Memoria de otro 14 de abril

Madrid, Puerta del Sol. 14 de abril de 1931
Madrid, Puerta del Sol. 14 de abril de 1931

No he conocido a Luis Cernuda en su primerísima juventud. Alguna vez me lo he imaginado, en su tierra sevillana, paseando por aquellas calles estrechas, justo como el mismo aire de su libro inicial. Luis tenía veintiséis años cuando le vi por primera vez: en otro sitio lo he contado. Mas en alguna ocasión, en Sevilla, he pensado que me gustaría pasear con él y sorprenderle acorde con su ciudad. En Madrid, Luis Cernuda era sevillano. Lo decía su acento, quizá esa implícita sabiduría con que, joven, pasaba junto a las cosas, sin adhesión exterior, pero con aprecio que era conocimiento, creciente ante lo natural, levemente desdeñoso, ignorador, ante el múltiple artificio o la convención.

Recuerdo haberle visto gustoso en un movimiento humano exaltado: masa madrileña, la ciudad hervidora en un trance decisivo para el destino nacional. Era un día de abril y las gentes corrían, con banderas alegres, por improvisadas. Enormes letreros frescos, cándidos, con toda la seducción de lo vivo espontáneo, ondeaban en el aire de Madrid. Mujeres, jóvenes, hombres maduros, muchachos, niños. En los coches abiertos iban las risas. Cruzaban camiones llevando racimos de gentes, mejor habría que decir de alegría, gritos, exclamaciones. Pocas veces he visto a la ciudad tan hermana, tan unificada: la ciudad era una voz, una circulación y, afluyendo toda la sangre, un corazón mismo palpitador. Por aquella calle de Fuencarral, estrecha como una arteria, bajaba el curso caliente, e íbamos Luis y yo rumbo a la Puerta del Sol, de donde partía la sístole y diástole de aquel día multiplicador. Luis, con su traje bien hecho, su sombrero, su corbata precisa, todo aquel cuidado sobre el que no había que engañarse, y rodeándonos, la ciudad exclamada, la ciudad agolpada y abierta, exhalada, prorrumpida habría que decir, como un brote de sangre que no agota ni se agora, pero que se irguiese. La alegría de la ciudad es más que la de cada uno de los cuerpos que la levantan, y parece alzarse sobre la vida de todos, con todos, prometiéndoles, y cumpliéndoles, más duración. Así, cuando unas gargantas enronquecían, otras frescas surgían, y era un techo, mejor un cielo de griterío, de júbilo popular en que la ciudad cobraba conciencia de su existencia, en verdad de su mismo poder. Ella se sentía voz e hito, como un además que se desplegase en la historia.

Luis marchaba sin impaciencia. Todo había sido repentino. El encrespamiento de la ciudad, en la alegría resolutoria, la marcha o el hervor común, el regocijo sin daño, la punta de sol dando sobre las frentes: todo, una esperanza descorredora y, en el fondo, el ámbito nacional. Pero Madrid es chiquito y cada hombre un Madrid como un pecho con su porción de corazón compartido. Luis y yo habíamos marchado como un día cualquiera, porque aún no se esperaba del todo aquello, ignorado de cada cual. Recuerdo aquel movimiento súbito por aquella calle, como por tantas calles que no se veían.

¿De qué hablaba Luis Cernuda? En aquel instante, quién sabe; quizá de un tema literario. Cada uno de los transeúntes se hizo de pronto espuma del curso atropellador: curso mismo o su parte y él su coronante expresión. Luis y yo, flotadores, remejidos, urgidos, batidos y batidores, aguas hondas y salpicadas crestas, todo a instantes y todo en la comunión. Bajaba el río por la calle de Fuencarral y desembocaba en la Red de San Luis. Por la Gran Vía descendía otra masa humana, no apretada propiamente, sino suelta y fresca, con sus banderas y sus cantos, sus chistes públicos, sus risas primeras, una multitud niña, lavada, con lienzos blancos levantados a los rayos del sol. y en medio los grandes camiones como pesados elefantes que llevasen gentes iguales, reidoras, bailadoras, saludadoras con los ojos, con las manos, con las miradas salutíferas que eran propiamente una invitación a vivir.  Porque era vida, vida del todo la ciudad, con los ojos puestos en su mismo esperanzado crecimiento natural.

Luis Cernuda y yo, inmersos, no disueltos, bajábamos casi a oleadas, arriba, abajo, tan pronto claros, tan pronto hondos, sostenidos o sostenedores, hacia la desembocadura o hacia la reunión, si la había, de las aguas, final. Un instante, en atención a él, al ser pasados en el movimiento de las aguas de la calzada a la acera, le dije: “¿Quieres que nos vayamos por esta bocacalle ahora, al pasar? Se puede”. “No”, oí su respuesta. “No”, dijo sonriendo; “no”, asintiendo, casi diría extendiendo sus brazos en el movimiento natural.  Un momento le miré como nadador. Pero en seguida pensé; no, agua mejor, curso mejor. Y le vi a gusto. Sonrió y se dejó llevar.

