Ayer, viernes 5 de junio, regresé a la Feria, una vez más como autora. Recuerdo cuando, solo dos años atrás, estaba al otro lado, mirando a los escritores que se sentaban en las casetas a firmar sus obras, pensando que, algún día, yo también estaría allí.
Y como muestra de que algunos sueños se hacen realidad, allí he estado, por segundo año consecutivo, gracias a Los despertares, mi primer poemario, publicado por Ediciones de la Torre en 2014. Fue una tarde entrañable, firmando libros junto al también poeta Ch. Abada, autor de los poemarios Un hombre busca a una mujer y Diario de una mujer requerida.
Gracias, en primer lugar, a José María de la Torre, por apostar por mi poesía en estos «malos tiempos para la lírica», que diría la canción, y por ofrecerme siempre su sabiduría de la vida. Gracias también a los que os pasasteis por la caseta y a todos los que no pudisteis pasar, pero me apoyáis siempre de manera incondicional.
Y para aquellos interesados en comprar Los despertares, el poemario estará disponible, durante toda la Feria del Libro, en la caseta 228 de Ediciones de la Torre, y también podéis comprarlo por Internet en este enlace.
Aquí os dejo unas fotos del evento, e iré añadiendo más según me vayan llegando:
Firmando Los despertares en la Feria del Libro de Madrid 2015Firmando Los despertares en la Feria del Libro de Madrid 2015Firmando Los despertares en la Feria del Libro de Madrid 2015Firmando Los despertares en la Feria del Libro de Madrid 2015Firmando Los despertares en la Feria del Libro de Madrid 2015Firmando Los despertares en la Feria del Libro de Madrid 2015Firmando Los despertares en la Feria del Libro de Madrid 2015Firmando Los despertares en la Feria del Libro de Madrid 2015
Fotograma de El séptimo sello (1957), de Ingmar Bergman. El protagonista, encarnado por Max Von Sydow, se juega su vida a una partida de ajedrez con la Muerte
Últimamente, mis sueños se han vuelto muy postmodernistas. Hace poco más de un mes, una Marbú Dorada me reveló que no tengo futuro profesional, acontecimiento que me condujo a una intensa reflexión acerca de las ilusiones perdidas en mi generación. Esta noche, no ha sido precisamente una galleta quien se me ha presentado, aunque el desenlace del conflicto sigue teniendo mucho de vanguardista.
Rememoremos. Delante de mí tenía a una criatura negra y alta, encapuchada, que sostenía una guadaña. Lo habéis adivinado: era la Muerte, y además una Muerte de perfil clásico, con su guadaña y su capucha: nada de esqueletos exóticos u hombres calvos a lo Ingmar Bergman. Hasta ahí, reconozco que hay poco vanguardismo.
El caso es que, tras un episodio onírico-marinístico de aventuras y fantasmas que no traeré a colación –mis sueños podrían adaptarse para el cine-, pero en el que no había resultado bien parada, la Señora Parca había decidido que era tiempo de llevarme con ella. En efecto, queridos lectores: me había llegado la hora.
Yo, que en situaciones críticas me vuelvo muy ingeniosa, me decidí rápidamente a no perder los nervios y negociar con el tenebroso ser mi paso al Más Allá. Ni un vendedor de seguros nacido de la pluma de James McCain lo hubiera hecho mejor. Ya sé que, llegados a este punto, os imagináis propuestas clásicas como una partida de ajedrez, una acción benévola para con mis seres queridos o incluso encontrar un hogar para una pobre huerfanita –los que seáis de mi generación y hayáis aderezado vuestra infancia con Todos los perros van al cielo (1989), me entenderéis-. Pero, ¡no! Ya os dije que el final es muy postmodernista.
