«Transpoética», de Leo Zelada: vivir y sangrar la poesía

La poesía está de moda. El auge de Facebook, Twitter, Youtube y demás redes sociales ha contribuido a la creación de hordas de “poetas” que buscan desesperadamente la fama, el aplauso fácil y el like, exponiendo de forma más o menos lírica sus aventuras y desventuras íntimas o sus opiniones superficiales sobre la sociedad. La poesía está de moda porque se constituye como el género ideal para las redes sociales. Resulta inconcebible publicar una novela en Twitter, pero los “micropoemas” están a la orden del día –y del retuit-. Lo “micro”, precisamente, es lo que fomenta la cultura digital que invade nuestro presente. También está el concepto de poesía como espectáculo y, por él, el término “poesía” ha engordado peligrosamente hasta abarcar formas tales como las slam poetry –que de poetry tienen muy poco.

transpoetica_1En estos “malos tiempos para la lírica” surge de repente el nuevo poemario de Leo Zelada, que se erige como eficaz revulsivo contra toda esta pléyade de poetas tuiteros, “youtubers”, raperos. Lo es por lo que dice y por cómo lo dice. Porque Zelada escribe poemas extensos, pero también poemas cortos, incluso micropoemas, demostrando que las formas breves en la poesía no son sinónimo de superficialidad. Y su libro es y quiere ser una bofetada lírica e ingeniosa contra los falsos poetas, una reivindicación de esa vocación literaria que conduce irremediablemente hacia la bohemia. Más allá de la crítica, contenida sobre todo al final del libro, Zelada abre las puertas de su alma lírica a los lectores.

El poemario, titulado Transpoética (Vaso Roto, 2016), se divide en cuatro partes cuidadosamente trazadas por su autor. En la primera, asistimos a la creación del universo-poema en “Big Bang”:

En este instante como el agua, todas las constelaciones del universo
caben en mi mano.

Decía Huidobro que “no se debe cantar a la rosa, sino hacerla florecer en el poema”. Así, Zelada se convierte en su obra en un dios poético con el poder de crear mundos. Nos trae súbitamente el universo, con ese Big Bang cuya explosión centellea a lo largo de todo el libro. ¿Y qué es la literatura, sino la capacidad de crear universos? ¿No son los poetas, como decía Cernuda, los elegidos de los dioses para transmitir el secreto de la naturaleza a los hombres? En la poesía de Zelada, la naturaleza –el viento, el mar – tienen esa misma capacidad creadora. El poeta fija su atención en detalles insignificantes, como una hormiga roja, hacedora de auroras boreales. Escucha a esa naturaleza y ella le habla. Hay en esta primera parte una dimensión casi mística cuando trata de explicar el momento de creación, la división del fenómeno poético en materia y silencio, que también lo dividen a él mismo.

En la tercera y en la cuarta parte se expone el día a día del “oficio” de poeta. La cuarta parte es, a mi juicio, la más valiente, la que no puede dejar al lector indiferente. La apoteosis final de la obra. En ella hallamos poemas impactantes y precisos como “Dark Poetry”, “Underground Poet”, “Transpoética”. El mismo autor que se fundía con la calma azul del mar y del cielo escupe ahora sangre con destellos de poesía, vaga por la noche de Madrid y se convierte en la noche de Madrid. No es una poesía egocéntrica, aunque emerja de un alma solitaria: vuelve la mirada a las personas que duermen en la calle, a los desfavorecidos, a los grupos con los que se va cruzando. Denuncia la banalidad en la poesía y crea una valiente declaración de intenciones:

Yo no caigo en el cuento de la autocompasión. Ni el de tus rimas edulcoradas.
ni el de tus rapeos demagogos.
La rebeldía falsa que acaba cuando llegas a la casa de tus padres.
La poesía no es un circo.
Si un poeta no habla de lo humano, entonces no es poeta.

En toda la obra, se refleja la vasta formación cultural a través de constantes referencias a los clásicos universales –Kafka, Borges, Pessoa, Bolaño, Baudelaire, Vallejo, Beckett, Poe, Rimbaud, Cervantes, Quevedo, Lope de Vega…-. El autor no se limita a citarlos, sino que se traslada a su universo de ficción –por ejemplo, cuando se convierte en el escarabajo de Kafka en “Travesía hacia Andrómeda”- o los introduce en su irreal realidad en el fabuloso poema final que le da título a la obra: “Transpoética”. En él, conversa con Cervantes y Lope de Vega, discute con Bolaño, interrumpe el sueño de Borges a altas horas de la madrugada. El tiempo, dentro del universo lírico de Zelada, se relativiza y destruye las fronteras entre pasado y presente.