Vicente Aleixandre, Los encuentros

Luis Cernuda y Vicente Aleixandre
Luis Cernuda y Vicente Aleixandre

No intentemos el amor nunca

Aquella noche el mar no tuvo sueño.
Cansado de contar, siempre contar a tantas olas,
quiso vivir hacia lo lejos,
donde supiera alguien de su color amargo.

Con una voz insomne decía cosas vagas,
barcos entrelazados dulcemente
en un fondo de noche,
o cuerpos siempre pálidos, con su traje de olvido
viajando hacia nada.

Cantaba tempestades, estruendos desbocados
bajo cielos con sombra,
como la sombra misma,
como la sombra siempre
rencorosa de pájaros estrellas.

Su voz atravesando luces, lluvia, frío,
alcanzaba ciudades elevadas a nubes,
cielo Sereno, Colorado, Glaciar del infierno,
todas puras de nieve o de astros caídos
en sus manos de tierra.

Mas el mar se cansaba de esperar las ciudades.
Allí su amor tan sólo era un pretexto vago
con sonrisa de antaño,
ignorado de todos.

Y con sueño de nuevo se volvió lentamente
adonde nadie
sabe de nadie.
Adonde acaba el mundo.

Luis Cernuda, Un río, un amor

Playa de Conil de la Frontera, 2013
Playa de Conil de la Frontera, 2013

Octavio Paz a través de Luis Cernuda

Fue en esa casa de cortinajes de sedas espesas donde llegó una tarde una carta de Cernuda dirigida a Paz. La carta venía de Londres, era tímida, hablaba de la niebla, la pobreza y la soledad. ¡Si pudiera ir a México! (Elena Garro, “No me gusta hablar de Luis Cernuda”, Nueva Estafeta, 1979)

Así recordaba Elena Garro, esposa del poeta Octavio Paz, la llegada de una carta de Luis Cernuda a su marido cuando este era un joven poeta mexicano en quien, sin embargo, el sevillano había depositado toda su confianza, enviándole el manuscrito de su poemario Como quien espera el alba para que hiciera las gestiones necesarias para su publicación.  El poemario sería publicado en 1947 por la editorial argentina Losada, nueve años más tarde de que Luis Cernuda y Octavio Paz se conocieran en Valencia, aún en plena Guerra Civil española.

En 1949, siendo ya un exiliado, Cernuda viaja por primera vez a México, país del que dijo: “En México el pasado es pasado para los extraños: no para el mexicano, y menos para el indio; para éstos es una actitud presente. En México la gente no recuerda el pasado: lo vive y hasta da la impresión de que lo proyecta como una posibilidad de futuro”. México se convertiría en la patria sustituta para Cernuda, quien, durante sus estancias en Europa y Estados Unidos, había extrañado terriblemente el sol de España. Octavio Paz, junto a otros escritores mexicanos como Alfonso Reyes, ayudó a Cernuda a obtener un permiso de residencia en México. Gracias a su mediación, Cernuda conseguiría una beca para escribir los ensayos que compondrían los Estudios sobre poesía española.

El poeta Luis Cernuda en su exilio mexicano
El poeta Luis Cernuda en su exilio mexicano

Hoy, cuando se cumplen 100 años del nacimiento de Octavio Paz, se me vienen a la cabeza aquellas anécdotas leídas en artículos y biografías sobre su amistad con Cernuda: las tertulias, los encuentros, las emotivas cartas. También aparecen, en mis recuerdos literarios, las figuras de Elena Garro y de su hija, Helenita –ambas también escritoras-, en alguna playa mexicana, conversando con Cernuda de literatura bajo el sol dorado de México. Leo con asombro que, justo ayer, fallecía Helena Paz Garro en Cuernavaca, México, a los 74 años. Una frase del artículo me llama especialmente la atención: “Dejó este mundo tranquila tras asegurar que había aprendido a perdonar el abandono de su padre y había gozado plenamente la cercanía con su madre, a quien consideraba su mejor amiga”.

Las escritoras Elena Garro y Helena Paz Garro
Las escritoras Elena Garro y Helena Paz Garro

Sin entrar en su vida personal, es Paz un poeta que merece la pena estudiar, en cuya poesía estoy profundizando de un tiempo a esta parte, sorprendiéndome los mundos surgidos en sus versos, las imágenes mágicas y centelleantes que escapan de sus poemas, su exquisita sensibilidad para captar los detalles, para acariciar las esencias de las cosas y de las personas que no se contemplan de un primer vistazo. Mágico me pareció, cuando lo leí, su poema “Luis Cernuda”, escrito tras la muerte del sevillano. No había leído nada, por entonces, del que fue merecidamente Premio Nobel de Literatura en 1990. No pude evitar continuar con otra obra suya que cayó en mis manos: Libertad bajo palabra, de la que me conmovió especialmente su poema “Espejo”. Más tarde, me deleité con las intensas prosas -¡tan cernudianas!- de El Mono Gramático y, ahora, me hallo enfrascada en la lectura de Vuelta, una de sus últimas obras.

