«Aleluya nº 1», Luis Eduardo Aute

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Estas son las cosas que me hacen olvidar:

Una lágrima en la mano,
un suspiro muy cercano,
una historia que termina,
una piel que no respira,
una nube desgarrada,
una sangre derramada.
Aleluya.

Quince gritos que suplican,
una tierra que palpita,
la sonrisa de un recuerdo,
la mentira de un «te quiero»,
una niña que pregunta,
unos cuerpos que se juntan.
Aleluya.

Mil silencios de un olvido,
un amor que se ha perdido,
tres guirnaldas en el pelo,
el aliento de unos besos,
el perdón de los pecados,
unos pies que están clavados.
Aleluya.

La razón de la locura,
una luz de luna oscura,
unos ojos en la noche,
una voz que no se oye,
una llama que se apaga,
una vida que se acaba.
Aleluya.

Estas son las cosas
que me hacen olvidar
este mundo absurdo
que no sabe a dónde va.
Aleluya, aleluya, aleluya.

Una madre que amamanta,
tengo seca la garganta,
el color de un tiempo abierto,
un mañana siempre incierto,
el sudor en una frente,
el dolor de aquella gente.
Aleluya.

Una llaga que se cierra,
una herida que se entierra,
unos labios temblorosos,
unos brazos calurosos,
dos palabras en la arena,
una ola se las lleva.
Aleluya.

Un reloj con treinta horas,
el cartel de «no funciona»,
una piedra en el vacío,
otra piedra en el sentido,
una lluvia en el alma,
un incendio en las entrañas.
Aleluya.

Unos pasos sin destino
por cuarenta mil caminos,
un acorde disonante,
nueve infiernos sin el Dante,
unas flores en mi tumba,
siempre nunca, nunca, nunca.
Aleluya.

Estas son las cosas
que me hacen olvidar
este mundo absurdo
que no sabe a dónde va.
Aleluya, aleluya, aleluya…

The Three Kings

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A una señal del mánager, se ponen en pie y avanzan. De fondo, ya se adivina el clamor del público. Gaspar camina en medio, por detrás de Melchor y delante de Baltasar, que esta noche luce un gorro de arpillera que recuerda demasiado a los que usaba Bob Marley en el siglo pasado. Balt y su recurrente manía de imitar a los astros negros: Marley, Hendrix, Chuck Berry… Por no hablar de aquel año en que se empeñó en emular a Stevie Wonder…

Pero ese “rollito retro” en pleno siglo XXI encuentra muy buena acogida entre el público. La gente siempre tiene ganas de volver la mirada al pasado, tal vez porque en esta década aciaga de los sesenta –tan diferente a los sesenta del siglo XX- las cosas se han vuelto demasiado frías y, en ese contexto, Balt ofrece una imagen entrañable, irresistible. Tiene una mirada bondadosa y colocada al mismo tiempo, como si hubiera estado fumando un montón de canutos antes de llegar al escenario –Gaspar sabe que, en realidad, no han sido más de dos-, y al coger el bajo y situarse frente al micrófono esboza ese guiño made in Balt que no puede pasar desapercibido para el público, el cual grita y corea su nombre.

Balt no es el líder de la banda, desde luego, pero parte de la crítica lo sitúa como el miembro carismático por excelencia. Hay camisetas con su cara y es la estrella del merchandising. La gente le considera exótico, vintage, con carácter. Gaspar sabe que es buen tío. Demasiado adicto a las hierbas, pero buen tío, al fin y al cabo. Constituye la cara amable del grupo y, sin él, nada sería lo mismo. Gaspar piensa todo esto mientras se sitúa frente a la batería y realiza algunos golpes de efecto para encender los ánimos del público, que aplaude fervientemente, aunque continúa pendiente de las muecas carismáticas de Balt.

Entonces, de entre el público emerge un rugido tempestuoso, porque acaba de hacer su aparición en el escenario Melchor. Su traje blanco podría constituir algo así como la evolución de aquellos que llevaba David Bowie en su día, pero es el último grito en moda, y eso Gaspar lo sabe porque cada día llegan a los estudios de grabación nuevos modelitos que Melchor encarga a las firmas más caras, y de los cuales nunca llega a lucir la mitad. Melchor es así: un genio disperso de cabello rubio platino y fulgurantes ojos azules que parecer mirar hacia otro mundo. Egoísta, egocéntrico y soberbio, como los mejores genios. Pero desde su torre de marfil, es capaz de valorar a Gaspar, porque a él le debe algunas de las letras más célebres de la banda. A Gaspar lo que más le preocupa es la creciente adicción del líder carismático por las drogas de diseño. Aunque, por otro lado, es la fuente de su inspiración. Las drogas duras son para Melchor como la absenta lo fue para Verlaine…

Comienza a sonar el primer tema, “Bring Me a Present”, del álbum del año anterior Camels Also Like Pacharan, el cual tuvo más éxito del que Gaspar le auguraba en un principio, considerando que es un tipo de rock demasiado tendente a la psicodelia en los tiempos que corren, donde la música indie está a la orden de día.