Fotograma de Perdición (1944), de Billy Wilder, basada en la novela de James McCain. En la escena, el vendedor de seguros representado por Fred McMurray negocia con la ambiciosa Barbara Stanwyck
Lo que se me ocurrió fue proponerle a la Muerte escribir por ella una columna semanal en mi blog. Así, tal cual. Se ve que apareció mi vena periodística, ese mito que ha permanecido oculto durante cuatro años de carrera y del cual ya me había planteado que en realidad se tratase de los padres. Pues bien, la Muerte no rechazó la idea. Se llevó la huesuda mano al lugar donde se supone que debería encontrarse su barbilla y me dijo: “Bueno, he de admitir que escribes muy bien; tal vez debería pensarlo”. Por mi parte, y como buena vendedora de seguros periodísticos, le metí un poco de presión, sobre todo porque no me apetecía quedarme con la incertidumbre de saber si me iba a morir o no. Le hablé de las interesantes perspectivas que abriría el hecho de poderse dar a conocer cada semana en una columna, reflexionando sobre el panorama actual o pasado y utilizándome como mera transmisora de sus pensamientos.
Al final, acabó aceptando: me prolongaría la vida durante el tiempo que yo estuviera dispuesta a redactar a su nombre una columna semanal. No era una oferta tan cruel, si lo pensamos bien: hay tantos periodistas becarios que trabajan como chinos sin cobrar un sueldo… Esto sería algo así como una clase de “Becarios 2.0”: trabajas, no cobras y, si dejas de trabajar, estás muerto. Un paso más de la situación actual. El colmo del capitalismo.
Cuando me desperté por la mañana, me sentía orgullosa de mí misma por haber burlado a la Muerte. Pero, no os emocionéis: he decidido que no voy a escribir esa columna semanal. En parte, por falta de tiempo; pero también porque la Muerte se merecería algo más popular que mi blog. ¿Os imagináis cuántas reflexiones interesantes podrían recogerse? Nos hablaría, tal vez, de escritores fallecidos, de sus últimos deseos; describiría las guerras que solo conocemos superficialmente a través de los telediarios. Criticaría la estupidez humana: la pérdida de tiempo con gente que no aporta nada, la infravaloración de los momentos cotidianos más preciosos, la inútil acumulación de riquezas… Demasiado jugoso para un blog modesto como el mío, ¿no creéis?
Querida Muerte: no te sulfures; si algún día se me tuerce el camino y acabo convertida en una periodista famosa; entonces, podremos hablar de negocios.
Este es mi primer artículo dedicado a un álbum en exclusiva, pero es que pocas veces me ha parecido alguno tan redondo y perfecto como Days Of Future Passed, de los Moody Blues. El disco está en mi casa desde hace ya bastantes años, pero fue hace relativamente poco cuando me atreví a profundizar más en sus entrañas. Hasta entonces, de él solo conocía bien un tema que, curiosamente, ya se erigía como una de mis canciones preferidas de todos los tiempos. Me estoy refiriendo a “Nights Of White Satin”, el más exitoso de los temas que componen el álbum.
Con cierta música ocurre lo mismo que con algunos libros: una aparente complejidad inicial te produce una leve resistencia a profundizar en ellos, hasta que un día, lo haces y, casi sin darte cuenta, descubres que te fascinan. Hay discos que parecen libros y libros que se asemejan a personas: una de esas personas reservadas e introvertidas que guardan un mundo maravilloso por detrás de la mirada, accesible solo para aquellos valientes que se arriesgan y tratan de conocerlas. Days Of Future Passed es un álbum tímido, sentimental y sorprendente; bello y elegante, ingenuo y sabio, dulce y extraño. Un álbum magnético y envolvente, una historia cuajada de matices distintos que van naciendo cada vez que lo escuchas de principio a fin.
The Moody Blues en 1969
Fue lanzado en 1967, ese año que podríamos considerar El Año, musicalmente hablando, cuando se publicaron álbumes históricos: The Doors (The Doors), Sargeant Peppers Lonely Heart Club Band y Magical Mistery Tour (The Beatles), Their Satanic Majesties Request (The Rolling Stones), The Velvet Underground & Nico (The Velvet Underground), Forever Changes (Love), Disraeli Gears (Cream), Surrealistic Pillow (Jefferson Airplane)… Fue el año del “Verano del Amor”, un festival de música, celebrado en la ciudad de San Francisco, que acabó convirtiéndose en una masiva concentración de los primeros hippies de la Historia.
