Se inicia la nueva temporada de la tertulia literaria «Exiles»

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Federico García Lorca

Anoche, después de varios años de silencio, volvió a reunirse en Madrid la tertulia literaria Exiles, coordinada por el escritor Leo Zelada. La reunión tuvo lugar en el Café Manuela, situado en el barrio de Malasaña, centro de la bohemia madrileña.

La nueva etapa de Exiles se inició con un tema candente, “Lorca, ¿mito o realidad?”, puesto que este año se ha cumplido el 80º aniversario del asesinato del excelso poeta granadino. Como bien apuntó Leo Zelada, últimamente se ha debatido mucho acerca de la ideología política de Lorca o del paradero de sus restos, y menos sobre su poesía. Precisamente en la poética lorquiana se centró la tertulia de Exiles, a la que asistimos veinte personas.

Tuve el honor de introducir el debate realizando una síntesis acerca de la evolución en la obra de Lorca, una obra centrada en la metáfora, que comenzó en el Neopopularismo y se vio reforzada por el Surrealismo en los albores de la década de los treinta. Del Romancero gitano, el estilo lorquiano evolucionó hacia el hermetismo surrealista de Poeta en Nueva York (escrito en 1931), apareciendo posteriormente otras obras en las que se funden las técnicas surrealistas con la anterior etapa andalucista, de las cuales se erige como la más lograda el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de 1935, considerada por críticos como Caballero Bonald la cumbre de su poesía.

Los tertulianos centraron su interés en diferenciar y valorar las dos obras más representativas de Lorca: el Romancero gitano y el Poeta en Nueva York. Los defensores del Romancero aludieron a que se trata de una obra mucho más compleja de lo que podría resultar en una primera lectura; una obra plagada de simbología y de imágenes vanguardistas que preceden a algunas de las que encontraremos en etapas posteriores. El Neopopularismo en el que se enmarca no debe considerarse como una muestra aislada, sino como una corriente predominante en la primera fase de la Generación del 27, que fue promovida por la Institución Libre de Enseñanza y adoptada por otros autores del 27, como Rafael Alberti o Emilio Prados en sus primeras etapas.

Los defensores del Poeta en Nueva York apuntaron la mayor riqueza de las imágenes contenidas en esta obra, alejadas del costumbrismo del Romancero y próximas a una universalidad propia de la Beat Generation. Sin duda, en la obra de 1931 surge el Lorca más desgarrado, el más doliente; surge todo el tormento oculto tras la pose de sociabilidad y alegría que mostraba Federico al gran público. El surrealismo lorquiano fue un cauce de expresión ante la crisis personal que dominaba al poeta, y esta situación ha de enmarcarse dentro de la tendencia surrealista española, puesto que otros poetas del 27 (Alberti, Cernuda, Prados, Aleixandre) también utilizaron el Surrealismo para dar voz a sus propias crisis.

Finalmente, se llegó a la conclusión general, más allá de gustos y subjetividades, de que ambas obras, Romancero gitano y Poeta en Nueva York, no son comparables, y que la primera fue necesaria, dentro de la trayectoria lorquiana, para alcanzar la segunda.

Otros temas tratados en la velada fueron las máscaras lorquianas, analizadas por Sandra Barrera en un magnífico artículo. También la faceta dramaturga de Lorca, que dio paso a una polémica sobre su mayor o menor universalización, y sobre la posibilidad de separarla de su faceta poética o de considerarlas a ambas como dos caras de una misma moneda.

En conclusión, todos los presentes pudimos disfrutar de una enriquecedora velada literaria en la que aprendimos, discutimos sobre poesía y conocimos a personas muy interesantes; gracias a la capacidad de organización y la maestría de Leo Zelada. La próxima tertulia Exiles se anuncia con otro tema muy atractivo: Roberto Bolaño.

La influencia de Rimbaud en Van Morrison

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El poeta Arthur Rimbaud

Las grandes estrellas del rock son, en parte, herederas de la rebeldía marginal de los poetas simbolistas franceses. Entre ellos, la figura de Arthur Rimbaud (1854-1891) se erige como el referente supremo, por su modo de enfocar la existencia, de supeditarla al arte, de desangrarse en su poética y vivir por y para ella, aunque esta elección le supusiera adentrarse conscientemente por un sendero autodestructivo y trágico. Rimbaud, apodado l’Enfant Terrible, escribió la totalidad de su fascinante y precoz obra poética antes de cumplir los diecinueve años, edad a la que abandonó la escritura, demostrando que su inspiración era más instintiva que formal. Para él, la poesía no constituía un entretenimiento estético o una vía de escape, sino aquello a lo que debía dedicar su esfuerzo vital.