El público ruge, vibra, se desata. Gaspar no puede evitar sonreír, aun a pesar de romper con su imagen de “miembro serio y formal de la banda”. Tal vez vaya siendo hora de cambiar de imagen. De afeitarse la barba castaña y hacerse algunas mechas de colores, de dejar atrás las camisas y vestir algún traje de cuero blanco como el de Pérez Mouse, el rapero de más éxito en los países hispanos. Gaspar golpea con fuerza la batería mientras todos estos pensamientos se marchan de su cabeza con la misma facilidad con la que llegaron. Él es un alma romántica y, en el fondo, tiene su gracia ser el elemento alternativo de la banda.

Por encima del escenario, en luces de neón rojas y verdes, se lee el legendario nombre:

THE THREE KINGS

Ya en los camerinos, Melchor se retoca el maquillaje y se pone otra blusa para no manchar la del concierto. Balt mira por la ventana mientras se fuma el tercer porro del día, y Gaspar permanece sentado en un sillón, extrañamente exhausto. Y como siempre, es Balt quien se percata:

-¡Eh, tíos! ¡Acabo de ver una estrella fugaz!

-Tronco, deja los porros… –replica Gaspar.

-Eh, Balt puede tener razón –interviene Melchor-. Estaba anunciado para hoy el paso del Cometa Halley por la Tierra; decían que se podría contemplar si el cielo no estaba encapotado y todos esos rollos… ¿Era eso lo que has visto, Balt? ¿Un cometa?

-Sí, tío, ¡te juro que lo he visto! Iba en esa dirección…

-Oye, pues por lo que he oído –continúa Melchor-, se iban a montar una fiesta muy guapa en Belén, para conmemorar no sé qué acontecimiento histórico del cometa.

-¿Por qué no vamos? –propone Balt, entusiasmado- Cogemos unas birras y nos piramos en las motos.

-¿Ahora? –se asombra Gaspar.

-Claro, tronco, no queremos llegar tarde, ¿no?

Gaspar mira a sus compañeros, suspira y pone los ojos en blanco. Después, se levanta y coge su chaqueta de cuero…

Cometa Halley
Cometa Halley

Fin de año

Fotografía de Chema Madoz
Fotografía de Chema Madoz

Sé que 2013 ha tenido que ser, de algún modo, esencial en mi biografía. Varios de los acontecimientos que han marcado mi existencia sucedieron un día 13, incluido mi propio nacimiento.

A medida que nos vamos haciendo mayores, los años se pasan más deprisa. Parece que hace una semana estaba celebrando la Nochevieja de 2012. Y sin embargo, tantas cosas han cambiado desde entonces. Los años transcurren de forma acelerada, pero eso se debe a que en uno solo de ellos suceden más cosas de las que sucedían en diez de los antiguos. Los acontecimientos parecen comprimidos, envueltos en un aura vertiginosa. La madurez llega con golpes o con jarras heladas de agua. Nadie nos avisa. No hay una progresión continua, sino caídas sucesivas al abismo.

Paradójicamente, lo más difícil es ser quien realmente eres y no lo que te imponga una determinada circunstancia. Debería ocurrir al contrario, pero a menudo nos dejamos llevar por la sentimentalidad y acabamos traicionando, de algún modo, no solo a aquellos que nos quieren de verdad, sino también a nosotros mismos. Sin embargo, es la libertad la que nos permite ser lo que queremos ser, y es su ausencia la que nos obliga a desvanecernos. Lo que nunca debemos perder –y eso es algo que he aprendido- es la propia dignidad.

En 2013 he saludado muchas veces al abismo, y alguna caída ha sido más dolorosa que las demás. Pero mis brazos insisten en abrazar el mundo porque aún no les enseñaron que ya es demasiado tarde. He soñado mucho, como siempre, y he llorado aún más. He conocido gente maravillosa y he echado de menos a otra que también me lo parecía. Me he desengañado y me he ilusionado. He cumplido algún sueño antiguo y he despertado de otros. Al final, y a riesgo de caer en el estereotipo, trato de llevarme los buenos recuerdos, que encienden fogonazos de película antigua en mi memoria. Los buenos recuerdos son lo único que nadie podrá arrebatarnos.

