegar a su lado. Comprendí que aquellos dos o cuatro años que pasó por mi vida no significaron nada. Un borrón de tiempo; poco más. Una larga cabellera castaña perdida por el calendario de los recuerdos.

Al final no somos nada más que polillas, que cuentos que esperan a ser escritos. No terminamos de comprender que no existen más autores de nuestra propia historia que nosotros mismos, porque las decisiones son llaves en el seno de un laberinto y, como Teseo, a nosotros también nos toca huir del Minotauro del Fracaso. Perdiendo personas, sueños, ilusiones. Ganando experiencias, pequeñas luces dispersas que constituyen la verdadera identidad de esa idea inmensa y omnipresente que en otro tiempo teníamos de la felicidad.

Slot-machine

El mundo es una slot-machine,
con una ranura en la frente del cielo,
sobre la cabecera del mar.
(Se ha acabado la cuerda,
se ha parado la máquina…).

León Felipe

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Toda la noche
he sentido empotrarse contra mi ventana
enloquecidos, furibundos enjambres de billetes
que llevan en sus goznes
el impúdico sello de Wall Street.
A las cuatro de la mañana
extrañaba las gotas de lluvia
y lloraba por un mendigo
que gusta de posarse sobre la luna
y así acunar despacio sus cuencas muertas,
sus cuencas malheridas,
los restos de sus ojos
que asesinaron doce hombres por la televisión
después de naufragar en un telediario
en el que nadie se conoce.
Marx muere mutilado cada día
en multitudes de llaveros
y de camisetas de compra al por mayor,
pero al caer la tarde,
lo vamos a llorar sobre los cementerios
y a regalarle siemprevivas
que se funden en un enigma
vestido de noviembres.

Cinco de la mañana.
Burbuja financiera en alza.
Siete brokers dormidos
se olvidan de sus huellas dactilares
en la pantalla del ordenador
y por sus labios se desbordan
ríos amargos de humanidad
que alguien cambiará por bonos del tesoro.
Y Rafael Alberti suspira, abandonado;
el comunismo dejó de estar de moda
en los ochenta
y ahora sus poemas
se mueren de pena por las esquinas
y vienen a comer entre mis manos,
como galgos hambrientos,
desesperados y leales.
Arriba, parias de la tierra…

Ya dijo el gran León,
aquel viejo León titiritero y vagabundo,
que todo el mundo se resume en una slot-machine
«con una ranura en la frente del cielo».
Pero se me han gastado las monedas
y ahora tengo que robar o llorar,
o pedirle prestado al mendigo de lunas
un lucero de oro,
de aquellos que naufragan
entre las aguas macilentas de sus cuencas vacías,
para engañar a los guardianes del abismo,
al Dios Mercado y sus cadenas,
a la sonrisa histriónica del Tío Sam
agitándose en las caricaturas
que se visten con traje de chaqueta
y pronuncian discursos
tras la pantalla de la televisión
y se dicen tan españoles como el que más.
«España ha muerto»,
sentenció Luis Cernuda en un lejano año 39
y ninguno quisimos escucharlo,
pues los enjambres de billetes
se escapaban felices
como pequeños ícaros deslumbrados
por la radiante luz del porvenir,
y hoy esos que mataron
por atrapar su desusado vuelo esperan,
como hienas feroces y patéticas,
en despachos con soles de bajo consumo
fundidos por exceso de emoción
y nos apuntan con un rifle para cambiar
una estrella rendida
por un seguro médico
y una inversión a largo plazo.

Las seis de la mañana y todavía no ha llovido.
Y ahora se me han gastado las monedas,
las monedas y las mañanas,
y tal vez los mañanas, que vienen a llorarme
como galgos hambrientos
o Albertis olvidados, rechazados
por las correas sigilosas del futuro.
España muerta, desenterrada,
con su rostro amarillo
devorado por los insectos;
España desahuciada,
contemplando el abismo desde el piso más alto
de un rascacielos engreído.
Estoy en negative equality
y el futuro me niega el préstamo pedido.
Se me han gastado las monedas
y solo puedo preguntarme
qué será de mi sangre y qué será del mundo
o de esa slot-machine que lo ha sustituido
aprovechando que lloramos
con vendas en los ojos.