El poeta Octavio Paz
El poeta Octavio Paz

Fue mi pasión cernudiana la que, una vez más, me condujo al descubrimiento de un nuevo poeta. Por ello, quiero aquí transcribir el poema con el que conocí a Paz:

LUIS CERNUDA (1902-1963)

Ni cisne andaluz

ni pájaro de lujo

Pájaro por las alas

hombre por la tristeza

Una mitad de luz Otra de sombra

No separadas: confundidas

una sola substancia

Vibración que se despliega en transparencia

Piedra de luna

más agua que piedra

Río taciturno

más palabra que río

Árbol por solitario

hombre por la palabra

Verdad y error

una sola verdad

una sola palabra mortal

Ciudades

humo petrificado

patrias ajenas siempre

sombras de hombres

En un cuarto perdido

inmaculada la camisa única

correcto y desesperado

escribe el poeta las palabras prohibidas

signos entrelazados en una página

vasta de pronto como lecho de mar

abrazo de los cuatro elementos

constelación del deseo y de la muerte

fija en el cielo cambiante del lenguaje

como el dibujo obscenamente puro

ardiendo en la pared decrépita

Días como nubes perdidas

islas sepultas en un pecho

placer

ola jaguar y calavera

Dos ojos fijos en dos ojos

ídolos

siempre los mismos ojos

Soledad

única madre de los hombres

¿sólo es real el deseo?

Uñas que desgarran una sombra

labios que beben muerte en un cuerpo

ese cadáver descubierto al alba

en nuestro lecho ¿es real?

Deseada

la realidad se desea

se inventa un cuerpo de centella

se desdobla y se mira

sus mil ojos

la pulen como mil manos fanáticas

Quiere salir de sí

arder

en un cuarto en el fondo de un cráter

y ser bajo dos ojos fijos

ceniza piedra congelada

Con letra clara el poeta escribe

sus verdades oscuras

Sus palabras

no son un monumento público

ni la Guía del camino recto

Nacieron del silencio

se abren sobre tallos de silencio

las contemplamos en silencio

Verdad y error

una sola verdad

Realidad y deseo

una sola substancia

resuelta en manantial de transparencias

(Octavio Paz, Días hábiles)

Pero, ¿por qué habla tan alto el español?

Este tono levantado del español es un defecto, viejo ya, de raza. Viejo e incurable. Es una enfermedad crónica.

Tenemos los españoles la garganta destemplada y en carne viva. Hablamos a grito herido y estamos desentonados para siempre, para siempre porque tres veces, tres veces, tres veces tuvimos que desgañitarnos en la historia hasta desgarrarnos la laringe.

La primera fue cuando descubrimos este continente, y fue necesario que gritásemos sin ninguna medida: ¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra! Había que gritar esta palabra para que sonase más que el mar y llegase hasta los oídos de los hombres que se habían quedado en la otra orilla. Acabábamos de descubrir un mundo nuevo, un mundo de otras dimensiones al que cinco siglos más tarde, en el gran naufragio de Europa, tenía que agarrarse la esperanza del hombre. ¡Había motivos para hablar alto! ¡Había motivos para gritar!

La segunda fue cuando salió por el mundo, grotescamente vestido con una lanza rota y una visera de papel aquel estrafalario fantasma de la Mancha, lanzando al viento desaforadamente esta palabra de luz olvidada por los hombres: ¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia!… ¡También había motivos para gritar! ¡También había motivos para hablar alto!

El otro grito es más reciente. Yo estuve en el coro. Aún tengo la voz parda de la ronquera. Fue el que dimos sobre la colina de Madrid, en el año de 1936, para prevenir a la majada, para soliviantar a los cabreros, para despertar al mundo: ¡Eh! ¡Que viene el lobo! ¡Que viene el lobo!… ¡Que viene el lobo!.

El que dijo Tierra y el que dijo Justicia es el mismo español que gritaba hace 6 años nada más, desde la colina de Madrid, a los pastores: ¡Eh! ¡Que viene el lobo!

Nadie le oyó. Los viejos rabadanes del mundo que escriben la historia a su capricho, cerraron todos los postigos, se hicieron los sordos, se taparon los oídos con cemento, y todavía ahora no hacen más que preguntar como los pedantes: ¿pero por qué habla tan alto el español?

Sin embargo, el español no habla alto. Ya lo he dicho. Lo volveré a repetir: el español habla desde el nivel exacto del hombre, y el que piense que habla demasiado alto es porque escucha desde el fondo de un pozo.

León Felipe, Ganarás la luz

León Felipe
León Felipe