También la tradición clásica deja una huella importante en la obra, demostrada en numerosas alusiones. El poeta recibe el legado de Horacio frente al mar en “Ataraxia” y se considera un Prometeo, por llevarle el fuego de la poesía a los hombres. Ítaca para él es la poesía y uno de los atajos para regresar lo constituye el amor. El amor, que también lo hace fundirse con la naturaleza en “Afrodita”. La paz, la sensación de bienestar y de cierto apartamiento que se respira en los poemas más marítimos contrastan con la rebeldía del Zelada de otros poemas, de este “Underground Poet” que arremete contra la falsa moral y se funde con la urbe y con la noche.

Aunque no lo menciona, el espíritu ingenioso de Gómez de la Serna, inventor de la greguería, reluce también en algunos versos: “Un poeta es un mendigo de metáforas”, “Una biblioteca a la intemperie / puede ser un paraíso / para los bárbaros”.

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La obra se constituye como una exposición de la poética de su autor ya desde el título, Transpoética, que alude también al viaje, al dinamismo de un poeta que ha viajado por gran parte de América y Europa, estableciéndose finalmente en Madrid, ciudad que ha bautizado como “la nueva París literaria” en los ya célebres encuentros poéticos en los que reúne a escritores de todo lo largo y ancho de este mundo. En uno de estos encuentros tuve la suerte de conocerlo cuando él me ofreció amablemente participar. Por detrás del poeta, de Leo Zelada, se esconde el hombre: Braulio Rubén Tupaj Amaru Grajeda Fuentes (Lima, 1970); un hombre introvertido que, según dice él mismo, no se siente cómodo entre las multitudes. Y que, sin embargo, no duda a la hora de ayudar a los que empezamos, de darnos la oportunidad de recitar en sus encuentros e incluso de ofrecernos consejos. En Leo Zelada, el hombre es también el poeta. Quedan pocos como él, que vivan en esa especie de bohemia de otra época en la que la poesía es el aire que se respira. Su pasión es admirable. Y pasión y talento han sido lo que lo han convertido en autor de seis poemarios, una novela y numerosas traducciones y antologías, y ganador, en 2015, del premio Poetas de Otros Mundos, otorgado por el Fondo Poético Internacional de España.

Él mismo afirma que su último poemario, Transpoética, es su obra más lograda. Sin lugar a dudas, es un libro que no puede dejar indiferentes a sus lectores.

Las revistas en las que participo

Hoy os invito a suscribiros gratuitamente a Aprender a Pensar, la revista de pensamiento de Ediciones de la Torre que dirijo. Me acompañan José María de la Torre, editor, y Rebeca Garrido, redactora jefa, junto a un fabuloso equipo de colaboradores que no tienen miedo de reflexionar sobre la vida con todos sus matices. Acaba de salir el Número 10, ¿os lo vais a perder?

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Revista Aprender a Pensar (Ediciones de la Torre)

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También os animo a echar un vistazo al primer número de Impares y Exactos, la revista literaria dirigida por la poeta María Agra-Fagundez en la que colaboro como parte del equipo de redacción junto a los también poetas Paco Ramos Torrejón y Rebeca Garrido.

Si os gusta, podéis probar a mandarnos textos para el segundo número

Presentación en Madrid de «Mi nombre de agua»

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Portada de Mi nombre de agua, publicado en Ediciones de la Torre, 2016

Seguimos recordando los devenires de mi segundo poemario durante el mes de junio. Hoy quiero aludir a la presentación que tuvo lugar el pasado viernes 24 de junio en Madrid: una velada memorable, a pesar de que se cernía sobre mí la terrible sombra de las calificaciones del examen de oposición, que presentía -y no me equivocaba- funestas. Pero su proximidad no logró ensombrecer lo que se convirtió en una de las noches más bonitas de mi «carrera» literaria, gracias a las personas que me apoyaron y me transmitieron, con su presencia y su entusiasmo, la fuerza que necesitaba.

Fue en el precioso Pabellón del Espejo, en el Paseo de Recoletos. Allí ya había presentado en 2014 mi primer poemario y había quedado fascinada por el espíritu lírico, romántico, que desprendía, con su estilo art decó armonizado con las preciosas cristaleras. Los camareros, además, no podían ser más amables y solícitos con nosotros.

En la mesa, me acompañaron el editor, José María de la Torre -que ha vuelto a depositar su confianza en mis versos al publicarme Mi nombre de agua– y Eduardo Pérez-Rasilla, profesor de literatura de la Universidad Carlos III de Madrid. Su asignatura fue una de las únicas por las que no me arrepiento de haber estudiado Periodismo. Eduardo, con su sabiduría y su maravillosa capacidad para bucear por las aguas turbulentas de la literatura, hizo un análisis completo de mi obra, acertando plenamente respecto a su esencia.