Y llegarán las siete
y ya nadie recordará cómo dar cuerda
a esta máquina hambrienta de monedas sin alma.
La luna bailará sobre la urbe antes de perecer
y un millar de pequeñas siemprevivas
coronarán los labios
de los que nunca vuelvan.

Marina Casado, Mi nombre de agua

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Antonio Buero Vallejo, a un siglo de su nacimiento

¡Sentía! Lo que tú, mezquino razonador, nunca has debido hacer.

(Penélope en La tejedora de sueños, de A. Buero Vallejo)

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El dramaturgo Antonio Buero Vallejo

Sentimentales: así podrían definirse los personajes que protagonizan las tragedias de Antonio Buero Vallejo; seres idealistas encerrados en una sociedad que no los comprende, que los asfixia, que entierra sus ilusiones hasta marchitarlas. Soñadores introvertidos, dotados de una hipersensibilidad que los conduce a un cierto apartamiento, a una clara inacción: así son Ignacio (En la ardiente oscuridad), Penélope (La tejedora de sueños), Mario (El tragaluz), Goya (El sueño de la razón), Tomás (La fundación), Lázaro (Lázaro en el laberinto) y tantos y tantos otros. Son poseedores de una tristeza lírica y profunda, resultante de algún paraíso perdido, como el de la infancia:

MARIO.-Los niños no deberían morir.
LA MADRE.-(Suspira.) Pero mueren.
MARIO.-De dos maneras.
LA MADRE.-¿De dos maneras?
MARIO.-La otra es cuando crecen. Todos estamos muertos.

(A. Buero Vallejo, El tragaluz)

Frente a estos personajes, que la crítica ha bautizado como “contemplativos”, surgen otros que toman el papel de antagonistas: seres férreos, seguros de sí mismos y de su lugar en esa sociedad asfixiante. Personajes fríos que actúan, en lugar de limitarse a sentir; que no se dejan apresar por la melancolía, porque no conocen ese sentimiento. “Mezquino, pero verdadero. Yo no sueño”, declarará Ulises en La tejedora de sueños a una abatida Penélope.

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Estreno de Historia de una escalera en 1949

Las tragedias de Buero están centradas, realmente, en esa lucha silenciosa entre sentimentalidad y razón; son tragedias psicológicas en las que uno o varios personajes luchan en vano por conseguir sus sueños, que son aplastados y se hallan abocados al fracaso. Es siempre el mismo fondo, aunque cambie el escenario y el autor traslade a sus espectadores a la Grecia clásica, al Madrid ilustrado o a una cárcel franquista.

El propio Antonio Buero Vallejo se sentía, en gran medida, desplazado de la sociedad de su época. Cargaba con su exilio interior en el franquismo y escribía su teatro en forma de amarga y vana protesta, y lo hacía con discreción, entre dientes; porque lo importante era que las obras pasaran la censura y pudieran estrenarse y despertar, de algún modo, el alma dormida del público de la época.

1413879062628Al contrario que Alfonso Sastre, que por la misma época defendía una crítica explícita contra el franquismo –aunque esto impidiera su estreno-, las de Buero constituían un guiño a los espectadores, un apretón afectuoso de complicidad; siempre con discreción, porque don Antonio era una persona discreta y elegante, y basta ver su mirada en las fotografías para confirmarlo.

Que fuera discreto no impedía que tuviera, en el fondo, su ideología, arraigada en principios muy firmes. No hay que olvidar que hablamos del primer rojo cuya obra fue estrenada durante la posguerra nada menos que en el Teatro Español, gracias al Premio Lope de Vega que obtuvo en 1949 con Historia de una escalera, que le procuró un éxito sin precedentes. Solo unos años antes, salía en libertad condicional de una cárcel franquista, donde había sido condenado –primero a muerte y más tarde a pena de treinta años- por su militancia comunista durante la Guerra Civil. Fue en la cárcel –en la de Conde de Toreno, precisamente- donde coincidió con otro ilustre compañero de celda: Miguel Hernández, a quien había conocido años antes en Benicasim. A Miguel, el poeta de canciones y ausencias, le dibujó el famoso retrato que todos conocemos, poco antes de que este muriera abandonado en una celda, víctima de la tuberculosis.