El Verano del Amor de 1967 asistió a la llegada del rock psicodélico, cuyos representantes más célebres fueron The Beatles y Jefferson Airplane. Pero, más allá de aquel festival, nacía también por la misma época el llamado rock sinfónico o progresivo, el género en el que se engloba Days Of Future Passed, el segundo álbum de The Moody Blues, una banda inglesa que se había formado en 1964.
Posee una duración aproximada de 40 minutos y está compuesto por 7 temas que, en conjunto, lo dotan de un sentido conceptual, en el que se va narrando un día, desde el amanecer hasta la noche, con todas las emociones implícitas en cada momento de esa jornada. Days Of Future Passed se erige, de esta forma, como una historia formada de capítulos, de temas orquestados que se mezclan con los ritmos sentimentales y entrañables característicos de la década de los sesenta, con la colaboración de The London Festival Orchestra –bajo la dirección de Peter Knight- y las voces de Justin Hayward, John Lodge, Ray Thomas y Graeme Edge.
The Moody Blues en 1969
El álbum se introduce con ese día que comienza de “The Day Begins”, el tema musical que constituye una sinopsis de las melodías que aparecerán en los capítulos posteriores, acompañada por un recitado de Mike Pinder que finaliza con una invocación al Sol: “Valiente Helios, ¡despierta a tus corceles! Trae la calidez que precisa el campo”.
Por eso, el amanecer “es un sentimiento”, como nos muestra el siguiente tema, “Dawn Is A Feeling”, lento y solemne, suave como un despertar tranquilo y progresivo, invadido de esperanza: “Hoy estás aquí, no hay miedos futuros; este día durará mil años, si así lo deseas”.
“The Morning: Another Morning” (“La mañana: otra mañana”) comienza con una melodía rítmica y graciosa, juguetona y saltarina, plagada de alegría que, de repente, realiza un giro vocal sentimental y nostálgico para, de nuevo, regresar a la alegría. Estos maravillosos cambios de tono y humor reflejan las emociones pasajeras de una persona que contempla jugar a los niños en una mañana cualquiera, lo cual le trae el recuerdo de su propia infancia, dando paso a la nostalgia. Esta canción, con su poderosa mezcla de alegría y tristeza, parece la propia melancolía hecha música. Y en verdad, “El tiempo todavía parece detenerse en el mundo de un niño, que siempre será”.
Ese mundo detenido se acelera repentinamente en el siguiente tema, “Lunch Break: Peak Hour” (“Descanso del almuerzo: la hora punta”), donde la voz lírica reflexiona mientras observa, desde su ventana, el incansable ir y venir de las multitudes, que actúan como si no dispusieran de tiempo. “Me entran ganas de salir corriendo y decirles que tienen tiempo”, confiesa la voz lírica. Este es el tema más “rockero”, por así decirlo, del álbum.
La calma regresa con la tarde, en el tema “Afternoon”, que refleja la ensoñación de la voz lírica, un martes cualquiera, contemplando el fluir de las nubes, que también parecen deslizarse en la música de Peter Knight. El sujeto lírico se ha olvidado del mundo y se vuelve hacia la Naturaleza, hacia el reflejo de su propio universo imaginario.
En “Evening” llega la caída de la tarde, el crepúsculo, envuelto en extraños ritmos tribales que cubren la historia de una luz rojiza que recuerda, de algún modo, a esas “tribus ocultas cerca del río esperando que caiga la noche” que habitarían, años más tarde, en la famosa canción de Radio Futura. Lentamente, cambia el ritmo y los coros invaden el tema, lo humanizan y lo aceleran, devolviéndonos a un estado de ensoñación, de exaltación de la fantasía: “Tiempo crepuscular, hecho para soñar un rato en velos de color azul profundo”.