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Van Morrison, el «León de Belfast»

A la hora de citar a los grandes rockeros influidos por el poeta, surge inmediatamente la figura de Jim Morrison, de la que tanto he hablado. Otro Morrison, distinto al líder de The Doors, también bebió de Rimbaud para escribir sus letras. Me refiero al cantautor norirlandés Van Morrison, popular en las décadas de los sesenta y los setenta por mezclar en su música géneros como el jazz, el country y el blues. Siendo aún líder de la banda Them, alcanzó la fama en 1965 con el tema “Gloria”, que después popularizarían otros artistas como The Doors o Patti Smith. Ese mismo año comenzó su carrera en solitario, llegando a publicar hasta la fecha treinta y nueve álbumes, entre los directos y los de estudio. Hay entre ellos un tema que, ya desde el título, constituye un homenaje explícito a Rimbaud: “Tore Down a la Rimbaud” –“Derribo a la Rimbaud”-, que forma parte del álbum de 1985 A Sense of Wonder –“Un sentido de la maravilla”-. El propio Van Morrison confesó que, en el momento de escribir la letra, atravesaba un período de sequía creativa y, sólo después de leer en una biografía de Rimbaud que este poeta había dejado definitivamente la poesía a muy temprana edad, se sintió inspirado para escribir “Tore Down a la Rimbaud”. Leamos la traducción:

Me mostró las imágenes en la galería,
me mostró las novelas en el estante.
Puse mis manos sobre la mesa,
me otorgó el conocimiento acerca de mí mismo.
Me mostró visiones, me mostró las pesadillas,
me dio los sueños que nunca terminan.
Me mostró la luz del túnel
cuando se hizo la oscuridad en todo mi alrededor.

Y yo estaba allí, simplemente.
Derribo “a la Rimbaud”.
Y me gustaría que mi mensaje viniera.
Derribo “a la Rimbaud”;
ya sabes, me llevó algún tiempo.
Ya sabes, me llevó algún tiempo.

Me mostró la forma y los movimientos,
me enseñó lo que significa ser,
Me otorgó días de devoción profunda,
me mostró cosas que no puedo ver.

[..]

Me mostró diferentes formas y colores,
me enseñó muchos caminos diferentes,
me dio instrucciones muy claras
cuando yo estaba en la noche oscura del alma.

La letra habla de la inspiración literaria, de la sequía creativa que el propio Morrison experimentó, del papel revitalizador que cumplió Arthur Rimbaud, devolviéndole su creatividad al descubrirle nuevos e inimaginables puntos de vista. El “derribo a la Rimbaud” es una metáfora que representa el fin de esa barrera, de esa sequía productiva, gracias al fuego aportado por el joven francés. Como curiosidad, hay que añadir que en esta canción también hallamos una referencia al poeta místico del Renacimiento español San Juan de la Cruz, en el verso donde se menciona la “noche oscura del alma”.

Enigmático y distante, Van Morrison es considerado por gran parte de la crítica como la mejor voz blanca de todos los tiempos. La revista Rolling Stone lo sitúa, junto a Bob Dylan y Neil Young, en el trío de los músicos contemporáneos más influyentes.

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Lo volaría todo

Castellón: ese paraíso de la corrupción inmobiliaria; cuna de Fabras, Molineres y de tantos otros “padrinos” de la política española, peperos de raza, bandoleros de este siglo. Castellón, con su aeropuerto fantasma y sus inmensos Mercadonas que brotan con la misma facilidad que las setas en otoño –es posible hallar dos o tres en pocos kilómetros a la redonda- y sus gigantescas urbanizaciones a medio construir y sus centros comerciales abandonados porque, finalmente, resultó que no existía tanta población ni tanto turismo como para poder darle salida a los proyectos faraónicos de la derecha española más recalcitrante, que favorece mucho a la empresa privada y muy poco a todo aquello que lleve implícito el adjetivo “social”.

