La Feria del Libro de Madrid es siempre una estupenda ocasión para conocer nuevos autores y obras. Este año, conseguí dedicada la novela más reciente de Jorge Pozo Soriano (Madrid, 1985), escritor y maestro de Primaria, a quien descubrí a través de una entrevista de William González para El Generacional.
La hija del soplador de vidrio, que acaba de publicarse con la editorial Malas Artes, está catalogada dentro del género de la narrativa juvenil y transmite, sin duda, valores muy interesantes para los adolescentes, pero lo cierto es que un adulto podría disfrutarla del mismo modo. Esto, en mi opinión, es lo que siempre sucede con la buena literatura juvenil.
La historia se presenta como una combinación de los diarios de una chica, Kioo, y su padre invidente, Bildo. A través de los escritos de uno y otro, los lectores vamos perfilando la personalidad de ambos personajes de una forma muy verosímil y natural. Ya desde el título puede comprenderse la importancia del oficio de Bildo, que es soplador de vidrio y artesano, por tanto, de una antigua técnica en peligro de extinción. Kioo, entre cuyos planes no se encuentra el de continuar con el oficio paterno, desea marcharse de la aldea en la que viven y está a punto de cumplir su deseo, cuando un extraño e inquietante acontecimiento se lo impedirá. La esfera de vidrio que su padre le entrega como regalo de despedida recrea un suceso del pasado que solo ella conocía: un ataque del que fue víctima. El mayor misterio es que Bildo no sabe cómo ha podido crear esa esfera de vidrio cuando ni siquiera él conocía el suceso.
Llegados a este punto, se hace necesario hablar de la aldea donde ocurren los acontecimientos: Ulmia, una aldea atemporal, alejada del mundo, gobernada por un rey ausente, habitada por personajes puros y bondadosos que tienen algo en común: ser diferentes al resto, en algún sentido. Se trata de personajes con los que es fácil encariñarse: la valiente Mela, que tuvo que esconder su homosexualidad, o el ingenuo Yrem, que posee una discapacidad intelectual. Esa diferencia les ha conducido a ser víctimas de agresiones, violaciones y raptos. Los culpables no se muestran a la luz. Kioo también fue víctima en el pasado y volverá a serlo: su “diferencia” es más profunda y la iremos descubriendo a lo largo de la novela; baste por ahora con decir que está relacionada con la madre, a la que dieron por muerta siendo Kioo muy niña.
Armado de una gran sensibilidad y de una magnífica capacidad para definir a los personajes, el autor está transmitiendo, de forma delicada y precisa, un mensaje muy necesario para el momento social que vivimos: ser diferente no es algo negativo; todos somos diferentes en algún aspecto y eso nos hace especiales, pero de una forma hermosa. Todos somos personas y eso es lo que nos une. Jorge nos lo recuerda en esta novela a través de un estilo narrativo ameno e intimista, combinando el realismo con ciertas dosis de fantasía que, sin embargo, no le restan verosimilitud a la historia. No es su primer libro: cuenta ya con una digna trayectoria en narrativa juvenil –varios volúmenes de cuentos y otra novela– y, el año que viene, se publicará su primer poemario, merecedor del XV Premio Antonio Gala de Poesía.
Lo cierto es que ha sido un estupendo descubrimiento que no puedo dejar de recomendaros. Por mi parte, seguiré profundizando en su obra.


Recuerdo bien el día en que encontré aquel libro en una de las estanterías de la biblioteca del colegio. Tenía siete años y, en aquellos tiempos, prácticamente asaltaba la biblioteca cada poco tiempo para llevarme prestados diez o doce títulos que me duraban dos días, tres a lo sumo. Resultaba frustrante terminarlos tan rápido, pero era una niña con pocos amigos que dedicaba casi la totalidad de su tiempo libre a leer. Lo prefería.

Es frecuente etiquetar a Dahl erróneamente como autor de literatura infantil. En primer lugar, no creo que las etiquetas de “literatura infantil” o “literatura juvenil” sean correctas: las obras valiosas, aunque dirigidas en un primer momento a un público infantil, pueden ser disfrutadas del mismo modo por lectores adultos. Así me pasa con los libros de Roald Dahl, a los que vuelvo cada cierto tiempo con la misma regocijada expectación que sentía de niña. Por otra parte, el autor también escribió libros dirigidos expresamente a adultos. Un ejemplo es la novela que me he leído últimamente: Mi tío Oswald, en la que narra las aventuras y desventuras de un donjuán visionario que crea un banco de esperma con el semen de los hombres más famosos de la época: Stravinski, Renoir, Picasso, Joyce, Freud, Einstein, Conan Doyle, Proust… Otros títulos son Relatos de lo inesperado, Boy o Volando solo. En todos ellos conserva, claro está, su particular estilo de escritura: ágil, ameno e imaginativo, con un toque de humor que se vuelve humor negro en estas obras para adultos. Porque él jamás perdió del todo al niño que había sido, y quizá sea esa la perspectiva más sabia de la adultez.