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Y así llegamos al último tema del álbum, que para mí fue el primero: “Nights In White Satin” (“Noches de blanco satén”). Como dijeran Bruce Springsteen y Patti Smith, “la noche pertenece a los amantes”, y es precisamente el amor el tema de este broche final. La canción, honda y estremecedora, constituye una de las baladas más románticas de la Historia. La música crea un clima de complicidad y ternura, de confianza en tu propio sentimiento, algo a lo que también contribuye la letra, que nos recuerda que “Aquello que deseemos ser, será lo que seremos al final”. “Cause I love you”, es la sencilla y poderosa razón. El amor. La noche, el final del día. El día que comenzó con la esperanza de la incertidumbre concluye con la seguridad maravillosa del amor. Y cierra un álbum que es casi un libro, o una persona.
He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura.
Allen Ginsberg, «Aullido»
Esta noche, en mi sueño, una Marbú Dorada me ha revelado que no tengo futuro (profesional). El carácter profético y solemne de tal augurio queda invadido por el patetismo de que sea una galleta quien me haya puesto sobre aviso. Pero, en cierto modo, la galleta es el símbolo de las ilusiones que se mojan demasiado en un vaso de leche y acaban deshaciéndose.
Nos ha tocado vivir en la generación de las galletas/ilusiones desechas. Al salir del instituto, tu galleta está intacta y crujiente. Pero, a lo largo de los años de universidad y, sobre todo, en esos que los suceden, acabas teniendo no una galleta, sino una masa informe, dulce, que convierte tus sentidos y tus aspiraciones profesionales en una papilla mezclada con leche.
Ginsberg vio a las mejores mentes de su generación destruidas por la locura. Yo las he visto fulminarse por la desmotivación, la más demoledora de las enfermedades y que se ha convertido, actualmente, en una epidemia. Por su parte, los políticos no hacen más que complicar aún más, con leyes absurdas e injustas, una situación ya de por sí desquiciante.
Qué postmodernista, pensaréis. Una Marbú Dorada ocupa el lugar que en otro siglo tendría un arcángel y me hace llegar su mensaje revelador: no tengo futuro. Y mi bonita colección de títulos, sazonados por la energía inútil de mis 25 años, se ríe a carcajadas desde el cajón de mi escritorio.
La banalidad, la desilusión, la mediocridad canonizada por la ley del enchufismo nos está torturando, deshaciendo, convirtiendo en papilla dulce –o amarga, dependiendo del caso-. Pero hay que seguir. Hay que decirle a esa galleta que no tiene razón, que la tormenta no dura para siempre y el sol debe encontrarnos despiertos, cuando regrese. Decir esto es fácil: lo complicado es no venirse abajo. Pero las grandes crisis son el caldo de cultivo de las generaciones más brillantes.
Hoy se cumplen 84 años del advenimiento de la II República Española, un 14 de abril en el que la Puerta del Sol se cuajó de banderas tricolores y de esperanzas recién nacidas adornando las pupilas de los madrileños. Luis Cernuda y Vicente Aleixandre, tan amantes del reposo y contrarios a las multitudes, salieron también a la calle para mezclarse con las riadas de españoles que celebraban la llegada de un sistema más justo y democrático.
Puerta del Sol (Madrid), 14 de abril de 1931
La Guerra Civil y el triunfo de los rebeldes en 1939 acabaron con una sociedad que, en apenas cinco años, se había situado a la vanguardia de la cultura, de la investigación científica, de la educación. España se ennegreció y volvió al pasado, y aquella época sombría duraría hasta la muerte del dictador Franco, que eligió a Juan Carlos de Borbón como Jefe de Estado cuando él pasara a mejor vida. La Constitución de 1978 fue una medida tan prudente como necesaria para que la sociedad española comenzara a dar sus primeros pero certeros pasos en democracia, pero el problema comenzó cuando dejó de contemplarse como algo provisional, que fue como nació, para convertirse en definitiva. Ya hablé de todo ello hace unos meses, en mi artículo “Mi mundo no es de este reino”, haciendo mías las palabras del ilustre José Bergamín.