Y, como en aquella canción de Oasis, he acabado viendo estrellas que parecían haberse desvanecido para siempre.

Feliz fin de año. Feliz comienzo del siguiente. Perseguid muchos sueños. Yo me despido junto a mi inseparable Luna, que es la gatita más valiente y la más cabezona del mundo, y gracias a eso ha sobrevivido, porque ha estado muy malita. Otro triunfo del 2013

Con Luna. Diciembre de 2013
Con Luna. Diciembre de 2013

Treinta y uno de diciembre

Fotografía de Chema Madoz
Fotografía de Chema Madoz

Me hallaba sentada en un pupitre situado en lo que parecía el aula de un colegio, porque a mi alrededor había muchos más pupitres, en cada uno de los cuales se sentaba un niño. Sin embargo, el ambiente era inusualmente silencioso para tratarse de una clase, y los niños lucían un rostro demasiado serio e inexpresivo para tratarse de niños. Su mirada estaba ausente, posada sobre algún inexistente punto del vacío. Se me pasó por la cabeza que más bien parecían estatuas de cera.

Mi presencia resultaba imperceptible, como si me hubiera vuelto invisible para aquellos niños. Quizá ni siquiera pudieran verme.

De repente, una mujer entró en el aula. Supuse que debía tratarse de la profesora. La mujer llevaba consigo unas láminas. Cogió la primera y la mostró ante los silenciosos alumnos. En la lámina aparecía retratado un anciano de largos cabellos blancos. Debajo, se podía leer una palabra: Enero.

Un silencio sepulcral, más denso aún que el que había encontrado a mi llegada, invadió la sala. Y como una piedra rompiendo la superficie de un cristal se pudo oír la aterrada voz de una niña:

– ¡Es mi abuelo! Murió hace tres años…

Tras estas palabras la niña, como movida por un resorte, se levantó de su sitio y se acercó a la mujer de las láminas, que la condujo hasta una sala anexa y cerró la puerta. La mujer, ya sola, se volvió hacia el resto de niños, que parecían tan inexpresivos como en un principio. Nadie se preguntaba dónde habría ido la niña.

Con toda la tranquilidad del mundo, la mujer mostró la siguiente lámina: el retrato de una mujer de mediana edad, debajo del cual se podía leer Febrero. Enseguida, la voz de un niño se dejó oír rompiendo el inquietante silencio:

-¡Es mi madre! Pero… está muerta.

Acto seguido, el niño repitió los mismos movimientos que había realizado antes la niña: se levantó, caminó hacia la mujer de las láminas y esta le condujo hasta la misma sala por la que desapareciera la niña. Y como antes, la mujer volvió a su posición inicial y mostró la siguiente lámina: un retrato de un hombre con bigote debajo del cual estaba escrita la palabra Marzo.

-Mi tío… murió el año pasado- declaró la helada voz de otro niño, que repitió exactamente las mismas acciones que los dos anteriores.

Y ocurrió lo mismo con las siguientes láminas que fueron mostradas por la mujer: Abril, Mayo, Junio, Julio, Agosto, Septiembre, Octubre y Noviembre. En todos los casos, un nuevo niño o niña reconocía en el retrato a un familiar fallecido, se levantaban y eran conducidos por la mujer a aquella sala anexa. Uno a uno, los once niños fueron desapareciendo tras la puerta, hasta que solo quedamos la impasible mujer y yo en la sala. Horrorizada, me percaté de que aún quedaba un mes para completar el año, y de que la mujer aún sostenía una lámina en sus manos.

Entonces, como si hubiera leído mis pensamientos, mostró la última lámina. A pesar de que no la podía distinguir desde donde estaba sentada, un resorte invisible me hizo levantarme y avanzar hacia la misteriosa dama. Cuando me encontré a su altura, levanté a vista y me detuve a contemplar la lámina que sostenía en su mano. Y lo que en ella había no era un retrato, como en los casos anteriores, sino un espejo. Así que cuando miré lo único que pude ver fue…

Aparté la vista y seguí a la mujer hacia aquella sala cerrada. Así concluyó aquel treinta y uno de diciembre.

(Este relato pertenece a mi libro Encefalografías)