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Retrato de Miguel Hernández dibujado por Buero Vallejo en la cárcel

Y es que Buero, antes de decidirse por la dramaturgia, había estudiado para pintor, siendo alumno de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, aquella misma a la que asistiera Salvador Dalí. Había llegado en 1934 desde su Guadalajara natal, acompañado de sus dos hermanos, su madre y su padre, que era militar y que fue fusilado en los comienzos de la Guerra Civil. El pasado, por tanto, pesaba sobre los hombros del joven autor a finales de la década de los cuarenta, pero eso no fue obstáculo para su afán crítico con la sociedad dictatorial. No hay que olvidar, tampoco, que su obra El tragaluz, que hacía una referencia directa a la Guerra Civil, fue estrenada en 1967, todavía en pleno franquismo, y eso no impidió que resultara exitosa.

Buero Vallejo fue un idealista pero, al contrario que sus personajes, supo luchar por sus sueños y no abandonarse a la mera contemplación. Lo hizo como supo: con ingenio, con elegancia, con tramas brillantísimas que van aumentando progresivamente la tensión hasta explotar en un final que se agarra al corazón de los lectores, de los espectadores.

Hoy se cumplen cien años de su nacimiento y ninguno de los grandes teatros madrileños lo homenajea estrenando una de sus obras. Los motivos, seguramente, estén relacionados con asuntos legales, de derechos de autor, de herencias. Su viuda, la actriz Victoria Rodríguez, afirma consternada en un artículo de ABC que “parece que para eso no hay dinero”. Quién sabe. La verdadera cuestión es lo triste que resulta que todos estos asuntillos monetarios estén eclipsando el legado de uno de los más elevados dramaturgos de toda la historia de la literatura española. Y que nuestra sociedad lo permita. Yo, como los personajes meditabundos de Buero, solo puedo aspirar a esta melancolía contemplativa.

Emigrantes de la Ciudad Sin Nombre

París no era suficiente,
como no lo fue aquella despedida
en la Piazza San Marco de Venecia
–qué importa que esta historia
sea en Technicolor–.

“Tócala otra vez, Charles…”.
                     -Tu lejano recuerdo me viene a buscar…
(Y nunca fue ya más que tu recuerdo.)

Marina Casado, Mi nombre de agua

venecia

Hace tiempo que el Trapecista ya no puede verme. Tal vez él sea en realidad el muerto, pero soy yo quien ha dejado de existir. Miro su rostro aniñado, su cabello oscuro que antaño se derramaba en mechones algodonosos sobre su frente. Ahora, está pulcramente corto; la frente, despejada. Los ojos de color miel parecen más confiados, más serenos. Sus labios se mueven, sugerentes, mientras habla. Su voz también ha cambiado: es más ronca, y no se dirige a mí. Nunca se dirigirá ya a mí. Porque el Trapecista ya no puede verme.

Venecia todavía me sabe a despedida. Quizás el Trapecista comenzara a morir, sin yo saberlo, en esa despedida. Mucho antes de convertirse en el Trapecista. Y cuando lo recuerdo, flotan góndolas por mi memoria que después se convierten en el Big Ben. Y sobre él, mi Trapecista, con sus mechones algodonosos resbalando por la frente. Con su voz melodiosa pronunciando mi nombre y una guitarra, y aquella camiseta que no se quitaba.

Un día, me cogió de la mano para montar juntos en un tren. Pero no sabíamos que, en la Ciudad Sin Nombre, los trenes jamás parten, ni llevan a ningún sitio. Otro día volví a pasear de su mano, pero se disolvió, como siempre, envuelto en el espectro de la Ciudad Sin Nombre, que nos rodeaba.

Me marché de aquella ciudad maldita, pero a veces regreso a través de recuerdos mortecinos y luces que nacen al final del verano. Es la única forma que tengo de volver a mirarlo: a él, a quien fue, antes de dejar de ser. Yo también soy. Soy la única culpable de que aquella ciudad perdiera su nombre, por no haber sido capaz de llegar hasta ella mientras el Trapecista vivía allí. Cuando las góndolas seguían siendo góndolas.

Recibí una carta del Trapecista. Mi amiga Alisa le había escrito previamente, informándole de que yo pronto llegaría a su ciudad. La ciudad que todavía tenía nombre. En la que ya no existían góndolas ni cabellos algodonosos sobre la frente. La ciudad donde él comenzó a vivir después de haber muerto. Pero él, que ya no era él, se alegraba de poder volver a verme. Otra vez el ansiado reencuentro, tantas veces esperado –ni siquiera vivido- en mis sueños.