Castellón, antes de ser colonizado por las inmobiliarias y los corruptos, tuvo hermosas playas flanqueadas de montañas en las que las aguas templadas del Mediterráneo se herían de sol. Debió de ser un magnífico paisaje natural, a juzgar por la geografía favorecedora que todavía conserva su esplendor en determinados rincones, como la playa del Grao o la de algún pueblo menor como Cannot d’en Berenguer, cuyas dunas se hayan protegidas.

El antimodelo, sin embargo, es más fácil de hallar. Está representado por Oropesa del Mar, un pueblo que tuve ocasión de conocer hace dos años y que he vuelto a visitar de forma efímera este verano. Y ojo, que cuando hablo de Oropesa no me meto con «Marina D’Or», porque eso me daría para un artículo entero… El caso es que, acostumbrada a las salvajes playas gaditanas, lo que vi en Oropesa me pareció poco menos que un crimen contra la naturaleza.

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Oropesa del Mar en la actualidad

Oropesa es el ejemplo más gráfico del desarrollismo franquista de la década de los sesenta, cuando la economía española se empezaba por fin a recuperar de la cruenta posguerra gracias, en parte, a que la misma Europa que había dejado abandonada a la legítima II República acogía ahora entre sus brazos el régimen franquista: España pudo entrar en organismos europeos como el FMI, la OECE y el BIRF.  La táctica de Paquito y sus secuaces consistió en fomentar la industria y el turismo interior de sol y playa, impulsando la construcción de urbanizaciones, complejos hoteleros y demás infraestructuras en la costa española. Sobra decir que no tuvieron en cuenta, ni por un instante, la conservación de los paisajes naturales.

La costa levantina fue la mayor víctima de este desarrollismo. Trasladémonos a Oropesa como ejemplo gráfico y terrible: inmensos bloques de edificios a pie de playa cuyos habitantes casi podrían utilizar sus ventanas como trampolín para caer directos al mar.

¡Y qué edificios! En los sesenta sabían cargarse la costa con mucha clase: nótese la delicadeza y buen gusto que destilan estas magníficas muestras de la arquitectura sesentera más “ejpañola”: con sus toldos verdes y azules y sus terrazas rectangulares que algunos propietarios, para más inri, no han dudado en acristalar, consiguiendo multiplicar la viscosidad del diseño. De entre todos ellos, me quedo con dos: “Edificio 2000” y “Grimaca” –irónico nombre-, que se anuncia en las páginas de turismo con la descarada descripción de “Apartamentos muy bien situados, a sólo 10 m. de la Playa de la Concha” –ya serán menos-. Un aplauso para las inmobiliarias y para los veraneantes que no tienen mala conciencia por alquilarlos.

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Urbanizaciones en Oropesa: «Edificio 2000» y «Grimaca»

Pero tampoco soy quién para juzgar a los veraneantes. Porque Oropesa es el típico destino elegido, año tras año, por los mismos turistas de clase media que llevan acudiendo toda la vida y que no conciben otra forma de paraíso. Allí se desplazan, cada agosto, las clásicas familias compuestas de padres, niños, abuelos e incluso perro. Resulta entrañable fundirse con este ambientillo tan solo presentido en algunos filmes de Cine de Barrio. Y digo “presentido” porque la modernidad se palpa en las zapatillas deportivas con luces, que se han puesto tan de moda entre los infantes –en mi época, como mucho, teníamos las Lelly Kelly-, y en esa marca, culmen de la popularidad: Mr. Wonderful, que con sus helados con ojos y sus eslóganes que apelan a una felicidad y un optimismo sin reservas –un poco inquietante, desde luego- han osado imponerse a esa pieza clásica, a ese altar de los souvenirs playeros que constituyen las camisetas de “Alguien que me quiere mucho me ha traído esta camiseta de…”.

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En esta segunda visita a Oropesa, mi paseo nocturno se vio sorprendido por las notas de un pasodoble que provenían de un espectáculo al aire libre pensado para veraneantes. Siempre he sostenido que los pasodobles han adquirido una fama muy injusta como género casposo de la España cañí, porque algunos de los más famosos, como “En er mundo”, fueron compuestos durante la II República, aunque después el franquismo se los apropiara. El caso es que me dejé llevar por las notas del pasodoble y llegué al lugar, cercano a la playa, donde decenas de turistas bailaban al compás de la música. He de decir, sin embargo, que se trataba de una coreografía muy extraña y que en modo alguno hubiera asociado al pasodoble, que se suele bailar en pareja y “agarraos”. Pero, sorprendentemente, todos seguían la misma coreografía, como si la tuvieran aprendida, y sus rostros serios proyectaban concentración y entrega.