El año 2014 puede contemplarse como un fracaso desde la perspectiva histórica, porque, si la abdicación de Juan Carlos I pudo haber sido aprovechada como un punto de inflexión en el que modificar la Constitución y ofrecer al pueblo español la oportunidad de decidir el sistema de gobierno que prefieren, en vez de eso, se continuó con el injusto y retrógrado proceso de la sucesión hereditaria, y de este modo nos encasquetaron a Felipe VI como Jefe de Estado.
Juan Carlos I de España y su hijo y sucesor, Felipe VI
Desde la llegada de Felipe al trono, muchos republicanos han guardado silencio, alegando que nuestro nuevo monarca es un tipo muy culto y muy inteligente y con un discurso envidiable. No negaré que, desde luego, si lo comparamos con su padre sale ganando por goleada, pero eso es porque Juan Carlos I era, directamente, un impresentable, y su presencia al frente del Estado casi resultaba un chiste de mal gusto.
A mí me parece estupendo que sea tan culto y tan estudiado –después de todo, no ha tenido que dedicarse a otra cosa desde que nació y se lo han dado todo hecho-, pero eso no debería eximirle de presentarse a unas elecciones y ganarlas, si tan preparado está. Si Felipe fuera elegido por el pueblo, yo sería la primera en cerrar la boca y agachar la cabeza, igual que ahora me toca hacerlo ante nuestro actual Presidente del Gobierno y su más que dudosa capacidad de gobernar. Por otra parte, no nos engañemos: Felipe VI, de progresista, tiene poco. Que parece que a los españoles los compran con una sonrisa y un discurso bien hecho. Pero no seguiré por ahí, porque no es lo más importante.
El caso es que, desde la llegada de Felipe, que se ha producido en mitad de la peor crisis económica en muchos años, parece que está mal visto defender la necesidad de un sistema republicano en España. Porque “hay cosas más urgentes que atender”. En mi opinión, afirmar esto es mezclar la velocidad con el tocino, porque una cosa es hacer frente a la crisis y otra es desaprovechar un momento histórico como la abdicación de Juan Carlos I para, al menos, abrir una puerta de decisión y hacer gala de esa democracia de la que tanto alardeamos.
Y además, todo está conectado. Por mucho que se empeñen en negarlo, un sistema republicano es más económico y, principalmente, más justo. Porque la persona que se sitúa al frente del Estado ha sido elegida democráticamente por el pueblo y no está, como el Rey, por encima de la Ley: debe hacer frente a la justicia como un ciudadano más. Por muy mal que pueda hacer su labor, esta se encuentra legitimada por la decisión del pueblo. Únicamente este argumento debería inclinar la balanza hacia el lado republicano, pero hay muchos más. Por ejemplo, ¿cómo podemos llamar “democrático” a un sistema en el que la monarquía no está en modo alguno controlada por la prensa, donde los escándalos de la Familia Real se ocultan a la opinión pública? En este sentido, la libertad de prensa en España es bastante relativa.
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Siempre había sido optimista con respecto a la idea de que algún día se planteara, al menos, un referéndum para elegir el sistema de gobierno. Pero, después de lo que hemos vivido en 2014, creo que nos queda monarquía para rato y el futuro se antoja bastante negro. Pero ser consciente de esto no me impedirá seguir afirmando que la monarquía es algo retrógrado e injusto, contrario a la igualdad que debería existir entre los habitantes de una sociedad del siglo XXI. Yo no me siento representada por un señor cuyo mayor mérito ha sido el de ser hijo del Rey anterior, elegido directamente por un dictador. No siento ninguna vergüenza al defender la necesidad de otro tipo de sistema.
Yo sí creo en unahipotética IIIRepública Española.