Despierta, todavía me parecía aguardar la carta del Trapecista. Incluso pensé que yo misma podría escribirle para concertar un encuentro en la ciudad que aún conservaba su nombre. Podría acostumbrarme a su cabello corto y a su voz más ronca.

Entonces recordé que el Trapecista ya no era capaz de verme, porque yo había dejado de existir. Solo la casualidad, ese destello transparente del tiempo, me pondría otra vez frente a él, que dejaría de recordarme como una sombra azul. Porque, tras el olvido, todos nos convertimos en sombras azules.

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Capítulos anteriores:

(I): Trenes en la ciudad sin nombre

(II): Retornos a la Ciudad Sin Nombre

(III): Sueños en la Ciudad Sin Nombre

(IV): La Ciudad Sin Nombre 

(V): Antes de la Ciudad Sin Nombre

(VI): Ruinas de la Ciudad Sin Nombre

Luis Cernuda y el otoño

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Luis Cernuda en 1928

Luis Cernuda nació en el equinoccio de otoño. Nació en el momento exacto del año en que se asume el final del estío; en el que el frío, la lluvia y la oscuridad se convierten en las únicas certezas durante los meses siguientes. Tal vez esa sea la razón de su pesimismo vital, su carácter otoñal, su melancolía crónica.

El otoño llama a la melancolía. Los modernistas lo apresaron en sus poemas y ahora resulta difícil escribir sobre él sin esperar el asalto de un ejército de jardines con estatuas, árboles amarillos sobre lagos en los que se deslizan lánguidamente cisnes de cuellos de interrogante. Hojas doradas perfumadas de infancia, amores imposibles. No puedo ocultar que yo también nací en otoño.

Me imagino a un joven Luis apoyado en su escritorio lánguidamente, cual cisne modernista, con un fondo algo frívolo de música moderna; tal vez un fox-trot, con el que intenta curar en vano su tristeza o, por el contrario, regodearse en ella. Mira por la ventana y contempla los árboles amarillos y piensa en su último gran amor frustrado. Después suspira, escribe unas palabras doloridas. Igual que en aquel viaje por Pedraza en 1935, durante las Misiones Pedagógicas, cuando escribía:

Hacía frío y el cielo estaba cubierto. ¿Qué hacer? Interminables horas las de la tarde en estos lugares inacostumbrados. El aburrimiento va con nosotros por la ciudad, pero disfrazado de nostalgia, que unas veces ostenta un motivo amoroso, otras un motivo menos tornasolado y más concreto. […] Leer era imposible. Cómo me ha apresado la realidad, y más si recuerdo que durante tantos años, horror, la lectura era mi jornada. Pensaba, no sabía por qué, en la triste e inexplicable necesidad vital de que las personas a quienes queremos deban separase un día de nosotros. […] El gramófono rugía […]. Un poco de vagabundeo por el limbo aquel me dejó más aburrido aún y, lo que es peor, arrepentido, aunque no sabía de qué, si de vivir, de estar triste o de no haber cometido aún ningún crimen.

Es fácil imaginar a Luis. Sus versos, sus palabras, reflejan el grueso de su alma. Tal vez, por ser una persona introvertida en su día a día, se dio en su escritura como respuesta a una necesidad intrínseca a esa introversión. Incluso en sus versos más surrealistas es posible perfilar detalles de su carácter, guiños diminutos. Es fácil encariñarse con él, aunque después se lea por ahí que era un ser intratable y amargado. Hay gente que tampoco comprende el otoño.

Si Luis siguiera vivo, hoy habría cumplido 114 años. Murió a los 61 sintiéndose un anciano. Una vez fue joven, aunque no llegó a darse cuenta. Contemplaba por entonces las horas con tristeza, esperando que una de ellas se llevara para siempre su juventud, igual que el reo de muerte espera el alba. Igual que el otoño naciente espera el frío.

Remordimiento.                            
Fuiste joven,                    
Pero nunca lo supiste                  
Hasta hoy que el ave ha huido                 
De tu mano.

Luis Cernuda, «Nocturno yanqui»

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