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Portada del disco Me vale de Coyote Dax, éxito de 2001

Tras el pasodoble, el siguiente tema despertó la nostalgia de todos los niños y adolescentes de los noventa. Era Coyote Dax: ese venezolano que en el verano de 2001 encabezaba la lista de éxitos del Caribe Mix con su éxito “No rompas más”. Éxito que volvía a sonar en Oropesa, ante mis asombrados oídos, desenterrado de no se sabe dónde, porque yo no lo había vuelto a escuchar desde aquellos tiempos en los que King África ocupaba el lugar que ahora ha sido colonizado por Enrique Iglesias, que lleva cantando la misma canción desde hace tres años, pero con distinta letra.

Me dejé sublimar por aquel espectáculo: las decenas de veraneantes que “bailaban” al son de Coyote Dax, bien avanzado el siglo XXI y con idéntica coreografía a la del pasodoble; sus rostros concentrados, serios: padres, niños, abuelos e incluso perros; camisetas de Mr. Wonderful y zapatillas con luces; formando todo ello un esperpéntico entramado que constituía el éxtasis de ese turismo español familiar tan clásico, tan español, tan de Cine de Barrio o de Manolito Gafotas. Y de fondo, los monstruosos “Edificio 2000” y “Grimaca” amenazando con abalanzarse sobre la playa.

Al volver al coche, se había apoderado de mí un estado de ánimo extraño, beatífico, ideal. Mientras tarareaba aquel “No rompas más” que aderezó algún verano de mi infancia, casi hubiera deseado formar parte de una de esas familias medias que están tan acostumbradas a su paraíso oropesino de cada agosto, que no perciben ya el crimen que las inmobiliarias y la corrupción han ejercido sobre la pobre costa levantina. Al fin y al cabo, ¿qué culpa tienen ellos? Resulta entrañable su felicidad.

Los avisaría antes para que despejaran la zona. Y después, lo volaría todo…

Entrevista en Radio La Isla

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Mi buen amigo y gran poeta Paco Ramos Torrejón, autor de El aprendizaje del miedo (Lápices de Luna, 2015), me entrevistó el pasado martes 23 de agosto en su espacio radiofónico La Duermevela de Radio La Isla. Hablamos de mi segundo poemario, Mi nombre de agua, y también del primero: Los despertares. La entrevista dio paso a un interesante debate acerca de las últimas tendencias poéticas, que consisten en la mezcla de géneros.

Aquí os dejo el enlace al podcast para que escuchéis la entrevista, a cargo de Paco y de su compañera Nazaret Medina.  ¡Fue para mí muy emocionante!

Rafael y el levante

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Alguien reía junto a la orilla.
En una playa que se escapaba al tiempo
donde a lo lejos,
tímidamente suspendidas sobre el acantilado,
se levantaban mis miradas.
Lo veía jugar, incandescente,
rodeado de azules y blancos gaditanos,
y en sus ojos de cielo
descansaba la espuma del Atlántico.
Sus temblores de niño de principios de siglo
hablaban ya de versos tachonados de nube,
de enigmas vanguardistas, de ángeles sombríos,
de sangre de acuarela derramada en sonetos
y en palomas ligeras, filarmónicas,
que confundían dulcemente la noche y la mañana.
Y aquella playa era su playa.
La Andalucía rota de cante jondo y de luceros
desgarraba la realidad como en un sueño,
dibujándolo a él en cada sacudida:
a él y a aquella infancia ciega
que respirase para siempre en cada verso.

El levante es locura disfrazada de viento:
azules que se mezclan con épocas remotas
y con atardeceres de poesía que nunca contemplé,
donde jugar en una playa
era apenas el único horizonte recordado.

Volvería una y otra vez sobre tus aires, Cádiz;
regresaría para desvanecer crepúsculos y lágrimas,
colorear inviernos,
imprimir lunas en forma de baladas
y soñar con aquella silueta de contrapuntos italianos
que me regala una mirada pícara
antes de desteñirse nuevamente
bajo el pincel del tiempo.

Marina Casado, Mi nombre de agua

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