Además conté con el inestimable acompañamiento musical de dos grandes de la guitarra eléctrica: Juan Casado y Álvaro Gabaldón, integrantes de la banda de rock The Vagus Group, y la ayuda técnica de Jacinto, trabajador del CEIPSO Tirso de Molina.

Junto a mí, recitaron poemas del libro, además de mi padre, mis queridos poetas compañeros de generación: María Agra-Fagúndez, Rebeca Garrido, Alberto Guirao, Eric Sanabria y Javier Lozano.

Entre el público asistente había familia, amigos cercanos, amigos más lejanos cuya presencia me sorprendió maravillosamente y conocidos interesados en mi libro. Hubo poetas y lectores de poesía; hubo personas a las que no les fascina la lírica, pero estuvieron allí por el aprecio que sienten por mí. Me sentí muy arropada y me encantó que el público disfrutara con el recital, porque la mayor aspiración de cualquier escritor es la de transmitir algo a quienes lo leen, a quienes lo escuchan: «Su canto asciende a más profundo cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres» (Rafael Alberti).

Os dejo unas fotografías del acto tomadas, en su mayoría, por Javier Lozano, y por otros amigos que estuvieron presentes y tuvieron la amabilidad de enviármelas:

Y por último, una serie de vídeos de algunos poemas de la obra que recitamos a lo largo del acto, grabados por Javier Lozano:


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El lenguaje y la literatura como motores del pensamiento humano en “1984”, de George Orwell

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Portada de la obra en la editorial Random House en su colección «DeBolsillo», 2013

Una lectura superficial de 1984 sitúa el foco de atención del lector sobre el impacto emocional que suscita el clímax dramático de la obra: la violencia y la tortura ejercida por el Partido sobre Winston Smith, el desdichado protagonista. Impacta la escalofriante Habitación 101, donde cada preso se ha de enfrentar a su más terrible miedo –lo cual parece el antecedente del famoso “boggart” imaginado por J. K. Rowling en su conocida saga Harry Potter-. Otra reflexión común del lector es la que se detiene sobre la crítica implícita del autor contra el régimen estalinista –Orwell no era anticomunista, como a veces se piensa, sino que defendía un socialismo que no se correspondía, en modo alguno, con el laborismo inglés o el estalinismo; situaciones que él consideraba degradaciones y antítesis de la ideología izquierdista.

Sin embargo, creo que una lectura en profundidad puede revelarnos la reflexión esencial que pretendió transmitirnos Orwell, que gira en torno a algo tan polémico y misterioso como la relación entre el pensamiento humano –entiéndase “pensamiento” como pensamiento abstracto, como reflexión; como algo propio de seres racionales- y el lenguaje.

Para Vigotsky y la Escuela Soviética, el pensamiento depende del lenguaje. El desarrollo cognitivo se produce cuando el individuo, durante la infancia, entra en contacto con el medio. Comunicándose con los adultos, el niño adquiere el lenguaje y asimila las palabras. Estas crean en ellos nuevas realidades y forman, por tanto, su actividad intelectual. El pensamiento necesita conceptos y se va desarrollando a medida que el niño va ampliando su lenguaje. En síntesis: pensamos con palabras.

Esta concepción soviética de la Psicolingüística resulta fundamental a la hora de comprender la obra de Orwell porque, en la sociedad distópica que plantea, las clases opresoras se centran en el lenguaje para dominar a las masas. El Partido y la figura que sus miembros han inventado para personificarlo, el Hermano Mayor, dedican sus esfuerzos intelectuales a la creación de la “nuevalengua”, un idioma que parte de la “viejalengua” o inglés estándar pero que reduce, en la medida de lo posible, el vocabulario, eliminando del diccionario palabras como “libertad”, “justicia”, “honor”, “política”… Si no existen esos conceptos, los individuos no pueden concebirlos. No pueden pensar en la libertad si no saben de la existencia de la idea. Y el Partido, además de trabajar en la creación de la nuevalengua, altera constantemente el pasado para hacer desaparecer las realidades que no les convienen. De ese modo, los habitantes de Oceanía –el continente ficticio donde se desarrolla la novela- no encontrarían el modo de reflexionar sobre el concepto de “libertad”.

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El escritor y periodista británico Eric Arthur Blair, más conocido como George Orwell

El objetivo del Partido, en 1984, era lograr que la nuevalengua hubiera sustituido por completo a la viejalengua hacia 2050. Eso habría supuesto que los habitantes de Oceanía serían individuos con un abanico ideológico muy limitado, sin capacidad de expresarse y argumentar contra los opresores debido a la inexistencia de gran cantidad de conceptos en el idioma. Quedarían totalmente sometidos al yugo del Hermano Mayor y la posibilidad de rebelión quedaría automáticamente descartada, en dichas condiciones. Cualquier intento instintivo de creación de una nueva lengua también sería arrancado de cuajo por la permanente vigilancia del Partido.

¿Y qué ocurriría con la literatura? El propio Orwell responde a esta pregunta en el epílogo donde explica el mecanismo de la nuevalengua:

Cuando la viejalengua fuese por fin superada, se habría cortado el último vínculo con el pasado. La historia ya se había reescrito muchas veces, pero todavía sobrevivían fragmentos de literatura del pasado aquí y allá, censurados de forma imperfecta, y mientras quedase alguien que conociera la viejalengua sería posible leerlos. En el futuro, dichos fragmentos, aunque lograsen sobrevivir, serían ininteligibles e intraducibles. […] Ningún libro escrito antes de aproximadamente 1960 podía traducirse por completo.

De las palabras de Orwell se deduce claramente que la eliminación del pasado por parte del Partido incluía, de un modo especial, la historia de la literatura universal. La literatura podría haber proporcionado a las masas de Oceanía conocimientos con los que habrían descubierto la existencia de un pasado distinto al presente, diferente a la férrea dictadura donde se hallaban. La nuevalengua, por sus limitaciones y su imposibilidad para albertar connotaciones, no habría permitido que se escribiera literatura con ella.

1984 intenta transmitir, en sentido último, la importancia capital de la literatura, de la riqueza idiomática, en nuestra propia concepción como seres humanos, en nuestra capacidad de pensar y de reflexionar sobre la vida con todos sus matices. En la distópica Oceanía, se trata de eliminar la literatura igual que se trata de suprimir la idea de libertad, porque la literatura es libertad y forma seres humanos más libres. Ya lo predicó Fray Luis de León en el s. XVI y Orwell vuelve a prevenirnos de lo mismo: cuidemos el lenguaje, desarrollémoslo, esforcémonos por ampliar nuestro registro idiomático. Porque esa esencia divina que para Fray Luis transportaba el lenguaje, era para Orwell el pensamiento. ¿Y qué mejor forma de desarrollar nuestro lenguaje –y nuestro pensamiento- que leyendo?

El tiempo

Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad.

Luis Cernuda, Ocnos

columpio copiaTuve conciencia del tiempo muy pronto. Recuerdo que, mientras los niños de mi edad se morían de ganas por crecer y alcanzar ese concepto imposible llamado independencia, yo lloraba y le confesaba a mi madre que no quería hacerme mayor, que deseaba ser niña para siempre. Y así, soñaba que un día, un buen día, se abalanzaría sobre la Tierra un meteorito de las dimensiones de aquel que provocó la extinción de los dinosaurios; un meteorito que detendría para siempre el tiempo, y yo sería una niña hasta la eternidad.

Mi primer reloj fue uno de pulsera roja que me regalaron mis abuelos. El segundero era un caballito blanco que trotaba incansablemente por la esfera. Yo sentía en su trote destellos inexorables de tiempo. Quería que este me acabara convirtiendo en princesa, actriz de cine o escritora. Finalmente, el tiempo me regaló uno de los tres deseos.

A partir de los veinte años, dicen, la vida transcurre como un rápido torbellino sin que te des cuenta. He de corroborar esa teoría, pero también aquella afirmación de Carlos Gardel, “que veinte años no es nada”. Hace veinte años me mudé a la casa donde ahora vivo. Se puede decir que ante mí se abría la época más feliz de la infancia, con sus rincones agridulces, por supuesto. Recuerdo dos niñas de mi edad junto a la piscina. Nada más verlas, supe que una sería mi amiga y la otra algo parecido a mi enemiga, entendiendo ese concepto desde la perspectiva azul de la inocencia.

El tiempo me ha robado personas e ilusiones y me ha concedido algún que otro sueño. Ahora saludo a los viejos amigos y a los viejos enemigos con el mismo “hola” desteñido, y me guardo todas las historias antiguas por detrás de los labios.

Ahora, escucho a la gente de mi edad arrepentirse por haber deseado que acabara su infancia. Yo, al menos, no tengo esa punzada en la conciencia: debía de ser una niña muy sabia, si es que esa paradoja es posible. Aunque de poco me ha servido desear, porque aquel meteorito esperado jamás hizo acto de presencia.

Recuerdo que un día, un mal día, el caballito de mi reloj se detuvo. Pero el tiempo, obstinado, continuó corriendo.